66 DULCE hogar
callie
A brí los ojos poco después del amanecer y me estiré como una gata sobre las sábanas.
Había dormido toda la noche de un tirón y me sentía llena de energías.
Desde que me transformé por primera vez en barog, dos siglos atrás, me sentía mucho más fuerte y activa que cuando era una humana normalita.
Bueno, ¡tampoco es que yo hubiese sido nunca demasiado normalita!
Acostumbraba a transformarme una vez a la semana como mínimo para no perder la costumbre, aunque, cuando íbamos de aventura o de caza, lo hacía en mi forma barog.
Ahora dominaba el arco y el machete, pero las garras, los colmillos y la cola eran de gran ayuda cuando atravesábamos la selva, por no mencionar mi velocidad, agilidad y fuerza. ¡Eran una pasada!
Tatis cambiaba de forma varias veces al día, aunque su preferida era la barog. ¡Estaba preciosa en ambas! Cuando tenía su edad, Sonah hacía lo mismo: estabas hablando con su versión humana, te girabas un momento y, al volver a mirarlo, tenías a un barog chiquitito frente a ti.
Me di la vuelta y contemplé a mi flamante barog, que seguía dormido como un tronco a mi lado.
Varios mechones oscuros le cubrían la frente mientras el tío roncaba como un rino en celo.
Era guapo a rabiar, eso había que reconocerlo.
Me tenía tan loquita como siempre, y eso que llevábamos ya juntos dos siglos.
El nuestro era un amor de esos que no se apagan nunca.
Y la pasión, ¡un volcán en continua erupción! Jamás me cansaría de él.
Su pecho musculoso y fornido subía y bajaba con cada respiración. El tío dormía a pierna suelta sin ninguna preocupación, despatarrado como los dioses lo trajeron al mundo. Ya podría caer un meteorito en la plaza que ni se inmutaría.
Tras unos segundos, entreabrió los párpados y me miró con sus iris de distinto color.
—Buenos días, amor mío —me dijo como cada mañana en cuanto me veía.
Rodó hacia mí y me envolvió entre sus brazos, sus piernas y su cola. Empezó a cubrirme de besos y a restregar su impresionante erección matutina contra mí.
—Eh, campeón, ¿no te olvidas de algo? —le dije, devolviéndole los besos, pero manteniéndome fuera del alcance de su peligrosa, y deliciosa, entrepierna.
Se detuvo un instante y me miró confundido. No tenía ni idea de qué le hablaba.
—¿Te he dicho ya que te quiero con locura y eres la hoa uhane más hermosa del universo? —Su cola trepó peligrosamente entre mis muslos.
—Eh…, que sí, amorcito. Pero no es a eso a lo que me refería. ¿No está la casa demasiado tranquila?
—Ahora que lo dices…, puede que sí. Vamos a aprovechar para un polvo de buenos días, ¿qué me dices? —Me recorrió el muslo con los dedos, aventurándose bajo el vestidito de lino que acostumbraba a usar para dormir, cuando no lo hacía desnuda.
Lo aparté de un manotazo.
—A estas horas, Tatis ya suele corretear por toda la casa. ¡Esto está demasiado silencioso!
—Amor, ayer se acostó muy tarde jugando, debe de estar cansada.
—¿Hablas de nuestra hija? ¿Es que no la conoces? Esa niña duerme cinco minutos y tiene cuerda para una semana entera.
Daryos intentó alcanzarme de nuevo, pero me escabullí de la cama de un salto y me apresuré hacia los arcos que daban a la calle.
—Enzo no está, y apuesto a que el cachorro tampoco. ¡Ya es la tercera vez esta semana que desaparece sin avisar! ¡Me va a oír!
Mi barog se desperezó como un gran león, soltó un par de rugidos y se levantó. Mientras se anudaba el taparrabos alrededor de la cintura, se me fue un poco la vista hacia sus deslumbrantes, enormes y apetitosos atributos. ¡Se me hizo la boca agua!
Consciente de que lo estaba mirando embobada y con un hambre voraz, sostuvo la prenda abierta unos segundos más y meneó el rabo. Los dos rabos.
—¿Uno rapidito antes de que te vuelvas loca buscando a la fierecilla de nuestra hija? —me dijo con esa media sonrisa traviesa que haría que se me mojaran las bragas… si las llevara.
Sacudí la cabeza para deshacerme del calentón y señalé a mi querido amorcito con el dedo.
—Todo esto es culpa tuya.
—¿Qué he hecho yo ahora? No es culpa mía que Tatis se escape. Ya sabes que a la niña le gusta mucho explorar, divertirse, ir de aventuras…
Puse los ojos en blanco.
—¡Pues por eso mismo es culpa tuya, hombre! ¡Es igualita que tú!
Ensanchó la sonrisa de oreja a oreja.
—Y a mucha honra.
Resoplé.
—Anda, vayamos a buscarla. Quiero que desayune antes de ponerse a corretear por todas partes y molestar a todo el mundo.
—No molesta a nadie, amor. Todo el mundo en la aldea la adora, y sus tíos siempre están pendientes de ella.
—Hace dos días manchó varios vestidos del puesto de Susi en la plaza con sus manitas llenas de jugo de moras. ¡Los echó a perder!
—No exageres, Callie. Seguro que Susi no se enfadó.
—¡Pues claro que no se enfadó! Le rio las gracias y hasta le prometió un vestidito nuevo para la celebración de esta noche.
—¿Lo ves, mujer? No sé por qué te preocupas —dijo mientras echábamos un vistazo al dormitorio de Tatis. Puse los ojos en blanco.
Por supuesto, su camita estaba vacía. Así pues, bajamos las escaleras hasta la sala de estar y, de allí, salimos a la calle.
Cuando Tatis cumplió dos años, mi barog amplió la casa y le construyó una habitación preciosa, pegadita a la nuestra.
—Así no hay quien la eduque, Daryos. —Me detuve y lo miré acusadoramente.
—Es una barog de Nemea, Callie. No una humana de Manhattan. ¡La estamos educando de maravilla! Está aprendiendo todo lo necesario y más, te lo prometo.
Me relajé al instante. Tenía razón… en casi todo.
—Está bien, pero no me gusta que se marche sin avisar. Todavía es muy pequeña y la selva es peligrosa.
—No sale de la aldea.
—Aun así, no me fío un pelo. Cualquier día se va de excursión hasta el lago y se da un bañito ella sola. ¡Es tremenda!
—Naranjito, Artia y Sazzy no la dejan ni a sol ni a sombra.
—¡Menudo trío! Naranjito y Artia la seguirían al fin del mundo sin rechistar, y Sazzy es más alocado que ella. Enzo y Bazzeila deberían vigilar más a su cachorro.
—Es un león, amor mío, no un amiguito de la guardería —dijo soltando una carcajada.
Un poco más y le arreo una buena hostia.
—A ti todo te hace mucha gracia. Claro, ¡como tú también creciste como un salvaje! A tu lado, Tarzán era un angelito del señor.
—¿Quién has dicho?
Hice rodar los ojos de nuevo y me colgué de su brazo.
—Anda, barog, vamos a buscar a nuestra fierecilla. Me muero de hambre y me gustaría desayunar tranquila por una vez.
—Eres la mejor madre del mundo. Lo sabes, ¿verdad?
—Y tú el mejor padre. Y ¡deja ya de hacerme la pelota! —dije, cambiando el camisón por uno de mis vestidos.
Se rio mientras caminábamos por la aldea, en busca de nuestra hija.
Lo habitual era que se colara en casa de alguno de sus tíos para despertarlo y obligarlo a jugar con ella, que estuviera en la plaza alborotando con Sazzy o poniéndose morada de bayas con Naranjito y su grupito de llitops en la primera línea de arbustos.
Nos cruzamos con un par de las descendientes recién llegadas a Nemea que se marchaban de excursión con sus barogs.
Iban muy sonrientes hablando con ellos y nos saludaron con efusividad.
¡La adaptación estaba siendo un éxito! Por supuesto, aún quedaba mucho camino por recorrer en ese asunto, pero había sido un buen comienzo, sobre todo para Toruch y Sonah, que se habían emparejado con unas mujeres magníficas. ¡Me alegraba mucho por ellos!
—¿Buscáis al terremotillo? —dijo Lansh cuando nos topamos con él y Xioh en la plaza.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté con ironía.
Mi amigo soltó una carcajada.
—Hace un rato ha pasado por casa de Sulveh y por la nuestra. Se ha llevado tortitas hechas por Sylvia y se ha bebido un zumo con nosotros —explicó Xioh.
—¿Y no se os ha ocurrido avisarnos?
Se miraron sin comprender.
—Como si eso fuese tan extraño, Calista. Tu hija se mueve por la aldea como si fuese su patio de juegos.
Todos se rieron, menos yo.
—No te cabrees, mujer. Está con los reyes. Íbamos a llevarla a vuestra casa, pero nos cruzamos con Sonah que iba hacia el palacio y Tatis se empecinó en acompañarlo. Dijo que quería ver la barrigota de su tía.
—Está obsesionada con eso. Tiene a la pobre Tina mareada —dije. No pude evitar sonreír. Pronto mi hija tendría un primito… o primita.
Las cosas estaban cambiando en Nemea. Así que todo era posible, ¿no?
—Yo creo que Tina se arrepiente ya de estar embarazada con solo pensar que pueda dar a luz una fierecilla como la nuestra —dijo Daryos soltando una carcajada.
Entre risas, nos encaminamos hacia la morada de los reyes.
Nada más poner un pie dentro, no pude evitar enternecerme. La escena era para inmortalizarla con una cámara, la verdad.
Mientras Tina permanecía sentada sobre mullidos cojines y la mano sobre su enorme tripa, Enzo y Bazzeila dormitaban a su lado.
Cyrus estaba en medio de la sala, tumbado en el suelo y sujetando en lo alto con los brazos estirados a Tatis, que reía a carcajadas.
Sazzy daba saltitos de aquí para allá, rugiendo de contento.
Al menos, Naranjito y Artia no se encontraban ahí.
Daryos y yo nos quedamos quietos en la entrada, contemplando la hermosa escena.
—¡Hola, maa! ¡Hola, paa! ¡El tío C me está haciendo volar!
Quería reñirla, lo juro, pero iba a dejarlo para más tarde… o para nunca. En ese momento, lo único que me apetecía era disfrutar de mi familia.
—Ya veo que te lo estás pasando muy bien. Seguro que a tu tía Tina le encanta que aparezcas en su casa al amanecer.
Mi cuñada me lanzó una mirada que prefería no descifrar.
Me acomodé junto a ella en los cojines mientras Daryos se unía en el suelo a su hermano y a Tatis, y empezaban a jugar todos como si no fueran más que animalillos de la selva.
Mi amorcito lanzaba a la niña por los aires y la volvía a coger, una y otra vez, para justo después hacerle un montón de cosquillas.
Ella se desternillaba con su padre, que jamás se cansaba de jugar con ella. ¡Eran tal para cual!
La verdad: Enzo y Bazzeila parecían mucho más civilizados que ellos.
Los reyes nos invitaron a desayunar con ellos y, cuando mi querido barog y los demás dejaron de hacer el bestia, nos sentamos todos a la gran mesa y engullimos un desayuno digno de las mejores familias reales: tortitas de trigo con miel de abejas rojas, fruta de diversos tipos, zumos, frutos secos y, por supuesto, mis preferidos: los panecillos de colores.
Charlamos sobre la fiesta que tendría lugar alrededor de la hoguera para celebrar la noche en que los dioses nos saludaban. En ella disfrutaríamos de un despliegue de estrellas fugaces cruzando los cielos de Nemea. Era una de las noches más hermosas del año.
Por supuesto, los dioses ni estaban ni se los esperaba, pero era un hermoso modo de rendirles tributo y, sobre todo, de disfrutar juntos de una agradable velada entre familia y amigos. Una de tantas celebraciones maravillosas que tenían lugar en la aldea.
Nemea era un lugar peligroso y salvaje, pero también hermoso y fascinante. Se había convertido en mi dulce hogar y me había dado todo cuanto podía desear: una vida emocionante y plena al lado de los seres más sorprendentes, intensos y divertidos del universo.
¡Jamás podría haber imaginado una vida mejor!
Y así, cada mañana me despertaba agradecida porque el destino me hubiese llevado hasta allí… y cada noche me dormía feliz en brazos de mi amorcito, mi hoa uhane , mi barog.
Fin