53 visita a las mazmorras
callie
—¿Podemos pasar? —preguntó Daryos cuando la puerta se abrió y apareció Sulveh.
El guardián del templo se hizo a un lado con una suave sonrisa y entramos.
—¿En qué puedo ayudarte, príncipe?
—No deseo molestaros, pero, puesto que Callie y yo vamos a estar unos días fuera, rumbo a las tierras remotas —ambos barogs se encogieron un poco—, he pensado que, si os parece bien, me gustaría ver a Sonah.
El silencio nos golpeó mientras Sulveh y Daryos se miraban a los ojos. Ambos conocían bien el motivo de la visita.
Sylvia apareció enseguida desde la zona de los dormitorios, llevando a su pequeño. Con una amplia sonrisa, esa dulzura suya tan bonita y sin mediar palabra, se acercó a mi barog y le puso a Sonah en los brazos.
De inmediato, percibí cómo Daryos se estremecía de arriba abajo mientras acunaba contra su pecho al bebé y le sonreía.
—Así que tú eres mi hermanito, Sonah —murmuró.
El niño lo miraba con los ojos muy abiertos—.
Me gustas, pequeñajo. Espero gustarte yo también.
Aunque primero tendremos que irnos conociendo, ¿verdad?
Algunos te dirán que estoy un poco loco y puede que tengan razón.
Pero te prometo una cosa: siempre podrás contar conmigo para lo que sea.
Me había quedado tan embobada mirando la preciosa estampa de Daryos con el bebé que no me di cuenta de que Sylvia lloraba y sonreía al mismo tiempo mientras Sulveh la abrazaba.
—Me gustaría pediros a los dos si, a partir de ahora, puedo pasar tiempo de vez en cuando con mi hermanito. No quiero meterme donde no me llaman ni interferir, pero me encantaría formar parte de su vida. De vuestras vidas, si así nos lo permitís a Callie y a mí.
Daryos se acercó a Sulveh y le entregó al bebé, que se agarró con avidez al guardián.
Sylvia se aproximó a mi barog y posó una mano en su brazo.
—Siempre serás bienvenido en esta casa, príncipe Daryos. Y tú también, Callie. Podrás ver a tu hermano siempre que quieras. Ahora… somos familia.
Los ojazos de mi barog brillaron de lágrimas y su sonrisa fue la más bonita del mundo.
En uno de sus arranques de espontaneidad, Daryos abrazó a Sylvia, y luego ella me abrazó a mí mientras los barogs se estrechaban el brazo.
Nos despedimos del bebé dándole un besito en la frente, y le dedicamos una sonrisa a su madre y al guardián que, sin duda, le haría de padre.
Tras abandonar su casa, la atmósfera cambió de golpe entre nosotros dos, conscientes de hacia dónde nos dirigíamos.
Entré en la mazmorra detrás de Daryos, con su enorme espalda musculosa frente a mí.
No teníamos por qué hacer eso, pero mi amorcito había insistido en que quería ser él quien sacara a Ux de la celda y lo escoltara hasta la plaza.
Apenas había pronunciado palabra desde que habíamos puesto un pie dentro, acompañados por los cuatro guardias barogs que lo llevarían a la zona remota con nosotros y se encargarían de evitar que hiciera alguna estupidez.
—¿Estás bien, Daryos? —pregunté en voz baja.
—No es el mejor día de mi vida, amor mío, pero lo superaré.
—¿Ya has decidido lo que vas a decirle? —pregunté con delicadeza. No quería agobiarlo más de lo que ya estaba.
Él negó con la cabeza.
—Solo se me ocurren insultos muy desagradables. Una cosa es que no sea capaz de matarlo y otra muy distinta que vaya a perdonarle algún día por todo lo que le hizo a mi familia, a ti y a los demás.
—Es normal que te sientas así. Tiene que ser un sentimiento muy contradictorio.
—¿A ti te pasa lo mismo?
«¡A ver qué le respondo al pobre ahora!».
—Yo me siento… un poco distinta a ti. Digamos que no tengo esa contradicción que tú tienes.
—¿Y eso por qué?
—Porque yo le mataría sin más, Daryos. Eso es lo que siento aquí dentro cuando pienso en ese monstruo —dije señalándome el corazón—. Pero él no es mi padre, así que lo que yo opine no importa, sino solo lo que pienses tú.
Me agarró la mano y entrelazó nuestros dedos.
—¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si deberíamos matarlo? ¿Y si, dejándolo con vida, estamos asumiendo un riesgo terrible?
—No te estás equivocando, amorcito. Lo que sientes es muy humano. Creo que, si hubieras decidido ejecutarlo, te arrepentirías durante el resto de tu vida. Así, en cambio, con el destierro, siempre puedes ir a cortarle la cabeza si de pronto crees que has sido demasiado indulgente con él.
Se quedó pensativo.
—En eso tienes razón. Matarlo no tendría vuelta atrás. El destierro, en cambio…
—Puede daros una oportunidad como padre e hijo, si es que algún día la quieres.
—Pero tú le ajusticiarías —insistió.
—Sin dudarlo.
Meneó la cabeza con desesperación.
—Todavía no puedo creer que mi hermano haya accedido al destierro. Lo vi en sus ojos: quería destrozarlo con sus propias garras.
—Bueno, Cyrus te quiere con locura, amorcito. Es tu hermano y siempre ha deseado lo mejor para ti. Ha accedido al destierro por ti. Y eso le honra como hermano y como rey.
—Él también lo está pasando mal. Nuestra madre traicionó y engañó a nuestro padre. No es algo que pueda asimilarse ni olvidar fácilmente.
—Tatiana fue una descendiente maravillosa, una reina magnífica y, sobre todo, una gran madre.
No dejéis que un solo error empañe su legado.
Ella era muy joven cuando llegó a Nemea, y Drashir y los ancianos la manipularon y apabullaron.
No fue culpa suya. Hizo lo que pudo y lo que pensó que debía hacer.
—Lo sé, Callie. Es solo que… a C y a mí nos costará un tiempo aceptarlo.
Cuando llegamos frente a la celda de Ux, ambos nos estremecimos como un acto reflejo ante el barog perdido que llevaba tanto tiempo siendo el enemigo de la aldea. Daryos se colocó delante de los barrotes, a poca distancia.
—Vaya, vaya. Esta agradable sorpresa no me la esperaba —ronroneó el preso.
—Ya se ha alcanzado un veredicto, Ux. Venimos a llevarte a la plaza, donde se te comunicará y procederemos a aplicar la condena de inmediato.
—Vamos, hijo, ¿es eso lo único que vas a decirme? ¿No quieres preguntarle nada a tu padre? Aprovecha ahora; puede que no tengas otra oportunidad.
—Drashir fue mi verdadero padre. No creas que el mero hecho de que me engendraras te da algún derecho sobre mí o que me impulsa a desear acercarme a ti. Por lo que a mí respecta, eres un monstruo.
—Ya veo. Por eso eres el único, aparte de los guardias, que se ha molestado en venir hasta las mazmorras.
—No tientes a la suerte, Ux. Puedes darte por satisfecho con que Daryos se haya molestado siquiera en aparecer por aquí —solté.
—Y, por supuesto, tú también estás aquí, Callie, la primera humana barog de la historia de Nemea. Menudo honor que te rebajes para venir a mi celda.
—Bueno, no es la primera vez que estoy aquí —le lancé una miradita a Daryos—. Puedo asegurarte que solo he venido como apoyo moral a mi barog. No me interesa lo más mínimo aguantar tu cháchara petulante ni ver tu careto de monstruo hijo de puta.
Él soltó una carcajada.
—Siempre tan deslenguada.
—Habla bien a mi hoa uhane . No estás en una posición como para ir provocando a los pocos que hemos intercedido por ti.
Ux torció el gesto.
—Eso he oído, que tú, hijo, hablaste en mi favor.
—No te hagas ilusiones. Puede que solo me hubiera dado un golpe en la cabeza. Y no creas que todos los que están ahí fuera han sido muy proclives a escucharme.
Daryos quería ponerlo nervioso y no tenía ninguna intención de ahorrarle la incógnita de lo que haríamos con él hasta el último momento.
Aunque Ux mantenía la calma, pues era un tipo muy duro, a mí no me engañaba: la angustia y la derrota lo carcomían por dentro.
Sin embargo, haría lo posible por no mostrarlas.
—Amaba a tu madre, Daryos. Jamás le habría hecho daño. Digan lo que digan, no eres fruto de un error, sino de uno de los amores más grandes que han existido.
Daryos apretó los dientes.
—Cierra la boca. Los demás nos esperan.
Los guardias entraron en la celda, le ataron las manos y lo sacaron a empujones. Después, lo agarraron de ambos brazos y lo guiaron por el pasillo sombrío que conducía al exterior.
—¿Sabes, Callie? Me encanta tenerte como nuera. Siempre me gustaron nuestras conversaciones. ¿A ti no?
Puse los ojos en blanco.
—Una pena que no vayamos a poder repetirlas, suegro. ¡Qué lástima! Con lo maravilloso que era escucharte mientras temblaba de la cabeza a los pies porque no tenía ni idea de cuándo te cabrearías y me arrearías una hostia.
—Eso solo ocurrió una vez, y sabes muy bien por qué fue —dijo con voz siniestra.
—¡No, si encima fue culpa mía!
—Yo no he dicho eso. Y siento mucho haberte golpeado, Callie. La situación se me fue de las manos y me arrepiento de ello. Pero no olvides que también te salvé la vida. Te saqué del río y te curé esas heridas infectadas y a punto de gangrenarse. No habrías durado ni dos días.
Abrí los ojos como platos.
—Eso no fue lo que me dijiste. Creí que no estaban infectadas.
—No quería que te asustaras. Además, sabía que podía sanarte sin problema, así que preferí no alarmarte.
Mi suegro era una caja de sorpresas.
Alcanzamos el exterior sin que Daryos hubiera añadido una sola palabra. En parte, me había propuesto entretener a Ux para que dejase en paz a mi barog. El pobre había recibido un gran golpe y, lo admitiese o no, aún estaba en shock.
Pero Ux, el muy gilipollas, tuvo que seguir insistiendo.
—Me dijo Penny ayer que pediste que no me mataran. Te lo agradezco, hijo mío.
—No me lo agradezcas demasiado, todavía no conoces el veredicto.
—Sea lo que sea, me vale con saber que tú no deseas mi muerte.
—Debería hacerlo, pero lo de matar a mi padre, por mucho que te lo merezcas, no entra en mi escala de valores.
—Ya veo por qué todo el mundo cree que eres uno de los mejores barogs: valiente, honorable y con un gran corazón.
—Está claro que no lo ha sacado de ti —solté sin poder contenerme.
Él dejó ir una carcajada. Por lo visto, su sentido del humor seguía intacto, pese a las circunstancias.
Avanzamos varios metros más hasta que, al fin, vislumbramos la plaza, que se abría al final del camino.