57 noche de hoguera #2
—Toruch me ha dicho que me llevará al lago sagrado. Ya sabes…, para ver si puede alargar un poco mi vida.
Sentí una presión en el pecho. No quería ni pensar en el día que Lorna desapareciera. Era mi mejor amiga y la quería un montón. No me imaginaba mi mundo sin ella.
—¿Puede hacer eso?
—Dice que ya se lo ha pedido a Cyrus y le ha dicho que sí. Parece que iremos todos allí dentro de unos días. No hay ninguna garantía de que funcione conmigo porque yo no soy… una descendiente. —Seguía sonriendo, pero, durante un instante fugaz, una pátina de tristeza empañó sus ojos marrones.
—Estoy segura de que funcionará.
—No lo sé, Callie. Yo no pertenezco a este mundo. Me lancé en un impulso loco detrás de ti. Pero no soy una de vosotras.
—¡Bobadas, McPhee! Eres tan de aquí como cualquier otra. Y te digo una cosa: si estás en Nemea, es porque este era tu destino.
—¿Lo crees de verdad? ¿Crees en el destino? Porque, cuando estábamos en la Tierra…
—¿Bromeas? Llevo una marca de nacimiento en la espalda que ya auguraba que acabaría aquí.
Formo parte de una profecía ancestral y me he convertido en barog.
¡Por supuesto que creo en el destino! Te aseguro que, si estás en Nemea, si decidiste seguirme a través del portal como una loca imprudente, ese era tu destino. Era exactamente lo que debías hacer.
Sonrió, un poco más animada.
—Aun así, eso no significa que ese lago vaya a obrar milagros conmigo.
—Ten fe, McPhee. Cosas más raras se han visto por aquí —dije levantando una ceja.
—¡Ains, Calista! Si es que ya sabía yo que me levantarías el ánimo. ¡Eres la mejor amiga del mundo!
Me abrazó, estrujándome con fuerza.
—Vale, vale, tú también lo eres.
Nos reímos juntas bajo la mirada de Daryos y Toruch, que nos observaban con cara de bobos.
De pronto, los cánticos se hicieron más fuertes y las notas retumbaron una tras otra por toda la plaza.
La jungla parecía mecerse al son de los tambores, mientras barogs y leones empezaban a emitir rugidos suaves y acompasados.
Daryos, Cyrus y los demás se acercaron a la hoguera y se colocaron en varios círculos alrededor.
El primero de esos círculos lo formaban el rey y el príncipe, junto con todos nuestros amigos.
En cuestión de segundos, empezaron a mecerse al ritmo de los acordes, golpeando el suelo con fuerza con los pies y sus muslos con las manos.
Alternaban los vaivenes de caderas con los movimientos primitivos de brazos y piernas.
Entornaban los párpados y se dejaban llevar por la melodía ancestral, imbuidos del espíritu salvaje de la selva.
Yo miraba a mi barog embelesada, recorriendo todos sus músculos, recubiertos de piel bronceada. El rey y los demás se mecían de un modo salvaje y sugerente, casi hipnótico, pero el mejor de todos ellos era mi barog.
Sus movimientos eran naturales y sexys al mismo tiempo, y seguía el ritmo de los tambores de maravilla. ¡Había nacido para eso!
Nosotras los contemplábamos fascinadas. ¡No babeábamos de puro milagro!
De repente, deshicieron el círculo y vinieron a buscarnos.
—Vamos, Callie. ¡A bailar! —dijo Daryos, tirando de mis manos en dirección a la hoguera.
—¿Tú estás seguro de esto? —Miré a derecha e izquierda, constatando que el rey estaba ya llevando a Tina hacia el centro de la plaza y los demás barogs hacían lo mismo con sus parejas.
—Se acabó lo de la noche de hoguera solo para barogs. A partir de ahora, también participaréis vosotras en las danzas. Por no hablar de que tú eres tan barog como nosotros.
—Así que el rey se está modernizando de verdad, ¿eh? —dije sonriendo. Los retumbes de los tambores amortiguaban mis palabras.
—Este es el primero de los muchos cambios que vendrán, amor mío. ¡Ya lo verás! Mi hermano está decidido a hacer las cosas de manera diferente.
—Supongo que Tina tiene algo que ver en todo eso… ¡Menuda es ella! —dije soltando una carcajada.
—Cyrus ya se había propuesto acabar con las costumbres más crueles. Tanto mis amigos como yo llevábamos mucho tiempo luchando para conseguir eso, ya lo sabes.
—Eras todo un rebelde. Y te adoro por ello, además de por esas caderas bailongas, que mueves a un ritmillo que me vuelve loca.
Se rio mientras me colocaba a su lado en el primer círculo alrededor del fuego. El calor de las llamas me azotó con fuerza, pero no fue desagradable. Entre eso y el frenesí de los tambores, me sentí poseída por la magia ancestral de Nemea, un planeta hermoso y lleno de misterios.
—Así que te gusta cómo bailo, mi preciosa hoa uhane .
—Me dejaste completamente encandilada la primera vez que te vi bailar, en aquella discoteca en la Tierra. Y la segunda, cuando lo hiciste desnudo alrededor de la hoguera, con todo eso enorme y delicioso que tienes colgando entre las piernas, meciéndose con cada vaivén de tu cuerpo.
Su carcajada fue tan sonora que se elevó por encima del estruendo.
—¿Quieres que me quite el taparrabos, amor? Sabes que soy muy capaz de hacerlo. De hecho, hoy solo los llevamos por respeto a vosotras. Otro de los pequeños cambios que ha empezado a introducir mi hermano en la aldea.
—Pues mira, de este cambio precisamente no soy muy partidaria. Prefiero veros en pelotas, la verdad. Pero me resignaré… si me haces luego un bailecito privado en casa.
—Eso está hecho, preciosa.
Me abrazó y me plantó un beso de película en los labios.
Entonces, los golpes de los tambores se aceleraron y el clamor de los cánticos se elevó hacia el cielo nocturno de Nemea, coronado por la pareja de lunas.
Y allí, en torno a una hoguera enorme en medio de la selva, al lado de mi impresionante barog, me dejé llevar por la música.
Bailamos en la noche de la hoguera, barogs y descendientes, meciéndonos al son de acordes primitivos, agradeciendo a los dioses la victoria que nos habían concedido.
Ellos cambiaron a su forma humana al unísono, arrancándonos exclamaciones de sorpresa, y siguieron bailando con ese ritmo único, salvaje y sexy que los caracterizaba. Nosotras imitábamos los pasos de esa danza desconocida y le añadíamos algunos de nuestra propia cosecha, algo más modernos.
Si en su forma barog eran impresionantes, en la humana eran tan apuestos que apenas podíamos apartar la mirada de sus cuerpazos de infarto y sus rostros perfectos.
¡Eran una especie espectacular!
Daryos y Cyrus se marcaron una danza única, rey y príncipe uno al lado del otro, que nos dejó a Tina y a mí con los ojos como platos, las pulsaciones por las nubes e hiperventilando. Ese par eran demasiado atractivos para ser reales… y tan bailongos que estábamos a punto de derretirnos.
Los taparrabos se mecían cada vez que movían las caderas, regalándonos de vez en cuando unas vistas excitantes y muy muy calentitas. Vaya, que estábamos todas cachondas perdidas, y ellos también. ¡Por los dioses del manantial!
No cabía duda de cómo acabaríamos la noche…
Mi cuerpo se movía libre con cada redoble de tambor como si llevara ese ritmo en mi sangre desde siempre. Como si estuviera poseída por algún espíritu nemeo.
Y mientras la música vibraba en el centro mismo de mi ser y mis amigas disfrutaban de la danza tanto como yo, sentí que ese era y siempre sería mi lugar en el mundo.
Mi hogar.