El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 64 HABLEMOS UN RATO
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64 HABLEMOS UN RATO

daryos

La zona inexplorada, Nemea, ciento diez años después

Me senté junto a Sonah en el suelo entre las dos grandes columnas de cuarzo negro, tal como veníamos haciendo una vez al mes desde hacía algún tiempo.

Ninguno de los dos había perdonado a Ux por las atrocidades cometidas en el pasado, pero habíamos acordado charlar un rato con él cada vez que acudíamos allí a buscar a los pequeños para llevarlos unos días a la aldea. Nuestros hermanos, hijos de Ux y Penny, no debían pagar por sus pecados.

—Mi padre sigue odiando que venga aquí —dijo Sonah, con la mirada clavada al frente.

Nunca lo reconocería, pero yo sabía que él ansiaba en secreto la llegada de este día. Le gustaba hacer la excursión conmigo hasta la zona prohibida y conversar un rato con nuestro padre biológico. Y, francamente: yo también lo esperaba con ganas.

—Sulveh tiene buenas razones. Ya sabes todo lo que hizo Ux en el pasado a nuestras familias y a toda la aldea. Hay heridas que ni siquiera el tiempo puede curar —le dije.

—Lo sé, D, pero me gustaría que me apoyara un poco más en esto, aunque le comprendo. ¡Por supuesto que sí!

—Accedió a alojar a nuestros hermanos en su casa y a cuidar de ellos mientras están en la aldea. No podemos pedirle más.

—Tienes razón. Se porta muy bien con ellos. Casi… como si también fuesen su familia.

—Sulveh es un gran barog. Aún recuerdo el momento en el que te vio por primera vez en los brazos de tu madre. No dudó ni un instante en acogerte y considerarte su hijo.

—Es un gran padre.

Nos quedamos en silencio, aguardando la llegada de Ux. Pronto sus pasos retumbaron en el sendero que conducía hasta la entrada y su figura enorme se recortó contra la luminosidad del sol radiante de Nemea.

A cada lado, cogidos de su mano, caminaban nuestros hermanitos, los gemelos de apenas seis años. Dos terremotos que se parecían demasiado a mí cuando yo tenía su edad.

Uno de los dos, Golx, era temerario y divertido, siempre dispuesto a cualquier aventura que se le pusiera por delante.

El otro, Silx, era un poco más calmado y prudente, tan astuto como su padre, aunque también un valiente intrépido.

Y a ninguno de los dos se le escapaba un solo detalle de cuanto los rodeaba.

Nada más vernos, se soltaron de la mano de su padre y corrieron hacia nosotros. Se lanzaron sobre Sonah y sobre mí como dos leones cachorros, juguetones y alocados. Tampoco distaba mucho de la realidad.

Silx tenía los ojos color avellana, en los que predominaba la mezcla del azul luminoso de su padre y el tono miel de su madre.

Golx los tenía del color de Penny, pero rodeados de un círculo de ónice, como el de Ux.

Ambos tenían el cabello oscuro y las colas largas y fuertes.

Aunque no eran gemelos idénticos, sus facciones se parecían bastante.

No pude evitar sonreír en cuanto chocaron con nosotros y empezaron a parlotear. Solían explicarnos atropelladamente todo lo que habían hecho y descubierto en nuestra ausencia. Y cuando acababan con eso, entonces empezaban a acribillarnos a preguntas sobre la aldea y nuestras aventuras.

—Venga, gamberros. Esperadnos ahí junto a Enzo y Azax. Enseguida nos vamos —les pedí con una sonrisa.

En cuestión de segundos estaban intentando trepar a lomos de nuestros leones, mientras estos resoplaban y aguantaban estoicamente los tirones que les daban en el pelaje para sujetarse.

Suerte que mi pobre Enzo estaba acostumbrado, porque sus cachorros le hacían lo mismo a diario.

La camada de felinos que había tenido con Bazzeila eran tan movidos como mis hermanos pequeños.

—Daryos, Sonah, una alegría veros de nuevo, hijos míos —dijo Ux al aproximarse. Se sentó en el suelo frente a nosotros, no demasiado cerca para respetar nuestro espacio—. ¿Cómo van las cosas por la aldea?

—Como siempre, Ux. El templo nuevo suele estar bastante concurrido al atardecer, seguimos teniendo leones de tierras lejanas merodeando de vez en cuando por ahí y algunos llitops parecen haber acampado definitivamente en los arbustos de alrededor. Nada nuevo respecto al mes pasado —expliqué.

—Eso está bien. Significa que la paz y la prosperidad se han instalado entre vosotros.

Me mordí la lengua para no soltarle algo como «eso es gracias a que tú estás desterrado y bien lejos». Apostaría a que Sonah pensó algo parecido. Ninguno de los dos mencionó nada de eso.

—Cyrus ha dicho que los peques podrán participar hoy por primera vez en la noche de la hoguera.

—Es una gran noticia, Daryos. Será muy emocionante para ellos.

—Los vigilaremos de cerca. Ya sabes cómo pueden ser de revoltosos ese par —comentó Sonah.

Ux soltó una carcajada.

—Menos mal que estarán en buenas manos. No podrían tener unos hermanos mayores mejores que vosotros.

El elogio me caló hondo, pero me esforcé por no dejarlo traslucir. Aun así, los ojos de Ux brillaron. ¡Al muy cabrón no se le escapaba una!

—¿Hoy no viene Penny?

—Ha decidido quedarse nadando en el lago y luego…

aprovecharemos el día juntos. Desde que nacieron los peques, apenas tenemos un segundo de tranquilidad.

Ya lo veréis cuando os llegue el momento —dijo soltando una carcajada—.

Me ha pedido que os diga que saludéis de su parte a todas sus amigas, ya sabéis.

Y que pronto viajará a la aldea para pasar unos días con ellas. Disfruta mucho de esas estancias.

Sonah y yo asentimos.

—Se lo diremos. Seguro que sus amigas esperan con ansias su visita.

Nos pusimos en pie, dispuestos a marcharnos.

Sabíamos que él deseaba hablar más rato con nosotros, y a veces hacíamos el esfuerzo y conversábamos sobre esto o aquello.

Nos había expresado repetidamente sus deseos de conocernos mejor y formar parte de nuestras vidas, aunque fuera desde la distancia la mayor parte del tiempo.

Sonah y yo aún éramos bastante reticentes, aunque no podíamos negar que también sentíamos curiosidad por nuestro padre.

Ux era un barog inteligente y lleno de historias fascinantes que contar, pero todavía nos costaba ignorar todo el daño que había causado.

Así que, en ocasiones, nos quedábamos un buen rato y, en otras, apenas unos minutos para saludarnos e intercambiar algunas frases de cortesía.

—¿Habéis visto algún otro ser alado? —preguntó Sonah de pronto, cuando ya nos íbamos.

Ux negó con la cabeza.

—Nunca desde aquella primera vez. He recorrido la zona de extremo a extremo muchas veces en su busca, pero nada. A veces, Penny y yo pensamos que tan solo fue un espejismo.

Tras algunas palabras más, nos despedimos y nos reunimos con nuestros hermanitos, que ya se habían instalado a lomos de los pacientes leones. Estos se irguieron sobre sus cuatro patas, resignados a llevarlos durante toda la travesía, tal como solía suceder.

Y así, emprendimos la marcha de regreso a casa.

Cuando ya nos adentrábamos en la espesura, me giré un instante para mirar a mi padre. Él seguía ahí de pie, inmóvil entre las columnas, contemplándonos mientras nos alejábamos. Había emoción en su rostro.

Nuestros ojos se encontraron una última vez y ambos agitamos la mano a modo de despedida.

Lástima que mi padre fuera un monstruo. De no ser así, me habría gustado conocerle de verdad... y puede que hasta hubiese acabado apreciándolo.