El destino entre dos tiempos
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Capítulo 1
Tucker Taylor caminó por el suelo pegajoso llevando una segunda ronda de bebidas hacia la mesa. Aquel pub tenía pinta de haber conocido tiempos mejores, probablemente hacía siglos, pero eso no parecía importar a sus acompañantes, cuyas voces se alzaban desde el reservado en penumbra.
Su hermana menor, Nora, asintió con desgana mientras agarraba una pinta y continuaba con su discusión:
—Está claro que el impacto de Jane Austen es el de mayor alcance. Sus perspectivas sobre cuestiones sociales se adelantaron a su época, y su exploración de las clases y la sociedad sigue siendo tan relevante hoy como en el siglo XIX .
—¡Oh, venga ya! —exclamó su amiga Pip, recostándose en el asiento con el rostro pecoso contraído de frustración—. Las hermanas Brontë fueron rebeldes literarias. Nos dieron al señor Rochester, el chico malo por excelencia, y a Heathcliff, quien originó la idea de una relación sin compromiso.
Llevaban cuarenta minutos hablando sobre escritoras muertas.
Tuck se sentó de nuevo en su asiento y revisó su teléfono por enésima vez.
Quizá descubriera algo interesante, como trucos de hockey subacuático, vídeos de rescates de gatitos o los hábitos de apareamiento de los ciempiés gigantes peruanos de patas amarillas.
Incluso el pronóstico del tiempo le parecería más entretenido.
—¿Preferirías pesimismo y fatalismo antes que ingenio, encanto y estabilidad económica?
—se burló Nora—. ¿Quién necesita pasión desenfrenada cuando puedes tener un matrimonio confortable con conversaciones ingeniosas?
Hermano… —Le hizo un gesto, como invitándolo a opinar—.
¿A quién elegirías tú: al jefe que te acosa y que seguro que no tiene a su mujer encerrada bajo llave… ?
—¿O al esnob engreído que se avergüenza de estar enamorado de ti? —interrumpió Pip.
—¿Eh? —Tuck se quedó paralizado, esperando no parecer un ciervo ante los faros de un coche—. ¿Ninguno de los dos?
Ambas gimieron, intercambiaron miradas de exasperación y retomaron el debate.
Nora, que estudiaba Filología Inglesa en la Universidad de Bath, ya había planeado una escapada con su amiga al pueblo de Hallow’s Gate cuando Tucker apareció de visita por sorpresa.
Ella había insistido en que las acompañara.
Aquella noche, todos habían ido a celebrar el Yule [1] en Ye Olde King’s Head, en la plaza del pueblo.
—¿Y la cabeza del nuevo rey? [2] —había murmurado Tucker cuando aparcaron enfrente.
Pip, compañera de departamento de Nora, esbozó una sonrisa sin entusiasmo, la cara apenas intentando acompañar el gesto. Así que decidió desconectar, escuchando solo a medias qué icono literario era el mejor de todos: Jane Austen o las hermanas Brontë.
¿A quién elegiría él como mejor portero?
¿A Brodeur? No, probablemente a Hasek. ¿Y el más raro?
Difícil de decir. Quizá a Bryzgalov: ese tipo era como un saco lleno de gatos salvajes embutido en una camiseta, igual de propenso a ponerse a hablar sobre osos que a reflexionar sobre viajes en el tiempo.
Tomó un sorbo de cerveza, el líquido ámbar bajando por su garganta mientras se limpiaba la espuma del labio superior. No tardó mucho en volver a poner su mente en modo avión.
Una hora después, Nora y su amiga aún no habían salido a tomar el aire. Y él había pasado el rato devorando pescado rebozado con patatas fritas gruesas —perdón, chips—, puré de guisantes y un cuenco enorme de pudin de tofe pegajoso, mientras enviaba mensajes a escondidas a sus compañeros de equipo.
A miles de kilómetros de distancia era día de partido —los Austin Regals contra los Denver Hellions—, y él no estaba en la alineación.
Otra vez. Debería estar comiendo su plato de la suerte antes del encuentro —pasta en forma de pajarita con mantequilla y una Coca-Cola— y vistiendo sus calzoncillos favoritos, los de ajolotes.
Sus compañeros se burlaban de sus rituales, aunque en secreto los envidiaban un poco.
A fin de cuentas, ser portero otorgaba una especie de licencia no escrita para ser excéntrico.
Pero ningún ritual lo había preparado para que, aquella primavera, el médico del equipo encontrara un bulto en su axila, ni para el posterior diagnóstico: linfoma de Hodgkin en estadio 1A.
¿La buena noticia? La enfermedad respondió rápido al tratamiento.
Aun así, el proceso fue un infierno, y estaría fuera de juego durante buena parte de la temporada, si no toda.
—Oye. —Nora le dio un codazo—. Te estamos aburriendo, ¿eh?
—No, está bien. —Contuvo un bostezo que casi le parte la mandíbula—. Pero no tengo mucho que aportar.
Pip torció los labios hacia un lado.
—¿Preferirías contarnos cómo golpeas un disco con mucha fuerza?
No sabía si bromeaba o estaba siendo pesada. Quizá ambas cosas.
—En realidad, mi trabajo es detenerlos.
—Vamos, chicos —imploró Nora, alzando los dedos en señal de paz—. Seguro que existe algún punto medio en ese diagrama de Venn conversacional.
Tuck intercambió una mirada rápida con Pip y, sin decir nada, ambos acordaron dejar sus diferencias para otro momento.
—¿Por qué no os quedáis aquí y seguís leyendo hasta hartaros, ratones de biblioteca? Yo volveré caminando al bed pero él no creía en cuentos de hadas, solo en la dura realidad que carcomía el fondo de su mente.
«No debería estar aquí».
«No debería estar aquí».
Se acercó al Mini Cooper de Nora. Era tan cuadrado como una tostadora. Abrió la puerta y frunció el ceño mirando el asiento del copiloto. Mierda. Lado equivocado. Al rodear el coche, se recordó a sí mismo que debía conducir por la izquierda.
Dentro, sus rodillas chocaron contra el volante mientras metía la llave en el contacto, y tuvo que bajar la barbilla hasta el pecho para caber.
Resopló. Aquello no era más que un kart con pretensiones.
Al buscar el cinturón de seguridad, su codo tocó la bocina sin querer y dio un respingo.
Pensándolo bien, parecía el coche de un payaso.
Caminar habría sido más fácil. Incluso con el frío.
Puso la marcha y soltó el embrague, avanzando despacio por el camino desierto.
La condensación empañaba las ventanas, dificultando la visión.
Con una mueca resignada, bajó la ventanilla y dejó que la ráfaga helada de diciembre irrumpiera como un invitado indeseado.
Al cruzar un puente de piedra sobre un arroyo a las afueras del pueblo, acababa de estirar la mano hacia el dial de la radio cuando un grito ahogó el murmullo del agua sobre las rocas.
Un perro pastor salió disparado de una granja en la colina, directo hacia la carretera.
Detrás de él corría un niño en pijama de franela y botas de goma demasiado grandes.
El estómago de Tucker se encogió mientras pisaba el freno a fondo.
Mierda. Hielo en el asfalto. El perro y el niño, iluminados por los faros, se quedaron paralizados frente a él, con los ojos como platos.
Los neumáticos chirriaron. No iba a conseguir frenar a tiempo. Iba a atropellarlos.
Sin pensarlo, giró el volante con brusquedad hacia la derecha, abandonando la carretera como un vaquero lanzado al aire por un toro salvaje. El coche rebotó sin control a través de la nieve, directo hacia un estanque congelado.
El vehículo volcó y cayó sobre el lado del conductor con un fuerte crujido de hielo rompiéndose.
El agua helada entró a raudales por la ventana abierta.
Mientras apretaba y soltaba los puños, luchó por relajarse.
Se concentró en la sensación de las uñas clavándose en las palmas, el ligero escozor ayudándole a mantenerse anclado en el momento presente.
«Tranquilo. No es para tanto». Era como la terapia de inmersión en agua fría que el personal de fisioterapia le hacía para ayudarle en la recuperación muscular después de partidos duros.
Necesitaba respirar, de forma lenta y constante.
Con un movimiento rápido, se quitó el cinturón de seguridad, justo a tiempo. El coche se hundía rápido.
Apartó el pensamiento mientras intentaba abrir la puerta. Estaba atascada. Maldición. Tendría que salir por la ventana.
Era un atleta profesional y solía hacer saltos al cajón, ejercicios de escalera, sprints y ciclismo para mantener su resistencia en perfecto estado. Pero hacía una semana había salido a correr y, después de apenas cuatrocientos metros, tuvo que bajar el ritmo hasta terminar caminando.
Maldito cáncer.
Aún conservaba la fortaleza mental. Le pagaban por mantener la calma bajo presión.
Necesitaba imaginarse junto a una chimenea crepitante, seco y calentito, contándole la historia a Nora.
La repasó, la visualizó y, con decisión, logró sacar medio cuerpo por la ventana abierta antes de que el cinturón se enganchara en algo.
Empujó, pero sus brazos parecían fideos mojados. La fuerza se le escapaba por segundos.
Fracasar no era una opción. No iba a morir así. No después de todo por lo que había pasado. Se mordió la mejilla, tratando de concentrarse. Tenía que controlar y ejecutar cada movimiento con eficiencia, sin margen de error ni esfuerzo desperdiciado.
El corazón le retumbaba en los oídos cuando por fin logró liberarse y comenzó a nadar hacia la superficie.
Se golpeó la cabeza contra un techo helado.
Sólido. Sin salida. Todo era hielo, pero sus pulmones ardían como una tormenta de fuego.
Golpeó con desesperación. Los nudillos chocaron contra un muro gélido.
Se dejó las uñas rascando. No había salida.
«¡Mierda!». Sintió cómo la fuerza lo abandonaba mientras cada célula de su cuerpo clamaba por oxígeno.
El agua negra lo oprimía por todas partes.
No podía contenerse. Tenía que respirar.
Al jadear por puro reflejo, la oscuridad lo invadió de golpe.
Un vacío brutal lo envolvió, seguido por un vértigo caótico, la certeza de haber llegado al final.
Y luego… nada. [1] Fiesta de origen germánico, celebrada durante el solsticio de invierno, cuyas tradiciones influyeron en costumbres navideñas modernas.
(Todas las notas son del editor). [2] Ye Olde King’s Head significa «La vieja cabeza del rey» en inglés.