55 la zona prohibida
callie
L a mayor parte de la travesía la hicimos en silencio. Paramos solo de vez en cuando para descansar y comer un poco, y para dormir al anochecer.
Habían sido varios días de calor sofocante, alguna que otra serpiente en el camino, lagos llenos a rebosar de las pirañas más gordas que había visto en mi vida y unos cuantos rinos, que habían tenido la desgracia de toparse con nosotros… y nos los habíamos comido.
Los cuatro barogs designados por el rey para custodiar a Ux no se alejaban de él en ningún momento. Se mantenían a su alrededor, tanto mientras avanzábamos a través de la selva como cuando acampábamos. Ni siquiera permitían que Penny se acercara demasiado a él.
Ux parecía ausente, ensimismado en sus propios pensamientos y ajeno a todo lo demás. Pero yo le conocía lo suficiente como para intuir que estaba mucho más alerta de lo que cualquiera pudiera pensar.
Nadie había atendido sus heridas del pectoral, que ya no sangraban, pero tenían un aspecto aterrador. Ni siquiera había pestañeado mientras se las hacían.
Me costaba comprender por qué demonios no había huido a la selva cuando su bando ya estaba condenado a la derrota. En lugar de eso, se había quedado para exponer la verdad y defender su postura.
Y para hablar con Daryos.
Por muy inverosímil que pareciera, y aunque no lo creyera por completo, Ux había querido que mi barog supiera que él era su padre, así como que escuchara todo lo que había ocurrido entre Drashir, Tatiana, los ancianos y él.
Para ello, me había usado a mí tras matar a Ooris.
En cuanto el anciano confirmó su historia, dejó de serle útil.
Apuesto a que ese había sido su plan desde el principio: acabar con él y así vengarse de lo que los ancianos le habían hecho en el pasado. Todos se habían portado con Ux como unos auténticos cabronazos, pero eso no disculpaba sus actos ni le hacía mejor en absoluto.
Nos quedaba ya solamente media jornada para alcanzar las puertas de la zona remota. Estaba siendo un viaje extenuante y lúgubre. Deberíamos estar celebrando la victoria, pero hasta que no perdiéramos de vista a ese monstruo, nadie se sentiría victorioso por completo.
Tina, Jenny y Emi cuchicheaban unos metros detrás de mí mientras yo caminaba entre Lansh y Xioh, que parecían tan hasta las narices de esa excursión como yo. El barog rubiales intentaba bromear de vez en cuando, pero ni siquiera él estaba en su mejor momento.
Xerx y Axeh caminaban junto a Cyrus. Por lo poco que había captado de su conversación, hablaban de la inminente noche de la hoguera, que se celebraría dos días después.
En ella, festejaríamos por todo lo alto la reciente hazaña de la aldea: los barogs habían aplastado al enemigo y eliminado la amenaza para siempre.
Eso si a Ux no se le ocurría reunir un nuevo ejército de hienas, rinos y a saber qué otras alimañas que encontrara por ahí para volver a atacarnos, esta vez a la desesperada.
Hubiera preferido que el rey le arrancara la cabeza del cuerpo y se asegurara de que jamás pudiera volver a amargarnos la existencia, pero mi barog le había convencido para salvarle la vida.
Mientras Lansh hablaba sobre no sé qué licor que elaborarían para la celebración, vi cómo Daryos se acercaba discretamente a Ux. Cyrus estaba vigilando a su hermano y no se perdía ninguno de sus movimientos, tan preocupado por él como yo.
—Dejadme hablar un momento a solas con él —dijo a sus guardias.
—Como queráis, mi príncipe. No nos alejaremos demasiado.
Daryos asintió y se colocó a la altura de su padre. Avanzaron un buen trecho en silencio mientras Ux le miraba de reojo, aguardando con paciencia a que su hijo iniciara la conversación.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
Ux alzó una ceja de un modo casi imperceptible.
—¿A qué te refieres, príncipe?
—¿Por qué no huiste cuando aún estabas a tiempo?
—Pensaba que había quedado claro. Me he quedado para que conocieras la verdad.
—Pero la verdad no cambia las cosas. No cambia nada de lo que has hecho.
Y ahora vivirás para siempre en el destierro.
Si hubieras escapado, podrías haber reunido lo poco que quedaba de tus fuerzas, engendrar inferiores con las aninfs …
No me creo que lleves tanto tiempo odiándonos y deseando usurpar el poder a mi hermano para que abandones así de golpe.
—Ya no me interesa nada de eso —contestó Ux, agitando una mano para quitarle importancia.
—¿Porque sabes que no puedes vencernos?
Ux apretó la mandíbula.
—Porque ya no tiene sentido.
—No lo entiendo —dijo mi barog, mirándolo a los ojos con esa franqueza e inocencia que desarmaba a cualquiera.
—Todos los que me arruinaron la vida han muerto. Drashir y los ancianos han pagado por lo que hicieron.
—Pero el rey, el hijo de Drashir, sigue vivo. Querías venganza y conquistar el poder. ¿Has abandonado sin más?
—He descubierto que el príncipe de Nemea es mi hijo. ¿No te parece eso suficiente motivación?
—No me conoces, y dudo mucho que te importe lo más mínimo. Esto no es más que otra de tus tretas.
—Estás muy equivocado, Daryos. Las tretas han terminado. He matado al traidor de Ooris, y tú y tu hermano sabéis lo que hicieron vuestros padres. Fin de la historia.
—Así que has decidido desistir de tu venganza.
—Eres mi hijo y amas a tu hermano. No voy a haceros daño a ninguno de los dos. Si hubiera sabido antes quién eras, habría puesto fin a esto hace mucho tiempo.
—Como te dije, lo sabías antes de llegar a la aldea y eso no te detuvo. Has causado una nueva matanza de los tuyos y los nuestros. Ese argumento no se sostiene por ninguna parte.
Ux sonrió.
—¿Puedes culparme por anhelarlo todo? Me habría gustado derrocar al rey y gobernar Nemea contigo a mi lado, hijo. Pero no ha podido ser. He sido derrotado por segunda vez. Un barog inteligente debe comprender cuándo se le acabaron las buenas bazas.
—¿Y aceptas el destierro sin más? —preguntó Daryos.
—¿Tan difícil es de entender?
—Mucho.
Ux suspiró.
—¿Crees que los pantanos son mejores que la zona prohibida?
Vivir allí no ha sido muy distinto a lo que me espera.
Estuviste allí, imagino que te diste cuenta.
Al menos, ahora sabéis la verdad y ya no tengo que seguir ocultándome.
Me habéis perdonado la vida y podré disfrutar de una existencia tranquila sin preocuparme por nada. No es una perspectiva tan mala.
—No te lo crees ni tú, Ux. Estarás solo, lejos de la aldea y sin mujeres. ¿Renuncias a todo aquello que más ansiabas? ¿Lo que siempre buscaste? ¿Aquello por lo que iniciaste dos guerras terribles?
La mirada de Ux se desvió hacia Penny un instante.
—Ya no me interesa nada de eso —repitió sin dar más explicaciones.
Sus dedos se posaron sobre la marca de la espiral grabada en su pectoral y recorrieron los dos cortes en forma de cruz.
—¿Vendrás a verme alguna vez, hijo?
—No me llames así. Por lo que a mí respecta, Drashir era mi padre. Y no, no vendré a verte jamás. Por si lo has olvidado, casi violaste a Callie.
—En primer lugar, no sabía quién eras. Y en segundo, yo no violo a nadie. Siempre he dejado a las mujeres escoger.
Daryos hizo una mueca de asco.
—Claro, porque la elección que les das es muy libre. Mejor no entremos en ese tema, o puede que me arrepienta de haberte salvado la vida y te mate con mis propias manos aquí mismo.
Ux soltó una risa oscura.
—Gracias, Daryos —dijo, con el rostro de pronto serio.
—No me las des. Solo he intercedido para salvarte la vida porque soy tan gilipollas que no podría vivir sabiendo que he permitido que mataran a mi padre. Aunque te merecieras la peor de las muertes.
Permanecieron en silencio unos segundos.
—Eres un buen barog, hijo mío. Y aunque sé que no tengo derecho a pedirte nada, esperaré una visita tuya cada día del resto de mi existencia. Nada me gustaría más que poder conocerte de verdad. A ti y al hijo de Sylvia. Él también es tu hermano, Daryos.
Mi barog tembló.
—Mejor ve olvidándote de las visitas. Y no se te ocurra salir de la zona prohibida. Mi hermano me ha permitido salvarte una vez. No habrá una segunda.
Ux inclinó la cabeza hacia mi barog.
—Cuídate mucho, príncipe. Y si esta es la última vez que nos vemos, te deseo una vida próspera y feliz junto a tu hoa uhane . Ojalá se me hubiese permitido tener una vida como la tuya. Ni siquiera tanto: tan solo una vida sencilla con la descendiente amada.
Daryos no dijo nada más. Se despidió con un gesto de la cabeza y me buscó con la mirada. Cuando llegó hasta mí, le besé la mejilla, me agarré a su brazo y seguimos avanzando juntos en silencio.
Por el rabillo del ojo vi que Penny tenía los ojos llenos de lágrimas. Ella también había oído la conversación. La situación tenía que ser muy dura para ella. Me daba mucha lástima.
Era ya el atardecer cuando llegamos a una zona de la selva que parecía muy distinta. El olor que traía la brisa, los extraños sonidos, el color de las anchas hojas de los helechos, la densidad de la atmósfera sofocante… Daba la sensación de que nos encontrábamos de pronto en otro mundo.
Tras adentrarnos en un estrecho sendero en medio de arbustos apretados y palmeras tan juntas que sus troncos formaban un muro rugoso, nos topamos al fin con la puerta de la zona prohibida.
No tenía ni idea del aspecto que tendría aquel lugar, pero, desde luego, no esperaba aquello.
Dos columnas de cuarzo negro, gruesas y altísimas, tal vez de diez metros cada una, flanqueaban un camino ancho, tapizado de césped tupido de color verde brillante.
Los extraños símbolos que aparecían en la Gran Roca o en el templo grababan de arriba abajo ambas columnas.
Los contemplamos con la boca abierta, sobre todo Jenny y Xerx, que habían demostrado especial interés por investigar esa especie de jeroglíficos, así como los misterios de Nemea.
Pero las columnas no eran lo único impresionante en ese lugar.
Una estatua inmensa de uno de esos enigmáticos seres alados se alzaba a un lado del sendero, justo al traspasar las columnas, con un brazo extendido y un dedo señalando hacia la espesura de la selva que aguardaba ahí dentro.