El destino entre dos tiempos Capítulo 10
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Capítulo 10

The Two-Necked Goose era una posada de diligencias en Salisbury, situada a la sombra de la imponente catedral.

Las estrechas calles empedradas resonaban con el repiqueteo de los cascos de los caballos, mientras los letreros dorados se balanceaban con la brisa, atrayendo a los transeúntes con promesas de finas sedas, sombreros a medida y curiosidades poco comunes.

Lizzy no había echado de menos Londres desde su partida hacia Hallow’s Gate, aunque el despliegue de cintas y telas en los colores de moda de la temporada en el emporio del mercader y el aroma a aceite de linaza y pigmentos que salía por la puerta abierta de la imprenta hacían innegablemente agradable estar de vuelta en el bullicio de una ciudad.

La posada era un hervidero de actividad, llena de un ambiente animado y funcional, sin rastro alguno de libertinaje.

No había personajes sospechosos encorvados alrededor de las mesas retorciéndose el bigote o tramando planes siniestros, como Lizzy había temido antes de quedarse dormida la noche anterior.

En cambio, los viajeros se afanaban arrastrando baúles, anticipando la llegada de las diligencias.

Lizzy metió la mano en un bolsillo oculto de su vestido y sacó un reloj de oro, que en su día fue la posesión más preciada del primo Neddy y que Georgie le había regalado como algo de gran valor.

—Hemos llegado con tiempo, ¿verdad? —comentó en dirección al señor Taylor.

No podía pensar en él como Tuck en su cabeza.

Le parecía demasiado personal. Demasiado íntimo.

Qué increíble que fuera a casarse con aquel hombre en unos días.

Aunque sus motivaciones para ese matrimonio fueran alcanzar objetivos individuales, la idea de estar ante él e intercambiar votos la hacía sentir insegura.

—Aquí tienes. —Tuck le acercó una silla en una mesa de la esquina y ella casi tropezó al sentarse. ¿No sería el colmo caer en sus brazos? Por Dios, sabía que él sería delicado, pero la idea le provocó una sensación de lo más peculiar, como si diminutas mariposas bailaran sobre su piel.

Tenía que recuperar el sentido. De inmediato.

—A veces me mareo cuando paso mucho tiempo en un carruaje —comentó ella.

Lo cual era mentira.

Eso nunca le había pasado. Incluso se había aventurado en un bote con su padre antes de que muriera, cerca de Portsmouth. Sus piernas se habían mantenido tan firmes como si caminara por tierra.

—¿Quieres beber algo? —Tuck miró hacia la puerta de la cocina—. ¿Comer algo para asentar el estómago? La diligencia será cerrada, ¿verdad? Estar encerrada dentro podría hacerte sentir peor.

—Intentaré dormir. —En eso, Lizzy fue sincera.

O al menos en parte. Su plan para los próximos días era fingir que dormía tanto como fuera posible.

Así se ahorraría la vergüenza de encontrarse con extraños en una situación comprometida y mantendría a raya aquellos confusos sentimientos relacionados con Tuck, el señor Taylor—.

Pero una taza de té sería reconfortante mientras esperamos. Souchong , si tienen.

Mientras él iba a buscar algo para comer, ella observó el interior. Estaba en penumbra debido a la hiedra que crecía fuera y cubría las ventanas. Pero, lejos de invocar una sensación de tristeza, la tenue iluminación confería a la habitación una especie de intimidad acogedora.

El señor Taylor regresó y, al poco tiempo, una chica trajo el té, junto con unos pastelillos y lo habitual: limón, leche y azúcar.

—¿Cómo tomas el té? —le preguntó Lizzy mientras servía la bebida caliente en dos tazas de porcelana.

—No estoy seguro. No puedo decir que haya bebido mucho antes de venir aquí. Ponme un poco de todo.

Ella se debatió entre las ganas de reír y el deseo de burlarse, y terminó soltando un pequeño jadeo.

—¿Leche y limón?

—Claro. Suena bien. Y azúcar. —Su mirada recorrió el interior sin pretensiones de la habitación, como si no estuviera siendo exasperante.

—Se puede tomar leche y azúcar. O azúcar y limón. Pero no las tres cosas. —En ese punto se mantuvo firme.

Él reflexionó sobre sus palabras durante un momento.

—¿Por qué no?

—Simplemente no se hace —explicó ella—. El ácido del limón cuajará la leche.

—No si me lo bebo rápido.

—Esto es serio. No eres un bárbaro.

—¿Juzgas a las personas por cómo toman el té?

—Si lo hacen incorrectamente, sí —espetó ella—. No me casaré con un salvaje, aunque sea para ganar mi libertad.

¿Era ese el momento en que Tucker Taylor se revelaría como otro hombre insufrible? ¿Era él el tipo de persona que diría que lo negro es blanco, que recurriría a ataques personales contra una mujer que argumenta en lugar de abordar los méritos del argumento en sí?

—¿Qué sugieres?

—Una rodaja de limón —respondió ella.

—De acuerdo, entonces. Lo haré así. Azúcar también. Sin leche. —Parecía totalmente imperturbable y dispuesto a escuchar.

Ella parpadeó sorprendida.

—¿Cómo te sientes con respecto a todo esto? —preguntó él después de dar un sorbo cauteloso—. Por cierto, está bueno. Tenías razón.

Ella se esforzó por mantener una expresión neutral, tratando de ocultar su confusión. Él la había escuchado sin enfadarse, sin frustrarse y sin cerrar su mente.

—Estoy… estoy bien.

—No. No hagas eso. —Dejó la taza en el platillo y se inclinó hacia delante apoyándose en los codos—. No conmigo. No quiero la respuesta correcta. Dame la verdadera.

Ella dudó un momento antes de admitir:

—Estoy un poco abrumada.

—Buena chica —dijo él, con un brillo de aprobación en los ojos.

Un escalofrío le recorrió la espalda al oír aquellas dos sencillas palabras.

Era curioso, porque sentía dentro de sí una extraña e inexplicable necesidad de ganarse el favor de Tuck.

No a costa de su propia identidad, sino por el deseo de disfrutar de su aprobación.

De hecho, la idea de volver a oír aquellas palabras le producía tal placer que temía acabar pidiéndolas, sin importarle la corrección social

Sin embargo, era cautelosa a la hora de darle demasiado poder, reacia a perder la ventaja en el juego de tira y afloja en el que estaban inmersos, especialmente teniendo en cuenta el audaz camino que estaban a punto de emprender.

Al menos Georgie y Jane habían bendecido aquel plan.

—¿En qué estás pensando ahora? —preguntó él.

Ella frunció el ceño y abrió mucho los ojos, un gesto coqueto que había observado en otras mujeres en bailes o cenas cuando se comportaban de forma seductora. Siempre funcionaba, porque, según su experiencia, los hombres se dejaban influir fácilmente por aquellas tácticas.

El señor Taylor se recostó en su asiento, sin parecer impresionado.

—¿Qué estás haciendo?

—Te estoy mirando.

—¿Por qué pones esa cara tan rara?

Su pregunta directa la tomó por sorpresa. Ella ladeó la cabeza, adoptando una expresión de inocencia, como una mujer en un cuadro rococó.

—No sé a qué te refieres. Así es como soy.

—Sí, claro. —Tuck se pasó la mano por la mandíbula con un resoplido.

Ella notó un pequeño corte cerca de la barbilla, probablemente de afeitarse.

Lizzy enderezó los hombros, resistiendo la tentación de inclinarse y soplar suavemente sobre la herida.

—Creo que te preguntas qué pienso de ti —afirmó él.

—Siento curiosidad por muchas cosas en este mundo, señor Taylor —respondió ella con recato—. Si deseas compartir lo que percibes como un hecho, te escucharé, aunque puede que me resulte de poca utilidad.

Sus fosas nasales se dilataron y su mirada se agudizó. Sus intercambios verbales parecían tanto una conversación como un juego, lo que la mareaba a pesar de haber bebido solo té.

En un instante, él le acarició la mano izquierda con un dedo. Ella levantó la vista, y su tímida sonrisa se desvaneció ante la intensa expresión de él. Se puso su máscara más útil, la que no delataba ningún pensamiento.

Él no apartó la mirada.

—Creo que tienes más valor en ese meñique que la mayoría de la gente en todo el cuerpo.

Ella esbozó una breve sonrisa, apretando las rodillas, pero la tensión persistió y, lo que es peor, se intensificó. El lugar donde él la había acariciado aún estaba caliente. Si un solo toque tenía ese efecto, ¿qué pasaría con un contacto más prolongado?

—Es una afirmación bastante atrevida —dijo ella—. Y, por desgracia, incorrecta, ya que le tengo miedo a muchas cosas. Todavía no me has visto enfrentarme a una araña o a un pato.

—¿Un pato? —Los ojos de Tuck se arrugaron al sonreír—. Eso seguro que guarda algún tipo de historia.

—Cuando era niña, un ánade real me mordió.

Estaba en un parque de Londres, disfrutando de un panecillo especialmente delicioso, cuando me persiguió.

Nunca olvidaré la sensación de su pico pellizcándome la parte posterior de las piernas.

—Lizzy se estremeció al recordarlo—. Así que, como ves, no soy precisamente del tipo que lideraría la Armada Española en una batalla.

Él ladeó la cabeza.

—Todo el mundo cree que soy bueno en lo que hago porque tengo reflejos rápidos.

Pero la razón por la que actúo rápido es porque puedo predecir.

Y puedo hacerlo porque me esfuerzo por estudiar a mis oponentes.

Los estudio dentro y fuera de la pista de hielo.

Repaso los partidos. No paro hasta que conozco a la competencia mejor que ellos mismos.

A veces la gente quiere creer que mi éxito se debe a la suerte, al talento o a la genética. No. Se debe a la observación.

—¿Y yo soy una oponente?

La expresión de Tucker se suavizó.

—No, tú estás en mi equipo.

Ella rascó el suelo con sus botas con un movimiento nervioso.

—¿Y qué equipo es ese?

—El equipo del beneficio mutuo. Tú ganas si yo gano. Yo gano si tú ganas. Nuestro objetivo es que yo vuelva a casa y tú puedas fingir que estoy muerto.

—¿No te ofende demasiado? —murmuró ella.

—Me gustaría pensar que podrías disfrutar de mi compañía durante el tiempo que tengamos. Que soy el tipo de hombre al que echarás de menos cuando me haya ido.

Ella no dejó ver lo mucho que le habían conmovido sus palabras.

—Te contaré un secreto —respondió ella con desenfado—. El negro no me queda bien. Probablemente no estaré de luto mucho tiempo.

La expresión seria de Tuck no cambió.

—Sé lo mucho que te estás arriesgando al hacer este viaje, Pocket Rocket. Y si las cosas salen mal, lo que podría significar para tu futuro, incluso para tu familia. Quiero ser sincero antes de subir a la diligencia y alejarnos tres metros de este lugar. Me alegro de que estés en mi equipo.

Ocurrió lo peor. Las lágrimas brillaron en sus ojos antes de que pudiera contenerlas.

—Lo siento —se disculpó ella, buscando a tientas un pañuelo—. No sé de dónde han salido.

—¿Mi opinión? No has tenido a suficientes personas en tu vida que te animen a tener éxito.

Se preocupan más por sus propios objetivos egoístas.

Pero mírate. Eres una fuerza de la naturaleza.

Cuando nos conocimos, te mantuviste tranquila, serena y calmada.

Evaluaste la situación, ideaste un plan y lo ejecutaste.

Y ahora estás aquí, lista para emprender un viaje a Escocia.

¿Y sabes qué? No es porque confíes en mí, aunque deberías hacerlo sin duda.

No, es porque confías en ti misma, y eso requiere una fuerza especial.