El destino entre dos tiempos Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—No, pero quería que lo supieras antes de comprometernos.

—Eres muy considerado, Tucker Taylor. Y debo decirte esto antes de seguir adelante.

Aunque adoro a los niños, no hay ninguna parte de mí, y quiero decir ninguna, que tenga inclinaciones maternales.

Me gusta bastante la idea de ser una tía divertida, pero ¿la idea de tener hijos propios?

—Negó con la cabeza—. Cuando pienso en mi futuro, lo que más deseo es libertad.

Todavía no he tenido la oportunidad de saborearla.

Pero eso es lo que tú me estás dando. Y eso es lo que es valioso.

—Una mirada sombría cruzó su rostro—. Quizá pienses que soy un monstruo por eso. Muchos lo pensarían.

—¿Por no querer tener hijos? No, en absoluto.

En mi lugar de origen conozco a bastantes parejas que no tienen hijos.

La mayoría por elección propia. Es una de esas cosas que son personales.

Nunca te juzgaría por no querer tenerlos.

Solo quería asegurarme de que tuvieras la posibilidad de elegir, por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Si no puedo encontrar el camino de vuelta a casa. Tú también debes de haber pensado en eso. Es una posibilidad.

Ella apretó la mandíbula, con una feroz determinación en su rostro.

—No podemos pensar así. Has llegado hasta aquí. Debe de haber una manera de que regreses. Solo tenemos que encontrar el camino. Y ahora, sabiendo lo de ese cáncer, estoy aún más comprometida. Volverás a casa y tendrás acceso a los médicos que necesitas.

—Lizzy…

—Y si no encontramos una forma de volver, la crearemos —añadió con decisión—. Soy muy ingeniosa, ya lo sabes.

—Lo sé. —Si alguien pudiera desgarrar el tejido del universo, sería ella.

—Yo también tengo algunas preguntas. —Lizzy se cruzó de brazos—. Me has estado evitando. Me prometiste que podría hacerte preguntas y no he tenido la oportunidad de hacerlo. Cuando dices que no puedes tener hijos, ¿significa eso que tu…? No sé muy bien cómo llamarlo… ¿Cómo prefieres que lo llame?

—¿Cómo lo llamo? —Miró su entrepierna—. Mi polla, supongo. O mi pene. No lo sé.

La sonrisa de ella fue lenta, felina incluso.

—Por la rapidez de tu respuesta, diría que lo sabes muy bien. Así que usaré polla. Suena un poco violento, pero Dick [7] es el nombre de uno de los criados de mi casa de Londres, y me niego rotundamente a llamarlo así.

—Me parece razonable. —Aquella mujer era capaz de colarse entre sus defensas y anotar sin esfuerzo.

—Bueno, estábamos hablando de tu polla y de cómo no funciona y…

—Espera, Pocket Rocket. He dicho que probablemente no pueda tener hijos.

—Claro. Por tu polla rota.

Si volvía a decir «polla» con aquel acento británico tan estirado, la iba a sentar en su regazo y le iba a enseñar un par de cosas sobre cómo usar su bonita boca de aquella manera. Pero luchó contra el impulso.

—Eh, eh, eh. Nunca he dicho ni una sola palabra sobre que mi polla esté rota. Por cierto, funciona perfectamente. Mejor que perfectamente.

—Pero dijiste…

—No dije que fuera impotente. Por Dios. Mira, significa que mis nadadores no nadan del todo…

—¿Quién nada dónde? —Parecía alarmada—. En mi libro no se mencionaba nada sobre nadar.

Qué lío.

—Déjame reformularlo. —Mientras tragaba saliva, tratando de encontrar una forma de no confundirla más, el carruaje se detuvo.

—¿Vamos a recoger a más gente? —preguntó Lizzy con cara de desconcierto cuando se abrió la puerta.

Entró una mujer delgada de hombros estrechos, seguida de un hombre con una coleta baja perfectamente peinada y el revelador abrigo rojo de un soldado británico.

—Oh, Jameson. Tenemos compañía. —Tuck miró más de cerca y vio que la nueva mujer no podía tener más de veinte años, envuelta en un vestido y un sombrero tan grandes que casi se perdía en ellos—. ¿Cómo está? Soy la señora Jameson Horatio Darling.

El hombre, presumiblemente Jameson Horatio Darling, asintió brevemente con la cabeza antes de volver a centrar toda su atención en la joven.

—Nos acabamos de casar. —La nueva señora Darling le entregó sus maletas y se dejó colocar en el banco como si fuera un maniquí o algo así—.

El querido Jameson se ocupa de todas mis necesidades.

Solo tengo que pensar en algo y, ¡pum!, ahí aparece.

Ahora que nuestra luna de miel ha terminado, nos vamos a reunir con su regimiento, pero, ay, ojalá no hubiera terminado.

Las últimas dos semanas han sido mágicas, ¿verdad? He estado en éxtasis a cada momento.

El querido Jameson le tomó la mano y le dio un ferviente beso en la palma.

—Soy tu devoto servidor en todo, querida

Tuck y Lizzy no tardaron en saber todos los detalles de la historia de los felices Darling.

Desde su encuentro en un baile hasta algunos de los paseos más mágicos de la historia de la creación humana, pasando por una carta que escribió el querido Jameson y que se convirtió en el modelo por el que se juzgarían y se encontrarían deficientes todas las futuras cartas de amor del mundo.

—Escribo versos bastante bonitos —dijo el querido Jameson—. Mi esposa dice que tengo un gran talento para la rima.

—¡Esposa! —exclamó la señora Jameson Horatio Darling—.

¿Hay algo más maravilloso que ser esposa?

Creo que no, ¿verdad, señora…, eh…, señora?

—Se calló, sin parecer importarle en absoluto que nunca hubiera solicitado una presentación.

Volviéndose hacia Tuck, bajó la cabeza—.

Lo siento mucho, señor, cuando estoy con mi querido Jameson, me embarga tal éxtasis que me olvido por completo de los demás hombres.

Hace poco, iba caminando por la acera y choqué directamente con uno, confundiéndolo con un carrito.

—Disculpe, no entiendo cómo pudo chocar contra un carro sin ver al hombre —dijo Lizzy lacónicamente.

—Mis ojos están llenos de estrellas y lunas para el que amo, señora… Lo siento mucho, desconozco sus nombres.

—Me llamo Lizzy Wooddash y él es el señor Tucker Taylor.

—Ah, un nombre poco común, señor. Y yo que pensaba que ustedes dos también estaban en una unión conyugal tan bendita como la mía y la de mi querido Jameson.

—Vamos a casarnos —intervino Tuck, recordando las advertencias que Jane y Georgie le habían hecho en el cobertizo. No quería que pensaran mal de Lizzy por estar con él.

—Ah. —La señora Jameson Horatio Darling los miró a ambos con aire cómplice—. ¿A Gretna Green, verdad?

Como ninguno de los dos lo confirmó ni lo desmintió, se abalanzó sobre su marido.

—¡Querido Jameson, se van a fugar! ¿No es maravilloso? Por supuesto, nosotros leímos las amonestaciones y lo hicimos en una iglesia y todo según las normas, pero su decisión es una elección de verdad.

—Sin duda. —La voz de Lizzy estaba tan tensa que cualquier otro arrebato de la radiante novia podría hacerla salir disparada hacia los páramos.

Tuck le tomó la mano; estaba fría, pero suave. Nunca antes había hecho eso, sentarse y tomarle la mano.

—Solo podemos esperar ser una pizca tan felices como ustedes.

—Y así será —replicó la señora Jameson Horatio Darling, entusiasmándose—.

Aunque, claro está, nunca podrán esperar alcanzar una felicidad tan deslumbrante como la mía, pues soy yo quien ha sido favorecida por la fortuna con un semental semejante.

Pero incluso una mínima parte de esta dicha debería ser suficiente.

Lizzy abrió mucho los ojos y la boca, y Tuck le apretó la mano dos veces a modo de advertencia.

—Sí, gracias por sus cálidos deseos. Nos sentimos muy afortunados, ¿no es así?

—Si me emociono más, me encontraré cara a cara con los ángeles —dijo Lizzy con ironía.

El carruaje se quedó en silencio por un momento antes de que la señora Jameson Horatio Darling estallara en carcajadas.

—Querido Jameson, ¿qué rima con ángeles? Exijo un bonito poema de inmediato.

—Cuando estoy lejos de mi ángel…, encuentro el mundo en desesperación y mi pobre corazón se llena de dolor.

La joven chilló y aplaudió mientras levantaba los pies en lo que parecía ser una respuesta entusiasta a su destreza literaria.

—¡¿Lo ven?! Es capaz de hacer cosas así sin práctica ni aviso previo. Mi Shakespeare personal. Mi pequeño y listo marido.

—Las palabras bonitas fluyen fácilmente cuando hay una musa tan encantadora como tú, mi rosa.

—Cariño, mira, un pájaro. —Tuck señaló por la ventana y la atrajo hacia él, susurrándole al oído—: Recuerda que no tienes permiso para matarlos ni para tirarte desde un carruaje en marcha.

Ella protestó con un ruido.

—No prometo ninguna de las dos cosas.

—Tú sigue mirando a los pájaros —le sugirió Tucker.

Pasaban volando algunos, ninguno especial ni fuera de lo común, pero tener a Lizzy pegada a él lo hacía más interesante.

—Los páramos tienen cierto encanto, ¿verdad? —murmuró ella.

—¿Es eso lo que son? —El paisaje era sombrío, desprovisto de árboles y alegría.

—A mí me parece más romántico que… —Inclinó la cabeza hacia la pareja que se arrullaba—. Ahí fuera, me imagino que los sentimientos se vuelven muy fuertes, casi dolorosos. No hay distracciones para tus pensamientos, así que solo estás tú y tu feo corazón contra el horizonte.

—¿Feo corazón? Eso no suena muy poético.

—Pero es cierto. —Lizzy acercó los labios al oído de él—. Los corazones reales no son felices todo el tiempo. Y no son perfectos. Se enfadan, envidian, ansían más y siguen deseando. Pero todos somos hermosos a nuestra manera fea. Al menos eso es lo que yo creo. [7] «Pene» en inglés.