Capítulo 6 #2
—Y eso es maravilloso. De verdad. Lo digo en serio.
Y aunque vaya a sonar como la peor persona del mundo…
Es que… —Cerró los ojos con fuerza y soltó las palabras de un tirón—: yo también intento escribir un libro.
Pero ni siquiera he logrado un primer capítulo decente.
Nadie habla de Lizzy Wooddash en tu época, ¿verdad? —Abrió un ojo para comprobarlo.
Tuck se quedó pensándolo un momento.
—No puedo decir que haya oído ese nombre, pero no te preocupes por eso.
Tampoco soy muy lector de libros antiguos.
Pero a ver, tú escribes, ¿no? Entonces también formas parte del juego.
Vale, quizá no hayas firmado un contrato de ocho años por ochenta millones de dólares, pero eso no te deja fuera. Lo que importa es que estás jugando.
—Perdona. ¿Quién firma qué y cuándo?
—Lo siento, he intentado hacer una analogía con el hockey —contestó Tucker mostrando una mueca de dolor.
—¿ Hockey ?
—Ese tema da para largo… —Suspiró suavemente—. El hockey es mi trabajo. Y, siendo sincero, también mi vida.
—Ah, entiendo —mintió con total naturalidad. En realidad, no entendía nada, pero detestaba quedar como ignorante—. ¿El hockey es una especie de oficio?
—Un deporte.
Parpadeó dos veces, repasando los deportes que conocía: caza, pesca, carreras, tiro.
Pero ningún caballero hacía esas cosas por dinero.
Quizá el boxeo… Había oído algunas historias sobre pugilistas que hacían combates ilegales a cambio de dinero en la ciudad.
Se cruzó de brazos, tanto por enfado como por intentar mantenerse caliente bajo la lluvia.
—No lo entiendo.
—No sé…, ¿pasaría algo si te lo explico?
—Se frotó la cabeza, alisando los mechones cortos de su cabello con su gran mano—.
No creo que hablarte un poco sobre el hockey vaya a tener algún tipo de impacto.
Está bien. En mi época hay muchos deportes.
Si destacas en uno, y me refiero a destacar de verdad, no solo a ser bueno, entonces sí, puedes ganarte la vida con ello.
—¿Cómo se juega al hockey ?
—Sobre hielo. Para simplificarlo, los jugadores intentan meter un puck en una portería. El equipo que lo haga más veces gana.
—Puck. —Se alisó la falda húmeda—. Puck es un personaje de Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Pero imagino que no hablas de un hada, ¿no?
Tucker soltó una carcajada de sorpresa.
—No, eso no. Un puck es redondo, un disco negro, y está hecho de… Espera, no sé si ese material se ha inventado todavía. Está diseñado para deslizarse sobre el hielo.
—Y lo golpeas.
—Mi trabajo es evitar que entre en la portería.
Lizzy mantuvo la barbilla alta, sin querer admitir que estaba completamente desconcertada.
—¿Como… el bandy ?
—No sé qué es eso —dijo él, negando con la cabeza.
—Cuando hace suficiente frío en invierno, a veces los hombres golpean pelotas sobre el hielo por diversión. A ese juego lo llaman bandy .
—Bueno, quizá se parezca un poco. —Tuck se frotó la nuca—. No lo sé.
—¿Y uno se puede ganar la vida jugando al hockey ? —preguntó Lizzy con curiosidad.
—Bueno, me va bien —sonrió Tucker.
—Y solo por impedir que un disco entre en la portería. Fascinante.
—Oye —protestó él, y las orejas se le enrojecieron—. Hay mucho más que eso, ¿de acuerdo? Las jugadas, los estadios, el público, las luces. Es físico. Es agresivo. Es una competición muy estructurada.
—¡Como la lucha de gladiadores! —No le costaba visualizar al señor Taylor en pleno Coliseo, con los músculos tensos y brillantes de sudor, el pecho acelerado y la mirada encendida por una sed de sangre primitiva. Tragó saliva, nerviosa.
—Claro. Lo que tú digas…
Se quedaron en silencio durante un rato.
Ella lo miraba fijamente.
Él le devolvió la mirada.
Lizzy contuvo la respiración, preguntándose si él podía oír los latidos salvajes de su corazón.
Allí estaba ella, Elizabeth H. Wooddash, lista para vivir una aventura.
La sola idea le provocó un escalofrío de emoción.
Temblaba con una anticipación apenas contenida.
Por primera vez en su vida, no tenía la menor idea de lo que iba a pasar a continuación.
Tucker se puso tenso de repente y se dio la vuelta de forma brusca.
—Hay algo allí delante.
Los árboles se hicieron menos densos y aparecieron los contornos de una casa de dos pisos, refinada, con los edificios auxiliares y jardines propios de una pequeña hacienda.
Cinco chimeneas emergían del tejado a dos aguas de tejas, y cuatro ventanas abuhardilladas miraban hacia el bosque del que la propiedad tomaba su nombre.
—¡Ahí está! Es Woodlands —dijo ella con un suspiro de alivio; sentía que las piernas le fallaban por un cansancio repentino que le calaba hasta los huesos. La incertidumbre era a partes iguales emocionante y agotadora—. Lo hemos conseguido.
—Menuda casa. —Tuck silbó entre dientes.
—Mi prima se casó con un caballero, el señor Edward Gardiner, que murió de fiebre tifoidea hace casi una década. Antes de su fallecimiento, le dejó una generosa dote. No tenía deudas, por lo que ella ha podido disfrutar de una vida de considerable independencia y…
Un largo y resonante aullido reverberó por el patio, rompiendo el silencio mientras los ecos rebotaban en los troncos de los árboles.
—Oh, Goliat. —Lizzy se llevó una mano a la frente—. No me acordaba.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Tuck se detuvo—. Tu prima no cría lobos, ¿verdad?
—Se me olvidó mencionarlo —dijo ella levantando un dedo—.
No te molestan los perros grandes, ¿verdad?
—Se inclinó hacia él, captando su aroma: un sutil matiz amaderado, a pesar de haber estado marinándose en el estanque.
Reprimiendo el impulso de olerlo por segunda vez y más detenidamente, añadió—: «Grande» no describe del todo su tamaño.
—No me importa —aseguró él, volviéndose en dirección hacia los ladridos—. Tu prima es una amante de los perros, supongo.
—Eso es quedarse corto. Georgie está absorta en el mundo de la cría de mastines; eso define toda su personalidad. Si por casualidad mencionas algo relacionado con la raza, prepárate para dedicar horas a la conversación. Y, cuando digo horas, no exagero.
—Tomaré nota.
Unas cuantas sirvientas pasaron apresuradas con vestidos grises y cofias blancas; una usaba un palo para conducir a un cerdo grande a su pocilga, mientras otra iba encorvada, llevando dos cubos de agua.
—¿Estás segura de que a tu prima no le importará que esté aquí? —El señor Taylor miró su ropa—. Supongo que mi aspecto no es el más habitual por aquí.
—Le parecerá bien. —Lizzy apretó los labios—. Aunque no lo demostrará. Ladra más de lo que muerde. Simplemente no hables demasiado. Detesta a los hombres dominantes.
Al doblar la esquina de la casa para acceder a la discreta puerta trasera, casi chocaron con Georgie, que estaba dejando un cuenco lleno de lo que parecía ser un sustancioso guiso de carne para dos enormes perros que no paraban de gimotear.
Su melena rubia y rizada estaba recogida con una cinta marrón, parecida a la cola de un caballo.
—Oh, está bien —canturreó—. Ya basta de tanto alboroto. Aquí está vuestra cena, mis amores. No os alteréis. —Dando un paso atrás, acarició con cariño el pelaje color albaricoque de Goliat.
Él mantenía la mirada fija en el contenido del cuenco, mientras su compañera, Daisy, engullía a su lado, asegurándose de no quedarse sin su parte.
Mientras que el señor Taylor tenía un gladiador en algún lugar de su árbol genealógico, Georgie descendía claramente de los invasores vikingos que una vez saquearon aquellas costas.
Todo en ella, desde su risa estruendosa hasta su pecho generoso y su férrea confianza en sí misma, la señalaba como una muchacha indómita de la zona.
Lo mejor era que Georgie no parecía consciente de cómo hacía que el mundo cediera ante su voluntad; lo aceptaba como algo natural.
Su dinero le daba independencia y un respeto a regañadientes, incluso por parte de la esnob madre de Lizzy.
—Elizabeth, querida, pareces una rata ahogada —observó Georgie con su característica franqueza, sin andarse con rodeos.
Lanzó una rápida mirada evaluadora a Tuck, con sus ojos bondadosos contrastando con su mandíbula decidida—.
¿Y quién es este grandullón? No te habrán pillado cazando furtivamente, ¿verdad?
—Mi primo. —Lizzy esbozó su sonrisa más encantadora, aunque su columna temblaba como gelatina.
Tenían que salir del patio antes de que los sirvientes pudieran verlo bien a él y su extraña vestimenta—.
Será mejor que entremos en casa para tener esta conversación.
Sugiero el salón. ¿Tienes más whisky irlandés? Lo necesitaremos.
—No me gusta nada esa expresión tuya, muchacha —gruñó Georgie—. Da a entender que la paz y la tranquilidad no figuran en mi futuro.
Cinco minutos más tarde, Georgie ya se servía su segunda ronda de líquido ámbar en un vaso de cristal, mientras enviaban a un sirviente a buscar a Jane, que también había ido a Woodlands de visita desde Chawton Cottage, a unos treinta kilómetros al oeste.
—Qué curioso —murmuró Georgie por tercera vez, secándose con el pañuelo el sudor que le brotaba en la sien—.
Por supuesto, he oído las viejas historias de los sirvientes cuando me instalé en esta zona como joven novia.
Debo confesar que no les presté mucha atención, pero hay cosas que no se pueden explicar, como siempre decía Hamlet.
—«Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía» —replicó Lizzy—. Esa es la cita textual.
—Oh, mira qué lista. Lástima que no tenga un caramelo en el bolsillo. —Su prima se dio palmaditas en la falda parduzca, fingiendo desconcierto—. Te daría uno como recompensa.
La risita de Tuck se convirtió en una tos seca cuando Lizzy le lanzó una mirada furiosa.
—No estoy presumiendo —contestó irritada—. Simplemente creo que, si se va a citar una obra famosa, hay que hacerlo correctamente.
—Y, como puedes ver, «correcta» es mi segundo nombre. —Georgie le guiñó un ojo a Tuck.
—Pero ¿por qué no aspirar a la precisión?
—Había momentos en los que Georgie, e incluso Jane, podían irritarla.
Quizá se burlaban de ella porque era más joven o porque eran amigas más íntimas.
Sin embargo, cuando eso ocurría, no podía quitarse de encima la desagradable sensación de estar al margen del círculo.
Y lo detestaba—. Estoy segura de que Shakespeare se esforzó en esas palabras.
—Lástima que no pueda disculparme con el viejo Will.
Pero como sus obras son en su mayoría chistes obscenos intercalados entre momentos de la trama, supongo que tiene un buen sentido del humor sobre la vida.
—Georgie se volvió hacia Tuck, levantando sus finas cejas—.
La seria Lizzy es hija de mi tío segundo.
Hay gente peor que el tío Leopold, pero pocos tan aburridos.
Cómo él y mi tonta tía lograron tener una hija tan querida como Lizzy es uno de los misterios de la vida.
—Dejó su vaso vacío sobre una mesa tallada y señaló el piano—. Toca algo para nosotros.
Lizzy se echó hacia atrás.
—No puedes hablar en serio. Ahora no es momento para música.
—¿No lo es? —Georgie señaló la puerta del salón con una mirada cómplice—. Los sirvientes oirán cómo maltratas el marfil o cómo entretenemos a Jane contándole que descubriste a un hombre de otra época en un estanque para vacas. ¿Qué prefieres?
—Que sea un vals —contestó Lizzy, dirigiéndose ya al pianoforte—. Por favor, sed indulgentes. Esto no va a sonar bien. Y no es falsa modestia, no soy una gran pianista.
—Estoy seguro de que lo harás bien —dijo Tuck, estirando el brazo para agarrar un apagavelas de bronce. Lo miró desconcertado y, de manera inexplicable, lo olisqueó.
—Se usa para apagar velas, señor Taylor —espetó Lizzy, arreglándose la falda en el banco.
¿Qué quería decir con «bien»? ¿Que le daba igual?
¿Que le parecía insignificante? ¿Y por qué estaba tan inquieto?
Ya lo había visto hurgando en tabaqueras, candelabros e incluso en un tintero, antes de fruncir el ceño al mirar la pantalla de la chimenea y luego la lámpara de araña.
—Ah. —Lo volvió a colocar en su sitio—. Pero ¿por qué no las apagáis soplando?
—Si lo hicieras, doblarías la mecha —dijo ella.
—La querida Lizzy es para mí una mezcla entre hija y hermana pequeña —continuó Georgie, como si ella fuera la única que hubiera hablado—. Nunca he tenido hijos propios. De hecho, no tengo ninguna inclinación maternal, pero disfruto de la compañía.
—Parece buena compañía —replicó el señor Taylor.
—Le tengo mucho cariño desde que la conocí, calva y enferma. Era una auténtica banshee. [5] Y enclenque, además. Imagínate un bebé flacucho. No, mejor no; no te gustaría pensar en algo así.
—Prima, gracias —dijo Lizzy entre dientes, produciendo un ruido desagradable que hizo que todos se sobresaltaran—.
Estoy segura de que el señor Taylor desea ocupar sus pensamientos con asuntos mucho más urgentes que las historias de mi infancia.
—No era hipersensible. Simplemente, las personas que le importaban rara vez se tomaban la molestia de considerarla como algo más que una extensión de sus propias narrativas: un personaje secundario que ofrecía diversión ocasional o, en el peor de los casos, una obligación, una carga, un peso.
—¿Señora? —Un sirviente apareció en la puerta—.
La señorita Austen se reunirá con ustedes en un momento.
[4] Apodo coloquial en inglés para alguien de baja estatura pero muy rápido, enérgico o explosivo, especialmente en el ámbito deportivo.
[5] Espíritu femenino del folclore irlandés cuyo lamento anuncia la muerte; por extensión, alguien que grita mucho.