Capítulo 11
Cuatro horas después de iniciar el viaje, Lizzy se encontraba encajada entre la pared de la diligencia y Tucker Taylor.
El espacio limitado se había vuelto aún más sofocante con la incorporación de cinco pasajeros más.
Un sacerdote, que se había quedado dormido antes de que abandonaran los límites de Salisbury, inundaba el carruaje con ronquidos atronadores, a los que se sumaba la respiración agitada de un oficial de Marina.
Una anciana y su doncella, de camino a visitar a la hija de la señora —que acababa de dar a luz a su octavo hijo—, ocupaban los asientos frente a Lizzy.
Y frente al señor Taylor se sentaba un oficial naval de cabello oscuro que intentaba, una y otra vez, meterse un dedo hasta la mitad de su nariz ganchuda.
Las incesantes sacudidas de la diligencia en la carretera irregular no hacían más que intensificar la incomodidad de Lizzy.
Los golpes rítmicos que emanaban del techo resonaban con el dolor punzante de su cabeza, cada golpe reverberando en su cráneo.
Dos jóvenes, que pagaban una tarifa reducida por sentarse en la parte superior de la diligencia, parecían felizmente ajenos al impacto de sus inquietas patadas y sus juegos bruscos.
La anciana estalló en un acceso de histeria.
—¡Oh, Harriet! ¡Qué nervios! —se lamentó ante su doncella, buscando un pañuelo para secarse el sudor que le brillaba en el labio superior.
Harriet, impasible, chasqueó la lengua, se ajustó las gafas redondas de alambre y se sumergió de nuevo en su libro, cuyo título Lizzy no había conseguido descubrir.
La diligencia se sacudió al golpear un bache profundo, y la violenta sacudida amenazó con catapultar a Lizzy por el interior.
En un instante, el señor Taylor extendió el brazo, como un protector silencioso que la mantenía firmemente en su sitio.
Sus reflejos rápidos como el rayo evitaron que saliera disparada como una muñeca de trapo.
Ella le lanzó una mirada de reojo y asintió sutilmente, agradeciendo en silencio su ayuda.
—Ten cuidado, querida hermana. —Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras entre ambos se formaba un entendimiento tácito.
Su historia inventada los presentaba como hermanos recién llegados de una larga estancia en América, de viaje hacia el norte para visitar a un tío enfermo. La historia tenía más agujeros que un queso suizo, así que debían evitar las conversaciones casuales para no delatarse.
—Oh, Harriet, se me ha ocurrido una idea terrible.
—La declaración de la anciana provocó una oleada de inquietud en el estrecho espacio—.
¿Y si el carruaje se sale de la carretera, se precipita al río y nos ahogamos todos en unos pocos metros de agua?
Una vez oí hablar de un hombre que se ahogó en un charco de unos centímetros de profundidad.
—No vamos a pasar por ningún río, señora —respondió la criada distraídamente, absorta en su libro—. Y no hay charcos en la carretera. Así que no le pasará nada.
—¿Y si nos atacan unos salteadores de caminos? —Su ceño fruncido la hacía parecer una gorgona—. Los villanos podrían robarnos y luego quién sabe qué más.
—Parece emocionada con esa posibilidad —murmuró Tuck, su aliento rozando la oreja de Lizzy.
Sus palabras le calentaron la piel, ya demasiado acalorada.
Ella cerró los ojos y contuvo la respiración mientras se removía en su asiento.
¿Cómo podía sugerir tanto con tan poco? El corsé la oprimía, como si sus pechos hubieran aumentado.
Solo era una impresión, pero los sentía más sensibles, más tensos.
—Por eso el cochero lleva un guardia —respondió la doncella mientras pasaba una página.
Efectivamente, había un guardia. Cuando subieron, estaba de centinela en la puerta.
Lizzy cruzó los brazos y, con la mano más cercana al señor Taylor, le dio un fuerte pellizco en el costado. Él soltó un gruñido.
—Una taza de crema.
Lizzy tardó un momento en darse cuenta de que la anciana se dirigía al señor Taylor. Él lo entendió un instante después.
—¿Perdón?
—Es el mejor remedio para la indigestión. He oído ese sonido antes y, créame, sé cuál es la cura. Tómela en cuanto empiece a sentir náuseas.
Él parecía perdido, con la confusión reflejada en su rostro.
—Qué buena idea —intervino Lizzy—. Lo probaremos, ¿verdad, hermano?
La anciana se burló, y en ese momento Lizzy se dio cuenta de que nadie en la diligencia creía que fueran hermanos. Probablemente imaginaban que ella iba camino a la ruina y la perdición.
Un golpe repentino sacudió la diligencia, haciendo que todo el carruaje se estremeciera. Unas piernas delgadas aparecieron fuera de la ventana, pataleando violentamente. Una mezcla estridente de gritos y maldiciones llenó el aire; después llegó el silencio, una calma inquietante tras la tormenta.
—¿Qué demonios pasa? —gritó el oficial naval, liberado por fin de su estupor, desde la puerta.
Fuera de la ventana, el niño que daba patadas descendió del techo a la alta hierba junto a la carretera, pálido pero aparentemente ileso.
La anciana lloraba, y el libro de la criada yacía en el suelo, con la portada hacia arriba. Memorias de una mujer de placer, de John Cleland.
En algún lugar de la mente confusa de Lizzy, se encendió una pequeña chispa de comprensión.
Ese libro… Había oído hablar de él antes, susurrado entre amigas que insinuaban su naturaleza escandalosa y provocativa.
Lizzy nunca había leído un libro escandaloso y tenía muchas ganas de probar uno.
La doncella la sorprendió mirándolo fijamente, lo agarró a toda prisa y lo guardó en su bolso para protegerlo de miradas indiscretas.
—¡La maldita rueda ha perdido un cojinete! —gritó el cochero desde fuera—. No estamos lejos de la posada. Tendrán que hacer el resto del camino a pie.
La diligencia se había averiado a tres kilómetros de la posada, en las afueras de Bristol, donde tenían previsto pasar la noche antes de continuar su viaje. La posada Crown and Horns, como la había llamado el cochero, se reconocía por su puerta pintada de rojo.
Se acercaba la hora de cenar y Lizzy no había comido nada desde el té y los pasteles de Salisbury, que en ese momento le parecían un recuerdo lejano.
Era la vez que más se había alejado de sus amigos y su familia, y se dio cuenta de que la única persona a la que le importaba si llegaba sana y salva a la posada era el hombre que caminaba a su lado.
—¿Estás seguro de que no quieres ayuda? —preguntó Lizzy de nuevo al señor Taylor. Llevaba las dos maletas de cuero bajo el brazo.
—Concéntrate en caminar —respondió él, frunciendo el ceño al ver sus botas de lino—. Esos zapatos parecen dar más problemas de lo que valen.
El sacerdote iba delante, murmurando lo que parecían más quejas y maldiciones que oraciones para llegar sanos y salvos.
Los dos niños del techo de la diligencia correteaban por los campos, jugando al pilla-pilla y gritando de alegría.
Mientras tanto, la doncella y la anciana cerraban la marcha, convencidas de que iban a ser perseguidas como zorros por los salteadores de caminos.
—¿Dirías que este es el peor día de tu vida? —le preguntó Lizzy—. Parece ser el caso de todos los demás en esta carretera en este momento.
—¿Qué? ¿Esa rueda de ahí atrás? —El señor Taylor hizo una mueca irónica—. No, como mucho ha sido un pequeño inconveniente. Tenía las piernas agarrotadas. Me ha venido bien caminar. —Ajustó las maletas para mantener el equilibrio—. De hecho, yo diría que ha sido un buen día.
—Una afirmación atrevida. ¿Por qué lo es?
—No me gusta estar sentado y preocuparme. Me siento bien moviéndome. Siento que estamos haciendo algo, aunque no sé qué es.
Ella asintió.
—Yo también soy así. ¿Sentarme, esperar y desear un cambio? Ya lo he hecho durante mucho tiempo.
—Y está la cuestión de la compañía. No está nada mal.
—Oh. —Se señaló a sí misma—. ¿Te refieres a mí?
—¿Tú? Tú eres un fastidio. Me refería al que se hurga la nariz y al que ronca. Eran geniales. El alma de la fiesta.
Lizzy esbozó una sonrisa.
—Supongo que debería esforzarme por conocerte mejor, ya que estás a punto de convertirte en mi marido.
—Eso depende de ti —dijo él—. Conozco a muchas parejas casadas que no saben nada el uno del otro.
Mis padres, por ejemplo. Apuesto a que si le preguntaras a mi padre cuál es el color favorito de mi madre, no tendría ni idea.
¿Su segundo nombre? ¿Su comida favorita?
Llevan treinta años casados y apostaría lo que fuera a que no sabría responderte.
—Eso es horrible. —Se le encogió el corazón al pensarlo.
—A él le gusta que le cuiden y a ella le gusta cuidar. Yo no quiero ser así nunca.
—Lavanda —dijo ella.
—¿Qué?
—El lavanda es mi color favorito —respondió simplemente—. Y, para ser más específica, no el color que se usa para vestidos o cintas. Se acerca, pero nunca es el mismo. Me refiero al color de una ramita de lavanda recién cortada del arbusto. Algún día…
—Cuando seas viuda —añadió él, terminando su pensamiento.
—Sí, exactamente. Quiero tener un campo de lavandas. Saldré a él al atardecer, me sentaré a escribir y no tendré que hablar con nadie si no me apetece.
—¿Cuál es tu segundo nombre?
—Oh, no, no, no. —Se le escapó una risa nerviosa—. Prefiero no decirlo.
—Bueno, ahora tienes que hacerlo.
—No tengo por qué hacer nada de eso. Puedes adivinarlo. Pero no lo diré por voluntad propia.
—¿Mary? —aventuró él, entrecerrando los ojos, pensativo.
Ella puso mala cara.
—Demasiado fácil y común. No, claro que no.
—Penélope, Mabel, Scarlet, Josephine…
—No, no, no y no.
Él se encogió de hombros, con un ligero gesto de incomodidad.
—¿Tu comida favorita?
Eso era fácil.
—Piña —respondió ella con orgullo—. ¿Alguna vez has probado una?
—Claro. Muchas veces.
Ella tropezó.
—¿Qué quieres decir con muchas?
Él la miró con cara de desconcierto.
—Quiero decir que he comido piña muchas veces. Tal y como he dicho. ¿Qué más da?
—¿Más de cinco?
—¿Cinco piñas? —Truck frunció el ceño—. He estado en Hawái tres veces, además, la sirven en el bufé del desayuno de todos los hoteles.
—Es una noticia muy impactante. —Lizzy intentó comprender lo que él decía y no lo consiguió—. ¿Has viajado a las islas de Hawái?
—Sí. Una vez con mis padres de vacaciones, otra en la universidad y otra con una novia.
Lizzy no podía seguirle el ritmo.
—¿Cuántas piñas has comido?
Él soltó una carcajada.
—Nunca habría imaginado que acabaría respondiendo algo así.
—Aquí son muy raras y muy muy caras. Probé una en una cena de Navidad hace ocho años. —Suspiró con nostalgia—. Nunca he olvidado su sabor.
—No tenía ni idea. Vaya. Si lo hubiera sabido, habría metido una en el bolsillo para viajar en el tiempo.
La posada, Crown and Horns, apareció a lo lejos.
Lizzy suspiró y dijo:
—Nos lavaremos y cenaremos algo muy aburrido sin una sola piña.
En la posada, la encargada estaba sobrepasada por el ajetreo de tantos clientes.
—No tengo tantas habitaciones como me gustaría.
Tendrán que compartir. Los muchachos pueden ir al granero.
Las dos damas a la habitación en lo alto de las escaleras, los tres caballeros a la del final del pasillo, y los hermanos…
—Su tono de voz adquirió cierto toque de sarcasmo—. Ustedes pueden quedarse en el ático.
—¿Seguro que no hay nada más? —susurró Lizzy, con el corazón encogido.
—A menos que quiera ir con las dos damas a la habitación de arriba. —La posadera arqueó una ceja, como retando a Lizzy a aceptar la oferta.
¿Y escuchar más charlas sobre bandoleros? Lizzy prefería cualquier otra cosa antes que eso. El ático tendría que valer.
Cuando entraron en la habitación, se agarró al marco de la puerta para apoyarse. Era un espacio reducido con una sola ventana, cuyo cristal estaba cubierto de suciedad y mugre.
Y encastrada bajo el techo inclinado había una única cama desvencijada.