59 el lugar especial del rey
Tina
—¿Adónde demonios me llevas?
—Un poco de paciencia, mi reina. Ya casi hemos llegado.
—Espero que sea mucho mejor que este túnel claustrofóbico. Estoy a punto de dar media vuelta y no parar de correr hasta llegar a la aldea.
—Confía en mí, Tina. Ya sabes que tengo un gusto excelente —dijo mirándome de ese modo un poco oscuro que me hacía hervir de deseo.
—No seas arrogante, mi rey.
Soltó una carcajada sexi y salvaje que me erizó la piel.
—Te aseguro que, cuando lleguemos, la travesía habrá merecido la pena.
—Por el momento, he pisado tres serpientes y se me han comido los bichos. ¡Un paseo muy romántico, mi rey!
Se rio de nuevo. Su risa me calentó la sangre y me hizo cosquillas entre los muslos. Cuando ensanchó las fosas nasales, supe exactamente lo que estaba percibiendo.
—Deja ya de hacer eso —le dije, mientras seguía sus pasos en el interior de ese túnel de roca sofocante que no parecía terminar nunca.
—No puedo evitarlo, Tina. No le puedes pedir a un barog que no huela a su hoa uhane . Tu aroma a excitación es… exquisito.
—Quizá no tengas el olfato tan fino como piensas, mi rey. En este agujero estoy de todo menos excitada.
Su carcajada retumbó en las paredes del túnel, seguida de uno de sus rugidos.
Puse los ojos en blanco ante tal despliegue de masculinidad.
Tras avanzar varios metros más, al fin atisbé algo de luz, que pronto se convirtió en una luminosidad resplandeciente.
Cuando salimos del túnel, me quedé con la boca abierta.
Un lago de aguas del color del cielo más claro se abría ante nosotros al aire libre, rodeado por una playa estrecha de arena blanca y fina, que a su vez estaba bordeada de palmeras altas, a rebosar de dátiles dorados tan grandes como berenjenas.
Al incidir los rayos del sol en la arena, creaban un amplio espectro de colores, que se extendía por toda la superficie del agua y la playa.
El paraje, de una belleza abrumadora, estaba incrustado en medio de la selva, en un pequeño valle entre rocas. Según me había contado Cyrus, había otros túneles excavados que conectaban el lugar con otros puntos de la jungla.
—Esto es… impresionante —murmuré, caminando hasta la arena.
En cuanto mis pies se hundieron, ronroneé de placer: estaba extrañamente fresca y era de una suavidad extrema.
—Me alegro mucho de que te guste, mi reina. Te dije que valdría la pena.
—¿Por qué no está caliente la arena?
Él se agachó, cogió un puñado entre los dedos y dejó que se escurriera entre ellos.
—Dicen que es por las corrientes subterráneas de aguas heladas.
Volvió a incorporarse.
—¿Y ese despliegue de colores?
—La arena está compuesta de millones de cristales diminutos, procedentes de los caparazones de las tortugas blancas que venían a morir aquí.
—¿Tortugas blancas? —pregunté enarcando una ceja. ¡Ese planeta tenía de todo!
—Ahora solo se puede ver algunas en los lagos más al sur de Nemea. Pero se dice que en la zona remota quedan muchas más.
Contemplé aquel precioso lugar que parecía una postal.
De pronto, algo llamó mi atención. Encima de una roca, un extraño animal que no había visto en mi vida nos miraba con los ojos turquesas muy abiertos.
Parecía de la familia de los felinos, pero, en lugar de pelaje, estaba recubierto de plumas multicolor y tenía dos grandes alas a la espalda.
—¿Qué es eso? —dije, completamente atónita.
—Eso, mi amor, es un milagro. No te muevas ni un milímetro o desaparecerá.
—Parece una gata.
—Es algo así. Una bescuit , una gata arcoíris de los peñascos. Solían compartir hábitat con los linces, hace muchos siglos. Puede que haga miles de años que nadie ve ninguna.
—¿Y eso por qué?
—Porque siempre ha habido muy pocas, porque las que hay están en zonas alejadas de la aldea… y porque son camaleónicas. Se mimetizan con el entorno y se vuelven invisibles a nuestros ojos.
—¿Y qué hace aquí?
—No lo sé, amor mío, pero siempre se ha dicho que son símbolo de suerte y prosperidad. Así que, si se nos ha mostrado, es signo de buenaventura.
—Es un animal muy bello.
—¡Y peligroso! Dicen que, si las oyes cantar, te vuelves completamente loco. Algunos incluso aseguran que el canto llega a romper los tímpanos.
—¡Y parecía inofensiva!
Cyrus soltó una risa suave.
Aparté la mirada de ese bescuit y me giré hacia mi barog.
—Este planeta está cargado de sorpresas, mi rey.
Él asintió.
—Nemea es un lugar duro y peligroso, pero también de una gran hermosura. Me alegra que sepas apreciarlo, Tina.
Me sonrió con una ternura que no solía mostrar con nadie más que con su hermano y conmigo.
Cuando volví a mirar hacia la gata arcoíris, esta había desaparecido. ¡Menos mal!
—Ven, mi reina. —Me cogió de la mano y me condujo hasta la orilla—. ¿Te apetece un bañito con el rey de la selva? El agua está incluso más fresca que la arena. —Sus ojos brillaron con fuerza, rebosantes de deseo. Por mí.
—Ya veo. Tú lo que quieres es verme desnuda.
—Por supuesto, mi reina. Me muero por verte desnuda y hacerte el amor. ¿Para qué te habría traído a mi lugar especial si no? —Alzó una ceja oscura y empezó a desabrocharse el taparrabos con parsimonia, provocándome. Me entraron ganas de arrancárselo de un tirón.
Cuando se quedó desnudo ante mí, temblé de la cabeza a los pies. ¡Menudo poderío! Se rio entre dientes, plenamente consciente del efecto que causaba en mí.
Mientras yo me desnudaba ante él, no despegó los ojos de mi cuerpo, recorriéndolo centímetro a centímetro como una caricia sinuosa mientras su cola oscilaba tras él por encima de su cabeza, dispuesta a lanzarse sobre mí de un momento a otro.
En cuanto acabé, le dediqué una mirada desafiante y empecé a caminar hacia el agua. Silbó detrás de mí.
Metí un pie en el lago y luego el otro, y avancé despacio hasta que el agua me cubrió hasta la mitad de los muslos y luego la cintura. Y al darme la vuelta, mi rey me observaba desde la orilla con los ojos oscuros encendidos en su rostro de facciones humanas.
Se había transformado para mí.
Alcé una ceja interrogante y él se limitó a esbozar esa sonrisa un poco siniestra y a moverse hacia mí.
Le esperé muy quieta, recorriendo su cuerpazo excitado con la mirada mientras entraba en el agua. Me mordí el labio, con la vista clavada en su polla erecta, como un mástil apuntando hacia mí.
Se detuvo a unos centímetros de mi cuerpo, con la respiración acelerada y esa bruma en la mirada fruto del deseo más crudo. Un deseo que yo me moría por complacer.
—¿A qué se debe este aspecto tan humano? —pregunté, paseando las uñas por su pecho esculpido en piedra.
Sus bíceps abultados, rodeados por tiras de cuero, me hacían la boca agua.
—¿No te gusta? —bromeó.
Bajó la mano hasta sus testículos y se los apretó un poco ante mi mirada encendida. Después, deslizó los dedos por su erección desde la base hasta la punta. El muy arrogante me dejó al borde del infarto.
—Ya sabes que me encantan tus dos formas. Pero te gusta oírmelo decir, ¿verdad, mi rey engreído?
Una risa ronca y oscura retumbó en su pecho musculoso y me hizo vibrar entera.
—Me encanta que me adules un poco, lo reconozco. Pero no más que adularte yo a ti, mi deslumbrante reina de Nemea.
Me tomó de la mano y me condujo al centro del lago. Entonces, se arrodilló en el lecho frente a mí, se sentó sobre sus talones y me abrazó la cintura, hundiendo el rostro entre mis pechos.
—Eres tan perfecta, Tina… Me vuelves loco.
Le agarré la cara con ambas manos y le obligué a mirarme a los ojos.
—Y tú me vuelves loca a mí, mi rey.
Deslicé las manos hacia su melena, larga y alborotada alrededor de su rostro arrebatador, y me incliné sobre él hasta que nuestros labios se tocaron. Entonces, tiré un poco de su pelo y echó la cabeza hacia atrás, mostrándome la robusta garganta.
Planté un beso ahí, en su piel bronceada, sintiendo su pulso en mis labios. Después, la recorrí con la lengua y continué por la mandíbula marcada hasta subir a sus labios.
—Te amo, Cyrus —murmuré sobre su boca, que se abrió para mí. Le metí la lengua y devoré cada rincón.
Porque podía.
Porque el rey era mío.
Con un movimiento rápido, me sentó sobre sus muslos, me abrazó con fuerza y me devolvió los besos con una pasión desenfrenada que quemaba. Sus manos enormes me recorrían entera, acariciando, apretando. Las mías tampoco se quedaban quietas.
Deslizó los dedos de una mano por mi columna hasta enredarlos en mi pelo, y los de la otra hacia abajo, hasta mi trasero.
Me elevó sobre él y colocó la punta de su erección en mi entrada.
Me dejó caer despacio, mientras apretaba los glúteos y alzaba las caderas dentro del agua para clavarse dentro de mí, hasta el fondo.
—Joder —murmuré sobre su boca, absorbiendo cada uno de sus besos arrasadores.
—Joder —gimió él con voz ronca, apretándome contra su regazo mientras me abría las piernas un poco más y se hundía hasta las profundidades de mi cuerpo.
La frescura del agua a nuestro alrededor, calmada y cristalina, atenuaba un poco el calor abrasador que emanaba de su piel.
Me alzó otra vez y me dejó caer sobre su pene de nuevo, esta vez más deprisa, más desesperado. Se enterró entre mis muslos con brío, deslizándose en mi interior con un roce embriagador.
Apreté su polla dentro de mí, exprimiéndola, arrancándole rugidos y gemidos deliciosos para mis oídos.
Repetimos el movimiento, cada vez más frenéticos, más descontrolados, con los corazones desbocados, las bocas unidas y las lenguas saboreando libremente. Hasta que, al fin, tras un rugido fiero y demoledor, presionó con fuerza la cadera contra la mía y se ancló dentro de mí.
Vertió su semen en mi interior, oleada tras oleada, mientras yo me corría entre sus brazos gritando y gimiendo. La unión de nuestros cuerpos desatados era puro fuego mientras ambos nos liberábamos.
Cuando terminamos, me abrazó con ternura y me cubrió de besos. El rostro, los pechos, un pezón, luego el otro, el vientre. Nos quedamos un rato abrazados hasta que, al fin, nos separamos y dejamos que el agua se llevara los restos de nuestro encuentro apasionado.
Entre risas y miradas cómplices, salimos del deslumbrante lago y nos tumbamos desnudos en la arena, desmadejados y complacidos.
Entornamos los párpados y dejamos que el sol y los colores danzaran sobre nuestros cuerpos satisfechos.
Instantes después, Cyrus rodó sobre la arena, se abrió paso entre mis muslos y me penetró de una estocada profunda y ardiente. Me hizo el amor por segunda vez, sobre esa playa, con su forma humana y el ímpetu del barog que dormitaba bajo su piel.
Y yo me entregué a él por completo. Se lo di todo. En ese momento y por todos los siglos que estaban por venir… y que disfrutaríamos juntos.
Ese hermoso paraje acababa de convertirse también en mi lugar especial.
El nuestro.