Capítulo 18 #2
—¿Una siesta? —Tuck entrecerró los ojos y escrutó su rostro—.
Has dormido veinticuatro horas. Si no te hubieras despertado en los siguientes cinco minutos, yo…
No sé qué habría hecho. —Se apartó de la cama y se inclinó, con las manos apoyadas en las rodillas—. No lo sabía, Lizzy. No sabía qué hacer.
—No pareces tú mismo. —Se estiró. Sentía el cuerpo cálido y relajado. Aparte de tener un poco de hambre, se encontraba bien.
—Porque estaba jodidamente aterrorizado. Todavía lo estoy. Te subió la fiebre muy rápido. Cuando te llevé de vuelta a la posada, apenas decías cosas con sentido. Intenté llamar a un médico, pero estaba asistiendo un parto, así que me enviaron a un bo…, un boti…
—¿Un boticario?
—Sí. Sea lo que sea eso.
Ella se recostó sobre la almohada, desconcertada.
—¿Cómo se consiguen las medicinas en tu época?
—En la farmacia, un lugar donde un farmacéutico dispensa medicamentos.
—Suena como un boticario. Es bastante común que hagan visitas a domicilio. A mí me pasa a veces, cuando tengo uno de estos ataques.
—Tu hermano dijo que eres propensa a las fiebres.
—Sí. En momentos de estrés o gran excitación, no es raro que tenga fiebre durante un día. Es extraño, ¿verdad? ¿Y cómo acabaste hablando con Henry?
—Fui a buscarlo porque no estaba seguro de lo enferma que estabas.
—¿Pensaste que estaba en mi lecho de muerte?
Tucker tragó saliva.
—Te pusiste enferma tan rápido. No tenía forma de tomarte la temperatura. No pude conseguirte analgésicos ni antipiréticos en la tienda; me sentí completamente inútil. Entonces encontré al boticario y lo primero que Henry quiso que hiciera fue abrirte el brazo.
—Henry cree firmemente en la sangría. Yo no estoy tan convencida de que…
—Les hice saber que, si alguien cortaba a mi esposa con el pretexto de curarla, serían ellos los que sangrarían. —Su voz sonaba feroz y protectora.
—Tuck. —Ella extendió una mano.
Él la miró fijamente, con la mandíbula apretada con gesto decidido mientras metía la mano en el bolsillo y sacaba con cuidado los anillos de boda. Con solemnidad, le colocó el suyo con un gesto sencillo. Luego se puso el de él, sellando así su unión.
—¿Qué demonios? —Ella parpadeó, aturdida, mirando el anillo.
Aunque su peso físico era ligero, el momento se sentía cargado de consecuencias.
Estaban realmente casados.
—Me siento mejor sabiendo que lo llevas puesto —continuó él—.
No pude ayudarte mucho cuando estuviste enferma.
Cuando me dijeron por primera vez que tenía cáncer, fue horrible.
Pero contaba con un equipo de profesionales médicos.
Si te pones enferma aquí, viene un tipo y quiere sacarte sangre del brazo en un cuenco. ¿Qué coño es eso?
—Tuck —repitió ella—. Llevar los anillos… ¿Qué significa?
Quería que él le diera sentido a aquel momento. Tenía una habilidad extraordinaria para ir al meollo de las cosas, y en ese momento ella necesitaba un poco de su franqueza.
—Parece una tontería, pero quizá pueda ayudarte a protegerte. No lo sé. Odio no haber podido ayudarte más…
—¿Y si dejaras de centrarte en ti mismo y escucharas a la persona que realmente estuvo enferma y tiene cosas que decir? —dijo Lizzy por la frustración.
Aquel estallido sin duda llamó la atención de Tucker.
—Tienes razón. —Echó la silla hacia atrás y le tomó la mano entre las suyas—. ¿Cómo te encuentras?
—Viviré para molestarte otro día.
—No me molestas. Aunque lo hicieras, me gustaría, así que no serviría de nada.
—Recuerdo el olor de la mostaza.
—Cuando no dejé que te sangraran, dijo que te pondría una cataplasma. Lo único que parecía era un trapo maloliente.
—Ayudaría a evitar la infección de mis pulmones.
—Luego te dio una bebida con algún tipo de corteza y láudano. —Hizo una mueca—. Me sentí como si estuviera en una escena descartada de Harry Potter viendo a alguien preparar pociones, cuando la magia no es real.
Quién sabía de qué estaba divagando la mitad del tiempo, pero ella entendió lo que le había dado el boticario y por qué había dormido tan profundamente y durante tanto tiempo.
—¿Corteza? Sería corteza de sauce. Baja la fiebre. Y el láudano ayuda a conciliar el sueño para descansar y curarse.
—Nunca había oído hablar de eso.
—También se llama opio.
Él abrió mucho los ojos.
—¿El médico te dio opio?
—Es muy común. Tengo amigas en Londres que juran que frotar láudano en las encías de sus bebés les ayuda a descansar.
—Es increíble que los humanos sigan sobreviviendo.
—Muy bien, señor Todo-es-mejor-en-el-futuro. Nos las arreglamos aquí y, claramente, debemos estar haciendo muchas cosas bien para que tantos como tú hayáis logrado sobrevivir.
Él parecía avergonzado.
—¿De verdad vas a estar bien?
Ella le apretó la mano.
—Sí. A veces me pasa, como ya dije. Estaba tan distraída que olvidé prepararme o pensar en ello. Pero entre la fuga y la aparición de Henry. También prepararme para anunciar la noticia a mis padres… Debería haber previsto que mi cuerpo reaccionaría.
—¿Y estás segura de que no es por…? —Él apartó la mirada—. No. Olvídalo. Estoy siendo estúpido.
—No tienes la culpa. —Ella ocultó la diversión en su voz.
Él pensaría que se estaba burlando, pero no era nada parecido.
Encontraba entrañable su ansiedad por que su intimidad pudiera haberle hecho daño—.
¿Lo que me hiciste bajo aquel árbol? Me quemó, sí.
Pero de una manera diferente. Y si lo volviéramos a hacer, no tomaría láudano: querría sentir cada cosa que hace tu boca.
Él le acarició la mano, apartando la mirada.
—Mírame —le pidió ella.
Él se volvió lentamente, con el rostro impasible.
—No me hiciste daño. No tienes la culpa.
—Tengo la culpa porque te voy a llevar a casa de tus padres y sé que allí te harán daño. Henry no deja de recordármelo.
—Hace tiempo que me acostumbré al hecho de que mis deseos y los de mi familia no coinciden. Será desagradable. Pero ¿mi vida sin ti? Eso sería mucho peor.
Su mirada se clavó en la de ella, aún indescifrable.
—Nos estamos ayudando mutuamente. Nos hemos hecho amigos, ¿no?
Incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, Lizzy sabía que no eran del todo ciertas. No era una mentira: eran amigos. Simplemente estaba evitando todas las demás palabras que eran o podían ser, palabras más confusas y complicadas que era mejor dejar en el aire.
—Amigos —dijo él. Su voz mantenía el mismo tono cauteloso y neutro que el de ella—. Que se necesitan mutuamente para alcanzar sus objetivos.
—Exactamente.
¿Por qué seguía mirándola así? ¿Y por qué ella también lo miraba? Era como jugar a uno de esos tontos juegos de salón en los que se espera a ver quién parpadea primero. No sería ella. No iba a aumentar sus preocupaciones sobre el regreso a su hogar exigiéndole afecto como una niña mimada.
Había una chispa innegable entre ellos, pero, al igual que una llama, su conexión necesitaba cuidados para crecer. Si ella no la perseguía activamente, su vínculo podría permanecer tal como estaba: una pequeña brasa brillante, segura y contenida. Nada peligroso. Nadie se quemaría con el calor.
No jugarían más con fuego.