61 la pendiente de las rocas… otra vez
Daryos
—¿Estáis seguros de esto? —preguntó Xioh por enésima vez mientras miraba la pendiente de las rocas con el ceño fruncido.
—Será divertido, cariño. ¡Como en los viejos tiempos! —dijo Lansh sonriendo y rodeándole los hombros con el brazo.
—No sé yo. Lo más probable es que alguno termine despeñándose y acabemos el día en la posada suturándole el cráneo —dijo Xioh, riéndose.
—Vamos, sanador, no seas aguafiestas. ¿Dónde se ha quedado tu espíritu aventurero? Cuando éramos unos mocosos, eras uno de los primeros de la fila —bromeó Ax.
—Supongo que, a mis treinta y tres, prefiero tener una tarde tranquila, en lugar de pasarla remedando vuestras heridas.
—Venga, hermano, correré a tu lado. Será divertido —dijo Xerx, dándole una palmadita en la espalda.
Xioh puso los ojos en blanco.
—Eso no lo dudo. Sabéis que siempre me apunto a lo que sea. Pero cuando os clave la aguja, que no se diga que no os avisé.
Siguieron bromeando mientras Cyrus, de pie en el borde de la pendiente, la observaba con atención.
—¿En qué piensas, hermano? —pregunté, colocándome a su lado.
Lo cierto era que, incluso ahora, siendo ya adultos, la pendiente impresionaba. Ni siquiera sé cómo me lancé sin pensarlo cuando no era más que un adolescente. Callie tenía razón: a veces era un poco descerebrado y muy imprudente.
—En lo mucho que deseaba ganar la carrera ese día —dijo, soltando una carcajada.
—Y yo te lo arruiné y te privé de la gloria. Menudo hermano de mierda estoy hecho —dije riéndome.
Me rodeó los hombros con el brazo. Cyrus era el mejor hermano mayor del mundo y, desde que sabíamos que solo lo éramos por parte de madre, no me había hecho sentir diferente ni un solo instante.
—No te preocupes, D. Pienso ganar esta vez. Así que prepárate y procura no abrirte la cabeza, porque esta vez no me detendré.
—Vas a ir a por todas, ¿eh, C?
—No lo dudes.
Nos reímos y bromeamos, hasta que, al fin, Ciench nos pidió que nos colocásemos en la línea de salida, es decir, el filo de la pendiente. Toruch y Sulveh controlarían la carrera y, por supuesto, que ninguno de nosotros seis hiciéramos trampas.
—¡Preparados, listos, ya! —gritó nuestro amigo.
Nos lanzamos por la pendiente, saltando rocas y acelerando como los barogs aventureros y salvajes que éramos.
Volamos montaña abajo con mucha más pericia que la que teníamos la primera vez que participamos en la «rompehuesos».
Y por supuesto, Cyrus ganó al fin la carrera de la pendiente de las rocas.