Capítulo 14
Tuck se estremeció al contemplar a Lizzy, aquellas curvas perfectas apenas ocultas bajo el camisón inocente.
Ella le encendía la sangre. Tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no tomarla en brazos y decirle todas las formas en que podía hacer cantar su cuerpo.
Para eso, y para no atizar al idiota borracho que había arruinado sus posibilidades de dar el paso.
Empujó al intruso tambaleante y con los ojos nublados de vuelta al pasillo con un gruñido de «Fuera», antes de cerrar la puerta de un portazo y enfrentarse a Lizzy.
Las mejillas de ella se tiñeron de un delicado rosa, el pecho agitándose con cada respiración entrecortada.
La atmósfera cargada entre ellos era palpable cuando ella separó los labios, como para hablar.
No podía hacerlo. El pánico se apoderó de él.
No podía soportar escuchar lo que pudiera decir, ya fuera rechazo o aliento.
Cualquiera de las dos cosas los llevaría por un camino nuevo.
—Voy a tomar un poco de aire. Será mejor que duermas un poco —sugirió él.
Dios, su voz sonaba tensa, incluso para sus propios oídos. Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se marchó. Necesitaba distancia, una oportunidad para recuperar el control sobre sus emociones. Solo entonces podría enfrentarse a ella, para aceptar lo que el destino le deparara.
Y mierda. Se tiró de los pantalones con irritación.
Necesitaba lidiar con aquella erección que iba a romperle los calzones si no encontraba alivio.
Atravesó el pub de abajo, ignorando la mirada seductora de una mujer en la barra que estaría más que dispuesta a ayudarlo por el precio adecuado.
Solo le cautivaba una mujer, aquella a la que sabía que no debía desear, ya que solo complicaría una situación ya de por sí compleja.
Apretando la mandíbula, decidió controlar sus sentimientos.
A pesar de la intensa atracción que sentía por Lizzy, no podía permitirse que su corazón se desviara del objetivo final.
Encontraría la manera de superar las adversidades y volver a casa. Tenía que hacerlo.
Sin decir palabra a nadie, se dirigió a la parte trasera.
Necesitaba privacidad, y el único lugar que encontró fue un rincón apartado en un granero.
Estaba tranquilo y no había nadie alrededor.
Los establos de la parte trasera estaban vacíos, y entró en el más alejado de la derecha.
Apoyó el antebrazo en la parte trasera del establo, dejó caer la cabeza hacia delante e intentó respirar profundamente.
—Joder —murmuró tras una larga pausa. No había otra opción. Necesitaba liberarse.
Con movimientos rápidos y bruscos, se liberó, y su miembro erguido se alzó para saludar a su mano.
Se apretó con fuerza, frustrado, casi enfadado por tener que estar allí, por no poder reprimir aquella necesidad y lanzarla lejos, a algún gran mar interior.
Pero la presión extra le sentó bien. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se había excitado tanto, desde la última vez que había deseado algo con tanta urgencia?
Quizá nunca.
Antes, había sido suficiente con tomarse un segundo y hasta un tercer whisky sabiendo que Lizzy estaba arriba hojeando fotos y descripciones que seguramente harían más que plantear preguntas.
Estaría emocionada. Pero no había imaginado que al volver la encontraría con las mejillas sonrosadas y los ojos nublados.
El camisón arremangado hasta las rodillas.
Y la habitación llena del aroma de su deseo.
Ahora sabía cómo olería si presionara la cara entre sus muslos.
Se le quedó grabado en la mente, para llevarlo consigo hasta su maldito lecho de muerte.
Cuando la reveladora humedad del líquido preseminal brilló en su punta, pasó el pulgar por encima, dejando que la ligera humedad acariciara su longitud.
Quería ser rápido y práctico con aquel acto.
Simplemente terminar con ello y volver a la vida normal.
Pero su mente seguía divagando hacia los ojos de ella, su nariz, sus labios, todos los microgestos que hacía con la cara, cómo podía leer sus pensamientos con una sola mirada, y cómo, cuando él había entrado en la habitación, ella lo había deseado.
Había estado a un paso, por culpa de un idiota borracho, de saber cómo sabía su lengua, si le gustaba que la besaran con fuerza, con los dientes chocando, las manos enredadas en el pelo, o suave y dulce, una provocación de labios que aumentaba la tensión y prolongaba el placer.
Aquella vez, cuando deslizó la mano hasta la base del pene, dejó que rozara su escroto, ya tenso, ansioso por liberarse.
Se mordió el interior del labio y apretó el culo.
Estaba a punto y era bueno. Mejor que de costumbre.
Como si su cuerpo estuviera encontrando nuevos focos de placer de los que sacar provecho.
Afuera, más allá de las paredes, dos hombres cantaban, sus palabras entremezclándose desafinadas.
Un gato maullaba en las vigas. No podía quedarse allí mucho tiempo. Tenía que terminar.
Lo que quería era ser él quien metiera la mano bajo aquel camisón blanco, recorriendo con las manos las curvas de ella hasta llegar al centro húmedo y sedoso; la observaría mientras la tocaba allí.
Su ritmo se volvió irregular. Su respiración era entrecortada.
Quería ver cómo se oscurecían aquellos ojos azules, cómo se dilataban sus pupilas hasta tragarse el mundo.
Usaría su mano libre para pasar el pulgar por el labio inferior de ella, y probablemente se daría la vuelta y lo chuparía.
Gruñó cuando su orgasmo le golpeó como un tornado en un día despejado. Apretó los dientes y exprimió el final con lentas y firmes embestidas, perdido en la idea de su dulce boca abriéndose de par en par.
Le llevó poco tiempo limpiarse y luego dirigirse a la bomba de agua cerca de la entrada trasera para lavarse las manos y echarse agua en la cara.
La broma le salió cara, porque tomar el asunto en sus propias manos, por así decirlo, tuvo el efecto contrario al que esperaba.
No le quitó el nerviosismo, sino que sirvió como piedra de afilar para agudizar su deseo hasta el punto de que apenas pudo hablar con ella a la mañana siguiente durante el desayuno y fingió dormir todo el día en el carruaje.
Aquella noche cenó abajo y, cuando subió, ella ya estaba dormida, o fingía estarlo muy bien.
Pero al día siguiente no había nadie más en el carruaje. Solo Lizzy.
Se disponía a fingir que dormía de nuevo cuando ella rompió el silencio:
—¿Estás enfadado conmigo?
Él levantó la vista bruscamente.
—En absoluto. He estado cansado.
—No te creo. Ayer fingiste estar dormido todo el día.
—¿Qué te hizo pensar que era fingido? Estaba dormido.
Ella lo miró con ira.
—Creía que no íbamos a mentirnos el uno al otro.
—Yo… —Se limpió las manos en los pantalones—. Está bien. ¿Cómo lo supiste?
—Cuando duermes, se te abre la boca y te mueves.
—Prestas mucha atención.
—Eres grande y estás constantemente a mi lado. Por supuesto, he notado algunos gestos que se repiten, pero lo que no puedo entender ni explicar es por qué me estás evitando. Así que cuéntamelo.
No quería mentir. Había prometido no hacerlo, pero ni loco admitiría que se había corrido tan fuerte que vio estrellas en un establo, ni que no podía dejar de imaginar lo intenso que sería hacerlo con ella.
Se acercaría a la verdad desde otra perspectiva. Una que no esperaba compartir, pero que le parecía tan buena como cualquier otra.
—Hace poco estuve enfermo. El año pasado empecé a sentirme mal, con fiebre y fatiga que iban y venían.
Sudores nocturnos. A menudo me quedaba dormido sin cenar.
Fui al médico del equipo, que me examinó y me encontró un bulto en la axila.
Las pruebas no tardaron mucho en darme el resultado: era cáncer.
Se llama linfoma de Hodgkin. La buena noticia, si se le puede llamar así, es que el diagnóstico se produjo en mi época, no en la tuya.
Con el tratamiento tengo buenas, muy buenas, posibilidades de recuperarme.
Una vez que pase los cinco años sin que reaparezca, estaré aún mejor.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso.
—Fue horrible, no voy a edulcorarlo. —Tucker se recostó y cruzó las piernas, apoyando un tobillo en la rodilla opuesta—.
Pero, en comparación con otra mucha gente, soy un hombre afortunado.
Puedo permitirme una excelente atención médica.
Y vivo en una época en la que una enfermedad terrible se puede tratar con los medicamentos disponibles.
Pero hay un inconveniente, y quiero que lo sepas antes de que pase nada más.
Eso llamó la atención de Lizzy. Enderezó los hombros y mantuvo la cabeza rígida, como si esperara recibir malas noticias de un momento a otro.
—Continúa —pidió ella sin más.
—El tratamiento que recibí afectó gravemente a todo mi cuerpo. Eso es bueno porque mató el cáncer, pero la mala noticia es que también causó otros problemas. Es probable que no pueda tener hijos.
El silencio se prolongó en el carruaje. Lo único que se oía era el ruido rítmico de las ruedas sobre la carretera.
Tenía que decírselo.
—Lo siento —añadió él.
—¿Por qué? —Ella frunció la nariz—. Estoy esperando a que termines. Dime qué pasa.
—Oh. —Él parpadeó—. Eso era. No poder tener hijos. No es seguro, pero los médicos han dicho que es poco probable, especialmente ahora mismo.
—Ah, ya veo. ¿Y supongo que quieres tenerlos algún día?
—No estoy seguro, para ser sincero. Probablemente no. Pero quería que lo supieras antes de casarnos.
Ella se echó a reír.
—¿Por qué iba a importarme?
—Bueno, ahora que lo dices, no lo sé. —Se le enrojecieron las orejas.
Ella se quedó callada y apretó los labios, tratando de parecer seria.
—De verdad que no me estoy burlando. Estoy sorprendida. ¿Pensabas que iba a aprovechar este matrimonio como una oportunidad para tener un bebé?