53 visita a las mazmorras #2
Allí esperaban los reyes de Nemea, rodeados de nuestros amigos, las mujeres descendientes secuestradas y, en definitiva, la aldea al completo.
Ux suspiró. Se detuvo un instante mirándolos a todos y empezó a moverse de nuevo.
Daryos caminó a su lado hasta que llegaron ante Cyrus. Todos los presentes contenían el aliento.
El momento había llegado.
—Uxuer, líder de los barogs perdidos de los pantanos —comenzó el rey—, se te acusa de traición a tu pueblo, de asesinato de la familia real y de secuestro de varias descendientes vinculadas, y, por lo tanto, también de infracción de las leyes sagradas de nuestra especie.
¿Quieres decir unas últimas palabras antes del veredicto?
Ux clavó los ojos en los de Cyrus.
—Enhorabuena por la victoria, mi rey. Estoy seguro de que tu padre estaría muy orgulloso de ti —dijo sin una pizca de burla—.
Tu padre, Drashir, quien fue una vez mi mejor amigo y a quien aprecié, y que me dio la espalda y me traicionó a la mínima oportunidad.
Soy consciente de todo lo que he hecho y de que jamás vais a perdonarme, pero me gustaría dejar constancia de que no soy el único traidor, manipulador y bárbaro de esta historia.
Por lo demás, me alegro de haber conocido a mis dos hijos, Daryos y Sonah, y espero que los dioses les tengan preparadas unas vidas maravillosas. No se merecen menos.
Fue un buen discurso, eso había que reconocérselo. El muy cabrón era un buen orador.
—Te hemos escuchado, Uxuer. Sin embargo, eso no va a cambiar el veredicto.
El rey y el príncipe intercambiaron una mirada profunda, rebosante de dolor y determinación.
—No esperaba tal cosa, rey Cyrus. No tengo ninguna duda sobre cuál es el destino que habéis decidido para mí. Lo único que desconozco es si pensáis torturarme antes de matarme y quién va a darme el golpe de gracia. ¿Tú, Ciench, Sulveh? Los tres tenéis motivos de sobra para hacerlo.
Dos de los barogs que lo escoltaban lo obligaron a arrodillarse en el suelo de la plaza, donde un par de días antes ambos bandos luchaban a vida y muerte.
Entonces, Susi se abrió paso entre la multitud y avanzó con firmeza hacia Ux. Incluso arrodillado era más alto que ella.
Mi amiga llevaba un cuchillo en la mano, el cuchillo de Ciench.
—¿Vas a acabar conmigo, querida Susi? ¿Vas a hacerlo tú o tu barog?
—Mereces mucho más de lo que vamos a hacerte. Yo que tú estaría muy agradecido a los dioses, a Daryos… y a Penny.
Ux giró la cabeza a un lado y al otro hasta que al fin la vio. Parecía tranquila, aunque algunas lágrimas se habían escapado de sus ojos y resbalaban por sus mejillas. Los ojos de ella, miel derretida, y los de él, celeste luminoso, se encontraron un instante.
—Sujetadlo —pidió Susi.
Cada guardia lo agarró por un lado, y Ciench se colocó detrás y lo sujetó por el cuello.
—¿Sabes? El cerdo de Lorish estaba en esta misma posición cuando le cercené la garganta.
Ux apretó la mandíbula.
—Era un buen segundo al mando. Que los dioses lo acojan en su seno.
—Era un monstruo cobarde que irá directo al infierno, o lo que tengáis aquí parecido a ese lugar.
—¿Vas a cortarme también la garganta a mí, Susi? ¿A vengarte?
—No. Contigo voy a ser más creativa.
Durante una fracción de segundo, vi el miedo reflejado en los ojos de Ux.
Susi le dio unos segundos para que especulara sobre hacia qué parte de su cuerpo dirigiría el cuchillo.
Entonces, sin previo aviso, apoyó una mano en su pectoral y con la otra trazó un corte lento y profundo con el cuchillo desde un extremo de la espiral grabada en su pecho hasta el otro.
Ux no se movió, no gritó ni rugió, tan solo la miró a los ojos mientras su musculatura entera se tensaba.
Cuando acabó, la sangre brotaba de la herida hacia el polvo del suelo y manchaba el filo del cuchillo.
—No mereces llevar la espiral sagrada. No eres digno de ella ni de llamarte barog.
Penny sollozó, pero se quedó quieta donde estaba. Daryos tembló junto a mí, apretando los dientes. Le cogí la mano para transmitirle mi apoyo incondicional. Todo eso tenía que acabar de una vez por todas.
Entonces, Susi se acercó a las demás mujeres secuestradas y les ofreció el cuchillo. Ninguna lo cogió. Todas retrocedieron o negaron con la cabeza. Ni siquiera querían acercarse a Ux, tal era el terror que les provocaba.
Cuando llegó a Sylvia, esta lo cogió con mano temblorosa y se lo entregó a Sulveh.
—Hazlo por Elena y por Sonah. Y por mí.
El guardián del templo asintió y avanzó hasta situarse frente a Ux.
Los ojos de Sulveh se clavaron en los de Ux, que aguantaba la humillación estoicamente.
Se lo merecía. ¡Eso y mucho más! Sin embargo, durante una milésima de segundo, no pude evitar sentir lástima. No del monstruo en el que se había convertido, sino del barog sanador que una vez fue, enamorado y cargado de sueños. Podía imaginármelo.
—Por mi hermano, por Elena y por Sylvia…, mi hoa uhane .
Nos miramos las unas a las otras, conscientes de que Sulveh acababa de declarar su amor por Sylvia delante de todo el pueblo barog y que ella, y no Elena, era su hoa uhane .
Ux esbozó una sonrisa oscura. Apuesto a que aquel otro fallo de emparejamiento le reafirmaba todavía más en sus creencias sobre lo ocurrido con Tatiana.
Sulveh hizo un tajo más rápido y profundo que el de Susi, cruzando en diagonal el corte que ella había hecho primero. De este modo, la espiral sagrada del pectoral de Ux quedaba tachada con una especie de cruz sanguinolenta.
Chorretones de sangre bajaban de su pectoral, recorrían el torso y le empapaban el taparrabos. Algunas de las cuentas blancas de sus collares estaban ahora teñidas de rojo.
—Levantadlo —ordenó el rey.
Tina estaba a su derecha, muy seria. Jenny, Emi y Lorna se encontraban tras ella, al lado de sus barogs. Lansh y Xioh estaban también junto a ellos.
Una vez lo pusieron en pie, Cyrus se acercó a él hasta quedar a apenas un palmo de distancia.
—¿Preparado para escuchar el veredicto, Uxuer? —dijo el rey con voz helada.
—Dame solo un segundo, Cyrus, por favor. —Miró a Penny de nuevo y, con sus ojos fijos en los de ella, dijo—: Te amo, Penélope. Desde aquel lejano día en el palacio en que nuestros caminos se cruzaron por primera vez. Siento mucho haber tardado tanto en reconocerlo.
Había emoción verdadera en su voz. Ella se estremeció mientras daba un paso hacia delante.
—Yo también te amo, Ux. Pese a todo lo que hiciste, pese a que hay cosas que jamás podré perdonarte, siempre fuiste bueno conmigo. Y por eso te amaré siempre.
—Siento mucho que no hayamos tenido más tiempo. No me importa morir, salvo porque no podré darte el amor que te mereces. Puede que, en otra vida, los dioses nos den esa oportunidad que nunca nos concedieron en esta.
Penny suspiró. Llevaba un morral al hombro como todos los que pensábamos acompañar a Ux hasta las tierras remotas.
—¿Preparado, Uxuer?
—Suéltalo ya, mi rey. Sea lo que sea, lo acataré con el honor que todos creéis que no tengo —dijo con media sonrisa triste y cansada.
—Las mujeres a las que secuestraste, sus barogs, el príncipe, yo mismo y el pueblo barog entero te condenamos… al destierro.
Ux abrió los ojos como platos.
—¡¿Qué?! ¿Destierro? —preguntó, sorprendido y contrariado. Sin duda, no se esperaba algo así.
No sabría decir si se alegraba… o todo lo contrario.
Se llevó la mano al pecho, todavía sangrante, y se tambaleó un poco.
—Se te destierra a las tierras prohibidas, de donde no podrás salir durante el resto de tu existencia. Vivirás allí solo y jamás pondrás de nuevo un pie en la aldea. Porque, en cuanto lo hagas, te mataremos de la forma más cruel posible.
—¿Por qué? ¿Por qué me habéis perdonado la vida?
El rey miró a Daryos un instante antes de responder.
—Porque, a diferencia de ti, nosotros no somos monstruos. Ah, y agradéceselo sobre todo a mi hermano y a Penny. Si hubiese sido solo por mí, ya estarías empalado en las puertas de la aldea.
Ux miró a Penny y luego a Daryos, e inclinó la cabeza en señal de profundo agradecimiento. Por su expresión, seguía sin poder creerlo.
—Y ahora, en marcha. Tenemos varias jornadas por delante hasta llegar a tu nuevo hogar, Ux. Quién sabe, igual los dioses hasta te deleitan con su presencia.
El rey, el príncipe, Tina, Jenny, Emi, Axeh, Xerx, Penny, Lansh, Xioh y yo seguimos a Ux y a sus cuatro escoltas hacia la selva. Los demás se quedaron atrás, en la plaza, despidiéndose para siempre en silencio de ese monstruo que había truncado sus vidas durante una década de pesadilla.
Antes de cruzar del todo la plaza, Ux se dio la vuelta y, mirando directamente a los ojos a Susi, dijo:
—Lo siento, Susi. Espero que puedas rehacer tu vida con tu barog. Ciench es uno de los mejores.
El cuerpo de Ciench temblaba de arriba abajo mientras abrazaba a su hoa uhane . Ninguno de los dos dijo nada.
Después, miró a Sylvia y a Sulveh, y a todas y cada una de las mujeres secuestradas y a sus barogs.
—Lo siento —lanzó de nuevo.
Echó un último vistazo a la aldea, adonde jamás regresaría, y suspiró. Se dio la vuelta y reemprendimos la marcha, adentrándonos en la selva.
Rumbo a las tierras prohibidas.