El destino entre dos tiempos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Sal? —Arqueó una ceja y se estremeció interiormente cuando ella se sonrojó ligeramente al captar su reacción—. ¿Pero sin dedos?

—Tengo un raspador dental. ¿Cómo te limpias tú los dientes? Los tienes impecables.

Él dudó. Sus dientes tenían buen aspecto, pero más de uno no era el que tenía de nacimiento. Le parecía complicado explicar lo de las carillas.

Ella puso los ojos en blanco.

—Si descubro tus misteriosos secretos sobre el cepillado, ¿provocaré algún giro irreversible del destino para toda la humanidad?

—Si lo planteas así… No. —Tomó otro sorbo de té. La bebida estaba bien, en el sentido en que cualquier cosa caliente y líquida lo está, pero mataría por un batido de proteínas—. Vamos al dentista.

—Dentista. —Lizzy saboreó la palabra desconocida.

—Es un médico para los dientes. Y aunque a veces te sacan alguno, en la mayoría de los casos vas para mantenerlos sanos y en su sitio. Hay un equipo de asistentes que limpian y pulen cada diente individualmente, y un dentista que soluciona los problemas más difíciles.

—Y entonces, a medida que la gente envejece, ¿conserva la mayoría de ellos?

—Define «la mayoría» —dijo él.

—¿La mitad?

—La mayoría de la gente de donde yo vengo conserva todos sus dientes y, si no es así, se pueden poner dentaduras postizas.

Ella frunció el ceño.

—He visto a gente recogiendo dientes en las zonas más pobres, con la esperanza de revenderlos a las clases más ricas.

—Eso me parece mal —opinó él.

—Aquí debe de ser muy diferente. —Lizzy apretó los labios—. También te conseguiré un raspador de dientes. Pero no puedo evitar tener la sensación de que te estás riendo de nosotros.

—¿Por qué?

—Por lo simples que debemos parecerte. Tu mundo es tan distinto.

—Así es, sí.

—Aquí, ahora, la identidad legal de una mujer es absorbida por su marido al casarse. No pueden poseer propiedades, firmar contratos ni controlar sus ingresos.

—Sí, eso es diferente en mi época. —Tucker se recostó en la silla—. Las mujeres pueden ser propietarias de sus casas, trabajar en cualquier campo y hacer lo que quieran con su dinero.

—¿Una mujer puede conseguir un trabajo como un hombre?

—Sí.

Ella arqueó las cejas.

—¿Y ganar lo mismo?

—Bueno, no, no siempre. —Desvió la mirada hacia su plato—. A menudo, las mujeres no cobran lo mismo.

—Qué extraño. En Estados Unidos tenéis presidentes. ¿Cuántas han sido mujeres? —preguntó ella.

—Ninguna.

Dejo de sonreír.

—¿Tu país se fundó en el siglo XVIII y nunca ha habido una mujer al mando?

—Bueno, si lo planteas así… —dijo él avergonzado.

—¿De qué otra manera se puede decir? —lo desafió ella—. ¿Y en el deporte? ¿Hay mujeres que lo practiquen?

Él se animó.

—¡Las mujeres juegan al hockey , claro!

—¿En tu equipo? —insistió ella.

—No, no. Yo estoy en la NHL, la Liga Nacional de Hockey.

—¿Formada por hombres de tu país?

—Sí. Y no. También hay hombres de Canadá. De Noruega. También tenemos a un ruso.

—Me está empezando a doler la cabeza. —Lizzy se frotó las sienes—. ¿Dónde juegan al hockey las mujeres por trabajo?

—La mayoría no lo hace. —Él frunció el ceño—. Ha habido algunos intentos para crear una liga femenina. Ahora hay una, pero no hay muchas ciudades que participen en ella.

—Entonces, ¿las mujeres no practican deportes?

—Muchas mujeres practican muchos deportes diferentes. Pero es difícil conseguir que los equipos deportivos femeninos ganen mucho dinero.

—Porque los hombres no quieren verlos ni los valoran —concluyó ella en voz baja.

«Mierda».

Tenía razón. Su razonamiento mostraba la cruda realidad.

Y lo peor era que él apenas lo había pensado antes. Lo sabía, por supuesto. Todo el mundo lo sabía. Pero de alguna manera aquel conocimiento estaba tan arraigado —la dinámica injusta de las mujeres en el deporte— que había llegado a aceptarlo como algo normal.

Que le dieran.

Le tocaba estar allí con aquella mujer tan brillante y hermosa, que esperaba que el tiempo corrigiera los errores, y lo único que él tenía para ofrecer era… una miseria. Y no había movido un dedo para cambiarlo.

La vergüenza le revolvió el estómago.

—Cientos de años en el futuro y las mujeres siguen sin poder disfrutar de lo que disfrutan los hombres. —Su risa era forzada, como si alguien hubiera sustituido la auténtica por una imitación barata de plástico—. No puedo decir que me sorprenda.

Y el vacío en su voz… Lo odiaba.

En aquella época, por lo que ella le había explicado, una mujer era propiedad de su marido.

Y no le parecía nada alentador que lo único que él pudiera decirle fuera que, en el siglo XXI , una mujer podía tener un empleo que casi siempre estaba peor pagado que el de un hombre.

. No era motivo para cantar victoria. Quería decir algo sincero, aunque no fuera gran cosa.

—Lo siento. Y lo que es peor, podría haberlo hecho mejor. Pero he estado tan centrado en mí mismo; mis objetivos son grandes, es un mundo competitivo, hay una larga cola de tipos esperando a que meta la pata para ocupar mi lugar. Pero no debería ser una cosa o la otra. Debería ser ambas cosas.

—¿Ambas cosas? —La sonrisa de Lizzy brotó como una pequeña flor que aparece en una grieta de la acera—. Me gusta cómo hablas.

—Me alegro de divertirte —dijo él—. Pero si mi presencia aquí puede marcar la diferencia para ti, hacer que puedas trabajar para convertirte en escritora, para vivir una vida según tus propios términos, para heredar esta casa, entonces voy a decir que sí.

Sí a Escocia. A Gretna Green. Al matrimonio. Hagámoslo.

—Si tú estás dispuesto a aceptarlo, yo también.

A Tuck se le cortó la respiración y se le erizó el vello de los antebrazos.

—Pero tengo algunas reglas. Todas son innegociables —añadió ella, levantando tres dedos.

Cuando hablaba así, con esa voz serena pero llena de concentración, era como si lograra redirigirle la sangre al cerebro, haciéndolo consciente de cada palabra hasta el extremo.

«Di algo, idiota».

Él se aclaró la garganta y el sonido que salió de su garganta le pareció demasiado fuerte:

—Adelante.

—Primero, respetaremos la necesidad de privacidad y los límites personales del otro. Viajaremos juntos, pero no como marido y mujer. Fugarme contigo enfurecerá a mi familia. Prefiero mitigar eso comportándome con decoro.

—De acuerdo, trato hecho. ¿Qué más tienes?

—Segundo, las normas sociales. Acordaremos cómo hablarnos en público. Podemos ser poco convencionales, pero tenemos que sonar convincentes.

—Tercero, apoyamos los objetivos de cada uno. Yo te ayudo a volver a casa y tú me ayudas a convertirme en viuda.

—Que llora por mí desconsoladamente —murmuró él con ironía.

—¿Te gustaría eso? —Ladeó la cabeza—. ¿Que te lloraran?

Él frunció el ceño.

—Me temo que eso es lo que está pasando ahora.

Mi hermana… No tenemos intereses ni aficiones en común, pero nos entendemos.

Y me mata pensar que está preocupada. Y luego están mis padres.

Estuve enfermo a principios de año. Nada grave.

Bueno, lo fue, pero ahora estoy bien. Simplemente prefiero preocuparme por las personas que me importan y no al revés.

Ella lo miró fijamente.

—Eres un buen hombre.

—A veces. —Se crujió los nudillos—. Gracias.

—Es un honor para mí fingir que me caso contigo.

Él levantó la cabeza.

—Pensaba que iba a ser legal.

—Ya sabes a qué me refiero.

Llamaron a la puerta del comedor. Robbie entró con el sombrero en la mano.

—¿Señor? La señora pregunta si estaría disponible para reunirse con ella en los establos.

—Creo que ambos hemos terminado de desayunar —dijo Lizzy, lanzando una rápida mirada a Tuck—. Podemos ir juntos.

—Lo siento, señorita. —Robbie retorció la gorra—. La señora ha dicho que solo debe ir el caballero. Usted debe empezar a hacer las maletas.

—Qué mandona. —Lizzy se encogió de hombros—. Probablemente quiera enseñarte algo con los perros, ya que mencionaste que te interesaban. Estoy segura de que sabe que ha agotado toda mi buena voluntad con respecto a ese tema.

Tuck asintió y le dedicó una sonrisa convincente, devolviéndole incluso el saludo cuando ella salió de la habitación.

En cuanto sus pasos desaparecieron por el pasillo, se enfrentó a Robbie:

—Vale. ¿Qué está pasando realmente?

Robbie dejó de fingir sumisión.

—La señora está con los perros, pero no le está tirando un hueso a Goliath. Está limpiando una pistola. Lo siento, señor.

—No pasa nada. Es más o menos lo que esperaba.

Lizzy era claramente la favorita por ser la pariente más joven. La apuesta que hacían Georgie y Jane era considerable. Existía la posibilidad de que todo saliera exactamente como esperaban. Pero él lo entendía. Eran protectoras. Y era hora de afrontar las consecuencias.

Salió al patio trasero y casi chocó con un ganso, que le graznó como si él fuera el grosero.

—Disculpe —murmuró Tuck.

—Ahí dentro. —Robbie señaló hacia una pequeña dependencia pintada de blanco—. Y buena suerte, señor.

Tuck cruzó los brazos.

—¿Crees que la voy a necesitar?

—Oh, muchísima. —Robbie asintió rápidamente para enfatizar la frase.

—Bueno, cúbreme —bromeó Tuck—. Voy a entrar.

Los establos estaban oscuros y en penumbra en comparación con la brillante luz matutina del exterior. Tucker miró a su alrededor, esperando a que su visión se ajustara; oyó a Georgie moverse en algún lugar.

—Gracias por dedicarnos tu tiempo. —Salió del establo trasero, flanqueada por dos perros enormes—. Jane y yo te agradecemos que hayas aceptado este descabellado plan de llevarte a nuestra Lizzy y viajar a Gretna Green.

—¿Jane? ¿Está aquí?

—Por supuesto.

—¡Dios mío! —Tuck dio un respingo al oír la suave voz en su oído. No se asustaba fácilmente, pero aquello se estaba volviendo extraño.

Detrás de él estaba Jane, con un vestido oscuro, sin gorro y sin sonrisa. ¿Llevaba una pala? Bajó la mirada. Sí. Era una pala. Y además estaba oxidada.

—Mañana os vais a Gretna Green. —Georgie no se dio cuenta de que sostenía una pistola. Los perros gigantes no gruñían, pero tampoco tenían una expresión amigable—. Os hemos conseguido una diligencia desde Salisbury. Es un viaje largo.

—Cuatro noches —murmuró Jane—. Cuatro noches en posadas sin acompañante.

—Tranquilas —dijo él, levantando las manos—. Sé lo que estáis pensando…

—¿De verdad? —Jane no se movió.

Tuck quedó atrapado entre ellas.

—¿Es necesaria la pistola? —le preguntó a Georgie—. Si pudiéramos tener una conversación razonable sobre esta idea de Escocia, que, por cierto, se os ocurrió a vosotras dos.

—Es una pistola de duelo —explicó Georgie mientras le daba vueltas entre las manos; tenía una empuñadura de madera lisa, quizá nogal, un cañón de acero oscuro e intrincados detalles plateados—. Pertenecía a mi padre.

—La usó una vez. Por una cuestión de honor —puntualizó Jane.

—Tú no eres de esta época —dijo Georgie—. Queríamos dejarte claras algunas cosas.

—Si cambias de opinión y dejas a Lizzy sin casarse, estará arruinada —continuó Jane con tono pragmático—.

Significará una pérdida de respetabilidad, de posición social y, para una joven, el colapso total de otras perspectivas matrimoniales adecuadas.

Y no solo la afectará a ella. Afectará a sus padres, a su hermano, a su futura esposa y a sus futuros hijos.

—A quienes, por supuesto, no nos importan mucho —añadió Georgie—. Pero a Lizzy sí.

—Y lo que le importa a Lizzy, nos importa a nosotras.

—No me echaré atrás —aseguró Tuck—. Os doy mi palabra. No dejaré a Lizzy.

—¿Y si lo haces? Imagino que no será difícil encontrarte. Cometerás muchos errores. La gente hablará —dijo Jane.

—Defenderé el honor de mi familia. —Georgie apretó los dedos sobre la pistola.

—Y yo enterraré tu cuerpo en una tumba que nadie encontrará jamás. —La voz dulce y suave de Jane contradecía la amenaza—. Una vez que pierdo mi buena opinión, la pierdo para siempre.

Y Tuck tuvo la impresión de que hablaban muy en serio.

Pero él también lo hacía.

—No voy a dejarla. Lo prometo. Lo juro por mi vida. ¿Os parece suficiente?

—No del todo. Júralo por la vida de alguien que te importe —ordenó Jane con firmeza—. Apenas nos conocemos. Solo sé que te gustan las patatas cocidas. No estoy tan segura de cuánto valoras tu propia vida.

Tuck empezó a enfadarse. Entendía que quisieran asegurarse de que no fuera un capullo, pero no debían dar nada por sentado.

—No sabéis lo que he hecho para seguir con vida. Y lo juro por la vida de mi hermana Nora. No voy a abandonar a Lizzy. Hicimos un trato. Nos necesitamos mutuamente. Necesito averiguar cómo volver a casa. Y, bueno, ella me necesita muerto. Pero… —Señaló la pistola de duelo—. No de verdad.

Georgie lo miró fijamente a los ojos.

—Muy bien. Confío en ti, señor Taylor.

—Y yo también confío en ti —declaró Jane—. Pero debo advertirte que, si nos fallas…

—Te enviaremos al más allá —concluyó Georgie con tono serio—. Y me atrevo a decir que te resultará imposible volver a casa desde allí.

Maldita sea, aquellas damas eran duras. Pero él lo respetaba.

—Una vez que hayáis completado vuestra tarea, dirigíos rápidamente a Londres —le indicó Georgie—. Mientras tanto, investigaremos la historia del estanque y otras tradiciones de la región. Quizá descubramos alguna información valiosa.

—Muy bien —dijo Jane, apoyando la pala contra la pared del granero—. Como hoy no vamos a enviarte a la tumba, Tucker, me parece que voy a volver a mi libro. Mi héroe está a punto de arruinarlo todo al declarar su amor por mi heroína.

—¿Y eso es malo?

—Lo es cuando él sigue sin entender a las mujeres. ¿Tu entiendes a las mujeres, Tucker?

—Creo que las mujeres que me rodean serían las más indicadas para responder a esa pregunta.

Georgie soltó una carcajada.

—No suelo tener una buena opinión de tu género. Pero quizá nos sorprendas a todas.