El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 54 hazme el amor #2
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54 hazme el amor #2

—En estos momentos, mi bienestar necesita que vengas aquí y me hagas el amor, guardián.

No me hizo esperar.

Sus dedos se apresuraron con el cordoncillo del taparrabos y en un abrir y cerrar de ojos estaba desnudo, con tanta belleza por todas partes que me quedé sin respiración.

Se acercó a la cama y subió una rodilla, luego otra… y enseguida lo tuve desnudo entre mis piernas, aguantando el peso de su cuerpo musculoso en los antebrazos. Puede que ni siquiera tuviera que ponerme yo encima.

—¡Eres tan preciosa, amor! —dijo, acariciándome la mejilla—. Apenas puedo creer que vayamos a hacer esto. Que al fin… vayas a ser mía.

Alcé las manos y entretejí los dedos en los laterales de su espesa melena. Sus ojos de bronce brillaron y la mota dorada en uno de ellos resplandeció aún con más fuerza, como una gota de oro líquido.

—Siempre he sido tuya, Sulveh. Aquí dentro —dije, poniendo la palma sobre mi corazón y luego sobre el suyo.

Me cogió la mano y me besó los dedos uno a uno. Después, acercó su boca a la mía y me devoró con una intensidad que casi me hizo perder el sentido.

Se irguió y, tras quedarse arrodillado entre mis piernas, me quitó el vestido lentamente, como si quisiera ir descubriendo mi cuerpo poco a poco, disfrutando de cada segundo.

Cuando me quedé desnuda ante él, la vista se le enturbió y el pecho empezó a bajarle y subirle con dificultad. Su aroma se hizo más pesado y oscuro, y llenó la estancia. El olor a su excitación era embriagador: miel especiada y licor.

Me relamí, ansiando probarlo en mis labios, en mi lengua. Habría tiempo para eso, ¡por supuesto que sí! Ahora, lo que más anhelaba era tenerlo dentro de mí, sentirlo parte de mí.

—Melocotones maduros bañados en caramelo —dijo con la voz ronca, inspirando con fuerza por la nariz—. Mmmm… El mejor aroma del mundo.

—Lo mismo digo, barog. Tu olor me vuelve loca.

En cuanto se tumbó de nuevo sobre mí, con cuidado de no aplastarme, le acaricié un hombro, recorrí su columna con los dedos y aferré uno de sus glúteos.

Él rugió y hundió el rostro en mi cuello.

Paseó la lengua por mi garganta, mi clavícula, mis pechos…

Descendió por mi cuerpo hasta alcanzar mi vientre.

Sus ojos se encontraron con los míos un instante y, entonces, cubrió la cicatriz de suaves besos de un extremo a otro. Después, descendió un poco más y su rostro se acomodó entre mis piernas.

—¿Puedo, mi amor? —Su voz era apenas un murmullo ronco. Mi respuesta también lo fue—. No sabes cuántas veces he soñado con esto.

El primer lametón me hizo arquearme y abrirme para él. Le agarré de la melena, pidiendo más y más, y él estuvo más que dispuesto a dármelo todo.

Su lengua se deslizaba sobre mis pliegues, se enroscaba en mi interior, lamía mi clítoris… mientras yo gemía pidiendo clemencia. Lo único que deseaba era que siguiera prestándome todas esas atenciones que estaban a punto de hacerme dar varias volteretas y lanzarme hacia el cielo.

Cuando succionó la carne más sensible entre sus labios, grité su nombre y me dejé llevar.

Jamás había experimentado un orgasmo como ese.

Fue una explosión de corrientes de placer por todo mi cuerpo, tan fuertes que sentí que me deshacía en mil pedazos y me volvía a recomponer, entre gemidos y jadeos.

—¿Estás bien, amor?

Por toda respuesta, estiré la mano hacia su pene y se lo acaricié de arriba abajo con fuerza. Era suave y duro y perfecto. Grande, grueso y tan caliente que quemaba en mi palma.

Él sacudió las caderas hacia delante, hundiéndose entre mis dedos, y rugió.

—Mejor… que nunca —balbuceé, sin dejar de mover la mano sobre su miembro, cada vez más erecto e hinchado—. Ahora me toca a mí. Quiero saborearte, sentirte en mi boca.

Su gemido rebotó en las paredes, a punto de demolerlas.

—¡Por los dioses! Vas a volverme completamente loco —murmuró con voz gutural, echando la cabeza hacia atrás y exponiendo esa garganta poderosa que me moría por recorrer a base de besos y mordiscos.

Su melena caía revuelta y salvaje.

Entonces, se irguió y clavó sus ojos en los míos.

—Pero hoy quiero correrme dentro de ti, Sylvia. He esperado mucho para esto, y si sigues tocándome de ese modo, me derramaré fuera enseguida. Quiero sentirte a mi alrededor, penetrarte hasta el fondo.

Sus palabras me secaron la garganta.

—Lo que desees, Sulveh.

Acaricié su pene irresistible una última vez y aparté la mano. Él no tardó ni un segundo en encajarse entre mis piernas y colocar la punta preparada para entrar.

—Te amo, Sylvia. Me has hecho el barog más feliz del universo.

Se hundió en mi cuerpo despacio, pero sin concederme tregua, deslizándose en mi interior hasta alcanzar lo más profundo de mi ser. Se detuvo allí un instante, jadeante, y me besó.

Fue un beso ardiente, hondo y apasionado, de esos que parecían abrirme por completo a él.

Cuando levantó mi rodilla, logró enterrarse unos centímetros más, arrancándome un gemido que se fundió con sus gruñidos.

Nuestros cuerpos se entregaron al placer hasta rozar el delirio, unidos al fin para toda nuestra existencia.

Cada vez que entraba en mí, mi interior se amoldaba a él con una naturalidad estremecedora, como si fuera la pieza que faltaba de mí misma.

Como si, desde el inicio de los tiempos, yo hubiera sido creada para encajar con Sulveh: aquel barog hermoso y noble al que había conocido tanto tiempo atrás y que jamás había dejado de amarme, tal como yo lo había amado siempre.

Tras varias embestidas, tan intensas como cuidadosas, su cuerpo se tensó contra el mío y su pene se ancló en mi carne.

Con cada sacudida, se derramó en mi interior, inundándome con su calor mientras sus rugidos se quebraban contra mi boca.

Me besó una y otra vez, murmurando palabras de amor tan bellas que ya jamás olvidaría.

Las llevaría para siempre en el alma, del mismo modo en que llevaba su aroma impregnado en mi piel.

Al terminar, se tumbó a mi lado, me acarició el vientre con dulzura, asegurándose de que yo estuviera bien, y me envolvió con suavidad entre sus brazos, todavía humanos.

Había sido una primera vez perfecta, a la altura de las miles de ocasiones en que la había imaginado. Había sentido la conexión que siempre creí que sentiría cuando me uniera a él. A mi barog.

Y habría muchas veces más. Porque Sulveh era mío y yo era de él.

Para siempre.