60 por intentarlo…
Callie
H acía ya varias semanas que habíamos ganado la guerra, que los guardianes habían dado sepultura a Ooris y que Cyrus había ordenado la construcción del nuevo templo, más sencillo y pequeño que el de la montaña, pero también más útil y cercano.
Caminábamos a través de la selva hacia el lago esmeralda, donde Sylvia y Sulveh, que ya se habían vinculado, consagrarían su unión.
Al parecer, se amaban desde siempre, desde su encuentro en la Tierra siglos atrás, pero una confusión por culpa de que Sulveh y Sonah eran gemelos la había llevado a emparejarse con el barog equivocado. ¡Menuda historia la suya!
Ahora, muchos años y dos terribles guerras después, los dioses habían decidido darles, al fin, la oportunidad que tanto ansiaban y merecían.
Ellos y el pequeño Sonah formaban una familia preciosa.
Últimamente, nos relacionábamos mucho con ellos, ya que el bebé era hermano de Daryos.
Aunque jamás mencionábamos a Ux, el parentesco había sido aceptado por todos, y mi barog hacía todo lo posible por disfrutar con su hermanito.
¡Era el niño más alegre y risueño del mundo!
Me preguntaba cómo un monstruo había podido engendrar a dos barogs tan maravillosos. A buen seguro, los genes de sus madres habían influido bastante.
Mientras Daryos caminaba delante del grupo junto a Cyrus y sus amigos, charlando y bromeando como adolescentes descerebrados, yo tenía a Lorna colgada del brazo.
—¿Tú crees que funcionará?
Puse los ojos en blanco.
—Me lo has preguntado ya veinte veces, McPhee.
—¡Ay, Calista! Es que estoy muy nerviosa.
—Funcionará. Puede que no vivas miles de años, pero seguro que algo hará.
—¿Y cómo lo sabes?
Otra vez la misma pregunta. La pobre llevaba días en un bucle. Inspiré hondo y me armé de paciencia.
—Porque ese lago es mágico y vincula las vidas de las descendientes a sus barogs para toda su existencia. ¿Te parece poco?
—Yo no soy una descendiente.
—No, pero te has unido a un barog buenorro que está loquito por ti. Si los dioses han permitido algo así, es que tienen unos planes maravillosos para ti.
—¿Lo dices en serio o solo para que me calle?
Estuve muy tentada de decirle que solo lo segundo, pero no quería ser tan cruel. Además, comprendía su inquietud. Así que me apiadé de ella… un poquito.
—Mmmm… Por ambas cosas.
Me clavó las uñas en el brazo.
—¡Auuuu!
—Perdona, Callie, pero eres mi mejor amiga. ¿Con quién voy a hablar de esto si no? —dijo arrugando el ceño.
Miré alrededor. Tina, Emi, Jenny, Susi y Sylvia caminaban detrás de nosotras. No cabía duda de que nos estaban escuchando, porque la reina negó con la cabeza como diciendo «ni se te ocurra». Su mirada afilada solía ser muy amenazante y daba un poco de miedo.
—¿Con la reina, por ejemplo? —dije conteniendo una risilla. Me la estaba jugando, pero bien.
Tina me lanzó otra de sus miraditas.
—¿Y si no funciona y empiezo a envejecer, y Toruch ya no me desea y…?
Me planté delante de ella con los brazos en jarras.
—Escucha, McPhee, te lo dije: era tu destino, tanto como el mío, acabar en Nemea. Así que, si yo me he convertido en barog, te aseguro que ese lago podrá concederte una vida larga y saludable. Este planeta tiene rincones sagrados y está lleno de enigmas. ¡Cualquier cosa es posible!
Su expresión se iluminó y sonrió.
—¡Si es que siempre acabas convenciéndome! —Me agarró del brazo de nuevo y reemprendimos la marcha detrás de nuestros barogs.
Lansh estaba soltando una carcajada por algo que había dicho Toruch, mientras Ax trepaba de árbol en árbol y Xerx le seguía de cerca, como si fueran dos saltimbanquis.
Xioh, Sulveh y Ciench charlaban mientras seguían avanzando, y Daryos y Cyrus se pusieron a echar una carrera por el sendero, para ver quién llegaba antes al lago.
Lorna y yo nos unimos al grupito de mujeres y seguimos caminando hasta que, al fin, el hermoso lago de aguas esmeraldas nos dio la bienvenida.
Era uno de los lugares más espectaculares que había visto en mi vida, y aunque me traía algunos recuerdos terribles de la cacería, aquello había quedado ya atrás. Cyrus era un rey honorable en el que ahora confiaba plenamente. ¡Cómo habían cambiado las cosas!
—Ven, preciosa —dijo Toruch, acercándose a nosotras y cogiendo a Lorna de la mano—. Nos meteremos en el lago para consagrar nuestra unión. Estoy seguro de que los dioses nos bendecirán por todo lo alto —dijo guiñándole un ojo.
La condujo hacia una de las piscinas naturales y, tras desnudarla y quitarse el taparrabos, la ayudó a entrar. Vislumbré la expresión de placer y relajación de Lorna en cuanto se sumergió. Quise pensar que las aguas milagrosas ya estaban actuando sobre ella.
Esperaba que los dioses escucharan sus plegarias y las de Toruch, y les concedieran una larga vida juntos. Así serían muy felices… y yo disfrutaría de mi mejor amiga durante mucho tiempo.
Cada uno de los barogs se apresuró hacia su hoa uhane , listos para darse un bañito en ese lago miraculoso.
Sylvia y Sulveh, que habían dejado a Sonah al cuidado de Marla y Goria, se desnudaron sin despegar la mirada el uno del otro y entraron en el agua cogidos de la mano, con expresiones rebosantes de ilusión.
La cicatriz de la cesárea todavía era bien visible en el vientre de mi amiga, pero ya se había cerrado por completo.
Ese era un momento muy emocionante para ellos porque, al fin, sellarían su unión.
Por su parte, Susi y Ciench parecían estar superando la década infernal que habían pasado separados. Me emocioné al ver sonreír a mi amiga mientras abrazaba a su imponente barog en una de las piscinas.
Jenny, Emi y Tina disfrutaban ya de las aguas frescas y relajantes junto a sus parejas cuando mi barog se acercó a mí.
—¿Piensas quedarte ahí todo el día, hoa uhane , o vamos a gozar del lago juntos? —dijo, alzando las cejas oscuras.
Sus ojos disparen resplandecían como gemas preciosas a la luz del sol. Una, verde esmeralda, que competía con la belleza del lago mismo; y otra, topacio azul cielo, que ahora sabíamos bien de dónde procedía…, pero que no por ello me gustaba menos.
—Démonos un chapuzón juntos, amorcito —dije, despojándome del vestido y tirando de la cuerda de su taparrabos hasta dejarlo en pelotas.
—Mira que eres hermosa —dijo contemplándome embobado, algo que, por cierto, solía hacer muy a menudo.
—Y tú, mira que eres atontao, amorcito mío.
Soltó una carcajada y, cogidos de la mano, corrimos hasta la piscina más cercana y nos sumergimos.
Amparados por los juncos que delimitaban las piscinas, practicamos unas cuantas guarradas que nos moríamos por hacer.
Vaya, que se la chupé hasta dejarlo seco y, después, me senté en su regazo y follamos como posesos, intentando no ser demasiado escandalosos.
A juzgar por las miraditas que Emi y Jenny me lanzaron luego, apuesto a que no lo conseguimos.
¿Y qué culpa tenía yo de que mi barog me hiciera el amor como un salvaje, rugiendo como un animal y haciéndome gemir como una condenada?
Tras el baño, comimos todos juntos en un pequeño claro cercano a las chozas y pasamos la tarde retozando, descansando, charlando… Fue un precioso día, en el que las risas llenaron ese paraje de la selva, como si floreciera de nuevo la pequeña aldea que antaño se erigía a orillas del lago esmeralda.
Quizás con el tiempo, volveríamos a construirla, borrando así para siempre los malos recuerdos, el dolor y la desesperanza que una vez asolaron el lugar.
La paz reinaba ahora en Nemea, y el rey, el príncipe y todos sus amigos se encargarían de mantenerla para siempre.
Y por supuesto, nosotras les ayudaríamos.
Nemea era nuestro paraíso.