Capítulo 4 #2
Lizzy ladeó la cabeza, agradecida por el esfuerzo que había dedicado la noche anterior a enrollar el cabello en papeles de rizar.
Parpadeó y permitió que sus dientes delanteros se engancharan en la comisura del labio inferior, justo antes de soltarlo con un chasquido audible.
Y con ese simple gesto, la atención del granjero se desvió por completo.
Dejó de preocuparse por las gallinas sueltas e ignoró completamente el bulto de ropa que llevaba bajo el brazo.
—También debo confesar un pequeño secreto. —Cambió la voz, elevándola y dotando las palabras de un tono susurrante y conspirador—. No pude resistir la tentación de acercarme a robar una mirada a sus flores. Son hermosas. Posee un verdadero don para la jardinería.
Se maldijo en silencio por haber usado la palabra «robar». Pero la boca del granjero se abrió y se cerró como una trucha recién pescada en la orilla de un río.
Menos mal que tenía hoyuelos.
Esperaba que su tez sonrojada también contribuyera a dar una impresión recatada. Se colocó un mechón suelto detrás de la oreja con la mano libre, rezando para que aumentara el efecto.
—Pero soy tímida con los desconocidos. Creo que es mejor que me vaya ahora. —Dejó que un ligero temblor se apoderara de su voz. Con una pequeña reverencia, se dio la vuelta y reanudó la marcha, luchando contra el abrumador impulso de echar a correr.
Pero la artimaña funcionó. No la persiguió.
Por la noche, acurrucada bajo las sábanas, podría reflexionar sobre la frecuencia con que los hombres subestimaban a las mujeres.
Tanto que una podía escapar con objetos robados ante sus propias narices, sin que se dieran cuenta, mientras lucía una sonrisa enigmática y empleaba modales suaves.
Sin embargo, en el presente no había lugar para escrúpulos morales.
Bajando la colina, volviendo sobre sus pasos hacia el estanque, entrecerró los ojos y escrutó los alrededores.
La tranquilidad parecía casi demasiado perfecta: dos mirlos revoloteando, una rana croando desde las sombras.
¿Seguiría allí? Aceleró el paso, frunció los labios y emitió un silbido bajo.
Le costó mantener la compostura cuando Tuck emergió al oír el sonido.
La firmeza de su mandíbula se relajó ligeramente, un sutil alivio suavizándole los rasgos antes de que ocultara deliberadamente la expresión.
La familiaridad de aquel gesto la pilló desprevenida, resultándole extrañamente reconocible.
Ocultar sus sentimientos genuinos era una práctica en la que se involucraba con tanta frecuencia que se había vuelto habitual.
Era desconcertante ver el gesto imitado en otra persona.
—Has vuelto. —Su voz grave, con un ligero acento, resonó con una mezcla de gratitud e irritación.
A Lizzy se le hizo un nudo en la garganta.
—Por supuesto —consiguió decir—. Lo prometí, ¿no?
—Bien. —Sus pupilas se tornaron doradas como la luz del sol—. Bien. —Y, antes de que ella pudiera respirar, él se dio la vuelta y preguntó—. ¿Cuál es el plan?
—Primero —dijo ella frunciendo el ceño—, esto no es un juego. Segundo, toma. —Se acercó, haciendo una mueca de disgusto cuando el tacón de su bota se hundió en el barro—. Puede ponerse esto.
Desenrolló la ropa y él se quedó quieto, indescifrable.
—No.
—¿No? —La confusión de Lizzy se transformó rápidamente en ira—.
¿No qué, exactamente? —Su paciencia, ya escasa, había llegado al límite en la última hora.
¿Iba a comportarse de forma descortés, incluso después de haber liberado gallinas de un gallinero y de haber lidiado con el granjero?
¿Tucker Taylor, desde su charco de barro, iba a decirle que no?
De ninguna manera.
—Eso ni siquiera son pantalones de verdad —dijo él—. Son capris. Pareceré ridículo.
Ella no entendió todas sus palabras, pero entrecerró los ojos llenos de ira.
—Permítame ser franca. —Su mirada recorrió con desaprobación el atuendo del hombre—.
No podemos justificar su indumentaria actual si nos encontramos con alguien.
Entiendo que estas prendas carecen de estilo o sofisticación, pero el ridículo será si le pillan con su ropa actual.
Tenemos que cruzar dos campos y todo un bosque para llegar a la residencia de mi prima, rezando para que nadie se acerque demasiado.
Y ni siquiera le he conseguido unas medias.
El viento se intensificó, trayendo consigo el olor de la lluvia. Lizzy miró por encima del hombro y se pellizcó el puente de la nariz. Se avecinaban nubes oscuras. Justo lo que faltaba.
Aunque…
Sus pensamientos sombríos se desvanecieron al instante: ¡sí, nubes de lluvia!
Estaban de suerte.
Con el tiempo empeorando, era menos probable que se encontraran con alguien dando un paseo o haciendo una visita social.
—Señor. —Se volvió hacia él, no como si fuera un apuesto desconocido o un viajero del tiempo, sino más bien como un niño malcriado—.
Si quiere que le ayude, voy a tener que insistir en que no me haga perder el tiempo ni el aliento contándome todas las razones por las que no puede ponerse la ropa, y que se ponga manos a la obra.
Por el aspecto de esas nubes, no tardará mucho en empezar a llover en serio. No podemos quedarnos.
—No sé cómo ponerme estas cosas —refunfuñó él.
Lizzy se llevó las manos a las caderas. Podía comportarse como un niño, pero ella no era su madre.
—Si necesita que le mimen, señor Taylor, será mejor que busque a otra persona. No voy a meter ni un pie en ese pantano para vestirle.
—Tuck. Tucker. —Él levantó la vista como si le hubiera sorprendido la fuerza de sus propias palabras—. Por favor. Llámame por mi nombre.
—Le llamaré por el nombre que desee si se arregla en los próximos dos minutos. —Pero no lo haría. En realidad, no. No podía imaginarse llamando a un desconocido por su nombre de pila.
Él parpadeó antes de entrecerrar ligeramente los ojos.
—No aceptas ninguna tontería, ¿verdad?
¿«Tontería»? Ella frunció el ceño mientras intentaba comprender a qué se refería.
—No, no toleraré que me traten como si fuera insignificante o que descarten mis ideas a la ligera.
No deseo aguantar esas «tonterías» de nadie si puedo evitarlo.
No es usted un niño. —Se negó a dejar que su mirada recorriera la anchura de sus hombros.
Cielos, parecían más anchos que el Canal de la Mancha.
—No, no lo soy. —La escrutó de una manera muy diferente a la del granjero. No se fijó en el movimiento de sus rizos ni en la forma de su nariz, sino que intentó profundizar más, ver más allá.
Lizzy luchó contra el impulso de dar un paso atrás.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó él, con voz grave y melodiosa.
Nunca había entendido por qué las mujeres ocultaban su edad.
—Veintisiete. ¿Y tú?
—Treinta.
—Razón de más para comportarte según su edad. —Le resultó imposible evitar el tono brusco de su voz. Probablemente porque no sabía si desmayarse o estrangularlo. Quizá ambas cosas.
—Yo soy de los que envejecen de forma vergonzosa —contestó Tucker mientras desaparecía entre la maleza.
Ella resistió la tentación de mirarlo a escondidas. Bueno, quizá echó una miradita, pero solo una…
En un santiamén, su característica chaqueta acolchada salió volando y aterrizó en un montón junto a ella.
Rápidamente la agarró antes de que se mojara.
A continuación, apareció una camisa azul marino y blanca, con mangas largas y una peculiar textura brillante.
En la parte delantera había una corona y la palabra Austin , mientras que en la parte trasera se leía 13 y Taylor .
Sin embargo, no pudo detenerse en los detalles porque él emergió de entre los juncos…
casi desnudo. [3] Canción folclórica inglesa del siglo XVI atribuida a Enrique VIII.
Muy conocida en la cultura británica, se usa aquí como referencia para indicar algo que sucede con gran rapidez.