El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 49 nada ha cambiado #4
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49 nada ha cambiado #4

Cyrus miró a Ciench, que tenía los ojos vidriosos, y a Sulveh, que apretaba la mandíbula. Luego escrutó uno a uno los rostros de todos los barogs presentes, sus amigos, el mío y, por último, el de Tina, su reina.

—¿Vosotros qué decís?

Me coloqué al lado de Daryos y le agarré la mano, dándole todo mi apoyo. Entonces, miré a Tina y le rogué con la mirada. Ella comprendió sin necesidad de palabras. Se acercó a su barog y le cogió de la barbilla para que le prestara atención.

—Creo, mi rey, que lo que pide tu hermano es razonable. Intenta ponerte en su lugar y pensar cómo te sentirías tú.

—Te aseguro, mi reina, que ya me siento como una mierda.

Se soltó con suavidad y caminó hacia Daryos. Lo agarró por los brazos y lo miró a los ojos.

—Sabes que te adoro y que haría cualquier cosa por ti, D.

¡Eres mi hermano, maldita sea! —Apretó los labios en una fina línea y, entonces, añadió—: Tienes dos días para reflexionar sobre esto.

Después —miró a Ciench un instante—, escucharé a las descendientes a las que secuestró y tomaré una decisión.

Ellas y sus barogs tienen tanto derecho como nosotros a tomar parte.

Penny los miraba con lágrimas en los ojos. Ux no movía ni un solo músculo mientras escuchaba atentamente.

Daryos asintió.

—Me parece justo, C. Dos días. Después, acataré tu decisión.

El rey tiró de su hermano y lo abrazó con fuerza. Le susurró palabras que nadie más oyó y lloraron juntos mientras sus enormes cuerpos temblaban. La escena me estremeció hasta el tuétano. Cuando se separaron, había determinación en los ojos de ambos.

Daryos se colocó de nuevo a mi lado y me rodeó la cintura con el brazo. Enzo se situó a su espalda. Artia y Naranjito estaban muy quietos en un rincón, al que se habían apartado cuando el ambiente se había caldeado de verdad.

Todos nuestros amigos miraban al rey y al príncipe, preocupados.

—Ahora, Toruch y Lansh, llevad a Ux a las mazmorras, donde aguardará dos días, hasta que promulgue el veredicto definitivo sobre su destino.

Axeh y Xerx, escoltadlos hacia allí. —Hizo una pausa para serenarse y añadió—: Sulveh, designa a seis de tus guardianes para que laven el cuerpo de Ooris, le pongan una túnica limpia y lo amortajen como exige la costumbre.

Que lo trasladen al templo y le den sepultura en la montaña junto a los otros tres ancianos.

El guardián asintió.

—¿Y qué pasa conmigo, Cyrus? —preguntó Ciench.

—Tú y Sulveh, cuando él haya organizado el traslado de Ooris, id a descansar con vuestras parejas.

Por hoy ya habéis tenido suficiente. No os quiero cerca de las mazmorras, ¿entendido?

—les ordenó. Ambos asintieron, aunque no muy convencidos—.

Mañana a mediodía, venid a casa con vuestras parejas.

Traed también a las demás descendientes que fueron secuestradas y a sus barogs, las que los tengan.

Quiero escucharos a todos. —Tras una breve pausa, miró a Penny—: Tú también ven al palacio mañana.

Tienes tanto derecho a hablar como todas las demás.

—Gracias, mi rey —dijo ella, inclinando la cabeza.

—Deberíamos ir a la posada, mi rey, a ver cómo siguen los heridos. Xioh debe de estar agotado —propuso Tina.

Cyrus asintió.

Tal como había ordenado, Toruch y Lansh se acercaron a Ux y, sin que este opusiera resistencia alguna, lo agarraron de un brazo cada uno. Cuando pasaron junto a Daryos, Ux le dijo:

—Ven a verme, hijo. Hay muchas cosas de las que me gustaría hablar contigo antes del… veredicto.

Daryos no contestó. Lo siguió con la mirada mientras se lo llevaban, seguidos por todos sus amigos.

Ciench y Sulveh se marcharon también, en dirección a la posada para recoger a Susi y Sylvia.

Insté a Artia y a Naranjito a que se fueran con ellos.

Quería estar a solas con mi barog y, por mucho que esos dos me gustaran, no quería tenerlos pululando a nuestro alrededor todo el tiempo, sobre todo tras el duro golpe que había sufrido Daryos.

Poco después, aparecieron seis guardianes enormes del templo y se llevaron el cuerpo de Ooris, tal como el rey había ordenado.

Cyrus volvió a abrazar a su hermano antes de marcharse. Lo estrechó con fuerza y le repitió otra vez que nada había cambiado y que lo quería muchísimo.

Cuando al fin nos quedamos solos, mi barog se dejó caer frente a mí de rodillas y me rodeó la cintura con fuerza con ambos brazos. Hundió el rostro en mi abdomen y mojó mi vestido andrajoso con sus lágrimas.

—Soy el hijo de un monstruo —murmuró entre sollozos.

—Sigues siendo tú, Daryos. El barog más bueno que existe, mi amor, mi hoa uhane —dije, acariciándole el cabello y los hombros, que se agitaban con el llanto.

Él no contestó. Continuó llorando, desolado, hasta que conseguí que se levantara y nos metiéramos en el baño. Él estaba herido y sucio, y yo hecha también un desastre. Nos lavé en la ducha como pude, mientras mi amorcito se limitaba a apoyarse en la pared y a no colaborar en absoluto.

Al salir, fuimos directos a la cama y nos lanzamos sobre la colcha, exhaustos. Le abracé, besé y acaricié hasta que, al fin, se quedó dormido entre mis brazos.

Habíamos ganado la guerra…, pero no sentíamos esa victoria en absoluto.