El destino entre dos tiempos Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Conoces a Jane Austen? —preguntó Lizzy.

¿Qué la desconcertaba más: el repentino descubrimiento de la fama de su amiga o la mirada intensa de Tuck? ¿Cómo había pasado por alto aquellas pestañas? ¿O que sus iris no eran marrones, sino cobrizos, casi del mismo tono que una moneda de tres peniques?

—Supongo que hasta las ranas del estanque la conocen. Déjame adivinar: ¿tú también eres admiradora?

«¿También?».

—Yo… Yo… —Disimuló el tartamudeo con una tos delicada—.

Conozco muy bien a Jane; somos amigas íntimas.

Muy íntimas. Ha terminado un libro bajo seudónimo, titulado Sentido y sensibilidad.

Una editorial londinense lo distribuyó en tres volúmenes el otoño pasado, aunque ella corrió con los gastos de impresión y… ¡Oh!

Lizzy resbaló al pisar unas setas medio ocultas por la maleza empapada del suelo del bosque.

Agitando los brazos, se giró para apoyarse en el tronco de un roble cercano, pero Tuck se movió más rápido: le rodeó el brazo con una mano y deslizó la otra bajo su espalda, asegurándose de que recuperara el equilibrio.

—Tranquila, Pocket Rocket. [4] —Su contacto inesperado desapareció tan rápido como había llegado, pero el sobresalto, unido a que conociera a Jane, la dejó tambaleante.

Afortunadamente, él optó por no hacer ningún comentario sobre el contacto físico. En su actual estado de confusión, aquella falta de reconocimiento sobre la violación del decoro le venía de perlas. Necesitaba un momento para calmar sus nervios, no verse obligada a tranquilizarlo.

Sin embargo, cuando lo miró, él no parecía en absoluto turbado por el contacto; más bien parecía estar reflexionando sobre algo.

—¿Qué pasa? —No le molestaba que no se hubiera visto afectado por su inesperado abrazo. En absoluto. De hecho, ella misma se sentía mucho mejor. Debía de haber sido un momento de vértigo provocado por la emoción del día.

—Lo siento. —Chasqueó la lengua, volviendo a prestar atención—. Sé que sigo usando palabras que no entiendes. Describir un cohete es complicado. Quiero decir…

—Sé lo que son los cohetes —respondió irritada.

Él podía venir del futuro, pero eso no significaba que ella fuera una campesina inculta—.

Mi padrastro nos llevó a Hyde Park hace tres años para ver los fuegos artificiales que conmemoraban el jubileo del rey Jorge III.

Cohetes rojos, dorados, verdes y azules surcaban el cielo mientras tocaba la banda, y sus colores se reflejaban en el lago Serpentine.

—¿En serio? Vaya. Fuegos artificiales —murmuró casi para sí mismo—. Ya existen, está bien saberlo. —Por un momento pareció exactamente lo que era: un hombre perdido, lejos de su hogar y sus amigos.

Lizzy respiró hondo; los aromas de la lluvia y la tierra húmeda la tranquilizaron. El tiempo había traído niebla; el bosque parecía fantasmal envuelto en bruma.

—¿Qué son todos esos bultos del suelo? —preguntó él, señalando unas pequeñas protuberancias entre árboles retorcidos, cuyas ramas formaban un denso dosel verde salpicado de luz.

Lizzy se cruzó de brazos, luchando contra el impulso inexplicable de tomar una de sus grandes manos. No había explicación racional para aquel deseo repentino.

—¿Esos? He oído que los llaman túmulos. No estoy segura de su origen ni de su finalidad, pero son bastante antiguos — murmuró, distraída entre el nudillo lleno de cicatrices y un extraño impulso de recorrer con la lengua aquella línea áspera.

Un torrente helado de vergüenza la atravesó. Se frotó la frente, intentando borrar aquella imagen de su mente. Más valía olvidarse de sus manos y cambiar de tema cuanto antes.

—¿Cómo te sientes? —preguntó tras aclararse la garganta—. Si yo emergiera de un estanque en una época completamente diferente, estaría fuera de mí.

—No es que tenga mucha elección. Además… —Se interrumpió con un encogimiento de hombros—. Voy a ser sincero. Estoy medio esperando despertarme en cualquier momento. Quizá me golpeé con el volante del coche. Podrías ser un síntoma de una conmoción cerebral terrible.

Ya había usado aquella palabra antes. Ladeó la cabeza.

—¿Qué es un coche?

—Eh… —Tucker abrió la boca, pero la cerró de golpe, apretando los labios—.

No importa. Por muy descabellado que parezca, no pareces una descarga eléctrica aleatoria en mi cerebro.

Y si eres real y esta situación está ocurriendo de verdad, entonces probablemente no sea buena idea contarte ciertas cosas.

—¿Perdón? —Aquella respuesta exigía una explicación—. ¿Y qué quieres decir exactamente con eso?

—Es peligroso contarte demasiado sobre el futuro —respondió él. Dos arrugas profundas aparecieron entre sus cejas—. He visto suficientes películas y siempre…

—¿Películas? —Ahí estaba otra vez con otra palabra desconocida.

—Mierda. No sé cómo hacer esto. —Rompió una ramita bajo sus pies.

En algún lugar en lo alto, una ardilla los regañó por destruir su paz—.

No quiero alterar el tiempo ni decir algo que no deba y desencadenar una sucesión de acontecimientos que podrían deshacer el universo o lo que sea.

¿Podemos seguir caminando? Y sin hablar. Necesito tiempo para pensar.

Aunque la tentación de plantarle cara, desafiarlo y sonsacarle cualquier información sobre el futuro era enorme, un frío de inquietud la recorría. Él conocía de verdad lo que iba a ocurrir, no como esos adivinos callejeros que buscan unas monedas en una esquina.

—Muy bien —se limitó a decir ella.

Mientras caminaban, Lizzy respiró el olor terroso de la lluvia y reflexionó sobre sus peculiares palabras.

«Coche». «Película». Se dio cuenta de que sus conocimientos suponían un peligro.

Si otros supieran lo que él sabía, ¿a qué extremos llegarían para sacárselo?

Un instinto protector surgió en ella. Estaba decidida a proteger a aquel hombre, aunque fuera una de las personas más imponentes que había conocido.

Encontraría la manera de mantenerlo a salvo en su mundo.

Todo lo relacionado con el señor Taylor era una sorpresa.

Y ella había tenido muy pocas en su vida.

La mayoría de los días se mezclaban con el siguiente como una escena de acuarela embarrada, fundiéndose hasta que era imposible discernir los elementos individuales.

Aquella mañana no había notado nada que hiciera pensar que el día sería distinto.

Llevaba su habitual vestido morado de paseo y había desayunado como siempre: pastel de miel, huevo cocido y té souchong.

Después se retiraría a su habitación y a su escritorio portátil, enfrentándose a las páginas en blanco de su cuaderno.

Paradójicamente, el exceso de tiempo en el campo la había dejado paralizada.

A pesar de la tranquilidad y el silencio ilimitados que deberían haberle proporcionado tiempo suficiente para dedicarse a lo que sentía como su vocación, se encontraba tropezando en la ejecución.

¿Cómo podía convencer a su familia de que merecía una vida libre para dedicarse a su oficio si no conseguía reunir la motivación necesaria para cumplir con la tarea que tenía entre manos?

No, eso tampoco era exacto.

No era la falta de palabras o de motivación lo desalentador. Era la idea de completar algo y descubrir que no era muy bueno.

Y descubrir que su querida amiga estaba creando historias que serían recordadas en el futuro…

Aquella idea encendió una chispa de envidia en lo más profundo del corazón de Lizzy.

También la despreciaba. Si había algo peor que los celos, era sentir aquella vil emoción hacia una querida amiga que merecía cada gramo de buena fortuna y éxito.

—¿Qué pasa?

La voz profunda de Tuck la devolvió al presente, donde estaba empapada por la lluvia y su predecible vida acababa de dar un vuelco.

—¿Has comparado alguna vez tu valía con un ideal imposible y terminado sintiendo que nunca estás a la altura?

Él emitió un sonido evasivo, una especie de murmullo pensativo que la animó a continuar.

—Porque yo sí. Constantemente. Es como pasear por una galería de retratos de defectos percibidos. Cada defecto está enmarcado en oro, reforzando la idea de que, por mucho que me esfuerce, nunca seré suficiente.

Él le lanzó una mirada que denotaba incredulidad y diversión, pero sin malicia.

—¿Todo eso está ahí dentro de tu cabeza, queriendo salir?

—Oh, no tienes ni idea. —Lizzy le dedicó una sonrisa sombría—. ¿A ti qué te dicen tus pensamientos?

—Bueno, yo no pienso en palabras. Desde luego, no como las que acabas de compartir.

—¿Cómo? —Ella frunció el ceño—. Seguro que de vez en cuando algún pensamiento te agita esa gran cabeza cuadrada que tienes.

—Cuadrada, ¿eh? —Tuck se rio, sin apartar los ojos de su rostro—. Pienso en imágenes y, si tuviera que describirlo, también en sentimientos. Es decir, si me obligara, podría hacerlo, pero sería molesto.

—Nunca antes había reflexionado sobre cómo pienso.

—No es una conversación típica que tenga la gente. Pero eso no explica qué te ha molestado.

Lizzy se quedó en blanco. Sin excusas ni ingenio. Solo la fea y cruda realidad.

—Es vergonzoso.

—Te prometo que no se lo diré a nadie —aseguró él—. Dado que eres la única persona que conozco en 1812, hay muchas posibilidades de que pueda cumplir mi palabra.

El destino los había unido. Tendrían que confiar el uno en el otro. Al menos lo suficiente como para compartir algo de honestidad.

—Muy bien. —Lizzy enderezó los hombros—. Mencionaste el nombre de mi amiga. La escritora. Jane.

—Jane Austen. —Tucker carraspeó—. Mira, te voy a ser franco. No he leído ni una sola palabra de lo que ha escrito. Pero a mi hermana le gusta. Jane Austen es una de sus autoras favoritas.

—Tu hermana leerá a nuestra Jane dentro de doscientos años. —Imagínate haber tenido ese impacto.

—Sé que hay películas, que son algo así como obras de teatro, para que te hagas una idea, basadas en sus libros. La gente viaja para ver dónde vivió, al menos según Nora.