Capítulo 12
La habitación parecía el escenario de una orgía de pelusas, aunque las sábanas, al menos, se veían limpias.
—Creo que esta noche estaremos bien, pero no recomendaría tocar ni lamer nada —dijo Tuck, arrepintiéndose de inmediato de sus palabras.
Lizzy rebuscaba en su baúl, concentrada como una ardilla buscando bellotas. Por un momento pareció no haber escuchado el comentario, pero luego murmuró:
—¿Y dónde vas a dormir tú?
Su tono era demasiado casual. No se le escapaba nada.
—Me las apañaré en el suelo. —Tuck señaló su maletín de cuero con gesto displicente—. Hay un abrigo ahí dentro. Me las arreglaré. Soy un experto durmiendo en cualquier lugar, a cualquier hora.
Sus compañeros de equipo envidiaban esa habilidad; subían al avión y él ya roncaba antes del despegue.
Su secreto era simple: cerraba los ojos, respiraba hondo varias veces e imaginaba una escena de su infancia.
Normalmente se veía en la zona rural de Míchigan, con hileras de tallos de maíz marchitos en un campo nevado y algunos copos cayendo.
Nunca había compartido esa imagen con nadie; sonaba demasiado desoladora para ser un lugar feliz creíble.
Pero aquella sensación de vacío siempre lo relajaba, incluso durante el tratamiento.
Sin embargo, en ese momento, la mueca de Lizzy mientras examinaba la madera manchada acaparaba toda su atención.
—Ese suelo no parece haber recibido una limpieza apropiada desde el reinado de la reina Ana.
—No te preocupes. Prefiero que estés cómoda.
Ella lo miró. Su mirada le resultó familiar, como un idioma conocido en otro tiempo, dejándolo con una sensación inquietante. Era como si, concentrándose lo suficiente, pudiera descifrar el significado detrás de aquellos ojos.
—¿En qué piensas? —preguntó Lizzy.
Un rizo cayó sobre su frente, provocándolo, rogándole que lo apartara.
—¿De verdad quieres saberlo?
Los labios de ella se entreabrieron.
—Creo que sí.
—No te creas todo lo que pienses, Pocket Rocket. —El apodo salió con naturalidad. Le gustaba llamarla así. Había demasiadas cosas que le gustaban de ella.
No se conocían desde hacía mucho, pero ya habían encontrado un ritmo propio: un tira y afloja que no era exactamente una discusión, sino un baile. Seguían inventando los pasos, cambiando la melodía, obligando al otro a reaccionar y adaptarse.
—Adelante entonces. Dímelo. —Su voz estaba tensa como una cuerda de guitarra a punto de romperse.
—Tienes unos ojos preciosos. —No era todo lo que pensaba, ni mucho menos, pero le pareció suficiente por ahora.
—¿Eso es todo? —Lizzy ladeó la cabeza con un matiz de diversión.
Su risa lo tomó por sorpresa, llenando la pequeña habitación.
—¿Qué más quieres?
—Es habitual que los caballeros elogien mis ojos —observó ella con tono seco—. Parece ser uno de esos cumplidos vacíos a los que tú género se aferra antes de admirar mi vestido o preguntar por mis logros.
—¿Me estás diciendo que soy básico? —Se llevó la mano al pecho con fingida ofensa.
—Hace un momento tenías una expresión bastante intrigante en el rostro, y sentí curiosidad por saber si había algún pensamiento interesante que la acompañara.
—Sacudió una mota de polvo de su manga—.
Pero, por desgracia, has descartado por completo esa idea.
—A pesar de su tono inexpresivo, esos bonitos ojos que él había piropeado brillaban traviesos.
El juego continuaba. Lo estaba provocando para ver si respondía.
El problema era que, si seguía así, él querría hacer mucho más que responder. Nunca una mujer le había dado semejante paliza; ella no estaba ni remotamente intimidada ni trataba de impresionarlo.
—Vale, dame otra oportunidad. —Se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave—. ¿Qué tal esto? Tus ojos parecen lunas cuando sonríes, pequeñas lunas crecientes.
Ella frunció los labios, como luchando contra una sonrisa involuntaria.
—Sigo pensando lo mismo: no deberías cambiar el hockey por la poesía.
—Bueno, puede que no sea poeta, pero estoy dispuesto a dormir en el suelo por ti. Aunque, siendo sincero, es más por razones egoístas.
—¿Perdón? —reaccionó ella, tal como él sabía que haría. Dos puntos para él.
—Bueno, no sé si debería decirlo, pero tengo que ser sincero, ¿verdad? —Se tomó su tiempo, encogiéndose de hombros mientras ella se inclinaba hacia adelante, intrigada—. Pareces de las que acaparan las mantas.
—¡¿Cómo?! —La indignación tiñó su voz.
—El tipo de persona que roba todas las mantas.
—Para que lo sepas, acabo quitándome la mayoría durante la noche. Me da mucho calor, excepto por mis… —Se interrumpió, parpadeando—. No importa. Olvida lo que he dicho.
Ni hablar.
—Continúa —la animó.
—Debería asearme. Ha sido un largo día de viaje. Y mañana tenemos otro. —Se movió inquieta un momento antes de juntar las manos—. También me está entrando hambre. Seguro que abajo tienen queso y pan.
—Elizabeth Wooddash, no cambies de tema. Termina la frase: excepto por…
—Oh, está bien. Es solo una tontería. Mantengo los pies cubiertos por los monstruos. —Las palabras salieron atropelladas. Al notar su mirada inexpresiva, vaciló—. Sabes lo de los monstruos, ¿verdad?
—Lamento decir que no conozco a ninguno personalmente —respondió Tucker, sin poder evitar una leve sonrisa.
Los hombros de ella se tensaron.
—Tengo veintisiete años y soy muy consciente de que los monstruos no existen y que pensar lo contrario es absurdo.
Sin embargo, cuando duermo, debo asegurarme de que mis pies permanezcan cubiertos, no vaya a ser que uno de ellos intente rozarme el pie con un dedo pegajoso.
—Un escalofrío visible le recorrió el cuerpo.
—Ya veo. Así que, si hay un monstruo acechando, ¿así es como querrá pasar el tiempo? ¿Haciéndote cosquillas en los pies descalzos?
—Lamentablemente, sí. —Lizzy arrugó la nariz.
Él empezaba a reconocer bien esa expresión, y también se había familiarizado con las dos pequeñas líneas que se le formaban entre las cejas.
—Bueno, puedes estar tranquila. Si estoy aquí, no habrá monstruos. Puedes liberar esos pies.
—No estoy tan segura. —Entrecerró los ojos con un desafío acechando en sus profundidades—. Pareces de los que roncan. Eso podría atraerlos.
—¿Cómo lo sabes? —Discutir con ella era fácil, cómodo. Lo hacía sentirse más él mismo que en mucho tiempo. Resultaba extraño.
—Empezarás a roncar y estoy segura de que la criatura se acercará, como si la estuvieras llamando.
—¿Entonando la canción de su especie?
Ella asintió con solemnidad.
—Te diré algo. Si vas a luchar contra monstruos, necesitarás agua y comida. Voy a bajar a buscar algo para cenar. —Tucker sacó unas monedas que Georgie le había dado—. No me gusta no haberme ganado este dinero.
—No te preocupes por eso —dijo Lizzy, intentando ser práctica—. Georgie es como cualquier persona nacida con dinero: no valora las cosas como lo haría alguien que no lo tiene.
—¿Tú no naciste rica?
—Oh, sí. Mi familia es respetable. Pero después de que mi padre muriera, nuestra situación se volvió más precaria, antes de que mi madre se volviera a casar.
Aquellos meses de apuros económicos dejaron huella.
Y me he acostumbrado a oír que cada día que permanezco soltera es otro día usando recursos que podrían dirigirse a mi hermano.
—Pero tus padres te quieren, ¿no? —No podía imaginarse a ningún padre que no estuviera encantado de tener una hija tan vivaz y luchadora.
—No es que mis padres no sientan afecto por mí.
Estoy segura de que mi madre lo hace, a su manera.
Es solo que nunca me ha visto realmente por lo que soy.
No estoy segura de que sea capaz. —La voz de Lizzy se suavizó con una nota melancólica—.
He sido yo misma, la que está frente a ti, toda mi vida.
Sin embargo, cada vez que me mira, es como si reflejara algo distinto, algo que no está a la altura, que carece fundamentalmente de algo.
»Por favor, no me mires así; no es algo por lo que debas sentirte mal o triste. Es mi vida. Y pronto dejará de importar, porque lo que verán será el anillo en mi dedo y estaremos casados. —Lizzy palideció de repente—. Oh, no. ¡Los anillos! Olvidé por completo que necesitaríamos unos.
—No te preocupes. Tu prima se acordó. Los tengo guardados a buen recaudo.
—En solo unos días, estaría deslizando una alianza de oro en el dedo de Lizzy, uniéndolos de una manera en la que no quería pensar.
Mejor dejar esos pensamientos de lado y centrarse en las cuestiones prácticas actuales, más sencillas—.
¿Qué te apetece comer? ¿Algo como un estofado?
—Sí, pero solo si es de cordero.
—Vale. Eso sí que es específico.
—Sí —respondió Lizzy, levantando la barbilla—. Sé lo que me gusta.
Sus palabras resonaron en su mente mientras bajaba las escaleras hacia el patio de la posada.
El mango de la bomba estaba frío bajo su palma, el metal húmedo resistiéndose mientras lo movía arriba y abajo.
Hacía una semana, nunca se habría imaginado así, bombeando agua en un mundo sin coches y lleno de carruajes, vestido con calzones y botas.
Daría mucho por unos pantalones de chándal grises y unas chanclas.
Pero donde se encontraba no había espacio para el estrés o la preocupación; tenía que centrarse en la tarea que tenía entre manos, que era superar cada momento.
Sus pensamientos volvieron a Lizzy y a la certeza de sus palabras: «Sé lo que me gusta». Al menos podía confiar en ella, confiar en la fuerza inesperada que irradiaba desde su interior.
¿Cómo sería esa certeza en la cama?
Las imágenes se agolparon en su mente: Lizzy con su espesa melena suelta y salvaje, la falda subida alrededor de la cintura mientras lo montaba a horcajadas, hundiéndose en su dureza. ¿Arquearía la espalda y movería las caderas?
O tal vez querría ceder el control, necesitándolo para agarrarle el pelo con firmeza y guiarla de rodillas. No por debilidad, sino por confianza, hacia la liberación que otorga entregarse para dar y recibir placer.