El destino entre dos tiempos Capítulo 2
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Capítulo 2

Mi descendiente más negligente:

Te escribo para comentar el llamativo silencio que ha seguido a mi última carta. Solo puedo suponer que tus placenteras distracciones te han dejado escasos momentos para la correspondencia.

El lunes pasado tuve el placer de pasear por los jardines de Kensington con Lavinia Throckmorton.

Entre aquella profusión de flores, la buena Lavinia me confió una noticia sorprendente: su Augusta, con apenas dieciocho años, se ha comprometido.

Un verdadero prodigio, considerando que tú, querida mía, ya has completado veintisiete órbitas alrededor del sol en solitaria libertad.

Con su tacto habitual, Lavinia preguntó por ti, y le aseguré que el aire del campo te estaba sentando de maravilla. Pero, mi querida fugitiva, emprendiste esa escapada rural para visitar a tu prima durante quince días. Ya han pasado el doble.

En tu ausencia, tu hermano ha retomado (una vez más) la tarea de identificar caballeros adecuados que, contra todo pronóstico, aún permanecen solteros.

No es necesario recordarte que las oportunidades de un buen emparejamiento disminuyen con cada día que pasa.

Espero con impaciencia tu pronto regreso.

Con el más profundo afecto y una pizca de indignación maternal,

Tu madre que te quiere

¿Una pizca? ¡Una pizca! Lizzy dejó caer la carta en su regazo con un resoplido. Maldita sea. Su autoproclamada madre amorosa estaba a un paso de escribir Por favor, cásese con mi hija en letras bien visibles sobre una sábana y colgarla en la ventana principal de la casa familiar en Mayfair.

Apretó las manos contra la manta sobre la que estaba sentada para evitar agitar los puños hacia los patos que nadaban en el estanque al pie de la colina. Los ánades reales buscaban berros, ocupándose de sus propios asuntos. Su madre podría aprender de ellos.

Ya era hora de que esa mujer se buscara un pasatiempo.

¿Tiro con arco, tal vez? ¿O el delicado arte de la acuarela?

¿Quizá el consuelo de un libro bien elegido, preferiblemente uno escandaloso?

Cualquier cosa que desviara la atención del tema de las perspectivas matrimoniales de su hija o, más bien, de la falta de ellas.

Su prima Georgie era la verdadera afortunada.

Aunque había enterrado a su marido, había ganado algo invaluable: libertad.

Allí, en Hallow’s Gate, llevaba la vida independiente de una viuda alegre, un ejemplo brillante de todo lo que podía alcanzarse.

La noche anterior, durante otra de las legendarias cenas que celebraba Georgie, Lizzy tuvo una revelación justo mientras servían el pescado.

Un pensamiento tan dolorosamente obvio que inclinó la cabeza hacia su amiga Jane y le susurró:

—Es una verdad tácitamente reconocida que un hombre soltero con una buena fortuna sería bienvenido para convertir en viuda a cualquier mujer sensata.

Jane se atragantó con un bocado de trucha con alcaparras y le dio una patada bajo la mesa con la punta del zapato: una orden silenciosa para que se comportara.

Pero ¿dónde estaba la mentira? Aunque el luto no sería su primera opción —el negro no era, sin duda, su color—, un rápido repaso de los hechos la llevó a determinar que las ventajas de la viudez eran muchas.

Primera: independencia económica. Las viudas afortunadas podían heredar propiedades e ingresos y controlar sus propios asuntos. Se acabó pedir dinero a su hermano, a su madre o, peor aún, a un futuro marido.

Segunda: respetabilidad. Las viudas podían viajar y socializar con menos escrutinio y restricciones.

Tercera: libertad. Las viudas tomaban decisiones sobre sus hogares, sus finanzas y su vida social. No estaban sujetas a la autoridad de un marido ni a tediosas obligaciones matrimoniales, y tenían el poder de permanecer solteras para siempre.

Por supuesto, si se dejaba que las emociones se entrometieran, la experiencia de la viudez podía verse empañada por el dolor o el miedo, como le había ocurrido a su propia madre tras la repentina muerte de su padre diez años atrás.

Pero ella, sin saber cómo arreglárselas sin un marido, se había vuelto a casar con un hombre de negocios rico y engreído, Rufus Alby, desperdiciando así cualquier oportunidad de independencia.

También había que reconocer que, si una se casaba con un hombre de pocos recursos, la futura viuda se vería en desventaja. Por eso, la única solución real era casarse con alguien con una fortuna respetable y luego…

¿Qué? ¿Esperar a que muriera?

Lizzy se mordió el labio inferior. Bueno, desde luego no era una asesina. Ni siquiera era capaz de matar una araña.

¿Podría pedirle a su hermano que limitara su búsqueda a hombres que se supiera que estaban enfermos? Esa sí que sería una conversación interesante.

«Henry, por favor, búscame un marido rico, pero ¿podrías ser tan amable de asegurarte de que padezca tuberculosis avanzada?».

Se recostó sobre los codos, ignorando los mechones de pelo que se soltaban del sencillo moño en la nuca, y le dio un mordisco a la manzana que había tomado del sótano.

Involucrar a Henry sería un terrible error. Sin duda correría directamente a contárselo a su madre y ella insistiría en discutirlo hasta la saciedad.

Lizzy dio otro mordisco y frunció el gesto al tragar.

La pulpa de la manzana era harinosa y sabía apenas a un recuerdo distante de la fruta, pero masticarla le daba algo que hacer con aquella presión en el pecho, esa necesidad insistente de romper las reglas que la mantenían como un canario en una jaula ornamentada.

Era injusto que se viera obligada a regresar a Londres y fingir interés por hombres aburridos que no podían mantener una conversación más allá del tiempo, la caza o el menú de la cena.

Y eso si tenía suerte. Si no, tendría que soportar interminables disertaciones sobre la cría de caballos o, peor aún, las dolencias de ciertos caballeros, ya fuera un dedo del pie inflamado por la gota o unos intestinos revueltos.

Hablando de podredumbre mental.

Georgie criaba perros y organizaba fiestas solo para mujeres en las que no se animaba a las invitadas a picar delicadamente de sus platos.

No, se daban un atracón con entusiasmo. ¡Hacía poco había organizado un almuerzo compuesto íntegramente por postres!

La mesa estaba repleta de trifles, jaleas, macarons , pasteles de todos los tamaños, manjar blanco, syllabubs y crème brûlée .

Lo regaron todo con whisky irlandés, Madeira y ron hasta que una de las damas sacó un violín y tocó una alegre melodía que las llevó a bailar sin control, sin seguir ningún paso adecuado.

Acabaron desplomándose contra las paredes o tiradas en el suelo, con risas y jadeos resonando en la sala que daba vueltas.

Y, en otro pueblo del sur de Hampshire, su amiga Jane no solo escribía novelas, sino que incluso había publicado una: Sentido y sensibilidad.

Puede que hubiera salido a la luz bajo el lema «Por una dama» para preservar su privacidad, pero lo había logrado.

Y, como era un encanto, Jane había bautizado a su protagonista más reciente con el mismo nombre que Lizzy.

Elizabeth Bennet.

Las Navidades pasadas, Jane había echado un vistazo a uno de los borradores de Lizzy en uno de sus incontables cuadernos de vitela.

En El jardín encantado, una tal lady Genevieve Devereux, una joven de notable inteligencia, llegaba a una finca para pasar el verano.

Cargaba con el peso de las expectativas sociales de su familia, que la presionaba para que encontrara un buen partido.

Una fatídica tarde, mientras lady Genevieve paseaba por los jardines iluminados por la luna, se topó con una puerta oculta que conducía a un jardín encantado.

Allí descubrió una fuente resplandeciente que, según se decía, concedía deseos.

Mientras lady Genevieve reflexionaba sobre la naturaleza de su deseo, se encontró con un hombre misterioso que no era ni un lord ni un caballero adinerado, sino un humilde pero fornido jardinero…

Jane había dicho que sus escritos «prometían», y Lizzy guardó el cumplido en un rincón de su corazón.

«Prometían».

Y deseaba convertir esa promesa en una realidad, si no acababa recluida en alguna casa polvorienta para calentar la cama de un hombre. Por desgracia, parecía como si el propio universo conspirara para que ese desenlace fuera inevitable.

Con un grito de frustración, tiró el corazón de la manzana hacia los juncos espesos y luego se quedó paralizada, ladeando la cabeza. Había oído un ruido extraño. ¿Qué era eso? ¿Un pato? ¿Un pato moribundo?

¿Un pato muy grande y muy moribundo?

Imágenes de un ave acuática desdichada y agonizante inundaron su mente, erizándole la piel.

Cómo odiaba a los patos.

Se puso en pie a toda prisa y se recogió las faldas, esforzándose por mirar entre los juncos que se mecían sobre sus altos tallos verdes, con sus vainas marrones aterciopeladas balanceándose alegremente.

Los omóplatos se le destensaron ligeramente. No importaba. Quizá había sido el viento. O algún ruido procedente del pueblo. O…

Ahí estaba otra vez.

La sangre se le heló en las puntas de los dedos de los pies.

No sonaba como un pato. A menos que ese pato fuera un hombre gimiendo.

—¿Hola? —Dio un paso adelante con cautela, con la garganta más seca que el polvo—. ¿Va todo bien? —Una pregunta bastante ridícula. Quienquiera que hubiera emitido aquel sonido estaba en un estanque turbio. Por supuesto que no estaba bien. Ni de lejos.

Reprimió un fruncimiento de ceño. ¿Se habría bebido un granjero demasiadas pintas en el Ye Olde King’s Head? O tal vez alguien se había resbalado por la colina y había caído al agua.

No tenía sentido dudar. Se guardó la carta en el corpiño y avanzó con paso firme. Si ya se había metido en el lío, más valía ir hasta el final.

Se acercó a la orilla, espantando a una libélula demasiado entusiasta mientras sus botas de lino chapoteaban en el barro, lo que hacía imposible ocultar su acercamiento.

Se le erizó la piel de los brazos y resistió la tentación de mirar a su alrededor como si alguien pudiera aparecer para salvarla de aquella obligación.

No importaba. Se encargaría sola. Si surgía algo peligroso, ella…

ella… le daría un puñetazo en la nariz. Georgie le había estado enseñando boxeo.

O al menos le había dicho que debía aprender.

Lizzy contuvo el aliento en una exhalación brusca mientras empujaba con los brazos entre los juncos, separándolos.

Su mirada se posó en los ojos penetrantes de un hombre de aspecto salvaje.

La sangre que manchaba sus rasgos angulosos añadía un toque rudo y peligroso a su apariencia, intensificando la oscuridad de su mirada mientras la observaba con ira.

—¿Qué ha pasado? —logró articular, con cierto temor pero con claridad.

Él se incorporó con evidente esfuerzo y se tocó la punta de la nariz, haciendo una mueca de dolor.

—Me ha dado en la cara una maldita manzana.

El acento. Aquel tono nasal como el de una guitarra. Lo había oído antes en la ciudad, pero no a menudo.

Americano.

Caramba, era grande. Apostaría a que, una vez de pie, le sacaría una cabeza de altura, y ella no era precisamente una delicada violeta.

Se le acumularon docenas de preguntas. ¿Por qué se había cortado el pelo tan corto?

Su chaqueta era negra, pero ¿por qué era tan peculiar el tejido, demasiado brillante y muy abultado, con extraños dientes metálicos a lo largo de una costura central?

Y sus largas piernas estaban envueltas en un algodón de aspecto resistente teñido de un azul intenso.

A su vez, él se quedó boquiabierto ante su vestido lavanda, y su expresión pasó de enfadada a incrédula mientras la miraba de arriba abajo con intensidad.

La profundidad de su mirada le provocó un escalofrío inesperado.

Nunca antes había sido objeto de una atención tan exclusiva.

La sensación la dejó extrañamente vulnerable, pero a la vez eufórica, mientras resistía el impulso de domar su cabello rebelde, ignorando el hecho de que su peinado probablemente rivalizaba con el de Medusa.

En cambio, mantuvo su mirada, un desafío silencioso que flotaba entre ellos mientras la tensión palpable crecía.

Contó en silencio: uno…, dos…, tres…, cuatro…

Bajo la sombra morena de la barba incipiente que salpicaba su mandíbula, un músculo se contrajo, rompiendo la quietud.

Lizzy parpadeó primero. Sin saber por qué, de repente sintió que se le encendía el rostro.

—Señor. —Hizo una pausa y tragó saliva para estabilizar la voz—. ¿Está seguro de que se encuentra bien?

—¿Qué llevas puesto? —espetó él.