El destino entre dos tiempos Capítulo 5
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Capítulo 5

Los ojos azules de Lizzy recorrieron su torso, como si trazara un mensaje oculto sobre su piel con la mirada.

Tuck pasó la lengua por detrás de los dientes, haciendo un esfuerzo deliberado por no cubrirse el pecho.

¿Por qué esa repentina timidez? No era ajeno a la atención femenina: todo el mundo, desde fans enamoradas hasta enfermeras de quimioterapia, le enviaban mensajes privados.

Quizá fuera porque no estaba acostumbrado a sentirse tan fuera de control.

No tenía ni idea de cómo actuar con naturalidad ni cuál sería su siguiente jugada.

Se subió los pantalones cortos y giró los hombros para liberar algo de tensión, flexionando y relajando los músculos del pecho.

Lizzy soltó un sonido que era una mezcla entre pisar el juguete de un perro y desinflar un globo.

Tuck miró hacia abajo para ver si le había salido un tercer pezón en medio del caos del día, pero todo parecía normal: el vello oscuro se arremolinaba en su pecho como siempre.

—¿Qué?

—Estás en un… un… un… —Lizzy levantó la cara hacia el cielo, con el pulso acelerado en la garganta, mientras agitaba los brazos como un colibrí hiperactivo.

Él arqueó una ceja. No estaba imaginando cosas. Lizzy podía parecer tan recatada como una monja, pero acababa de mirarlo de arriba abajo. ¿Y qué si no estaba tan musculoso como cuando jugaba al máximo nivel en la NHL? Sus músculos habían respondido a los entrenamientos de recuperación.

—Estás… en estado natural —soltó ella.

Era algo nuevo, pero podía adivinar a qué se refería. Y resultaba bastante gracioso verla hacer aquel pequeño baile frenético.

No tenía un tipo específico de mujer que le atrajera, ni un aspecto o interés en particular. Los momentos de química surgían cuando y donde había algún tipo de alquimia en la mezcla de personalidad y ambiente.

Sin duda, no era un buen momento para nada de eso. Y, sin embargo…, ahí estaba esa cálida curiosidad dándole golpecitos en el hombro.

—¿Y qué naturaleza estoy mostrando? —preguntó él, más para calmarse un poco que para ganar puntos cómicos.

—¿De verdad necesitas que articule la palabra? Desnudo. —Un trueno retumbó entre las nubes dándole un toque más dramático—. ¡Estás desnudo!

¿Por qué actuaba como si nunca hubiera visto a un hombre sin camisa? ¿Acaso la gente de aquella época iba siempre completamente cubierta? No podía ser cierto. ¿Y en la playa? ¿O haciendo ejercicio?

Pero, si seguía hiperventilando así, acabaría desmayándose, y era difícil sentirse halagado si una mujer perdía el conocimiento.

—Shhhh. Mira. Llevo puestos tus pantalones diminutos, ¿vale? —Se los había puesto, pero le quedaban justos. Respirar iba a ser todo un reto.

Ella le lanzó una mirada de reojo, recorriendo con la vista desde su ombligo hasta su vello púbico, antes de taparse los ojos con las manos.

La sensación de calidez se desvaneció y dio paso a la exasperación. Por Dios. Ni que estuviera con el pene al aire, balanceándolo.

—Espera. ¿Podemos ceñirnos al tema que nos ocupa? —añadió él, agarrando con fuerza la holgada camisa blanca de lino que ella le había dado—. ¿Por qué me has traído un vestido para pasar desapercibido? Eso va un poco en contra del objetivo.

Lizzy dejó de mirar entre los dedos y se puso las manos en las caderas.

Sus protestas cesaron. El silencio sepulcral duró un instante, solo roto por el mugido de una vaca cercana.

Él reprimió una sonrisa al ver que ella volvía a adoptar su actitud de reina.

Podía ser difícil de manejar, pero no se podía negar que era muy guapa.

—Sé tan amable de recordarme qué hiciste mientras yo corría un riesgo considerable y pasaba una vergüenza atroz para conseguir ese disfraz. —Se tocó el centro de la barbilla con el dedo índice—. Ah, sí, ya lo recuerdo. Te quedaste ahí, hundiéndote cada vez más en el barro.

Él se irguió todo lo que pudo.

—Eso no fue culpa mía…

Lo interrumpió con un bufido burlón y levantó la mano para silenciarlo.

—Ahora hablo yo. Y, para empezar, no he robado ningún vestido —dijo señalando la prenda holgada que colgaba del puño de Tucker—.

Eso es un delantal. Los granjeros los usan para proteger la ropa de la intemperie.

Y mira lo amplio que es. Puedes moverte con libertad, a diferencia de nosotras, atrapadas en corsés con tantas ballenas y cordones que apenas podemos respirar.

—No soy muy de ir a la moda —murmuró él—. Soy más de vaqueros y camiseta, ¿sabes?

Su cara inexpresiva le indicó que no. Por supuesto que no. Iba vestida como si protagonizara una de esas series de época que le hacían roncar antes del primer vals.

Allí lo normal era que los chicos llevaran pantalones diminutos y, Dios no lo quiera, jamás mostraran el pecho desnudo.

Si ella viera el interior del vestuario de los Regals, le daría un infarto.

Aquella época era demasiado diferente. Demasiado estirada.

Demasiado jodidamente antigua. ¿Qué iba a hacer?

Una docena de preguntas se le escaparon de la punta de la lengua, pero se las tragó.

Tenía que salir de allí, ya. Si se había abierto un camino hacia el pasado, era lógico que también se pudiera abrir en la otra dirección.

Había intentado volver a sumergirse cuando ella estaba buscando ropa, pero bajo el agua no había nada más que barro y algas.

Nadie iba a ir a rescatarlo; dependía de él encontrar la manera de escapar.

Se mordió el interior de la mejilla, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza.

En algún lugar, aparentemente en otra dimensión, había un frasco de ibuprofeno en el cajón superior de su cómoda en el B&B.

Las lamentaciones no servían de nada, pero ojalá lo hubiera metido en el bolsillo de su chaqueta antes de ir al pub .

Tenía la sensación de que necesitaría analgésicos en los próximos…

Maldita sea, ¿cuánto tiempo estaría atrapado allí?

La gente normal vivía según el reloj o el calendario.

Él era un deportista profesional. Vivía según un horario.

Días de entrenamiento. Días de partido. Comidas con el equipo.

Días libres. Desde que estaba de baja por enfermedad, se sentía desorientado.

Había perdido la noción de los días y, a veces, de su propósito. Y ahora esto…

—Oh, date prisa —le espetó ella, mirando por encima del hombro—. Si alguien nos ve en tu estado actual, nos llevarán directamente al altar más cercano. Y te puedo asegurar que el matrimonio no figura en mi lista de intenciones.

—¿En serio? —Hizo una pausa. Lo último que quería era ponerla en una situación comprometida—. Lo siento. Lo digo en serio. Tú no has pedido esto y no quiero causarte ningún problema.

Ella lo miró a los ojos y luego apartó la vista.

—Acepto tus disculpas, siempre y cuando entiendas que, a partir de ahora, insisto en que me avises cada vez que vayas a quitarte cualquier prenda. Al menos dame la oportunidad de retirarme.

—Me parece justo. —¿A quién le importaba la ropa? Tenía cosas más importantes de las que preocuparse y ella había hecho un gran esfuerzo por conseguir ese delantal de Dios sabe dónde, así que era hora de aguantarse o callarse.

Se puso la prenda por la cabeza. Le quedaba muy ajustada en el pecho y las mangas no le cubrían las muñecas.

—No me queda bien.

—Tendrás que conformarte —contestó Lizzy, cortando de raíz cualquier otra queja—. Y si sigues así, un pájaro te hará sus necesidades en el labio.

Él se echó hacia atrás.

—¿De qué estás hablando?

—Es una expresión que mi madre usaba cuando me comportaba como una niña malcriada. Mira cómo tienes la boca. —Reprodujo la mueca, con el labio inferior muy salido—. No importa de dónde vengas: eso es un puchero en cualquier siglo.

Él resopló.

—Lo que tú digas.

—Sí. Y yo digo que es un puchero —murmuró mientras se daba la vuelta para empezar a caminar—. Recoge tus cosas.

Tucker metió la camiseta de los Regals y los vaqueros en el abrigo de plumas, comprimiéndolo todo bajo un brazo antes de seguirla.

Si el destino existía, ¿por qué demonios le había obligado a viajar más de doscientos años, no para salvar el mundo ni para hacer nada heroico…

, solo para discutir con aquella mujer? Aunque, para ser justos, ella se lo estaba tomando con una calma notable.

Era luchadora.

A él le gustaba la gente luchadora.

—Atravesaremos el campo rocoso. Espera. Eso no servirá.

Está esa granja con los siete niños. No.

Tiene que ser por el bosque. El camino estará más embarrado con este tiempo, pero es directo.

—Miró hacia allí, frunciendo el ceño—. Estoy pensando en la mejor manera de movernos sin ser vistos.

—Hizo un gesto mientras él se calzaba las zapatillas—. Porque esos zapatos no encajan aquí.

—Nada de mí encaja.

Hacía unas horas, su mayor preocupación era quedarse en el banquillo durante toda la temporada.

Ahora iba vestido como para un festival renacentista, atrapado en una escena al estilo Tom y Jerry con una mujer que parecía diseñada genéticamente para sacarlo de quicio.

No tenía ni idea de adónde iba ni de lo que iba a pasar a continuación.

Un rayo partió el cielo y volvió a oírse un trueno, esa vez más cerca.

Mientras se dirigía hacia el bosque, no pudo evitar notar la ausencia de farolas, señales de stop , coches y teléfonos.

Sintió un cosquilleo en la nuca. Era como si aquel lugar le resultara familiar y extraño a la vez, como si hubiera aterrizado en Marte y descubriera que se parecía al parque que había cerca de su casa.

Esa idea le dolía en el cerebro. Quizá debería haberse emborrachado la noche anterior.

No ayudaba que Lizzy le estuviera lanzando otra de sus miradas evaluadoras.

—¿Están todos…? —comenzó a decir ella, pero cerró la boca de golpe—. No importa.

—Si vamos a ser un equipo, tenemos que confiar el uno en el otro.

Lizzy frunció la nariz como un pequeño acordeón, una insinuación de que quería iniciar otra discusión, pero las gotas de lluvia comenzaron a caer con fuerza.

Se sobresaltó y se abrazó a sí misma.

—Perdón. No me gustan mucho las tormentas…

Él la miró a los ojos y sintió un nudo en el pecho al notar que el miedo nublaba su expresión antes tan vivaz. La única forma que se le ocurrió para calmarla fue mantener la conversación, sin dejar lugar al silencio ni oportunidad para que sus pensamientos se descontrolaran.

—Oye, ¿me recuerdas cuánto nos queda? Me he distraído un poco con todo el alboroto de la ropa.

—A… aproximadamente un kilómetro —balbuceó.

Tucker se sacudió el pelo para quitarse la humedad.

—Entonces, más vale que aceptemos que nos vamos a mojar. Ya me has visto medio desnudo. No hay secretos, ¿de acuerdo? —Su intento de broma fue un poco torpe, pero sus intenciones eran buenas—. ¿Qué ibas a decir hace un minuto?

Normalmente tenía un don para leer una sala, una pista o a una persona.

Su enfoque consistía en la observación aguda, analizar las posibles jugadas y anticipar el siguiente movimiento, especialmente cuando se trataba de la trayectoria del disco.

Sabía lo que los demás esperaban de él: los aficionados querían victorias, sus compañeros de equipo necesitaban que fuera imbatible, la prensa esperaba otro portero excéntrico con buenas declaraciones, sus amantes deseaban que fuera sobrehumano.

Pero aquella mujer era diferente. No intentaba sacarle nada.

Y no se había ofrecido a ser la que arreglara el caos cósmico ese día.

—No era nada inteligente ni cautivador. Solo un pensamiento fugaz.

—Una sonrisa tímida dibujó un hoyuelo en su mejilla—.

Verás, eres muy alto, superas a la mayoría de los caballeros que he conocido.

Y, además…, ¿cómo expresarlo con delicadeza…

? —Señaló con un gesto la amplitud de su pecho—.

¿Los hombres de tu lugar de origen suelen ser tan imponentes como tú?

Él procesó su pregunta, aún adaptándose a su forma de hablar. Un suave repiqueteo de gotas de lluvia susurraba en el aire.

Le llevó un momento darse cuenta de que le estaba preguntando si los hombres de su época eran tan musculosos como él. Con su metro ochenta y dos de estatura, estaba dentro de la media según los estándares de la NHL.

—Soy más alto que la mayoría —dijo, manteniendo el rostro impasible para no mostrar su satisfacción y no ahuyentarla—.

Y para responder a tu otra pregunta, no, no todos son tan, eh…

, musculosos. —A pesar de la lluvia, a pesar de la desorientadora extrañeza del día, la comisura de sus labios se curvó y esbozó una sonrisa.

Al fin y al cabo, aquella chica rara le caía bien.

A Nora también le gustaría. Lizzy era su tipo de persona.

Mierda.

Lizzy le leyó el rostro, con el pelo pegado a las mejillas en mechones húmedos.

—¿Qué pasa?

Quería responder con su habitual «nada», pero la verdad se le escapó antes de que pudiera contenerse:

—Mi hermana… No sabrá lo que me ha pasado. Estará desesperada y no hay nada que yo pueda hacer. Y yo soy todo lo que tiene, ya que nuestros padres, bueno, ellos realmente no… —Se tragó las palabras. No iba a contarle ninguna de sus tonterías.

Ella giró la cabeza y lo miró con sorpresa.

—¿Tienes en alta estima a tu hermana?

—Sí, pero no siempre lo demuestro —admitió él—. Soy frío, distante incluso, y…

—¿Siempre crees que tú sabes más? —le interrumpió.

—Oh, no, ella es la inteligente. —Tuck se pasó la mano por la cara—. Yo tengo la fuerza, como tú misma has observado. De hecho, está estudiando aquí. Bueno, en Inglaterra. En la Universidad de Bath.

—¿Le permiten hacer estudios avanzados? —preguntó Lizzy en voz baja, como si fuera algo inusual—. Pero no existe ninguna Universidad de Bath.

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Debe de haberse fundado más tarde. Pero sin duda existe en mi época y ella está allí cursando un máster de Filología Inglesa.

—¿Filología Inglesa? ¿Qué significa eso?

—Siempre habla de una escritora… Algo así como Austen.

La lluvia arreció, y gruesas gotas les azotaban la piel mientras permanecían uno frente al otro.

—Austen —repitió ella sin comprender, soltando un suspiro—. Lo siento, ¿cómo se llamaba la autora?

Él frunció ligeramente el ceño, tratando de recordar.

—Creo que… Janette o algo parecido. Estoy bastante seguro de que empezaba por J.

—Jane —pronunció ella, palideciendo al instante.

—¡Bingo! —exclamó Tucker, chasqueando los dedos antes de maldecir en silencio al ver el ceño fruncido de Lizzy. Tenía que dejar de decir palabras que ella no entendiera.

—Jane Austen. ¿Estás seguro? —Había energía detrás de la pregunta, una urgencia que él no entendía.

—Sí. ¿Por qué? ¿Jane Austen también es importante ahora? —preguntó él. Luego negó con la cabeza si comprender—. ¿A qué viene tanto revuelo?