El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 65 el portal #2
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65 el portal #2

—Pues falta solo un ratito. Tus tíos tienen que hablar un rato desde ese escenario de ahí —dije señalando a Cyrus y Tina —, después Ax y tus otros tres tíos harán un poco el payaso delante de todas estas mujeres y ya podremos irnos.

—Venga, mamita, a ti y a mí no nos necesitan. El tío Cyrus y paa saben apañarse solos. Vamos tú y yo a por esa tarta —dijo la muy zalamera, poniéndome ojitos.

Era igual de conquistadora y traviesa que su padre.

—No puedo, cariño.

—¿Y eso por qué? —Agitó las manos delante de mi cara y sus coletas se mecieron en el aire. Tenía el pelo tan negro como Daryos, lo que resaltaba la luminosidad de sus sorprendentes ojos.

—Porque, en realidad, no pueden hacer nada sin mí —dije sonriéndole, tocándole la punta de la nariz con el dedo.

Ella puso los ojos en blanco, exactamente como hacía yo.

—Siéntate ahí junto a Ciench y Susi. Cuando acabemos, te llevaré a comer no solo una tarta de chocolate, sino también de manzana. ¿Qué me dices?

—¡Mmmm! ¡Me encanta! ¿Y paa también querrá tarta?

Solté una carcajada.

—Tatis, tu padre adora las tartas. Nos conocimos comiendo pastel de chocolate.

Ella sonrió enseñando los dientes, me abrazó el cuello con esa fuerza desmedida que tenía y me babeó la mejilla con sus besos. ¡Lo mejor del mundo! La quería tanto que a veces creía que me explotaría el corazón de tanto amor que sentía por ella y por el descerebrado de su padre.

La llevé de la manita hasta su silla y se acomodó allí. Ciench y Susi le sonrieron y ella les devolvió la sonrisa con ese encanto natural que rebosaba mi niña.

—Si me aburro, maa, ¿puedo transformarme?

Palidecí. ¡Era tan cabezota como Daryos!

—No, Tatis. Ya hemos hablado de eso. Aquí no puedes transformarte hasta que estemos cerca del portal. Y aunque pudieras, en la Tierra no podemos hacer eso, ¿de acuerdo? Es el secreto de los barogs.

Ella resopló y se cruzó de brazos otra vez.

—Vale, pero cuando volvamos a casa, nos transformaremos juntas y jugaremos mucho rato, ¿sí?

Asentí, acariciándole la mejilla.

Sulveh, que había estado hablando con algunas de las jóvenes y explicándoles la belleza de nuestra isla tropical, se acercó a nosotras. Cogió a Tatis y se sentó al lado de Ciench con ella encima.

—Ve con el príncipe, Callie. Yo me ocupo de esta enanita de aquí.

—Yo no soy una enanita como los llitop s.

—¿Seguro? Porque últimamente te veo mucho con ellos.

Sulveh empezó a hacerle cosquillas. Tatis se reía a carcajada limpia.

—Yo quería que viniera Naranjito, pero maa no me dejó —le explicó con ese tonito delicioso… que a veces me taladraba los tímpanos.

Puse los ojos en blanco y me encaminé hacia el escenario, donde Daryos se había unido a su hermano y a Tina. ¡La función estaba a punto de empezar! Había dejado a mi hija en muy buenas manos. Solo esperaba que no se la liara al pobre Sulveh. ¡El guardián la adoraba!

Al pasar cerca de la primera fila, eché un vistazo a ese grupito de mujeres divertidas. Todas contemplaban a Toruch como si estuvieran a punto de merendárselo crudo. El barog les hacía ojitos en plan conquistador. ¡Buena señal!

—Yo quiero a ese de la melena castaña y el mechón grisáceo. ¡Está tremendo! Tiene un no sé qué que me está poniendo a mil —dijo la tal Agatha. Entre bromas y miraditas descaradas, montaron un buen alboroto.

Otra, llamada Tamara, añadió:

—Pues yo me pido uno de los morenazos; me conformo con cualquiera de ellos. —Suspiró un par de veces.

Decidido: estaba deseando que esas mujeres vinieran a Nemea. ¡Encajarían allí a la perfección!

Cuando superaran el susto inicial, que era inevitable, se adaptarían sin problemas.

—Hola, amor mío —le susurré a Daryos al oído, colocándome a su lado—. Mira que estás buenorro, barog.

—Y tú estás preciosa. Pienso comerte de arriba abajo y por todas partes en cuanto lleguemos al hotel.

—¿No te olvidas de algo, amorcito? —dije haciendo aletear las pestañas.

Me miró sin comprender. Gracias a los dioses, cayó en la cuenta. Pero algo tramaba, porque esbozó una sonrisa pícara.

—Lansh y Xioh se llevarán a dar un paseo a Tatis mientras nosotros… ya sabes.

—Bueno, pero primero tenemos que llevarla a tomar tarta de chocolate. Se lo hemos prometido.

—¿Y no podemos hacerlo mañana?

—¿Quieres decírselo tú? —dije alzando una ceja.

Negó con la cabeza.

—Iremos los tres a por un buen pedazo de tarta para cada uno y luego a dar un paseo por el parque. ¿Qué te parece, hoa uhane ? —sugirió enseguida.

—Me parece un plan perfecto.

—Me muero de ganas de ver su carita cuando dé el primer bocado. ¡Para mí fue una experiencia sublime! Tatis va a flipar.

—Entonces, ¿dejamos el folleteo para cuando volvamos a Nemea? Porque ya te digo yo que la renacuaja no va a querer despegarse de nosotros, por mucho que adore a Lansh y Xioh. Y los pobres ya se ocupan bastante de ella en casa.

—Me parece bien. Puede que me explote un huevo o los dos por culpa del calentón, pero me aguantaré.

Le di un manotazo en el pectoral y él soltó una carcajada.

Tina nos lanzó una de sus miradas asesinas para que guardásemos la compostura. ¡Ni que eso fuera una convención para neurocirujanos!

La reina no nos pasaba una. Le di un codazo a Daryos para que dejara de reír y ocupamos nuestras posiciones.

Ax, Sonah y los demás ya se preparaban también cerca del escenario para lucir palmito y convencer al mayor número de descendientes posible de venirse con nosotros a Nemea.

Una vez allí, participarían en la experiencia última de citas para solteros en la aldea tropical del norte.

¿A nadie se le ocurrió pensar que las islas tropicales estaban en otra dirección?

Un trueno retumbó con fuerza al otro lado de los ventanales. La tormenta empezó a repiquetear contra los cristales, y los relámpagos a iluminar el cielo de Manhattan ahí fuera.

La lluvia me transportó durante unos segundos a dos siglos atrás. Al día en que conocí a mi barog y mi mundo cambió para siempre. Ese día no lo sabía, pero mi existencia sería muy distinta a lo que había imaginado.

¡Y no la cambiaría por nada del mundo!

Xerx accionó el dispositivo de proyección, que yo no habría podido ni siquiera encender porque no tenía ni idea de cómo funcionaba, y una imagen de la cascada Wailele apareció en pantalla.

Por supuesto, no era esa cascada realmente, sino una imagen creada con IA.

En Nemea no había cámaras de fotos, ni móviles, ni dónde cargarlos o enchufarlos.

—Bienvenidas a la primera convención para solteras «Encuentra a tu alma gemela en el paraíso de Nemea» —empezó el rey, tal como habíamos ensayado.

Estaba todo él muy formalito con el pelo recogido en una coleta. Pero lo cierto es que, ni el peinado, ni la ropa moderna, ni nada de nada lograba ocultar el aire salvaje de Cyrus ni de ninguno de los otros.

Durante la presentación, las mujeres iban paseando la mirada entre la pantalla y los barogs buenorros, con la mandíbula desencajada y los ojos como platos. Más de una llevaba un rato abanicándose.

Sí, mi plan funcionaría. Esta vez, llevaríamos solo a las mujeres descendientes que así lo desearan.

Entre el rey, el príncipe, Tina y yo les contaríamos todo cuanto pudiéramos, sin desvelar los detalles que podrían meternos en un gran lío.

Esperábamos que fuese suficiente para que esas mujeres se adaptaran lo mejor posible y fueran felices en Nemea.

Tras la conferencia, habíamos organizado un cóctel para que las descendientes y los barogs empezaran a conocerse. Y antes de cruzar el portal, celebraríamos varios encuentros más.

Lo conseguiríamos. Y, si algo no salía exactamente como habíamos planeado, lo mejoraríamos para la siguiente apertura del portal.

Avancé varios pasos hacia el centro del escenario. La función acababa de empezar.

—¿Te gusta, Tatis? —preguntó Daryos, con la boca llena de tarta de chocolate.

—Está riquísima, paa —dijo ella, llevándose otra cucharada a la boca. Tenía chocolate por todas partes y estaba disfrutando de lo lindo.

—¿Más que la de lima? —Ella asintió—. ¿Más que la de mango y frambuesas? —Ella volvió a asentir—. ¿Más que la de manzanas y fresas que prepara maa? —preguntó de nuevo, con media sonrisa.

Ella se quedó muy quieta, con la cuchara en la mano.

—Las dos son mis favoritas.

Nos reímos y seguimos comiendo en esa especie de cafetería con aspecto futurista. Lo mejor de todo era que estaba en el mismo lugar donde, mucho tiempo atrás, otra cafetería fue el escenario del encuentro entre mi barog y yo. ¡Qué recuerdos! Parecía tan lejano… Pero ¡jamás lo olvidaría!

Al acabar, tras devorar cada uno un enorme pedazo de tarta de chocolate y compartir uno de manzana, nos fuimos a dar una vuelta. Queríamos llevar a Tatis a ver la universidad donde ambos trabajábamos y a dar un paseo por el parque.

Tatis y Daryos caminaban cogidos de la mano delante de mí, charlando como cotorras y soltando una carcajada tras otra. Ella tenía que estirar el bracito hacia arriba para alcanzar la mano de su padre y él agacharse un poco.

Tenían los dos unos andares parecidos, con ese aire felino que tanto me gustaba.

En el fondo, eran unos salvajes. ¡Dos barogs de pura cepa!

Tatis dominaba la transformación a voluntad desde que cumplió un añito.

A mí, en cambio, me costó unas décadas conseguirlo.

Pero ¡lo había logrado! Y ahora me transformaba con ellos cuando me daba la gana para disfrutar de las extraordinarias sensaciones que comportaba ser una barog.

Y acostarme con Daryos en esa forma era… ¡una experiencia sublime!

Aceleré el paso y me coloqué al lado de los dos amores de mi vida, uniéndome a su charla y sus bromas.

Mi existencia no podría ser más perfecta.

Y di gracias a los dioses por destinarme al mejor barog de Nemea.