63 el ser alado
penny
T ras varios días vagando por esa tierra hermosa y desconocida, al fin elegimos un lugar en el que asentarnos.
Se encontraba a orillas de un lago, cuyas aguas me recordaban al lago esmeralda cercano a la aldea.
Era mucho más pequeño y no tenía piscinas naturales, pero estaba bordeado por altas cañas de bambú, y palmeras rebosantes de dátiles y piñas enanas.
Arbustos espesos cargados de bayas y algunas rocas de cuarzo negro circundaban el pequeño enclave, protegiéndolo de posibles grandes depredadores.
Sentarme a orillas de ese nuevo lago me transmitía una calma parecida a la que experimentaba en la aldea pequeña, cuando contemplaba la superficie del agua durante horas y dejaba que la desesperación se apaciguara dentro de mí para poder soportar a Gushia un día más.
Ux y yo nos sumergíamos allí cada día. Quería pensar que esas aguas habían sellado nuestra unión, del mismo modo que lo hacía el lago esmeralda con cada pareja de vida.
Las primeras noches, dormíamos al raso sobre un lecho de hojas de palma que él preparaba o directamente sobre la arena fina que formaba una playa estrecha.
Al amparo de la oscuridad, bajo el bello manto de estrellas de Nemea, escuchábamos los rugidos y chillidos que proferían extraños animales.
Ni siquiera Ux, con toda su sabiduría y siglos a sus espaldas, era capaz de identificar algunos de ellos.
Cada noche, encendíamos una pequeña hoguera y asábamos los animales que él había cazado y que yo ayudaba a despellejar y cocinaba. Usaba especias conocidas y también otras que solo crecían en esa zona, que le daban un sabor y aroma exquisitos al asado.
Aunque, para mí, el mejor aroma del mundo seguía siendo el olor a cuero y tormenta de Ux.
Tras la cena, hacíamos el amor al amparo de las llamas y de alguna que otra antorcha, que encendíamos y colocábamos alrededor para alejar a las alimañas y depredadores más peligrosos.
Después, nos abrazábamos y contábamos estrellas hasta que nos quedábamos dormidos.
Eran noches tranquilas y mágicas, en las que disfrutábamos el uno del otro y nos entregábamos a placeres inmensos y embriagadores.
Ya no me quedaba ninguna duda de que Ux era mi hoa uhane .
A él tampoco.
Enseguida encontramos nuestro propio ritmo y formamos un buen equipo para llevar a cabo todas las tareas necesarias para nuestra supervivencia.
Por fortuna, en esas tierras abundaban los frutos y los animales, por lo que nunca nos faltaría de nada. Había un riachuelo de aguas claras y frescas que alimentaba el lago y se filtraba entre las rocas. Lo usábamos para beber, cocinar y lavarnos. El agua más deliciosa que había probado nunca.
En pocas semanas, construimos una gran choza con todas las comodidades que pudimos reunir.
Cuando terminamos la techumbre, lo celebramos asando un rino enorme que Ux había cazado al amanecer.
Laminaríamos la carne, la salaríamos y la pondríamos a secar para que nos durara mucho tiempo.
Aunque a menudo vislumbrábamos manadas de rinos, y las serpientes, lagartos y peces comestibles eran también abundantes, era mejor ser precavidos.
Desconocíamos todavía la rutina de la fauna en esa zona.
Así pues, con el tiempo, fuimos creando nuestro hogar, que pronto se llenó de risas y complicidad.
—Soy muy feliz, Penny —me dijo una vez, con esa voz ronca que yo adoraba, tumbados en nuestra cama.
La choza tenía una ventana por la que contemplábamos la pareja de lunas, cuyo resplandor verdoso se colaba hasta el suelo de madera, formando dibujos llenos de luces y sombras.
—Yo también, amor mío.
—Jamás pensé que llegaría a sentirme así.
Es como si… me hubiera liberado de un peso enorme que me aplastaba, y oscurecía mis anhelos y mis pensamientos.
Me siento libre por primera vez en toda mi vida.
Libre del rencor, la ira y los deseos de venganza.
Siento que estoy exactamente donde debo estar. Que este era mi destino.
Le sonreí, le agarré la cara entre las manos y le besé, poniendo en ese beso todo el amor que sentía por él. Un amor gigantesco que me recorría de arriba abajo, calentaba mi sangre y hacía bombear mi corazón.
—Te amo —dije.
—Te amo —contestó él con una sonrisa, que cada vez era más franca y menos siniestra. Todavía había vestigios de culpabilidad y tristeza en sus preciosos ojos azules, cuando el ónice ganaba terreno al celeste en sus iris. Pero cada vez se diluía más deprisa.
Aquella noche, se transformó en su forma humana y me hizo el amor hasta altas horas de la madrugada.
Di gracias a los dioses, una y otra vez, por haberme permitido quedarme a su lado. No deseaba nada más de lo que tenía. Y aunque algunas noches todavía soñaba con la aldea y echaba de menos a mis amigas, junto a mi barog era feliz.
Y lo sería hasta que la muerte se nos llevara a ambos, juntos, muchos siglos después.
Dormía plácidamente cuando sentí su mano sobre mi boca, tapándola con suavidad. Al abrir los ojos, empezaban a despuntar los débiles rayos del amanecer.
—Shhh, tienes que venir a ver esto, Penny. Está junto al lago.
Sus ojos rebosaban emoción, así que me enfundé el sencillo vestido que yo misma había confeccionado, similar a los de Susi, aunque no tan bonito ni bien acabado, y lo seguí fuera de la choza.
Tras andar unos pasos, me quedé petrificada.
De pie en la orilla del lago, contemplando la superficie del agua, ya dorada por los primeros rayos del amanecer, había un ser de rasgos y proporciones muy similares a los machos humanos y de una belleza arrebatadora.
Tenía una melena oscura ondulada hasta los hombros…
y dos alas enormes del mismo tono, completamente extendidas, recubiertas de plumas grandes y suaves.
Su torso musculoso estaba desnudo y libre de tatuajes, y la mitad inferior de su cuerpo se cubría con un extraño pantalón ajustado desde la cintura baja hasta las pantorrillas, de un tono beis arena.
Ante nuestros ojos desorbitados, se agachó a beber agua y lavarse la cara y, tras unos segundos, se irguió de nuevo.
Se giró un solo instante y sus hermosos ojos nos atravesaron el alma. Esbozó media sonrisa extraña, distante, mientras agitaba la mano a modo de despedida.
Se dio la vuelta y caminó hacia la espesura de la selva, donde desapareció de nuevo. Unos segundos después, algo se agitó entre las copas de los árboles y vislumbramos cómo se alejaba hacia el firmamento, batiendo sus enormes alas.
—¿Eso era… un ser alado? —pregunté con la voz entrecortada.
—Eso creo, Penny. Parece que las leyendas eran ciertas. Tal vez los ancianos no nos mintieron por completo.
Asentí, con la vista todavía clavada en el punto por el que ese ser se había alejado volando.
Aunque era muy hermoso, algo en él me produjo desasosiego.
—¿Crees que era uno de vuestros dioses? —pregunté.
—No me ha dado esa impresión. Creo que ese ser es tan mortal como nosotros. Había algo en él que me ha hecho desconfiar. Aunque no tengo ni idea de por qué. Ha sido solo una sensación. —Se frotó el centro del pecho.
Asentí, porque yo me sentía exactamente igual.
Ux me cogió de la mano y regresamos a la choza a preparar el desayuno para comenzar el nuevo día.
Por el momento, guardaríamos esa increíble historia para nosotros. Y si alguna vez volvíamos a ver a alguien de la aldea, se la contaríamos por si podía serles útil.
Como cada día, las charlas y las risas dominaron nuestro humilde hogar. Y pronto ese encuentro con el ser alado no fue más que otra leyenda que alguien contaría a los futuros barogs alrededor de la hoguera.