50 solo eso #3
—Qué cosas dices, amor. Pues porque son más discretos que nosotros y se esconden en algún lugar de la selva cuando quieren intimidad.
—Claro, amorcito, ¡eso tiene todo el sentido del mundo! Que los felinos quieran privacidad y los barogs y nosotras follemos a la primera de cambio delante de cualquiera es supernormal. ¡No te fastidia!
Los hermanos volvieron a encogerse de hombros. Los dejé por imposibles.
—Anda, trae el vaso que te lo relleno de nuevo —dijo Tina con media sonrisa.
—Eso, mi reina, llénalo hasta el borde antes de que suelte algo de lo que me arrepienta.
Mi amiga se rio entre dientes.
—¿Estás bien, D? —preguntó el rey.
—Me siento… extraño. Como si todo hubiera cambiado de la noche a la mañana.
—Se te pasará.
—Eso espero —dijo mi barog, un poco cabizbajo.
—Por lo que a mí respecta, sigues siendo mi hermanito pequeño. Un incordio al que quiero muchísimo —dijo el rey con los ojos brillantes.
Daryos soltó una carcajada.
—Yo también te quiero, C. Eres el mejor hermano del mundo.
—De eso no hay duda: soy un hermano cojonudo —afirmó el rey. Ambos se rieron.
Entonces, el rostro de mi amorcito se ensombreció de nuevo y dijo:
—Puede que, cuando todo el mundo sepa que Ux es mi padre, no quieran que yo siga siendo el príncipe y no me reconozcan como tal.
—¡Olvídate de eso! El que se atreva a decir algo, se las verá conmigo.
Tú no te mueves de mi lado. Y vas a seguir siendo príncipe de Nemea hasta que te extingas dentro de miles o millones de años.
¡Quién sabe cuán larga será la vida del barog de la profecía!
—dijo, dando un golpecito afectuoso en el hombro a su hermano.
—Entonces, ¿no estás enfadado conmigo, C?
El rey lo miró sorprendido.
—¿Por qué iba a estarlo? Nada de esto es culpa tuya, D. Y, respecto al veredicto de Ux…, entiendo que quieras esperar un poco.
—Gracias por tu comprensión, hermano.
Después de eso, nos repantigamos en los cojines un poco más y pasamos un agradable rato los cuatro charlando sobre otros asuntos, como mi sorprendente transformación en barog, nuestra extraña comunicación con algunos animales o las premoniciones de Daryos.
Respecto a estas, me contó que, cuando la guerra había acabado y aún estaban en la plaza, tuvo una en la que nos vio a Ooris, todavía vivo, y a mí.
Por eso corrió a casa a buscarme. Y cuando estaba a medio camino, escuchó el rugido de Enzo.
Al cabo de un rato, se nos unieron nuestros amigos.
Xerx, Jenny, Axeh, Emi, Toruch, Lorna, Lansh y Xioh se distribuyeron entre los almohadones y los taburetes, y se sirvieron también un poco de licor.
El sanador llevaba toda la noche y la mañana curando a los heridos y se estaba tomando un pequeño respiro, tras atender al último de ellos.
A Emilia, que le había estado ayudando, también se la veía agotada.
Al llegar el mediodía, entre todos servimos las existencias que los reyes tenían en la despensa y compartimos el asado de rino que Marla y Goria les habían llevado, acompañado de panecillos de cereales y tortas de trigo.
Comimos, bebimos y charlamos, hasta que el ambiente se relajó lo suficiente para que las risas afloraran en esa reunión improvisada.
Después, regresamos a nuestras casas respectivas para descansar.
En las calles de la aldea, decenas de barogs limpiaban los restos de sangre que aún quedaban y apartaban los pedazos de las lanzas rotas, los escombros de los cobertizos derruidos y cualquier otro despojo de la batalla. Los cuerpos ya habían sido retirados hacía horas.
Los leones y los llitops que habían emergido de la selva durante los días anteriores fueron regresando a sus lugares de origen, fuesen los que fuesen.
Así que en la aldea volvieron a quedar solo los felinos habituales, Naranjito y su pequeño grupito de camaradas, y mi querida Artia.
Esta se instaló en la posada, colaborando en aquello que le pidieran las mujeres.
No tenía ni idea de lo que haría la aninf a partir de ahora.
Si quería quedarse en la aldea, por mí encantada, siempre y cuando me diera un poco de espacio y no se pegara a mí como una lapa todo el día.
¡Puede que hasta encontrase algún barog guapetón con el que entretenerse!
Tras ayudar a limpiar el camino frente a nuestra casa, finalmente Daryos y yo entramos y subimos hasta nuestro dormitorio. Nos desnudamos y nos metimos en la cama sin apenas pronunciar palabra. Seguíamos agotados, sobre todo, emocionalmente. Nos dormimos enseguida, bien acurrucaditos como siempre.
De madrugada, sentí que mi cuerpo temblaba y la cama se movía. En duermevela, tuve la sensación de que tenía una larga cola peluda y sedosa que se enredaba con la de Daryos.
Al despertar, sin embargo, no había ni rastro de mi cola, y lucía mi forma humana de siempre. Tal vez solo había sido un sueño. Nadie sabía cuándo volvería a transformarme.
Poco después del amanecer, salimos de casa, de nuevo en dirección a la morada de los reyes para la reunión.
La suerte estaba echada… y muy pronto el rey proclamaría el veredicto que decidiría el destino de Ux.