El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 51 no deberías estar aquí
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51 no deberías estar aquí

penny

C uando Toruch abrió las mazmorras y entramos, la oscuridad nos envolvió casi por completo. Hacía cuatro siglos que no entraba ahí, pero me sentí como si hubiera sido el día anterior. El calor sofocante, el olor a humedad y al humo de las antorchas… Todo me caló bien hondo.

Recorrimos un largo pasillo hasta llegar a una sala más o menos amplia, llena de celdas. En una de ellas estaba Ux, todas las demás permanecían vacías. Sus barogs perdidos estaban muertos o habían huido. El único que se había quedado era él.

—Os daré privacidad. Estaré con los guardias ahí fuera. Si me necesitas, avísame, ¿de acuerdo, Penny? —dijo Toruch con ese tono amable y cercano que lo hacía tan especial. Asentí. Era un buen barog.

Avancé despacio hasta situarme frente a la celda de Ux mientras él me observaba con atención entre los barrotes. Estaba sentado en un taburete en medio del reducido espacio. Yo arrastré otro y lo coloqué delante de él, al otro lado de los barrotes.

Me senté y lo miré directamente a los ojos sin pronunciar palabra.

—No deberías estar aquí, Penny —dijo, pero su voz fue suave—. No quiero que te metas en problemas por mi culpa.

Yo negué con la cabeza, conteniendo las lágrimas. Odiaba verlo así, ahí dentro como un animal enjaulado, completamente solo y abandonado a su suerte, esperando el veredicto. Pero él se lo había buscado, y los demás tenían todo el derecho del mundo de odiarle y desear su muerte.

—¿Estás bien? —pregunté, señalando una herida larga y aparatosa que tenía en el abdomen. Había otra en su brazo y otra en el muslo igual de impactantes, además de múltiples rasguños.

Alguien se las había cosido y recubierto de ungüento.

—Han enviado al sanador, el hijo de Xarix, a desinfectar las heridas y suturarlas. Es tan calmado como su padre. El pobre debe de odiarme, pues yo lo maté. Una pérdida de tiempo que me haya remendado, si lo que quieren es ajusticiarme en la plaza.

—Todavía no hay nada decidido. Puede que no te maten —dije con voz temblorosa. En realidad, no tenía ni idea de cómo acabarían las cosas para él.

Soltó una risa amarga.

—Siempre fuiste muy optimista, Penny. Sabes de sobra que van a ajusticiarme. ¡Y con un buen espectáculo! —dijo alzando las manos hacia el cielo.

—¿Y qué esperabas? ¿Perdón y absolución? Sabes bien todo lo que has hecho, Ux. Los llevaste al límite una y otra vez.

—Lo sé, pero no me arrepiento de casi nada.

—No digas eso, te hace un flaco favor.

—Aquí solo estamos tú y yo, Penny, y tú me conoces bien. Así pues, ¿para qué fingir?

—¿No lamentas haber matado a toda la familia del rey y el príncipe?

Negó con la cabeza sin vacilar un instante.

—Lo único que lamento es la muerte de Tatiana y no haberme enterado antes de que Daryos era hijo mío.

—¿Nada más? ¿Nada de lo que ocurrió en los pantanos? —pregunté.

Apretó la mandíbula y desvió la vista.

—No, nada. —Pero, en esta ocasión, su voz sí que titubeó un poco. A mí no podía engañarme.

—Creía que no ibas a fingir.

Resopló.

—¿Qué quieres que te diga, Penélope? ¿Que lamento haber tratado de ese modo a Susi y a las demás? ¿Que no debería haber establecido ese maldito sistema de turnos? ¿Que me arrepiento de haber golpeado a Callie, cuando, además, me cayó bien desde el principio?

—Podrías empezar por ahí, sí. ¿Sabes? No va a pasarte nada por reconocer que te equivocaste una y otra vez. Y todo porque… —Enmudecí de golpe. No debía seguir por ese camino, pero era muy difícil no hacerlo.

—¿Qué ibas a decir? Anda, suéltalo, Penny. Nos hemos dicho cosas mucho más íntimas —dijo con una de sus sonrisas oscuras. Pero a mí no me engañaba: debajo de su máscara, había dolor y tristeza.

Me armé de valor, aun sabiendo que se enfadaría en el momento en que lo soltara.

—Todo debido a tu obsesión por Tatiana.

Abrió mucho los ojos, que de pronto echaban chispas.

—No fue una obsesión, ¡tú sabes que nos amábamos!

—No lo niego, Ux, pero te empecinaste en creer que estaba predestinada a ti, que te pertenecía, que era tu hoa uhane.

—¡Y lo era! El tiempo me ha dado la razón. ¿Cómo no íbamos a estar destinados el uno al otro si engendramos al barog de la profecía?

—Eso solo prueba que estabais predestinados a conoceros y a yacer juntos, no necesariamente a compartir toda la existencia como pareja de vida.

Resopló. Yo continué:

—Era mi amiga, Ux. Sé mejor que nadie que te quiso y tuvo sus dudas acerca de quién de los dos, Drashir o tú, era su hoa uhane .

Pero, al final, decidió quedarse con él.

Le eligió dos veces: tras conocerle al llegar a Nemea y hace treinta años, cuando volviste a darle la oportunidad de huir contigo. ¿No te dice eso nada?

—La manipularon, la obligaron a elegir al príncipe, futuro rey, y a repudiarme.

—Puede que sí. Pero volvió a elegirle la segunda vez.

—Tenía hijos, Penny, uno muy pequeño todavía.

—Ella no era tu hoa uhane , Ux. No creas lo que te dijo Ooris si no quieres, pero puedes creerme a mí. Sabes que yo nunca te mentiría.

Se abrió un silencio incómodo entre nosotros. Habían ocurrido demasiadas cosas y sentía que nos estábamos alejando, que él se había perdido en sus ansias de poder y venganza. Pero el sentimiento en mi interior seguía siendo el mismo.

—Deberías irte, Penny. No quiero que nuestra… amistad te perjudique.

Ambos sabíamos que «amistad» no era la palabra que definía lo que había entre nosotros. Pero él no lo reconocería fácilmente. Su ego y sus convicciones se asentaban sobre un castillo de naipes enorme y yo era el viento que estaba a punto de demolerlo.

Me levanté, arrastré el taburete tan cerca de los barrotes como pude y me senté de nuevo, decidida a esperar.

No tuve que aguardar mucho, puesto que él enseguida me imitó.

Estábamos a tan solo un par de palmos el uno del otro, con esos malditos hierros entre nosotros.

Sacó una mano entre dos de ellos y la posó sobre la mía.

A los pocos segundos, entrelazamos los dedos.

—¿Por qué elegiste a Susi en lugar de a mí?

—No quiero hablar de eso, Penny, por favor.

Pero había llegado el momento de hablar y aclarar las cosas de una vez por todas entre nosotros.

—Ella te detestaba y amaba con locura a Ciench. Yo, en cambio, estaba dispuesta a complacerte. ¿Por qué, entonces?

—La respuesta que buscas no creo que pueda dártela.

—Sí que puedes, solo que te da miedo. No estoy recriminándote nada. Sé que no la escogiste porque la prefirieras a ella sobre mí ni porque la encontraras más hermosa.

Él suspiró.

—Entonces, si lo sabes, ¿por qué insistes en preguntarme cosas que solo van a causarnos dolor? ¿No ves dónde me encuentro? No saldré vivo de aquí, Penny. ¿Qué sentido tiene hurgar en todo eso?

—El rey todavía no ha dictado sentencia. No eludas el tema, Ux, respóndeme.

Volvió a suspirar.

—Ya sabes por qué.

—Nunca me lo dijiste. Quiero oírtelo decir.

—Porque tú… me debilitas.

Enarqué una ceja.

—Pues la mayoría de los barogs, al contrario de ti, dicen que el amor fortalece.

Me miró a los ojos. Todo su cuerpo temblaba.

—Después de todo lo que he hecho a la gente que te importa, ¿todavía quieres hablar de amor?

—¿De qué otra cosa, si no? ¿No crees que ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa? ¿O quieres morir sin aceptar la verdad?

—¿Y qué verdad es esa, en tu opinión?

Tenía miedo. Miedo de que se burlara de mí y lo negara todo. Pero no era eso lo que veía en sus hermosos ojos azules, en ese instante libres de ónice casi por completo.

—Que te debilitaba porque tenías sentimientos hacia mí, del mismo modo que yo los tengo por ti.

Que te aterrorizaba aceptar lo que vibraba en tu interior porque eso significaría que todo aquello por lo que exigías venganza, todo aquello por lo que luchabas y todo lo que odiabas carecería de pronto de sentido.

Negó con la cabeza.

—No sigas por ahí, Penny. Voy a morir pronto, ¿no lo ves? No tengo ningún futuro. Tú y yo no tenemos ningún futuro. Nunca te ataría a mí si eso fuera a ocasionarte algún daño.

—El rey ya sabe lo que siento por ti, y ni él ni nadie van a hacerme daño por ello. Mis amigos me aprecian y valoran y, aunque desconozco si tendrán en cuenta mis súplicas, nunca me harían pagar por tus errores.

Pareció aliviado.

—¿Has… suplicado por mí? —preguntó con la voz varios tonos más grave, apretándome un poco los dedos.

Me estremecí.

—Sí, y el príncipe Daryos también. Ninguno de los dos queremos que te maten. No puedo decir lo mismo del resto.

—¿Mi hijo ha intercedido por mí ante el rey? —preguntó, visiblemente emocionado.

Asentí.

—No te hagas ilusiones. Las demás descendientes quieren matarte, incluida Callie. Aunque sospecho que ella se posicionará al lado de su barog, llegado el momento.

Él sonrió de ese modo un poco siniestro que me asustaba y me atraía por igual.

—No me importa si al final muero, siempre que mi hijo haya intentado salvarme.

—Tienes otro hijo, el bebé de Sylvia.

—No sabes cuánto deseo verlo y poder conocerlo.

Pero dudo mucho que el guardián Sulveh me deje acercarme a él lo más mínimo.

¿Podrías decirle a ella que lo traiga para que pueda verlo?

Me conformaría con una sola vez. Todavía recuerdo el peso de su cuerpecito caliente entre mis brazos cuando nació. Tiene mis ojos, Penny.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No creo que Sylvia ni ninguna de las otras quiera acercarse por aquí. No quieren saber nada de ti, Ux.

—Lo comprendo —murmuró con tristeza.

Metí la otra mano entre los barrotes y me atreví a posarla en su mejilla. Él entornó los ojos y esbozó una sonrisa serena.

—Deberíamos habernos ido muy lejos tú y yo, Penny.

Lo pensé más de una vez, ¿sabes? Me habría gustado disfrutar de una vida sencilla contigo, llena de cariño y comprensión, algo que jamás se me ha concedido…

y que tanto he ansiado. Eres la única que me ha tratado bien.

La única en toda mi larga existencia que me ha apreciado.

No creas que no lo valoro. Lo hago mucho más de lo que piensas.

Es solo que… Bah, ¡qué más da! Estoy a las puertas de la muerte.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Y supe que había llegado el momento de soltarlo todo, de dejar de callarme la verdad más importante.

—Sé que amabas a Tatis y que ella te amaba a ti, Ux. Y también sé que te aferras a ese amor para justificar todo lo que hiciste después. Sufriste mucho por ella, eso no lo dudo. Pero Tatiana no era tu hoa uhane , te lo aseguro.

Se hizo el silencio entre nosotros.

Retiré la mano de su mejilla lentamente, pero él me la agarró y se la colocó sobre el pecho, justo encima de la espiral grabada.

Se me aceleró el pulso.

—¿Y cómo puedes estar tan segura de eso, Penny? Dime, ¿por qué crees que no era mi hoa uhane , pese a lo mucho que la amaba?

Ambos sabíamos la respuesta. Solo tenía que pronunciarlo en voz alta una vez. Al fin iba a hacerlo.

—Porque tú eres mi hoa uhane , Uxuer. Y eso significa que yo soy la tuya.

Sus ojos se oscurecieron y se clavaron en los míos. Se llevó mi mano a los labios y la besó.

—Nunca me temiste, ¿verdad, Penny?

Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas.

—No me diste motivos para ello. Me trataste con amabilidad y respeto desde el principio, de un modo muy distinto a las demás. Por entonces no lo comprendía, creía que, simplemente, te daba lástima. Pero no era por eso, ahora lo sé.

—No podía soportar que otros te pusieran la mano encima, Penny.

¡Pensar en ello me volvía loco! —se sinceró al fin—.

Por eso te asigné al mejor de mis barogs y le prohibí tocarte si tú no lo deseabas.

Y por eso te libré de los turnos. Te quería solo para mí, pero no podía entregarme a ti por completo.

No podía dejarme llevar por los sentimientos hermosos que suscitabas en mí.

Eso me habría alejado de mi propósito, de la venganza, de la guerra.

¡Me habría vuelto vulnerable! Y yo deseaba el poder a toda costa; no por el poder en sí mismo, sino para demostrarme que no solo había asesinado a Drashir, sino que se lo había arrebatado todo… tal como él me lo arrebató a mí.

Sentí un escalofrío.

—Debería detestarte por todo lo que les hiciste pasar a mis amigas, esas pobres mujeres. Ni siquiera puedo pensar en ello sin ponerme a llorar. Pero no soporto la idea de que te maten, sería como si me arrancaran el corazón.

—No merezco tu amor ni tu perdón, Penny.

Soy muy consciente de ello. —Me acarició el brazo, erizándome la piel—.

Sé que no saldré vivo de la aldea y que pronto el rey ordenará mi ejecución.

Tal vez lo haga Ciench o Sulveh; cualquiera de los dos estaría en su pleno derecho.

No tengo esperanzas. Pero si los dioses se apiadaran de mí y me dieran otra oportunidad, te aseguro que no volvería a desaprovecharla.

—No sé lo que ocurrirá mañana, cuando volvamos a reunirnos con el rey para proclamar el veredicto. Solo sé que Daryos y yo intentaremos salvarte hasta el final.

Juraría que se emocionó, aunque enseguida sus facciones se endurecieron de nuevo y se instaló en su rostro esa máscara siniestra y distante que yo tanto odiaba, y que solo se quitaba cuando estábamos solos en los pantanos, en su choza o en la de la colina.

—Así que al menos veré un nuevo amanecer —dijo con una sonrisa amarga—. Dile a mi hijo que venga a verme, ¿quieres? Me gustaría hablar con él una última vez.

—No sé si accederá. Que no desee que mueras no significa que quiera verte. Está muy dolido.

—Haz lo que puedas.

Asentí.

En ese instante, Toruch entró en la mazmorra.

—Hora de marcharse, Penny. Órdenes del rey.

Le acaricié de nuevo la mejilla a ese barog enorme y hermoso al que todos temían y odiaban. Su cola se asomó fuera de la celda y me rozó el tobillo con suavidad.

—Adiós, Penélope. Gracias por… todo.

—Intenta descansar. Nos veremos mañana.

Él asintió.

—Tú también descansa…, hoa uhane .

Sus últimas dos palabras no fueron más que un murmullo, tan bajo que creí que me lo había imaginado. Pero las llamas encendidas de sus ojos no eran imaginaciones mías.

El corazón se me aceleró y las piernas me temblaron. Intercambiamos una última mirada mientras Toruch me conducía por el pasillo hacia el exterior. Y cuando al fin estuve fuera, aspiré el aire con fuerza y alcé la vista al cielo en una súplica silenciosa.

Recé a los dioses del manantial para que salvaran a mi barog… y decidí que iría a hablar de nuevo con mis amigas.

Ellas eran las únicas que podrían evitar su muerte.