Capítulo 12 #2
Un chapoteo repentino lo devolvió a la realidad, dándose cuenta de dos cosas a la vez. Primera, había estado bombeando agua en un cubo ya lleno, creando un charco a sus pies; y segunda, estaba excitado.
Joder. Vamos. No era un adolescente cachondo. Tenía que controlarse.
Agarró el cubo y lo sostuvo frente a él, mirando alrededor. No había nadie a la vista, pero eso no significaba que no estuvieran mirando. Repasó algunas viejas estadísticas de hockey : la temporada 1970-71 de Bobby Orr, 37 goles y 102 asistencias, o los 39 goles de Wayne Gretzky en 50 partidos.
Apretando los dientes y rogando que se le bajara la erección, entró en la posada.
Una breve conversación con el posadero le proporcionó tres datos:
1. El estofado era de conejo, no de cordero.
2. Al hombre le costaba horrores entender el acento estadounidense.
3. Y el pastel de carne y riñones no resultaba especialmente apetecible, así que se decantó por el de pollo. Con suerte, a Lizzy le gustaría.
Mientras uno de los hijos del posadero llevaba el cubo para traspasar el agua a dos vasos, él esperó la comida.
—Disculpe. —Tucker se giró y se encontró con una mujer de pelo negro azabache detrás de él, con los labios pintados esbozando una sonrisa cómplice—. Me debe una copa, señor.
Miró alrededor para asegurarse de que no le hablaba a otra persona.
—Creo que me confunde.
—Estaba a punto de tomar un sorbo de vino cuando lo vi. Me temo que inmediatamente derramé mi copa.
—Lo siento. —Tuck negó con la cabeza—. ¿Qué?
Dada su altura, los labios de ella estaban casi en su oído cuando susurró:
—Intento seducirlo. ¿Le parece bien?
—Ah. —Su vestido rojo. Su maquillaje. Su aura ensayada de seducción. Todo encajó. Dios, estaba distraído—. Eres una profesional.
—¿Es usted difícil?
—No soy tu público objetivo —respondió Tuck, agarrando la bandeja con los dos pasteles de pollo y las aguas que había pedido—. Y tengo que subirle la cena a alguien, pero buena suerte.
—Oh, no la necesitaré. Ese oficial de Marina del rincón lleva unos minutos mirándome con ojos de cordero degollado, pero usted era más guapo. —Echó un vistazo a los pasteles—. ¿Le espera una mujer?
—Sí —respondió Tucker sin más. Y era verdad—. Nos casamos en unos días.
Ella ladeó la cabeza.
—¿No es afortunada?
—Tendrías que preguntárselo a ella.
—Es usted gracioso, Yankee Doodle . [6] Me gusta. Avíseme si se aburren esta noche. No me importaría unirme a su fiesta. Apuesto a que ella es bonita. —Y tras una reverencia burlona, se alejó contoneándose.
Hacía tiempo que no estaba con una mujer.
Al menos un año. No por afán de vivir como un monje, sino porque no sabía compartimentar su vida como sí lograban hacerlo sus compañeros de equipo.
Su dedicación a estudiar oponentes, los entrenamientos rigurosos y la práctica constante dejaban poco espacio para dedicar a una relación.
A pesar de la soledad ocasional, amaba su trabajo. No había nada más divertido.
Pero todo era diferente. Estaba a más de doscientos años del estadio de Austin. De sus compañeros. De su rutina. Del hielo.
Se quedó fuera de la puerta del ático, con los brazos cargados con la bandeja de la cena, sin saber cómo avisar a Lizzy de su presencia sin asustarla o sin que algo se le cayera. Dar una patada a la puerta era demasiado agresivo.
Como si le hubiera leído el pensamiento, la puerta se abrió, revelando a Lizzy al otro lado.
—Te he oído —dijo ella sin más. Tenía el pelo suelto sobre los hombros y el rostro sonrosado. Se había cambiado el vestido por un largo camisón blanco.
—Gracias por el agua. —Agarró los vasos que él le ofrecía—. Estoy tan cansada. Y tan hambrienta. No sé si tengo más ganas de comer o de dormir.
—Estos pasteles de pollo huelen bien —comentó Tuck, dejándolos sobre la mesa del rincón—. Come uno y luego puedes acostarte. No querrás subir mañana al carruaje con el estómago vacío.
—Desde luego que no. —Parecía más joven… No, no era eso, solo más vulnerable. Era extraño cómo algo tan simple como verla lista para dormir hacía que pareciera que estaban cruzando un nuevo umbral.
Comieron en silencio. Demasiado cansados para bromear, pero también, mientras el crepúsculo daba paso a la noche fuera de la ventana y ella encendía la única lámpara, parecía que la cama llenaba la habitación, creciendo al mismo ritmo que las sombras.
Se lavó rápidamente, aún sin acostumbrarse a que allí la pasta de dientes fuera en polvo.
Aunque mejor no quejarse, porque al menos tenía los dientes limpios, gracias al raspador dental conseguido en Woodlands.
Recogió los platos y los llevó abajo. El oficial y la mujer de rojo se habían ido. Cuando volvió a la habitación, Lizzy estaba sentada en la cama. Hacía frío aquella noche, y notó que ella tenía los pezones endurecidos. Era difícil pensar en otra cosa.
—¿Estás cómoda? —le preguntó, con la mano cerca de la lámpara, listo para apagar la suave luz.
Ella se movió y la cama crujió bajo su peso.
—El colchón no es una nube, pero servirá.
—Voy a apagar la luz, Lizzy. —Giró el pomo de la base y la mecha se sumergió en el aceite. La habitación se sumió en la oscuridad.
—Señor Taylor. —La voz de Lizzy era suave, casi vacilante—. No tienes que dormir en el suelo.
Él mantuvo el tono tranquilo.
—No pasa nada.
—¿Señor Taylor? —Se produjo un momento de silencio entre ellos—. ¿Y si te dijera que puedes dormir en la cama?
A Tucker se le secó la boca.
—Diría que eres muy amable, pero no hace falta, de verdad.
—¿Y si insistiera?
No sabía si era un desafío, una invitación o ambas cosas.
—Entonces, te diría que mejor me llamaras Tuck o Tucker.
—¿Por qué te importa tanto?
—Cada vez que me llamas señor Taylor, me siento como mi padre —dijo él en voz baja—. Prefiero ser yo mismo.
—Muy bien, Tucker. —Se oyó el suave roce de las sábanas—. Puedes unirte a mí.
—Podría dormir en sentido contrario a ti.
—¿Así que tu cara estaría junto a mis pies? —dijo ella sin poder evitar que se le escapara una risita.
—Sería lo mejor para mantener alejados a los monstruos, ¿no?
—Pero entonces tus pies estarían junto a mi cara.
—Es cierto —admitió él.
—¿No podemos dormir uno al lado del otro como adultos razonables a los que todavía les esperan tres días más de viaje juntos? —Una nota de pragmatismo se coló en su tono, entremezclándose con el cansancio.
—De acuerdo entonces —aceptó Tucker, comenzando a desabrochar los botones de su chaqueta uno por uno.
—¿Qué estás haciendo?
—Quitarme la chaqueta —respondió con calma, continuando el movimiento lento y decidido de sus manos.
—¿Puedo confiar en que permanecerás completamente vestido? —preguntó Lizzy. Su voz llevaba un toque de cautela.
—Ya he dicho que puedo dormir en el suelo.
—Solo necesito asegurarme de que estarás vestido.
—Está bien, está bien. Me quedaré vestido. Solo me quito la chaqueta —aclaró antes de acostarse en la cama junto a ella.
El estrecho colchón lo obligó a pegarse al borde para evitar el contacto. El aire que separaba sus cuerpos estaba cargado, como si tuviera electricidad estática.
—Después de soportar cuatro días de viaje, es posible que aún tengamos que compartir cama de vez en cuando.
Podía oler su jabón. Era una flor cuyo aroma reconocía, aunque no lograba identificar, mezclada con algo familiar pero especiado, como romero.
—No había pensado en lo que vendría después. —Tucker cruzó las manos sobre el estómago y las apretó con fuerza. Le recordó a aquel juego que Nora le obligaba a hacer en el colegio: ligero como una pluma, duro como una tabla.
¿Cómo iba a dormir? Cada célula de su cuerpo estaba alerta y en tensión.
Su visualización del maizal parecía inalcanzable.
Estaba demasiado concentrado en preguntarse qué estaría haciendo ella.
Si la proximidad también la afectaba. Había tenido mujeres en su cama.
Pero nunca así. Por alguna extraña razón, saber que ella estaba allí, tan cerca y tan completamente prohibida, lo excitaba todavía más.
Sentía que, si apenas rozara su mejilla, sería tan intenso como levantarle el camisón y deslizar la mano entre sus muslos abiertos.
Su polla se estremeció, inundándose de calor.
Mierda. ¿Por qué coño estaba pensando en su camisón?
En cómo ocultaba tanto. La envolvía casi como si fuera un regalo.
Imaginó lo lento que iría desabrochando cada botón, y la recompensa de cada avance: un nuevo destello de piel cremosa.
Debía de ser tan suave, tan cálida, tan condenadamente…
—¿Estás bien? —susurró Lizzy, sobresaltándolo como si lo hubieran pillado.
Él se aclaró la garganta, rezando a cualquier dios que quisiera escucharle para que no sonara ronco.
—Me estoy quedando dormido… ¿Por qué?
Ella hizo una pausa.
—No importa.
—Dímelo.
—No quiero hacerte sentir mal.
Mierda. El pánico lo invadió. No habría notado su erección, ¿verdad?
—Estás muy tenso.
Dios mío, sí lo había notado.
—Lo siento. —¿Qué otra cosa podía decir? Más valía admitirlo. Las erecciones pasaban.
—Percibo la tensión de tu cuerpo. No tienes por qué preocuparte. Me abstendré de cualquier contacto físico —le aseguró ella con calma y serenidad.
El alivio se mezcló con la confusión al darse cuenta. Lizzy no se refería en absoluto a su erección. Se zarandeó mentalmente.
—Qué alivio —murmuró él, relajando los hombros a medida que desaparecía la adrenalina—. Me preocupaba mi honor.
—¿No es eso lo que se supone que debo decir yo? —preguntó ella con un tono de diversión somnolienta.
—Lizzy. —El tono de Tucker se volvió serio, su mirada intensa a pesar de la oscuridad.
No le importaba. Necesitaba que ella supiera que lo decía en serio—.
No tienes que preocuparte nunca por mí. [6] Canción que los británicos solían cantar para burlarse de los colonos estadounidenses antes y durante la guerra de la Independencia.