Capítulo 23 #2
No era la primera vez que Tuck se preguntaba cómo Lizzy había salido tan bien en aquella familia.
No era solo una falta de atención a sus necesidades; era un desprecio absoluto por el hecho de que pudiera tener alguna.
No podía evitar imaginar cuánto más habría progresado en ambiciones como la escritura si hubiera estado rodeada de personas que apoyaran sus sueños en lugar de sofocarlos con otros más comunes que solo les beneficiaban a ellos.
Tuck la subió por las tres plantas de escaleras. En los últimos escalones, respiraba con dificultad. Lizzy se movió y levantó la cabeza.
—¿Eres mi marido? —Su mirada de ojos de zorro estaba desenfocada, con los párpados caídos por el sueño.
—Sí.
—¡Mi guapo marido! —dijo Lizzy acariciándole la mejilla.
—Gracias.
—Que me va a dejar.
—Shhhhh. —Tucker miró alrededor. Aunque no vio a nadie espiando, no era seguro hablar así en público.
—No quiero que te vayas —confesó acurrucándose contra él—. No quiero que desaparezcas —susurró como si fuera una canción infantil.
Llegaron a su habitación y él consiguió abrir la puerta, luego la cerró de una patada tras de sí y se tambaleó hasta la cama, donde pretendía dejarla dormir la borrachera. Tenía mucho que aprender por la mañana. Su cabeza aún daba vueltas por la conversación con Zeke.
Le apoyó la cabeza en una almohada y empezó a retirarse, pero ella lo detuvo con la mano en la mejilla.
—No te vayas. —Su voz era suave.
—Estás borracha.
—Mucho.
—Nena, no voy a aprovecharme de ti. No va a pasar nada esta noche. Tienes que dormir y, con suerte, no te sentirás tan mal por la mañana.
—Quédate. No te voy a violar. Abrázame.
Podía hacer eso.
Primero, le quitó los zapatos y las perlas que llevaba en el pelo. Luego la arropó con las mantas hasta la barbilla. Así parecía más joven, con aquellos grandes ojos azules y una inocencia casi soñadora.
Se quitó los zapatos y la corbata que amenazaba con estrangularlo. Se desvistió hasta quedarse sin camisa y se metió en la cama junto a ella.
—Sí, sí. Abrázame. —Se acurrucó contra él, con la suave y cálida redondez de su trasero contra su miembro.
Apretó los dientes. No era difícil saber que había límites que no se cruzaban en la vida, y acostarse con una mujer borracha era uno de ellos.
Pero eso no significaba que no pudiera reconocer que era agradable.
Que le gustaba. Que le gustaba demasiado.
Respiró hondo, solo para verse inundado por su perfume a lavanda y otras plantas aromáticas, como si fuera un jardín secreto.
—¿Por qué no podemos hacer esto para siempre? —susurró ella, con menos dificultad para articular las palabras y más claridad.
—Ya sabes por qué.
—¿Y si te quedas aquí?
Tucker cerró los ojos e intentó imaginarlo. Adiós a los Regals. Adiós a ser portero. A los coches. A las luces. A los aseos. A las tiendas de comestibles. A los aviones. A la medicina moderna. A su hermana…
—No creo que pueda hacerlo.
—¿Ni siquiera por mí?
Joder. La verdad era que… tal vez sí. Tal vez podría. Tal vez podría pasar el resto de su vida en 1812, con los bailes, las corbatas, las normas y Lizzy. La haría creer que era lo suficientemente buena, prepararía tazas de té y la vería convertirse en la escritora que soñaba ser.
—O podrías venir conmigo —propuso él, dándole un suave beso en la nuca. Al diablo con todos, podrían escapar.
—Al futuro.
—Sí. —Era peligroso. Estaba pisando terreno resbaladizo.
—El futuro del que ni siquiera me hablas.
—¿Qué quieres saber? —Era aún más arriesgado. Tenía que actuar con cautela, pero quería tener una conexión más profunda con ella.
—Déjame ver… ¿Cuáles son las tres cosas más útiles que posees y que no están aquí?
Tucker lo pensó rápidamente.
—La electricidad. Es algo revolucionario, garantiza que siempre haya luz con solo pulsar un interruptor. No se trata solo de iluminar una habitación; en las ciudades, prácticamente elimina la oscuridad por completo, haciendo que la noche parezca que es de día.
—Si hay demasiada luz, no se pueden ver las estrellas —contestó Lizzy, frunciendo el ceño—. Eso no me gustaría.
—Vale, vale. Hay una cosa llamada coche.
No es un carro. Es un c-o-c-h-e. Imagínate un gran carruaje de metal que no necesita caballos para moverse.
Tiene cuatro ruedas y funciona con un líquido especial llamado gasolina.
En lugar de un caballo, tiene un motor potente en su interior que lo hace avanzar.
La gente se sienta dentro y utiliza un volante para controlar hacia dónde va.
Es como una máquina mágica que puede llevarte a cualquier lugar que quieras, mucho más rápido que un caballo y un carruaje.
—Ya lo has mencionado antes.
—Viajar es más cómodo y mucho más rápido. No tienes que ir andando a todas partes.
—Pero a mí me gusta caminar.
—La gente sigue caminando, pero para hacer ejercicio.
—No sé lo que significa eso.
—Es dedicar un tiempo específico a mover el cuerpo para fortalecerlo y mantenerlo sano. Se hacen cosas como correr, saltar a la comba, levantar pesas o estiramientos para mantener el cuerpo en buena forma.
—Hacer ejercicio… No suena nada divertido. —Su voz era más baja; se estaba alejando—. Tienes una oportunidad más para impresionarme. —Le rodeó el dedo índice con la mano y le frotó la palma con el pulgar.
—Veamos. Coches. Electricidad. Ninguna de esas cosas te atrae. ¿Qué tal los tampones?
—Mmm… —murmuró somnolienta—. ¿Qué es eso?
—Son unos pequeños cilindros de algodón que se usan durante el ciclo menstrual. Se introducen en la vagina, donde absorben el flujo. Supongo que pueden facilitar las cosas.
—Tienes toda mi atención. —Se colocó encima de él, con los ojos muy abiertos—. Cuéntame más.
—Bueno, no hay mucho más que decir. Al menos que yo sepa.
—¿Te pones esos tampones mágicos y ya no sangras por todas partes?
—Bueno, no tengo experiencia de primera mano. Pero compartí el baño con mi hermana durante toda nuestra adolescencia, así que, ya sabes, sé lo suficiente.
—Qué maravilla. Aunque me seguiría doliendo la barriga.
—Sí, pero tenemos medicamentos para eso. Ibuprofeno. Paracetamol. Pastillas para aliviar el dolor.
—No tengo ninguna intención de practicar ejercicio como correr en el futuro, pero la idea de usar esos tampones y esas pastillas para el dolor no me parece tan desagradable. —Se apartó de él y se dejó caer sobre la almohada—. Dios mío. Estoy achispada, ¿verdad?
—Si eso significa borracha, entonces sí.
—Creo que puede que me haya comportado de una forma de la que mañana no me sentiré orgullosa.
—Oye. —Tucker se giró hacia un lado y la rodeó con un brazo—. No se te puede culpar por querer estar con un chico tan guapo.
Ella echó la cabeza hacia atrás.
—Supongo que estamos hablando de ti, ¿no?
Él esbozó una sonrisa.
—No veo a nadie más aquí que tenga un dragón en el que te gustaría montar.
—No vuelvas a repetir esas palabras jamás —ordenó Lizzy, poniéndole un dedo en los labios—. Por lo que a ti respecta, nunca se pronunciaron.
Él le mordió la punta del dedo y sonrió al oír su chillido.
—Ya veremos. Estabas muy mona.
—Fue muy amable por tu parte no aprovecharte.
—La amabilidad no tiene nada que ver. —Le acarició la mejilla, obligándola a mirarle a los ojos—. Conmigo estás a salvo. Pase lo que pase, tenlo claro.
—A salvo. —Su voz volvió a sonar ronca—. Hasta que me dejes.
Mientras ella se quedaba dormida, Tuck se quedó mirando la noche, preguntándose cómo sería capaz de hacer eso.