El destino entre dos tiempos Capítulo 4
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Capítulo 4

Lizzy se presionó las mejillas con el dorso de las manos mientras corría hacia el camino del pueblo, que no era más que un sendero estrecho bordeado de piedras cubiertas de musgo.

Un tapiz de flores silvestres cubría el campo, mientras robles y abedules montaban guardia en el bosque cercano, pero apenas reparó en su encanto, tan distinto del caos de Londres.

Su corazón latía con fuerza, el ritmo resonándole en los oídos.

Casi esperaba que alguien saliera de las cabañas cercanas, intrigado por el estruendo, como si un regimiento estuviera marchando por los alrededores.

Tiró con impaciencia del corpiño húmedo.

Francamente, su corsé tenía una única función: realzar y separar el busto, pero en ese momento se dedicaba más a absorber sudor.

El aire húmedo se le adhería a la piel como una manta, poniendo a prueba la eficacia de su jabón.

Aminoró el paso hasta caminar despacio, jadeando, intentando no retorcerse por la incomodidad. ¿Y si acababa oliendo como un establo en compañía de uno de los caballeros más apuestos que jamás había conocido?

El pelo corto de Tuck podía ser un estilo inusual, pero le sentaba bien a la estructura marcada de sus rasgos: ojos estrechos, cejas arqueadas y unos dientes rectos y brillantes.

Y luego estaba el tema de su tamaño: la anchura de sus hombros, las manos enormes con una gruesa cicatriz que le cruzaba un nudillo, el relieve de la clavícula que se revelaba cuando se tiraba distraídamente de la camisa.

Una sensación extraña se le aposentó en el estómago.

Pero, en serio, ¿cómo podía alguien tener los dientes tan blancos y tan perfectos?

Apretó los labios. ¿Podía ser más ridícula?

Esa misma mañana, su mayor preocupación había sido el estado de su pastilla de jabón, envuelta en un trozo de seda e impregnada de lavanda y tomillo.

No estaba segura de si debía pedir que le enviaran más desde la ciudad o si eso incitaría a su madre a escribir una carta sobre la necesidad de que una mujer soltera demostrara frugalidad para no ser una carga.

La idea de soportar aquella charla en particular le resultaba tan agradable como dormirse sobre un nido de avispas.

Cubierta de miel.

Desnuda.

¿A quién le importaban los precios exorbitantes del jabón cuando un hombre del futuro había salido arrastrándose del viejo estanque de las vacas?

Su vida se había desbaratado en cuestión de minutos.

Y no podía volver a ponerla como estaba antes.

Un cambio sutil llenaba el aire, una energía crepitante repleta de posibilidades desconocidas.

Susurraba sobre magia al alcance de la mano, sobre una aventura desplegándose.

Se le erizó el vello de los brazos. Por primera vez en su vida, podía decir con sinceridad que no tenía la menor idea de lo que le depararía el mañana.

Y no estaba segura de si aquella idea era emocionante o aterradora.

¿Y qué clase de nombre era Tucker Taylor? Quizá uno bastante común en América. ¿Pero aquí? Una risa suave y nerviosa se le escapó al llegar al camino. Más le valdría llamarse Beasley Weaselwood.

El viento le acarició la cara mientras se humedecía los labios resecos, intentando concentrarse en la grava que se le clavaba en las suelas finas. Necesitaba sentir el suelo, dejar que se estabilizara el mareo que amenazaba con revolverle el estómago.

Espera.

Una nueva idea se apoderó de ella. No se había vuelto completamente loca y se lo había inventado todo, ¿verdad?

Imposible. Deslizó la mano bajo la espesa melena y se masajeó los músculos tensos del cuello.

Para empezar, los locos no se preocupan por estar locos.

Simplemente aceptarían a un viajero del tiempo con un encogimiento de hombros y se irían a hacer cadenas de margaritas.

No había necesidad de arriesgarse a un moretón pellizcándose.

Rara vez soñaba, y en las contadas ocasiones en que sucumbía a la ensoñación mientras dormía, sus sueños tenían que ver con que se le cayeran los dientes o con volar por Westminster.

Nunca con golpear a un viajero del tiempo en la cara con una manzana.

La única opción viable era aceptar la verdad de su descabellada afirmación y ayudarle a resolver el asunto.

La finca de Georgie estaba a poco menos de un kilómetro.

Llevar a Tuck allí sin incidentes dependía de su capacidad para conseguir ropa masculina adecuada.

¿Cómo iba a lograrlo? ¿Chasqueando los dedos? ¿Con magia?

Un movimiento captó su atención e instintivamente se giró, agradeciendo en silencio al espíritu guardián que la protegía.

Más allá de la verja amarilla había una granja: una humilde vivienda de ladrillo medio cubierta de hiedra y rodeada de coloridos jardines de flores y hortalizas.

En un seto cerca del granero colgaban blusones de lino, unas cuantas medias de lana zurcidas, un abrigo marrón cuidadosamente remendado, unas camisas sencillas y dos pares de calzones.

Qué suerte que el granjero hubiera elegido aquel día para lavar la ropa: era justo lo que necesitaba.

Aunque no podía acercarse a la puerta principal y decir: «Buenos días, señor, disfrutamos de un tiempo estupendo, ¿no cree? Si fuera tan amable, necesito urgentemente sus calzones».

Pero si se atrevía a robar ropa a plena luz del día y la pillaban, acabaría ante las autoridades locales antes de poder tararear Greensleeves [3] .

Entonces su madre la encerraría en el ático de Mayfair por pura vergüenza, y Tuck se quedaría atrapado en aquel pantano apestoso hasta convertirse en rana.

¿Qué podía hacer, qué podía hacer?

Se mordisqueó el interior de la mejilla, pensativa.

Necesitaba alguna distracción: nada excesivo, solo lo suficiente para que nadie mirara hacia el seto.

Luego tomaría la ropa necesaria para vestir a Tuck y lo llevaría a casa de Georgie, donde esperaba encontrar un armario lleno de prendas del difunto marido de su prima.

En unos días devolvería lo que hubiera tomado, fingiendo que lo había encontrado tirado por el camino.

¿Era un buen plan? Eso era discutible. Sin embargo, como era el único plan que se le ocurría, tendría que bastar.

Echó un vistazo a los alrededores y soltó un suspiro demasiado tenso.

En el gallinero, una docena de gallinas picoteaban y escarbaban bajo la atenta mirada de un gallo rechoncho, cuyas prolíficas plumas azul verdosas de la cola se mecían con la brisa.

Resistió el impulso de poner los ojos en blanco ante su típica presunción masculina.

A la izquierda, un viejo perro pastor dormitaba a la sombra del granero.

No había tiempo para dudar. En cualquier momento podía aparecer alguien y arruinar su plan.

Corrió a toda prisa, abrió el pestillo del gallinero, agarró a la gallina más cercana y la lanzó al patio.

El perro, medio dormido, levantó la cabeza mientras otras gallinas la seguían, explorando alegremente el corral y cacareando sobre la hierba alta.

—Vamos —le susurró al perro—. Persíguelas.

Pasó un segundo. Y luego cinco más. Su cola golpeó una vez. Dos veces. Abrió la boca en un amplio bostezo.

—¡Hazlo, maldita sea!

El animal se puso en pie de un salto y comenzó a ladrar.

Las gallinas, asustadas y desorientadas, cacareaban presas del pánico mientras el gallo intentaba reunir a su harén.

Tras fracasar, se volvió hacia el perro con un cacareo desafiante.

Lizzy salió de su escondite y agarró un blusón y un par de calzones, mientras se oían maldiciones lejanas detrás del granero.

Con el pánico recorriéndole las venas, corrió hacia la verja abierta, enrollando hábilmente la ropa en un bulto apretado que aseguró bajo el brazo.

Solo faltaban unos metros para llegar a la libertad. Pero su alivio duró poco.

—¿Hola? ¿Señorita? —llamó el granjero, asomándose por el lateral del granero—. ¿Puedo ayudarla?

¡Maldita sea! Casi vomitó el desayuno al volverse, haciendo lo posible por parecer tranquila y solo un poco curiosa.

—Oh, sí. Pasaba por aquí, oí el alboroto y… —¿Y qué? Su mente se bloqueó.

—No hay por qué alarmarse, es solo mi perro senil haciendo de las suyas, como de costumbre. —El granjero esbozó una sonrisa franca. No había rastro de sospecha en sus rasgos rubicundos.

—Dios mío. —Luchó contra el impulso de encogerse ante su tono excesivamente entusiasta, un débil intento de ocultar el hecho de que le estaba robando.

Cuando los ojos del hombre adquirieron un brillo familiar, una ola de alivio la invadió.

Era la misma mirada que solían dirigirle los caballeros que inspeccionaban su aspecto con ojo crítico, escrutando cada detalle desde el cabello hasta el tamaño de las fosas nasales.

En cuestión de segundos llegaban a la conclusión de que no era tan notable como para provocarles inseguridad, sino lo suficientemente agradable como para que bajaran la guardia.

Esos hombres poco imaginativos asumían que los objetivos de su vida se centraban en cuidar de su familia, disfrutar de un hogar bien llevado y contemplar las alegrías de la futura maternidad.

La idea de que pudiera desear entablar conversaciones más allá de aquellos ámbitos domésticos —como sus aspiraciones de viajar por el Continente, su escritura o incluso su preferencia por los gatos sobre los perros— parecía escapar por completo a su atención.

No la veían; solo percibían la cáscara, su apariencia exterior, ajenos a la riqueza de su mundo interior, vibrante de esperanzas, sueños y anhelos.

Muy bien. Que ese hombre la mirara también y no viera nada.

Lo despistaría.