El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 57 noche de hoguera
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57 noche de hoguera

callie

L as antorchas llenaban las calles desde el inicio del atardecer. Unos extraños cánticos guturales procedían de la plaza y retumbaban por toda la aldea mientras acabábamos de prepararnos para la celebración.

Habíamos ganado la guerra y vencido de una vez por todas a nuestro terrible enemigo. ¡Eso bien merecía una fiesta!

Susi había confeccionado bonitos vestidos blancos para nosotras, decorados con cuentas de madera, y taparrabos nuevos para ellos, en tonos marrones. Así que todos íbamos de estreno.

Llevaba un buen rato intentando hacerme un peinado decente, un medio recogido o algo así que me diera un aspecto un poco más…

ordenado. Pero mi melena estaba tan encrespada e indomable que, tras varios intentos, la dejé por imposible.

Me la cepillé por última vez y me conformé con colocar una flor anaranjada en un lado, por encima de la oreja.

—Estás preciosa, amor mío —dijo Daryos con la voz ronca, rodeándome la cintura desde atrás y clavando sus ojos en los míos a través de nuestro reflejo en el espejo.

—Gracias, amorcito. Tú estás para chuparse los dedos —le dije guiñándole un ojo.

—Qué cosas tan bonitas me dices. Si es que tengo la mejor hoa uhane de Nemea. Qué digo… ¡Del universo entero!

Se inclinó y hundió el rostro en el hueco de mi cuello, plantándome unos cuantos besos calientes.

—¿No crees que tengo los pelos de loca? —dije cuando sus besos se detuvieron y empezó a devorarme con la mirada.

Abrió los ojos como platos.

—¡Para nada! Tu melena me vuelve loco. Cuanto más revuelta, mejor. Ya sabes, porque eso significa que hemos estado retozando y…

Me giré y le di un manotazo en el pectoral.

—¡Auch! ¿Qué he hecho ahora?

—Ya lo sabes, así que no me pongas esa cara de cordero degollado. Menudo príncipe barog responsable, siempre pensando en el sexo.

—¿Acaso hay otra cosa en la que pensar, amor? —dijo alzando ambas cejas dos veces.

—Voy a dejarte por imposible.

Me atusé un poco la melena mientras él seguía contemplándome embobado.

—¡Qué bien te sienta el blanco! Hacía mucho que no te veía vestida de ese color. Todavía recuerdo esa camiseta que llevabas el día en que nos conocimos —dijo con una risilla traviesa.

—Claro, claro. Tenías los ojos fijos en mis tetas y una cara de atontao que pedía a gritos una buena bofetada.

Daryos soltó una carcajada sonora y vibrante que me calentó los huesos.

—Todo el bar te miraba, amor. Yo solo… fui un poco menos discreto que los demás, eso es todo.

—¡Di que sí, cariño! Que la discreción no es lo tuyo ya lo sabemos todos.

Volvió a reírse.

—Esa camiseta mojada todavía me provoca agradables sueños, amor mío.

Le di otro manotazo. Él se frotó el lugar donde le había dado ya dos veces. Se reía a mandíbula batiente, el muy idiota.

—Venga, deja ya de mirarme como un descerebrado cachondo perdido y céntrate, que tenemos una victoria que celebrar —dije, tratando de mantener la compostura.

Pero con él era imposible. Así que yo también me reí.

El pobre todavía tenía algunas heridas a medio cicatrizar, pero, tras varios días transcurridos desde la guerra, su aspecto había mejorado bastante.

Pronto no quedarían en su piel más que finas líneas rosadas o blanquecinas que, con el tiempo, serían viejas cicatrices de esa horrible batalla.

—No puedo evitar mirarte, Callie, eres tan guapa que me emociono con solo pensar que eres mía.

—Y tú eres mío, amorcito, no lo olvides nunca —volví a guiñarle un ojo.

—¿Crees que Susi podría confeccionarte una de esas camisetas blancas? Te la pones sin nada debajo, te metes en el lago o bajo la lluvia y…

—Te vas a ganar una buena leche, barog.

Él me abrazó de nuevo por detrás mientras se reía y yo recolocaba la flor y me alisaba el vestido con las manos.

—Hala, vámonos a la plaza. A este paso, seremos los últimos en llegar.

—Espera, amor. Te he traído algo.

Desapareció del baño y, cuando volvió a entrar, sostenía un hermoso collar hecho de cuentas blancas, turquesas y esmeraldas.

—¿Y eso?

—Lo he hecho para ti. Espero que te guste. Sé que no es oro ni plata ni piedras preciosas como las que suelen llevar las mujeres en la Tierra, pero…

—Es precioso —dije acariciándolo—. Me encanta. Muchas gracias.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Me dejas que te lo ponga? Me gustaría que lo llevaras hoy para la noche de la hoguera.

—¿Solo hoy? ¡No pienso quitármelo!

La emoción le empañó los ojos.

Volvió a colocarse a mi espalda y me lo ató en la nuca. Era muy bonito y se notaba que había ido enhebrando las cuentas con mimo, escogiendo el patrón de colores que se iban alternando.

—Susi me ayudó a seleccionar las mejores cuentas. Yo las recogí en el riachuelo y las puse en el collar.

Ahora fui yo la que me emocioné.

—Me gusta mucho, Daryos —dije, observándole en el espejo.

—¿De verdad?

Asentí.

—Nadie me había regalado nunca algo tan bonito. Gracias, amor.

Me di la vuelta y le puse una mano en el corazón, sintiendo su pulso fuerte y desbocado repiqueteando en mis dedos.

Se inclinó un poco, acercó sus labios a los míos y me besó. Un beso intenso, prolongado y cargado de ese amor tan grande que nos teníamos. ¡Un amor invencible!

—¿Nos vamos, mi hermosa hoa uhane ? —preguntó, tendiéndome el brazo y esbozando una sonrisa luminosa.

—Contigo me voy al fin del mundo.

Me miró con una maravillosa mezcla de ternura y deseo y, al fin, descendimos las escaleras y salimos de casa, rumbo a la plaza.

Enzo, que descansaba en la entrada, se unió a nosotros. Recorrimos el camino al lado de muchos otros barogs y sus parejas que se dirigían también a la celebración.

Iba a ser una noche de hoguera muy especial.

En medio de la plaza se alzaba la hoguera más grande que jamás había visto. A un lado se encontraban los reyes, ataviados igual que nosotros.

Tina estaba espectacular de blanco, con la melena azabache recogida en dos trenzas intrincadas, atadas con tiras de cuero beis.

Y Cyrus, con el pelo castaño suelto y esos ojos marrones tan oscuros que parecían negros, con ese puntito siniestro que a veces todavía me causaba escalofríos, parecía todo un rey de la selva.

Su cuerpo plagado de cicatrices era un mapa de la guerra que acababa de librar.

Bazzeila, su inseparable pantera, y la líder de ojos rojos de las cuevas permanecían erguidas tras ellos, con un porte tan regio como los propios monarcas.

Cerca de los reyes se hallaban nuestros mejores amigos, luciendo también sus atuendos recién estrenados.

Xerx y Xioh estaban imponentes. Sus melenas oscuras con reflejos rojizos contrastaban con los tonos más claros de sus taparrabos, y sus ojos refulgían tan brillantes como las llamas.

Lansh y Axeh, los hermanos rubiales más apuestos de la aldea, lucían sus largas melenas doradas sueltas y salvajes, con los rostros iluminados por esos ojos verdes, claros y expresivos. Ax, verde menta. Lansh, de un tono lima.

Ciench, con el cabello oscuro, los ojos grises y esa calma y bondad que casi siempre rezumaba, estaba impresionante con su taparrabos nuevo, al que Susi había añadido algunas cuentas y plumas como decoración. Le había dado a su barog un toquecito personal.

Y Sulveh, el guardián, con esa cabellera de un tono castaño claro, revuelta y salvaje, y los ojos broncíneos, parecía un león de la sabana.

Junto a sus barogs, mis amigas estaban incluso más hermosas y resplandecientes de lo que ya era usual en ellas.

Jenny, Emilia, Susi, Marla y Sylvia, que sostenía al pequeño Sonah en brazos, conversaban unas con otras, con las melenas sueltas o recogidas, y flores en el pelo de los colores más diversos.

Artia permanecía junto a Sylvia para ayudarla con el pequeño si la necesitaba. La aninf me observó mientras Daryos y yo nos acercábamos a ellos e inclinó la cabeza hacia mí de un modo casi imperceptible. Yo la saludé con la mano con efusividad.

Daryos había hecho que construyeran una pequeña choza para ella sola en un extremo de la aldea, aunque la mayor parte del tiempo dormía al raso como los felinos y solía mantenerse cerca de mi casa o de la de Sylvia.

Me daba un poco de lástima, ya que vivía alejada de los de su especie y no tenía pareja, aunque tampoco parecía muy interesada en montárselo con nadie.

Pero ¡qué sabía yo de lo que hacía por las noches cuando los demás dormíamos como lirones en nuestros hogares!

Estaba buscando a Lorna cuando apareció por un extremo de la plaza del brazo de Toruch, como si acabaran de venir de un paseo muy relajado.

Mientras mi amorcito saludaba a todo el mundo con afecto y abrazaba a su hermano, Lorna se acercó a mí.

Su figura voluptuosa se veía increíble enfundada en su vestido blanco, al que ella le había añadido algunos detallitos.

Llevaba el cabello recogido en su habitual moño en lo alto, pero lo había decorado con florecillas rojas.

Toruch no le quitaba ojo. La besó un par de veces antes de soltarla para reunirse con sus amigos.

—Estás preciosa, Calista —me dijo, agarrándome del brazo.

—Lo mismo digo. Parece que ese barog tuyo te está sentando de maravilla.

—¡Ay, Callie, ese hombre es puro fuego! No había follado tanto en mi vida. Esta mañana, nada más despertarnos, hemos probado una cosa nueva que…

—¡Ah, no, McPhee! —dije agitando el índice delante de su cara—. No quiero detalles, ¡ni hablar!

—Encima que comparto mi sabiduría contigo… Deberías estarme agradecida.

—Mira, ya me has contado más que suficiente. Me alegro de que tengas una vida sexual magnífica y muy saludable. Te aseguro que yo también la tengo. Pero no quiero que me traumatices con alguna de esas posiciones acrobáticas que tanto te gustan o con información sobre la anatomía de tu barog.

—Cuando llegues a mi edad, Calista, verás las cosas de otro modo, te lo digo yo —soltó, dándome unas palmaditas en el brazo.

Puse los ojos en blanco.

—Seguro que sí, McPhee.

Nos quedamos en silencio unos segundos, admirando cómo las llamas se elevaban hacia un cielo que pronto se cubriría de estrellas. Algunos barogs encendieron más antorchas para iluminar la plaza a medida que la oscuridad ganaba terreno.