El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 65 el portal
98%

65 el portal

callie

—Buenas tardes, bienvenidas. Por favor, pasad por la mesa de recepción antes de entrar en el auditorio —dijo Emi con su sonrisa luminosa y todos sus rizos dorados recogidos en un perfecto moño.

Pero no era a ella a quien las mujeres que llegaban contemplaban con la boca abierta o echaban miraditas de reojo mientras se ruborizaban.

Porque era Ax, de pie a su lado en la entrada, quien acaparaba todas las miradas.

Se había recogido la melena en una coleta baja e iba enfundado en unos vaqueros azules y una camiseta blanca marcando cuerpazo.

Todos los barogs que habían cruzado el portal llevaban el mismo atuendo. Y el asunto estaba funcionando.

¡Vaya que sí!

Nuestra sesión informativa para solteras con ganas de encontrar al hombre de su vida estaba atrayendo a más gente que un concierto de la desaparecida Ariana Grande.

En cuanto las interesadas entraban por la puerta del auditorio que habíamos alquilado para la ocasión, y tras pasar junto a Ax y Emi, llegaban hasta Xerx y Jenny, que les entregaban los folletos de bienvenida con los detalles del evento.

Más de una se quedaba mirando a Xerx embobada, extasiada por sus ojos anaranjados, su pelo negro y rojo, y todos esos músculos despampanantes.

¡Por no hablar de los tatuajes que asomaban bajo las mangas!

Tras pasar por ellos, las jóvenes que se aventuraban en esta nueva experiencia —que prometía ser mucho más eficaz que la antigua aplicación de Tinder— llegaban a la mesa de recepción. Allí, Lansh y Xioh, con sus pintas de latin lovers buenorros, les desintegraban las bragas con la primera sonrisa.

Mis amigos les entregaban una bolsita con diversos suvenires típicos de la «aldea del norte», muy al norte, en la que se celebrarían los encuentros entre solteros.

Tarros de jabones de esencias naturales de Nemea, panecillos de colores envasados al vacío, velitas aromáticas en forma de bayas, pequeños peluches de llitop o unas libretitas de papiro decoradas con una palmera en la portada eran algunos de los regalitos que habíamos incluido.

Una vez entraban en la sala, Silx y Golx les ofrecían una copa de licor de moras. Después, Daryos, Sonah, Toruch y yo las acomodábamos en los asientos, todos de terciopelo verde y decorados con guirnaldas de flores exóticas. ¡Habíamos preparado un gran despliegue!

En el escenario, Tina y Cyrus aguardaban de pie a que la sala se llenara para poder empezar su presentación.

—Esas de ahí no te quitan ojo, amorcito. Ya te digo yo que estás triunfando —solté, alzando una ceja en dirección a mi flamante barog en forma humana.

—Lástima que yo no esté en el catálogo, mi preciosa hoa uhane . —Me agarró de la cintura, me atrajo hacia su cuerpo y me plantó un beso que casi me hace gemir allí mismo. Me costó mucho contenerme.

Varias mujeres nos miraban con los ojos como platos. ¡No babeaban de puro milagro! Había una morena, una pelirroja y una rubia que no les quitaban ojo a mis tres cuñados. No podía culparlas: Sonah, Golx y Silx eran unos auténticos bombones.

—¿Has visto eso, Imma? Yo quiero uno así.

—¿Qué si lo he visto, Elvi? Casi salto de la silla, aparto a esa de un empujón y le meto la lengua al morenazo hasta la campanilla. ¡Por Dios, qué calor!

—Mirad aquel de allí —dijo otra observando a Sonah, que se pavoneaba frente a todas como un gallito—. ¡Menudos ojazos azules tiene!

—Querrás decir, Isabelle, menudo culazo —dijo una tal Rose.

Todas llevaban un cartelito con el nombre pegado en la camiseta. Me estaba desternillando con sus comentarios.

—¡Madre del amor hermoso! ¿Pero estos tipos son reales? ¿Dónde demonios se han estado escondiendo?

—Respira, Marybelle, no vaya a darte un desmayo y te pierdas la función —dijo una tal Goyaz.

—¿Habéis visto ese del escenario? ¡Qué ojos y qué manos y qué bíceps! Imaginaos los glúteos que debe de tener. De estos no hay por aquí, ¿eh, chicas?

—Siento decirte, Gemma, que ese está cogido por la morenaza que está junto a él. Cuidadín, que parece que quiere sacarnos los ojos —dijo una llamada Kyrian.

—Pues yo me pido ese par que sirve las bebidas. Lo que me gustaría agarrarme a esas melenas mientras los tengo encima.

—Hala, ya estás tú acaparando, Rochío —dijo una tal Beatrice—. La verdad: a mí no me importaría tenerlo encima, debajo o detrás. Mientras esté bien pegadito a mí…

Todas soltaron una carcajada.

Eran jóvenes, muy guapas y con ganas de encontrar al amor de su vida… y de mucha fiesta. ¡Eran perfectas! Ese grupito en particular, parecía destinado a Nemea.

Por un instante, sus bromas me recordaron a Lorna.

¡Cómo la echaba de menos! Mi mejor amiga había vivido casi 180 años.

No cabía duda de que las aguas sagradas del lago esmeralda obraban milagros en cualquiera que se bañara en ellas.

Por desgracia, al no ser una descendiente, su existencia no se había ligado a la de Toruch, y lo había dejado solo hacía unos sesenta y cinco años.

Tras su muerte, Toruch se había marchado en soledad una temporada a recorrer el planeta

Al regresar, seguía siendo el barog afable, sarcástico y de buen corazón de siempre, solo que su alegría y viveza se habían apagado un poco. Ni siquiera quería cruzar el portal, pero entre Ciench y los demás lo habían convencido.

Rezaba a los dioses para que encontrara a su hoa uhane entre todas esas bellas damas. Toruch era uno de los mejores y se merecía ser feliz de nuevo, aunque tal vez nunca lograra superar a su Lorna del todo.

Yo tampoco. No había día en que no la echara de menos.

Semanas antes, Xerx y Jenny habían hecho un listado con todas las descendientes que los barogs que habían cruzado el portal habían ido detectando por las zonas del país por las que habíamos pasado.

Junto a los barogs jóvenes en edad de vincularse y a algún otro mayor que no se había emparejado en la apertura anterior del portal, habíamos venido también nosotros como comité organizador del evento.

Se me había ocurrido la idea dos siglos atrás y la habíamos ido puliendo hasta montar el tinglado que teníamos ahora delante: una convención para descendientes solteras, con ganas de marcha y aventuras trepidantes.

En esta ocasión, nada de raptar humanas y llevarlas a la fuerza a Nemea. Ahora, solo aquellas que eligieran voluntariamente venir cruzarían el portal.

No tenía ni idea de si mi plan funcionaría, pero viendo cómo se comían a los barogs con los ojos, apostaba a que iba a ser un éxito rotundo.

Por supuesto, habría un par de detallitos «sin importancia» que les serían revelados después, al llegar a la aldea.

Como eso de que Nemea era otro planeta, y no una aldea paradisíaca en mitad de una isla tropical, o eso de que los hombres buenorros desplegados por la sala eran algo más que simples humanos.

Detallitos insignificantes, o eso me repetía a mí misma para no sentirme tan culpable.

Al menos, no habría secuestros, ni cacería, ni uniones a la fuerza.

Los barogs solteros deberían esforzarse por conquistarlas, tanto aquí como una vez las mujeres estuviesen en Nemea.

—¡Por poco no llego, chicas! ¿Me habéis guardado sitio? —dijo una descendiente que se apresuraba entre los otros grupos para llegar hasta el de las dicharacheras, instaladas en primera fila.

—¡Aquí, Agatha! Te hemos guardado uno entre Elvi y yo —dijo Imma, que era todo un terremotillo—. ¿Has visto a todos esos buenorros? ¡Dios, qué calor!

Las observaba con discreción mientras acomodaba a las que iban entrando en la sala y me reía por lo bajo. ¡Casi me senté con ellas a cotillear! Podría contarles muchas cosillas interesantes de esos «hombres» a los que no quitaban ojo.

—¿No salías hace dos horas? Por poco te lo pierdes —dijo Elvi.

—El imbécil ese de mi jefe me ha tenido embotellado zumo de naranja para un catering que tiene que servir en una de las mansiones a orillas del río. ¿Es que nadie se come ya la fruta tal cual? —Agatha resopló.

—A esos pijos les gusta todo bien desinfectado y envasado. Pero los médicos dicen que hay que volver a los hábitos de consumo de nuestras tatarabuelas o nos quedaremos sin defensas —explicó Elvi.

El mundo había cambiado mucho en esos doscientos años, pero bastante menos de lo que esperaba.

Al parecer, los robots, la IA y los alimentos sintéticos habían perdido fuelle en las últimas dos décadas, y muchos estaban volviendo a los hábitos de vida anteriores.

La ropa del siglo XX y XXI volvía a estar de moda y había una amplia corriente de población que había renunciado al uso de la tecnología y se había ido a vivir al campo o al bosque.

Aun así, habían pasado muchas cosas, unas terribles y otras magníficas, y existían nuevos inventos que jamás comprendería. Por fortuna, toda esa amalgama de tendencias nos había ayudado a integrarnos durante esas semanas más rápido de lo que esperábamos y a pasar desapercibidos.

Me alegraba de estar de nuevo en la Tierra, aunque fuera por un periodo corto de tiempo, y sentía cierta nostalgia.

Sin embargo, por extraño que pueda parecer, ese lugar ya no era mi hogar.

Mi casa estaba en Nemea. Además, ya no quedaba nadie de mi familia ni amigos a quien visitar.

Por desgracia, todos habían muerto mucho tiempo atrás.

Una manita pequeña y regordeta tiró de mi vestido hacia abajo.

—Maa, ¿cuándo tomaremos esa tarta de chocolate que me has prometido? —dijo mi hija, observándome con sus ojos enormes e inquisidores. Uno, verde esmeralda; el otro, color avellana.

Me agaché hasta colocarme a la altura de su preciosa carita, una mezcla perfecta de su padre y de mí.

—Te lo he dicho, Tatis. Será cuando acabemos esta reunión —le dije con dulzura.

Se cruzó de brazos sobre el pecho y frunció el ceño. Con cinco añitos, la muy gamberra era de armas tomar.

—¿Y cuándo acabará?