58 cambios
Tina
—Entonces, está decidido: a partir de este momento, se acabaron las cacerías —proclamó Cyrus.
—Y nada de marcar a las mujeres como ganado —intervine.
—Por supuesto, mi reina. Cuando se abra de nuevo el portal, se las conducirá a todas a la casa posada y se les dará un tiempo para aclimatarse antes de vincularse a un barog.
—Todo eso está muy bien, mi rey, pero deberían poder escoger barog voluntariamente.
—Tina, amor mío, nuestra especie es poco numerosa y la única manera de procrear es con las descendientes que traemos de la Tierra a través del portal. Podemos hacer cambios y, como ves, estoy bien dispuesto a ponerlos en marcha. Pero no podemos adoptar costumbres que nos lleven a la extinción.
—Lo sé, pero quizá podríamos encontrar alguna manera de que, primero, los barogs en edad de emparejarse y las descendientes se conocieran un poco. Así no sería tan traumático.
—Mi reina, casi ninguna humana recién llegada a Nemea va a querer saber nada de ninguno de nosotros. ¿Acaso has olvidado lo dulce que fuiste conmigo al principio y lo mucho que me querías? —dijo con media sonrisa.
Resoplé.
En el fondo tenía razón. Ninguna humana con dos dedos de frente querría saber nada de esas bestias enormes, llenas de tatuajes y cicatrices, con colmillos, garras y una gruesa cola azabache.
—Aun así, hermano —intervino Daryos—, Tina ha expuesto un punto muy importante. Deberíamos pensar en algo para suavizar los inicios de las humanas en Nemea y que, de algún modo, tuvieran algo que decir respecto al barog al que se unen.
—Eso podría poner en jaque todo nuestro sistema de perpetuar la especie, D. Esas normas antiguas existen por algo. Los ancianos eran manipuladores y escondían muchos secretos, pero no eran estúpidos.
—¿Qué os parece si dejamos este punto para más adelante y pensamos en algo entre todos? —propuso Callie.
—Buena idea, amor. Al fin y al cabo, quedan doscientos años para que vuelva a abrirse el portal.
—Eso si no encontramos un modo de abrirlo antes —murmuró el rey.
—¿No crees, mi rey, que, si hubiera una forma, Ooris y los demás ya la habrían averiguado? —pregunté con retintín. ¡Me parecía tan obvio!
—Puede, pero, por intentarlo, no perdemos nada, ¿verdad, D?
Este asintió.
—¿Enviarás a Xerx al templo? —dijo el príncipe—. Si alguien puede descifrar algo sobre el asunto, sin duda, es él.
—Ya se lo he comentado. Partirá dentro de un tiempo. Sulveh lo acompañará para mostrarle las cámaras secretas y los archivos allí guardados —dijo mi rey.
—Yo que tú enviaría también a Jenny. Es lista como el hambre, y ella y Xerx forman un tándem estupendo —intervino Callie.
—Desde luego. Así se lo he pedido a ambos —dijo mi rey.
Mi exprofesora sonrió complacida. ¡Era tan peligrosa! Nunca sabías por dónde iba a salir, aunque había que reconocer que era valiente y tenía buenas ideas… casi siempre.
—En cuanto al templo, he pensado en construir uno cerca de la aldea para que cualquiera pueda acudir allí a rezar a los dioses. Un templo cercano y útil para todo el pueblo barog. ¿Qué os parece?
—Una idea estupenda, mi rey. Será mucho más útil que ese templo tan lejano y con un acceso demasiado difícil.
—¡Difícil y letal! —soltó Callie—. Os aseguro que esa caída por el precipicio me quitó las ganas de asomar la nariz por ahí nunca más.
—Claro, amor. Eso fue terrible. —Daryos le cogió la mano y se la besó por todas partes.
Aquel par era tan empalagoso que me entraban ganas de vomitar. En realidad, Cyrus y yo no éramos tan distintos a ellos…, pero solíamos guardarnos la mayoría de los arrumacos para la intimidad. Ahí dábamos rienda suelta a nuestro amor explosivo. ¡Ese rey estaba hecho para mí!
—¿Y qué piensas hacer con el templo antiguo, C?
Podríamos apostar unos cuantos guardianes y que se fueran turnando.
Así evitaríamos que se deteriorara o entraran alimañas.
Sulveh podría encargarse de montar las rondas de vigilancia y dar las órdenes desde la aldea.
Se le da genial liderarlos y los conoce muy bien a todos —dijo el príncipe.
—Estoy de acuerdo, hermano. Podemos reservar el templo de la montaña para grandes ocasiones como las bendiciones de la descendencia real, las oraciones a los dioses y cosas así. Y usar el nuevo para todo lo demás.
Asentimos ante las propuestas. Sin duda, el rey y el príncipe se entendían bien y trabajaban de maravilla juntos.
Desde que Daryos había dejado su época de líder de los rebeldes atrás y Cyrus había empezado a escuchar sus opiniones y bajado del burro, su relación era perfecta.
Se respetaban el uno al otro y sus ideas se complementaban. ¡Nemea estaba en las mejores manos!
—Me gustaría proponer algo —empezó Callie—.
El caso de Penny ha puesto de manifiesto que, por mucho tiempo que pase, hay descendientes que jamás se acostumbran a su barog y no son felices.
Incluso puede que haya más maltratadores como Gushia ahora mismo en la aldea.
Seguro que podríamos averiguar quiénes son.
—Maltratar a una descendiente está prohibido. Si me entero de algún caso…
—Deberíamos tomar alguna medida más drástica, Cyrus. Seguro que vosotros dos podríais identificar fácilmente a los hijos de puta y tomar medidas —dijo mi amiga.
—Primero hay que concienciarlos, Callie. Como rey, no puedo empezar a meterme en las parejas de vida porque algunos barogs acabarían rebelándose contra mí. No podemos permitir que algo así ocurra de nuevo. No queremos que surja otro Ux, ¿verdad?
—Así es, hermano, pero sí que podríamos incidir en ese punto tú y yo, y dar un periodo de gracia para que se adaptaran a las nuevas leyes. Y después, aplicar mano dura.
Cyrus asintió.
—Nosotras podríamos hablar con las mujeres con discreción, averiguar si algunas están descontentas o si algún barog se pasa de la raya.
—Eso estaría bien, Callie, pero podría acabar generando más problemas y mucho revuelo. Espera a que yo dicte las nuevas leyes e imponga su cumplimiento. Dejaremos pasar un tiempo y, luego, si alguno no acaba de aceptarlas, entonces podréis indagar con discreción.
Callie no parecía demasiado contenta, pero no insistió.
Lo que había promulgado el rey era mucho mejor que lo que había antes y tenía toda la razón: había que ir implementando las medidas despacio, consolidando su reinado frente a todos.
Ahora mismo no convenía que se ganara enemigos, y los cambios en cualquier civilización primitiva no se implantaban de la noche a la mañana.
Bastante habíamos logrado ya en el poco tiempo que llevábamos nosotras en el planeta.
Discutimos algunas ideas más, hasta que, de pronto, Callie abrió los ojos como platos y golpeó la mesa dos veces. Casi vierte los cuatro vasos de zumo.
—¡Lo tengo, mi rey! ¡Ya sé cómo hacerlo! —dijo poniendo cara de flipada.
—¿Se puede saber de qué hablas?
—De conseguir que las descendientes acepten voluntariamente a sus barogs. Que ellas también puedan escoger, y no solo ellos. Que sean uniones… deseadas.
—¿Qué se te ha ocurrido, amor mío? —preguntó Daryos, inclinándose sobre la mesa, muy interesado.
—Eso, cuéntanos, Callie —dijo mi rey.
—Pues veréis, he pensado que…
Callie habló durante un buen rato y nos expuso su idea, que era arriesgada, pero podría funcionar. Discutimos algunos detalles y entre todos se nos ocurrieron otros. Aún teníamos dos siglos por delante para perfeccionar ese alocado plan…, que quizá no lo fuese tanto.
Y lo mejor de todo era que nosotras también participaríamos. Pensándolo bien, Callie había tenido una magnífica idea.