El destino entre dos tiempos Capítulo 31
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Capítulo 31

Te amo.

Lizzy, te amo.

Mientras viva…, te amaré solo a ti.

Te amo tanto que he intentado inventar nuevas formas de decirlo, pero siempre vuelvo a esas dos palabras perfectas.

Tuck abrió los ojos y se encontró con la mirada fija de su compañero Knight. Habían pasado siete semanas desde que recuperara la consciencia en aquella cama de hospital inglesa, y esa noche cumplía su segundo partido con los Regals desde el alta médica.

Tuck le ofreció el termo que sostenía.

—¿Quieres un poco de té oolong ? Por desgracia, no es souchong, que está difícil de conseguir últimamente. Vamos, le puse limón y mucho azúcar. Sin leche, claro, nunca se mezcla leche con limón. Está bueno, pruébalo.

Knight parpadeó.

—Eh…, gracias, pero no, gracias, tío.

—¿Qué vais a hacer Wilson y tú después? —preguntó Tuck, dando un sorbo al té.

Knight frunció el ceño.

—¿Quién?

Tuck señaló la espesa barba de Knight.

—Pareces Tom Hanks en Náufrago con esa barba de la suerte. Tengo que conseguirte una pelota de voleibol para que sea tu mejor amiga.

—Ah. Ja. Wilson… Sí. —Knight soltó una risita y se dio la vuelta con expresión medio aliviada, como si pensara: «Todo bien, Taylor está raro como siempre».

Tuck dio otro sorbo de té, paseando el agua caliente y dulce por la boca.

¿Cuánto tiempo llevaba abstraído en su taquilla del vestuario de los Regals, sin concentrarse en el próximo partido contra los Maple Leafs?

Todos sus pensamientos volvían a Lizzy. Su presencia se cernía sobre su mente, un eco persistente de las palabras que deseaba haber tenido el valor de decir antes de marcharse, palabras que ahora lo atormentaban con arrepentimiento.

El arrepentimiento era un sentimiento nuevo para él.

Siempre había avanzado sin vacilar hacia sus objetivos, y quizá eso lo había vuelto arrogante.

Llevaba el anillo de bodas en una cadena de oro alrededor del cuello.

El vestuario del equipo no admitía distracciones.

La superstición era tan fuerte que el emblema de los Regals se proyectaba en la pantalla gigante del techo, evitando así que nadie lo pisara por descuido.

Aquella corona simbolizaba al equipo, a los aficionados y su orgullo colectivo.

En la pared opuesta estaban pintadas las palabras: No hay mérito donde no huele a sudor .

Tuck hizo una mueca. Si eso fuera cierto, sus compañeros serían candidatos a la santidad, porque incluso con ventilación de última generación, el vestuario apestaba.

Subió el volumen del audiolibro que escuchaba en sus AirPods. La voz de la narradora se hizo más fuerte:

—«Hay una obstinación en mí que nunca soporta ser intimidada por la voluntad de otros. Mi coraje siempre aumenta ante cada intento de intimidarme».

Se había sumergido en los libros de Jane desde su regreso. Resultó que no solo era brillantemente divertida, sino que había tomado en serio su sugerencia y había titulado su libro Orgullo y prejuicio.

Muy guay.

La prensa se había enterado de su nueva obsesión por la época de la Regencia y, en una entrevista el día anterior, le habían dicho:

—No sabía que los jugadores de hockey leyeran.

A lo que él respondió:

—No leo. Escucho.

Los audiolibros eran sus favoritos.

Cuando Tuck despertó por primera vez en el hospital, Nora le informó de que estaban a finales de enero.

Aquello tenía sentido para Tuck, ya que recordaba que cuando atravesó el estanque de las vacas en diciembre, había terminado en la época de Lizzy durante el mes de junio.

Por lo tanto, era lógico que al marcharse de la época de Lizzy en agosto, lo hubiera lanzado seis meses hacia adelante.

Sin embargo, a Tuck no le interesaban mucho las confusas complejidades del viaje en el tiempo.

Sus pensamientos estaban fijos en Lizzy y en cuánto la extrañaba.

Y si su hermana pensaba que estaba loco, no lo demostró.

—Tu historia es demasiado detallada —repetía ella una y otra vez—. Y luego está el anillo. No consigo entenderlo del todo, pero, curiosamente, te creo. Todo parece demasiado real.

Y con eso, se lanzó a hacerle un montón de preguntas, la mayoría sobre Jane Austen.

La noche antes de volar de regreso a Estados Unidos, irrumpió en su habitación agitando el teléfono.

—Dios mío. Dios mío. Tuck. Mira. Tienes que ver esto.

Él tomó el teléfono y se le heló el corazón al leer el titular: «Se suspende la búsqueda del académico desaparecido».

El artículo periodístico online , fechado unos años atrás, detallaba la desaparición del profesor de Historia Celta de Berkeley, Ezekiel Fairweather, quien había desaparecido durante un paseo por Oxfordshire.

No se le había vuelto a ver desde entonces.

No había indicios de delito y no existían pistas del caso.

—¿Es él? —preguntó Nora señalando la foto—. ¿El viajero del tiempo que conociste?

—No tenía esa perilla y llevaba el pelo más corto, pero sí. Es el mismo tipo. Sin duda.

—¿Listo para esta noche? —Alguien le apretó el hombro, devolviéndolo al presente. Era el entrenador—. ¿Te sientes bien, T?

Tuck se quitó los AirPods y pausó el libro.

—Estoy genial. Motivado. Mi hermana pequeña estará aquí esta noche. Voló hoy y no me ha visto jugar desde antes del COVID.

El entrenador le hizo un gesto de aprobación con el pulgar.

—No sé cómo lo haces. Cáncer. Accidente de coche. Coma. Pero te vi entrenar esta mañana y no te rindes.

—Nunca lo he hecho. —Tuck se encogió de hombros—. Primero parar pucks y las preguntas después.

Era cierto. Técnicamente. Solo que no iba a compartir el tipo de preguntas que lo mantenían despierto toda la noche: preguntas importantes sobre la vida, el universo y el amor.

Esa noche el partido se jugaba en casa. Mientras salía patinando al hielo, no pudo evitar sonreír y agitar los brazos para aumentar los vítores de la multitud.

Maldita sea, qué bien se sentía estar de vuelta en el estadio, contemplando un mar de aficionados vestidos de blanco y azul marino.

Asintió a la mascota, que animaba al público en las gradas.

Oficialmente se llamaba Highness, pero todos en Austin lo conocían como el Rey del Puck , y los aficionados más ruidosos solían añadir algún gesto obsceno.

Se dio la vuelta, buscando dónde debería estar Nora.

Le había dado dos entradas en primera fila detrás de la portería, una para ella y otra para la amiga que la acompañaba.

Después de unos treinta segundos, la vio, y fue como si el hielo se derritiera bajo sus patines.

Lizzy estaba junto a Nora, llevando su camiseta y agitando una mano gigante de espuma con el signo del número uno.

Por una vez en su vida, no confió en sus ojos.

Los cerró con fuerza y contó hasta cinco.

Ella seguía allí. Su corazón latía tan fuerte que no podía oír los gritos de la multitud ni la música.

¿Cómo? ¿Qué?

Lizzy levantó los brazos por encima de la cabeza, saludando primero con entusiasmo y luego con furor.

Miró por encima del hombro. Joder. Saque inicial. El partido había comenzado.

Nunca antes había jugado para nadie más. Ganar para sí mismo siempre parecía hacer felices a todos los demás. ¿Pero ese día? Quería impresionar a una chica. Iba a levantar un muro de ladrillos frente a la portería. Y lo hizo.

Cuando terminaron el partido 3-0, con Toronto volviendo a casa con las manos vacías, se lanzó contra las vallas y se arrancó el casco.

Lizzy estaba al otro lado del cristal templado, tan cerca que él podría haberse ahogado en el azul de sus ojos, y aun así no podía tocarla.

No estaba con ella. No la estaba abrazando.

Y desde luego no la estaba besando, no hasta haberse quitado el uniforme y cambiado a toda velocidad, esquivando a los periodistas que lo rodeaban tras su actuación y saliendo disparado para ir a su encuentro.

—Te encontré —logró decir Lizzy antes de que él aplastara su boca contra la de ella, y por primera vez desde que la dejó, se sintió como él mismo. Sus suaves labios sabían a bálsamo labial de frutas, algo nuevo, pero no le importaba. Seguía siendo Lizzy. Su Lizzy.

Tucker le enmarcó el rostro con las manos y le dijo:

—Te quiero.

Los grandes ojos de ella se abrieron aún más. Quizá estaba precipitando el momento, pero la oportunidad perdida le había pesado en el pecho.

—Te quiero, y debería habértelo dicho antes de marcharme. Fui un idiota, y nunca volveré a perder la oportunidad de decirte la verdad.

—Yo… yo también te quiero.

Tenía que volver a besarla. Mantuvo los brazos alrededor de su cintura, aunque sus manos ansiaban tocarla por todas partes, para asegurarse de que aquello era real. De que ella estaba realmente allí. Tenían una segunda oportunidad.

—Dame las llaves, hermano mayor —intervino Nora—. Seré yo quien conduzca, siempre que no me traumatices mientras estés en el asiento trasero. Si haces alguna tontería, te dejo en la acera más cercana y te llamo un Uber.

Mientras caminaban hacia la plaza de aparcamiento, sabía que todo el mundo lo miraba mientras agarraba a Lizzy de la mano, preguntándose quién demonios era ella.

Su equipo tendría preguntas, y también los medios de comunicación.

Pero todos podían esperar, porque aquel era su momento, y ahora era él quien tenía que hacer las preguntas.

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué? —preguntó mientras se acomodaban en la parte trasera de su Jeep.

—Decidí que valía la pena arriesgarme a las plagas y a otros peligros del tiempo —dijo ella con voz burlona—. Todo el mérito es de Jane, fue ella quien me hizo ver esta opción. Eres mi imán. Confié y me lancé.

—¿Jane Austen? —intervino Nora desde el asiento delantero, saliendo del aparcamiento subterráneo y entrando en la calle—. Lo pregunto solo para que quede claro…

—Sí, Nor —contestó Tuck—. Puedes tener tu momento de admiradora, pero ahora voy a tener el mío.