El destino entre dos tiempos Capítulo 20
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Capítulo 20

Lancelot había emprendido la búsqueda del Santo Grial para elevar su imagen ante Ginebra.

Romeo había escalado el balcón de Julieta pese a que los parientes de ella querían verlo muerto.

Tristán había evadido la horca para rescatar a Isolda de una colonia de leprosos.

¿Tucker Taylor? Se plantó ante su familia y declaró que ella, Lizzy —la hija menos querida y menospreciada—, era extraordinaria.

«Extraordinaria».

¿Una obligación? ¿Antinatural? ¿Para vestir santos? Por supuesto.

Pero allí, frente a su familia, un hombre —su marido— se había puesto en pie y había proclamado su amor por ella.

¿Quién era él? Con todos los demás solteros que había conocido, había sabido al instante que no querría pasar la vida con ellos. Pero Tuck Taylor había roto esa racha con una sola palabra.

Lizzy se mantuvo firme, bloqueando las rodillas para evitar cualquier signo de debilidad. No, no iba a permitir que la idea de vacilar le cruzara la mente. Con la barbilla alta, mantuvo la compostura y conservó su dignidad.

Y no era por el bien de su familia, sino por ella misma.

Se negaba a derramar lágrimas en presencia de Tuck, no estaba dispuesta a revelar una vulnerabilidad que sugiriera que podía conmoverse con palabras amables que reconocieran su valor inherente.

La sola perspectiva era humillante. Durante mucho tiempo había construido una narrativa de su propio valor, al margen del juicio ajeno.

Por el camino, había olvidado —o dejado de creer— que alguien más pudiera verla genuinamente como merecedora de amor, y no solo como un accesorio para asegurar una dote, mantener a padres ancianos o administrar un hogar.

—Hemos tenido un largo viaje —comentó, aliviada al notar que no le temblaba la voz—. Sugiero que subamos a descansar y refrescarnos. Así tendrán la oportunidad de chismorrear y hacer suposiciones sin la carga de nuestra presencia.

Asintiendo hacia Tuck, le tomó la muñeca y lo condujo fuera de la sala. Juntos habían logrado un golpe maestro, algo tan infrecuente que no recordaba haberlo experimentado en toda su vida.

Su familia se quedó atónita y en silencio.

No permitió que sus labios se curvaran hasta que entraron en su habitación de la infancia, en el tercer piso.

—Parece que te ha gustado —comentó él al cerrar la puerta.

— Au contraire , quien me gustaste fuiste tú. Fuiste muy amable conmigo allí abajo. Era un público difícil y fuiste valiente.

—No creo en ser amable. Prefiero ser bondadoso.

—¿No tienen ambos términos un significado muy similar?

—No, no tanto como podrías pensar. La gente suele usar «amable» y «bondadoso» como si fueran similares, pero déjame explicártelo.

Ser amable es cuando tu intención es complacer a otros, intentar caer bien, hacer lo que gusta a la gente.

Es egocéntrico, todo gira en torno a ti.

Ahora bien, ser bondadoso es una historia completamente diferente.

Se trata de anteponer a los demás. Ser amable es intentar actuar de cierta manera para conseguir algo.

¿Qué quiero conseguir de tu familia? Tú eres lo único que me importa aquí.

No era una declaración. Eso Lizzy lo sabía. Él la necesitaba tanto como ella a él. No era un cuento de hadas con final feliz, pero tampoco era algo insignificante. ¿Por qué no podían bastar unos momentos robados de felicidad pasajera? Era más de lo que muchos conseguían jamás.

—¿Me besas? —Antes de que él pudiera hacer más que arquear las cejas con sorpresa, añadió—: Por amabilidad, por supuesto. También porque eres mi marido por el momento. Y estamos solos. Y eres un besador experto y ahora mismo me vendría bien un beso experto para alejar otros pensamientos.

La mirada de Tucker se oscureció.

—Tú lo has querido.

Se acercó y ella, instintivamente, levantó la barbilla, preparándose para la sensación de los labios de él sobre los suyos. Pero en lugar de eso, Tuck la agarró por los hombros y la giró para que quedara frente al espejo del tocador, presionando la espalda de ella contra su firme pecho.

—Mira. —Su voz era cálida contra el oído de ella—.

Quiero que mires a esa persona que está ahí.

Allí abajo no dije nada que no fuera cierto.

De hecho, me contuve. Extraordinaria es una palabra que se queda muy corta.

Eres fuego. —Le pasó la lengua por debajo del lóbulo de la oreja antes de atraparlo entre los dientes y tirar lentamente hacia abajo hasta soltarlo.

El jadeo de ella se atascó en su garganta, transformándose en un suave gemido. Sus miradas se cruzaron en el reflejo del espejo, revelando una intensidad salvaje en los ojos de ella, resaltada por el vibrante rubor de sus mejillas y el rítmico ascenso y descenso de su pecho.

—No me creo ni por un segundo que tu familia no lo vea.

—Sopló suavemente sobre la piel húmeda, sujetándola por la cintura cuando las rodillas de ella temblaron ante la sensación hormigueante—.

Lo saben. Y temen que, si te liberas, seas capaz de hacer cualquier cosa que quieras y hacerlo bien.

Eso los aterroriza. Nada asusta más a los mediocres que ver a alguien alcanzar su poder.

En cambio, a mí me parece tremendamente sexi…

Se volvió para preguntarle qué quería decir, pero él no estaba de humor para conversar.

Al menos, no con palabras. Sus labios buscaron los de ella, como si formularan una pregunta, y ella tampoco estaba para bromas ni rodeos.

Se inclinó hacia él, atrayéndolo, y le dio su respuesta. Sí. Sí. Dios la ayudara, sí.

El beso comenzó con suavidad, con cautela, pero la suavidad no era lo que ansiaba, no en ese momento, no después de aquella noche.

Apretó los puños contra la camisa de él, atrayéndolo.

Sintió una marea que los arrastraba. Su deseo tenía una intensidad que la hacía aferrarse a él como la única verdad estable en un mundo volátil.

La boca insistente de él separó sus labios, provocando estremecimientos emocionantes por sus nervios.

Un suave gemido escapó de la garganta de ella y entonces la lengua de él se deslizó dentro de su boca.

Nada era suave. Pero ella se sentía segura.

Sus dedos recorrieron el cabello corto y áspero de él, llegando a la nuca y acercándolo más.

Era su marido, pero ese hecho no era lo que hacía que aquello se sintiera tan bien.

Era que él era suyo. De una manera que no podía explicar.

Que no podía admitir excepto cuando estaban cuerpo a cuerpo, en aquel toma y daca que no permitía medias verdades ni secretos.

Podía abrazar el deseo o rechazarlo, pero no ambas cosas.

—Me encanta tu sabor —dijo él con voz ronca.

—Tuck… —gimió ella.

—Así es, nena. Gime mi nombre —le susurró al oído—. Y aunque me encantan tus labios, hay otro lugar en el que no puedo dejar de pensar en besar, en cómo sabías contra aquel árbol. Quiero volver a poner mi boca ahí.

La sujetó por la parte baja de la espalda con la mano y se dejó caer, llevándola consigo hasta quedar sobre la gruesa alfombra del suelo.

Él la había comparado con el fuego, y en aquel momento cada centímetro de su piel ardía.

No podía acercarlo más, pero quería más, necesitaba sentir cada parte de él.

Deseaba que él pudiera ver cómo le corría la sangre por las venas, la caótica turbulencia que había encendido en su cuerpo.

Quería descubrir de qué más era capaz. Una horquilla se soltó, liberando una cascada de rizos.

Las faldas se le habían subido por encima de las rodillas, pero no le prestó atención.

En aquel fugaz momento, nada más en el mundo importaba excepto el peso de Tuck presionándola, la aspereza de su mandíbula rozando la mejilla de ella.

Era estimulante, pero no suficiente. Anhelaba más.

Cada beso parecía un principio y un final, y ella se aferraba a cada momento fugaz como un dragón que guarda su tesoro.

Él se separó, con las manos apoyadas en el suelo a ambos lados de la cabeza de ella.

—Lo siento —dijo con los ojos cerrados—. No debería haber… No puedo tomarte en el suelo de tu dormitorio por primera vez.

—No pasa nada. —Lizzy se humedeció los labios. Los tenía muy hinchados—. Supongo que es culpa mía.

Él abrió los ojos de golpe y la miró con confusión.

—No lo es. En absoluto.

—Oh, pero me temo que sí —contestó ella con una sonrisa torcida—. Porque soy tan extraordinaria… ¿Cómo se supone que vas a controlarte?

Esa vez, él no gimió de deseo, sino de diversión molesta.

—Maldita sea. ¿Cómo es que eres tan buena? —Le mordisqueó el cuello.

Ella jadeó.

—Siempre he aprendido rápido.

Él asintió con un gruñido desde lo más profundo de su garganta.

—Tienes un don y mucho talento, nena.

Llamaron a la puerta.

Intercambiaron una mirada de sorpresa, con los ojos muy abiertos.

Lizzy carraspeó.

—¿Quién es?

—Tu querida madre. —La voz de su madre había perdido la dulzura que tenía antes en el salón; ahora era aguda. Totalmente seria.

Maldita sea. Que Lizzy fuera una mujer casada no significaba que tuviera que revolcarse por el suelo del dormitorio en cuanto se cerrara la puerta.

¿Había perdido el juicio? Se miró en el espejo, intentando arreglarse el pelo suelto, pero fue inútil.

Tenía los ojos vidriosos, el labio inferior ligeramente hinchado y la tez enrojecida.

Agarró un pañuelo del escritorio y le lanzó a Tuck una mirada que significaba que hablaba muy en serio.

—Sígueme el juego —le pidió en voz baja—. Y hazme la pelota.

Se acercó a la puerta y respiró profundamente mientras la abría.

—Sí… —susurró, fingiendo secarse los ojos. Era mejor que pareciera que había estado allí devastada y que Tuck le había dado un poco de consuelo, como motivo de su desaliño, y no que casi hubiera perdido su virginidad sobre la alfombra.