Capítulo 3
—¿Que qué llevo puesto? Disculpe, pero creo que eso es como la sartén diciéndole al cazo que está sucia. —La mujer lo recorrió con la mirada de arriba abajo, como si él fuera el que no encajaba allí.
Un zumbido leve resonó en los oídos de Tuck, como si estuviera bajo cables de alta tensión. ¿Qué demonios había pasado?
Ella seguía hablando, acribillándolo a preguntas con un torrente de palabras, pero él no podía concentrarse, no cuando una oleada de náuseas lo obligó a ponerse a cuatro patas, el estómago retorciéndose como un trapo escurrido. Vomitó agua con sabor a limo y algas.
—Dios mío. —La mujer dejó escapar un grito ahogado—. Por favor, no haga eso. Ay, Dios mío. Creo que voy a… —Se dio la vuelta, puso las manos en las caderas y empezó a tener arcadas.
—¿Señora? —Tucker se puso en cuclillas y se limpió la boca mientras procesaba varias verdades incómodas: era de día, hacía calor en lugar de frío, estaba empapado y algo en el paisaje no encajaba.
El viejo puente de piedra se había convertido en uno de madera y, aunque la granja de la colina parecía la misma, las farolas y las señales de tráfico habían desaparecido. El coche de Nora también.
Ella se volvió, arrugando la nariz.
—¿Ya ha terminado? Casi vomito mi almuerzo.
Tucker tenía las axilas empapadas de sudor.
La brisa suave le traía el aroma de la hierba fresca.
Un pájaro descendió y se posó en la punta de un junco.
¿Plumas grisáceas? ¿Pecho naranja? ¿Algún tipo de petirrojo europeo?
El corazón le golpeaba fuerte contra el esternón.
Aquellos eran olores de verano. Imágenes de verano.
El mundo estaba demasiado cálido, demasiado brillante.
¿Dónde estaba la nieve? ¿El hielo? ¿El frío cielo nocturno? ¿Estaba alucinando? ¿O había muerto en ese maldito estanque?
—¿Eres…? —Protegiéndose los ojos del sol, luchó por mantener firme la mano—. ¿Eres algún tipo de ángel? —Tenía una presencia llamativa con esos ojos de zorro, pestañas largas y mejillas redondas.
—Si aspira a ser poeta, le recomiendo que se esfuerce un poco más. —Su voz grave tenía un toque de diversión, aunque su expresión seguía turbada—. Esa frase horrible nunca funciona.
Bueno, al menos no estaba muerto. Mentalmente tachó esa opción de la lista cada vez más corta de posibilidades.
—¿Qué está pasando entonces? —Su frustración alcanzó el punto crítico.
Necesitaba darle sentido a todo aquello.
Al cambio de estación. A esa mujer. Se le ocurrió una idea y se aferró a ella como si pudiera devolverle la cordura—.
Espera. —Chasqueó los dedos—. ¿Es esto una de esas recreaciones históricas?
Ya sabes. ¿Actúas como cosplayer de época y regentas una herrería o algo así?
—¿Un herrero? —Ella arqueó las cejas—. ¿Exactamente con qué fuerza le he golpeado con esa manzana?
Un músculo se le tensó en la mandíbula. Ella tenía que estar tomándole el pelo.
—Ya entiendo —gruñó él—. Buen trabajo. Eres buena en lo tuyo. Una actuación de diez sobre diez. Pero deja de actuar. ¿Dónde está el coche? Tengo que encontrar a mi hermana.
—¿Coche? —Lo miró sin comprender—. ¿Se refiere a un carro, señor?
—No, claro que no. —Soltó un suspiro frustrado—. No puede ser verano. —El dolor punzante en la nuca le recordaba a cuando chocaba contra un poste de la portería.
—Es el solsticio de verano.
Las náuseas volvieron.
—¿Qué demonios ha pasado con diciembre?
Ella chasqueó la lengua.
—Quizá si llamo a un médico y…
—¡No! —Tucker levantó una mano, tratando de pensar, tratando de encontrarle sentido a todo aquello—. ¡Espere! De acuerdo. Imaginemos por un momento que usted no es actriz y que realmente es verano. Seguimos en Inglaterra, ¿verdad?
—Efectivamente. Estamos en Hallow’s Gate, señor. A medio camino entre Ropley y Bentworth.
Vale, vale. El lugar era el mismo. Iba a hacer el ridículo con la siguiente pregunta. Pero tenía que hacerla.
—¿En qué año estamos?
—¿Está intentando divertirse a mi costa? —espetó ella.
—Si fuera así, se me ocurrirían una docena de formas mejores que no implicaran mojarme el trasero mientras hago preguntas estúpidas.
—Entendido. —Ella reflexionó durante unos segundos antes de encogerse de hombros y responder—: Estamos en 1812.
El extraño zumbido eléctrico cesó. El mundo quedó en silencio: solo viento, cantos de pájaros y agua chapoteando en la orilla del estanque. Si aquello era un sueño, más le valía despertar pronto.
—No parece muy contento con la noticia —añadió ella.
—No, yo… —Soltó una carcajada seca, pero mejor eso que explotar—. No puedo decir que lo esté.
—Necesito un momento para ordenar mis pensamientos. —Se soltó el moño y una larga melena castaña oscura cayó sobre sus hombros mientras caminaba de un lado a otro—. Ha vaciado el estómago y no está seguro del año en que estamos. Sin embargo, no parece loco ni embriagado.
—¿Embriagado?
—Embriagado. Achispado. Borracho como una cuba. —Hizo una pausa, tocándose la barbilla—. Parece que ha ocurrido algo muy extraño.
—Por decirlo suavemente… —comentó él, y luego torció la boca en una sonrisa sin humor—. Pero sí. No se equivoca. Soy de una época más reciente.
Ella asimiló la información; casi podía oír su cerebro masticando sus palabras.
—¿De cuándo? ¿1912?
Un salto de cien años.
Tucker resopló, y luego respondió, rascándose la nuca:
—Añada otros cien años y luego algunos cambios.
—Oh. —La mujer palideció y luego se irguió—. Demuéstrelo.
—¿Cómo? —protestó él—. ¿Quiere que saque un periódico del bolsillo? —Señaló su atuendo—. ¿La gente se viste como yo por aquí?
—No. —Al menos en ese punto no hubo vacilación.
—¿Y bien? —preguntó Tucker, levantando las manos con exasperación.
—Es cierto que va vestido de forma extraña. Sin embargo, llevar ropa peculiar no significa que sea un hombre del futuro. Tendrá que esforzarse más si quiere convencerme.
—No soy mago. —Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y abrió mucho los ojos—.
Espere. Ya sé. —Sacó el teléfono y lo tocó; la pantalla se iluminó—.
Sí —murmuró, más para sí mismo—. La funda del móvil es casi indestructible.
—Se rio entre dientes—. Todavía tengo el ochenta y nueve por ciento de batería.
Obviamente, no hay wifi. —La conexión móvil tampoco funcionaba. Qué sorpresa.
La mujer se acercó un paso.
—¿Qué es eso?
—Un teléfono. Puedes llamar a gente con él.
Marcas números así, ¿ve? Ese es el número de mi hermana, Nora.
Si pulso ese botón verde, llamará a su teléfono y podremos hablar.
O puedo hacer esto… —Abrió los mensajes—.
Escribir aquí y enviarle un mensaje. Eso es lo que hacemos normalmente.
A nadie le gustan las llamadas inesperadas.
Ella miró el teléfono, luego a su cara, y después regresó la vista al teléfono.
—Me… me temo que no lo entiendo.
—Espere. —Levantó el móvil y sacó una foto—. Mire, también puede hacer esto.
Cuando le mostró la imagen de ella en la pantalla, se desplomó con un débil gemido y se abrazó las rodillas.
—¿De verdad viene del futuro? ¿Cómo ha conseguido llegar aquí?
—Sí. Y no lo sé.
Permanecieron así un largo rato, mirándose fijamente. Finalmente, ella suspiró y se enderezó, alisándose el pelo con la mano.
—Bueno, no puede quedarse en el estanque de vacas del granjero Pennycook, ¿verdad? Será mejor que le acompañe directamente a casa de mi prima. Georgie sabrá qué hacer. Siempre tiene ideas.
La mujer tenía razón. No podía quedarse allí.
—¡Espere! —Ella levantó un dedo en señal de advertencia cuando Tucker se movió—.
Quieto. Tendré que encontrarle un disfraz, ¿no?
¿Y de dónde voy a sacarlo? ¿Tenía que ser tan grande?
—Su tono era molesto, como si su altura fuera una ofensa personal—.
No importa —continuó, y él no estaba seguro de si se dirigía a él o a sí misma—. Pero no puede ir por ahí con esa ropa.
Tucker observó su abrigo de plumas, sus vaqueros y sus zapatillas. Sí, claro. Iba a llamar la atención.
—No…, no queman a la gente por brujería en 1812…, ¿verdad?
—¿Brujería? —Lo miró con total confusión—. Contrólese. No estamos en el siglo XVII . Ahora, si no le importa, estoy tratando de idear un plan. Pero, si sigue interrumpiéndome, podría sentir la tentación de buscar un hacha y convertirme en Enrique VIII.
La mirada que le lanzó era más intensa que su salsa favorita. Pero le hizo confiar en ella: estaba lista para encontrar una solución.
Se produjo un largo silencio antes de que volviera a mirarlo.
—No hay nada que hacer. —Sus palabras tenían un tono definitivo—. Tendrá que esperar aquí hasta que vuelva.
—¿Habla en serio? ¿Se supone que debo quedarme aquí parado en el barro y hacer qué? ¿Mirar pececillos y esperar sin más? Ni hablar. Quiero ayudar.
—No pueden verle así —contestó ella, señalando su ropa con un gesto—. El pueblo no hablaría de otra cosa. No, debe esperar y no hacer ruido, señor… —Se detuvo—. Disculpe, no entendí su nombre.
—Taylor. Tucker Taylor. Pero puede llamarme Tuck. La mayoría lo hace.
—Tucker Taylor —pronunció su nombre frunciendo el ceño ligeramente, como probando un sabor nuevo y extraño—. Qué… americano.
A Tucker le costó mucho no poner los ojos en blanco.
—¿Y usted es…?
Ella se enderezó.
—Señorita Elizabeth Wooddash. Mis amigas me llaman Lizzy, pero por ahora puede llamarme señorita Wooddash, señor Taylor. —Se sacudió el polvo de las manos en la falda y se dio la vuelta para marcharse—. Volveré en una hora. Si se acerca alguien, finja que es una rana y croe.