El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 54 hazme el amor
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54 hazme el amor

sylvia

C uando regresamos de la plaza a casa, Sulveh se quedó un rato conmigo para asegurarse de que estuviera bien. Después, no tuvo más remedio que marcharse para asistir a una reunión con los guardianes.

Una vez sola, me serví un vasito de licor de moras y me acomodé en los cojines de la sala, disfrutando al fin de un poco de tranquilidad tras tantos sucesos impactantes. Además, ¡me encantaba mi hogar!

Marla se había ofrecido a quedarse con Sonah todo el día para que yo pudiera descansar. Aunque protesté bastante, pues no me gustaba separarme de mi pequeño, necesitaba reponerme de la montaña de emociones de los últimos días.

El destierro de Ux a las tierras inexploradas me había quitado un enorme peso de encima. Puede que lo más sensato hubiese sido ejecutarlo, pero, por algún extraño motivo, me sentía en paz desde que el rey había pronunciado el veredicto. Me sentía más… ligera.

Inicialmente, como todas menos Penny, mi propuesta había sido que lo mataran. No podía imaginar un final distinto para él. Sin embargo, mi amiga, que había sufrido demasiado en la vida, logró convencerme.

Ella había cuidado de cada una de nosotras durante el cautiverio, no ya como una gran amiga, sino como lo hubiera hecho una madre o una hermana mayor. Nos consoló en los peores momentos, de los que hubo muchísimos, nos abrazó en mitad de la noche sobre uno de esos jergones cochambrosos…

Quizás las demás mereciéramos justicia y venganza por todo lo que Ux y los suyos nos habían hecho.

Pero una década no era nada comparada con los cuatro siglos que ella había soportado a manos de Gushia.

En el fondo, tal vez yo tampoco deseara por completo la ejecución de Ux.

Por supuesto, la merecía, pero era el padre de mi hijo…

Sacudí la cabeza para alejar todos los recuerdos. Por terribles que fuesen, aquel cautiverio me había dado a mi niño, y no cambiaría a Sonah por nada del mundo. No importaba en qué condiciones había sido concebido y traído al mundo: lo amaba con locura.

Cuando Sulveh regresó, comimos juntos el estofado de lagarto que Goria le había dado de parte de Marla.

Además de cuidar de Sonah, mi buena amiga nos había preparado aquel delicioso manjar.

Marla era parte de mi familia, puesto que Goria y Sulveh eran parientes, y una gran amiga.

La adoraba y la había echado mucho de menos durante los años en que permanecimos separadas.

Reencontrarme con ella después de una década había sido maravilloso.

Cuando acabamos, volvió a marcharse, prometiéndome que no tardaría.

Con todos los guardianes todavía en la aldea, salvo aquellos que habían viajado al templo para dar sepultura a Ooris, y la ausencia del rey durante unos días, debía ocuparse de ellos, distribuir las tareas, planear el futuro del templo…

No obstante, hasta que el rey regresara quedarían aún muchas cosas por concretar, sobre todo ahora que ya no existían los ancianos.

No tenía ni idea de si Cyrus deseaba nombrar a otros barogs para esa función…

o si cambiaría las cosas por completo. Algo me decía que ni él ni el príncipe eran muy partidarios de los viejos líderes religiosos y de cómo solían llevar los asuntos hasta su fallecimiento.

Ya atardecía cuando Sulveh entró en casa con un ramo de flores exóticas en la mano y los ojos brillantes. Me lo entregó y se inclinó para besarme en la mejilla.

—Perdona, amor mío. Estoy polvoriento y sudoroso. Voy a darme una ducha antes de preparar la cena.

«Amor mío».

Me subió un calor por el vientre difícil de ignorar.

Todavía me sorprendía cuando me llamaba de ese modo.

Tenía que pellizcarme el brazo con fuerza para asegurarme de que era real.

De que Sulveh y yo al fin estábamos juntos.

Era un sueño hecho realidad, aunque habíamos pagado un alto precio para llegar hasta aquí.

Pero no quería pensar en el pasado, demasiado triste y doloroso.

Solo deseaba disfrutar del presente con él y con mi hijo.

Era un presente muy bonito.

—Ha sobrado un poco de estofado de este mediodía y he preparado tortas con miel, frutas y un poco de piraña marinada. Así que no hace falta que cocines nada. ¿Te parece bien?

—Perfecto, Sylvi —contestó con una amplia sonrisa.

Mientras escuchaba cómo caía el agua de los cubos en la ducha, me entraron unas ganas locas de acostarme con él. Le deseaba desde hacía tanto tiempo que, ahora, al tenerlo cerca, apenas podía contenerme.

La cicatriz del alumbramiento ya se había cerrado por completo y era tan solo una línea rosada. La carne aún estaba tierna, pero mi interior había curado bien. No sentía dolor y, aunque el cansancio todavía me dominaba la mayor parte del tiempo, mis fuerzas volvían a mí poco a poco.

Habría preferido que nuestra primera vez fuese salvaje y explosiva, pero estaba harta de esperar. Confiaba en Sulveh y sabía que, si yo se lo pedía, me haría el amor con cuidado. Quizás podría ponerme yo encima, para evitar que cargara el peso sobre la cicatriz.

De pronto, tener al alcance de la mano la posibilidad real de acostarme con él me puso muy nerviosa. Mi cuerpo ya no era el de antes ni por asomo. Estaba algo más delgada y demacrada, y esa cicatriz…

En cuanto apareció en la sala, limpio y reluciente, con su melena solo algo más oscura que el trigo a punto de la siega y esos ojos resplandecientes como dos gotas de bronce derretido, todas mis inseguridades desaparecieron de golpe.

Recordé que me había lavado y cepillado el pelo a conciencia, que el aroma a esencia de flores del jabón que había usado permanecía en mi piel y que llevaba un vestido nuevo que Susi me había regalado, suave y ligero, que se ajustaba a mis curvas con gracia.

Y también recordé que Sulveh me amaba y me deseaba tanto como yo a él.

—¿Estás bien, Sylvi? Ven, sentémonos a cenar.

—Sí, solo un poco cansada, eso es todo —dije sonriendo para tranquilizarle.

Me agarró del brazo con delicadeza y me condujo a la mesa. Pero lo que yo necesitaba era que me tumbara en la cama, se metiera entre mis piernas y me poseyera. Así que no quería que pensara que estaba débil, ya no.

Durante la cena, nos lanzamos miradas encendidas el uno al otro, que no encajaban en absoluto con la conversación inocente que manteníamos. Que si los guardianes, que si el templo, que si las premoniciones del príncipe, que si qué decisiones tomaría el rey a partir de ahora…

A mí todo eso me traía sin cuidado. Lo único que quería era llevarlo al dormitorio, arrancarle el taparrabos y gozar de él durante horas.

Cuando ensanchó las fosas nasales por tercera vez, supe que era ridículo tratar de disimular. Sin duda, mi barog ya había percibido mi aroma a excitación y estaba completamente centrado en eso. Decidí ser sincera y dejarme de tonterías. ¡Ya éramos mayorcitos!

—He pensado que, quizás, ha llegado el momento —dije mirándolo a los ojos, esperando que comprendiera sin necesidad de más palabras.

Se levantó de inmediato, rodeó la mesa y se plantó frente a mí, manteniendo una cierta distancia. Su reacción me hizo sonreír.

—¿Es lo que creo o me estoy haciendo ilusiones como un idiota? —preguntó con la voz enronquecida.

—Me gustaría… hacer el amor contigo, Sul. O sea, hoy. Ahora.

Tragó saliva sonoramente y todo su cuerpo tembló.

—Creía que solo era cosa mía y que, como un tonto enamorado, estaba viendo señales donde no las había —dijo, sonriendo de un modo tan amplio y sincero que me enterneció hasta los huesos.

—No estoy en plena forma y puede que no vaya a ser la mejor primera vez del universo, pero me encantaría hacerlo.

Asintió enérgicamente mientras algo se despertaba bajo su taparrabos. Ahora la que temblé fui yo.

—Seré delicado, te lo prometo. Antes estaba pensando en ello y… Bueno, ya sabes, para cuando llegara el momento.

—Claro, porque no te morías de ganas como yo —solté, echándole una miradita pícara.

Un rugido grave y profundo reverberó en su pecho. Estaba muy excitado. Yo también podía olerlo y… verlo. Hacía verdaderos esfuerzos por no fijar la vista en la parte delantera del taparrabos, pero no estaba teniendo mucho éxito. ¡Su miembro me llamaba a gritos!

Se aclaró la garganta.

—Como te decía, estaba pensando en ello y… creo que lo mejor sería que me transformara en humano. En esa forma soy grande, pero no tanto como en la barog. Así reducimos el riesgo de que te lastime sin querer. —Me miró esperanzado y avanzó varios pasos hacia mí.

Me puse en pie despacio y recorrí la escasa distancia que nos separaba.

Su versión barog me gustaba muchísimo, pero la humana era… irresistible. La forma en que le había conocido y me había enamorado de él tanto tiempo atrás.

—Me parece una gran idea, amor —contesté.

Su cuerpo entero vibró mientras se agachaba para cogerme en volandas. Me llevó en brazos hasta uno de los dormitorios y me tendió con cuidado en la cama.

Después, sus músculos se agitaron, la cola, los colmillos y las garras desaparecieron y, en cuestión de segundos, el hombre, apuesto y atractivo, apareció ante mí. Mi corazón se aceleró y un fuego incandescente se instaló entre mis muslos, preparado para rendirse a mi barog.

Llevó las manos al nudo del taparrabos, pero se detuvo ahí.

—¿Estás segura, Sylvia? Sabes que puedo esperar el tiempo que haga falta. Tu bienestar es lo más importante para mí.

Me estaba derritiendo... literalmente. Ese barog era demasiado bueno para ser real.

Por un efímero instante, pensé en Sonah, su hermano.

Había sido un buen barog, tierno y atento conmigo, y me había amado de verdad.

Siempre lo llevaría en el corazón. A mi modo, aunque muy distinto a lo que sentía por Sulveh, yo también le había querido, y su muerte había sido una gran pérdida para mí y para su hermano.

Pero no podía ni quería sentirme culpable por acostarme con Sulveh. Ambos nos merecíamos esta oportunidad, que había llegado tras años de infierno. No estaba traicionando a Sonah.

Así que alejé de mi mente y de mi alma la pena, la nostalgia y ese ligero sentimiento de culpabilidad, y asentí.