El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 48 bendiciones
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daryos

E n cuanto entré en casa, el corazón me dio un vuelco. Callie y Enzo estaban en mitad de la sala, y Ux frente a ellos, al fondo. A sus pies yacía el cadáver de Ooris, desangrándose sobre el suelo de nuestro hogar. Nuestro pueblo acababa de quedarse sin ancianos.

Naranjito y Artia también se encontraban allí. Me tranquilizaba pensar que ese par siempre se mantenía cerca de Callie, dispuestos a protegerla, tal como hacía mi león.

La premonición que había tenido minutos antes en la plaza era completamente cierta. Solo que, en ella, Ooris todavía estaba vivo, así que Ux lo había matado en el poco tiempo que yo había tardado en llegar a casa.

La rabia y el miedo se arremolinaron en mi interior. Apenas me dejaban respirar. La marca de la espiral de mi espalda ardió en mi piel como fuego incandescente cuando alcé el machete y avancé, dispuesto a matar a ese monstruo que amenazaba la seguridad de mi preciosa hoa uhane.

Si le ponía una mano encima, se la cortaría de cuajo. Lo despedazaría y luego lanzaría sus restos a la hoguera para que se convirtieran en cenizas inmundas, que después tiraría a los pantanos hediondos, adonde ese malnacido pertenecía.

—¡Sal de aquí, Callie! ¡Corre! —grité como un desesperado, con la voz desgarrada por el pánico.

Sin embargo, nadie se movió. Tampoco Enzo, que seguía interponiéndose entre Callie y ese monstruo.

Ux permaneció apoyado en la pared y ni siquiera hizo el ademán de coger un arma, como si no tuviera intención alguna de luchar contra mí. Se limitaba a mirarme directamente a los ojos con una expresión indescifrable.

De pronto, me asaltó una pregunta absurda: ¿por qué cada vez que había intervenido en el enfrentamiento entre mi hermano y él, este había evitado luchar contra mí? No tenía ningún sentido.

—¡Espera, Daryos! —dijo Callie, interponiéndose entre Ux y yo con la mano alzada a la altura de mi pecho.

Abrí los ojos como platos.

—¡Huye, Callie! ¡Los demás ya vienen! ¡Voy a encargarme de este cabrón!

Avancé unos pasos más, pero ella me impidió continuar. Había lágrimas en sus ojos y tenía las mejillas mojadas. ¡Había estado llorando! Empezó a dolerme el estómago.

—Espera, amorcito, por favor. —Apoyó las palmas de las manos en mi pecho y empujó para detenerme.

Me quedé helado. ¿Por qué narices Callie me impedía atacarlo? ¿Qué demonios ocurría?

Cuando miré a Ux, seguía inmóvil. No iba a pelear contra mí, hasta parecía relajado. Debería estar huyendo hacia la selva para salvar el pellejo. Podría haber escapado hacía rato y, sin embargo, se encontraba ahí, en mi casa, observándome en silencio.

—¿Por qué no quieres que acabe con él, Callie? Ahí fuera, hemos vencido. ¿Lo oyes hijo de puta? Tus barogs perdidos y tus inferiores están muertos o han escapado hacia los pantanos.

—Lo imaginaba —dijo él. No mostraba interés alguno por enfrentarse a mí o largarse.

—Pelea contra mí, cabrón. ¡Acabemos con esto!

Callie seguía entre nosotros, empujándome con todas sus fuerzas.

Si hubiese querido, habría podido apartarla sin apenas esfuerzo. Pero si ella estaba conteniéndome, algún motivo tendría. Y ese motivo desconocido para mí me estaba volviendo loco.

—No tengo ninguna razón para luchar contra ti, príncipe Daryos.

—Pues yo sí que tengo unas cuantas, así que coge tu arma y deja de actuar como un cobarde.

Se limitó a soltar una risa bastante amarga.

«¿Qué? ¡Menudo imbécil!».

—¿Acaso no quieres rebajarte a luchar contra mí? —insistí—. No te preocupes, pronto estará aquí el rey y, entre los dos, te haremos picadillo, si es eso lo que andas buscando.

Suspiró, cambió el peso del cuerpo a la otra pierna y cruzó los brazos sobre el pecho, encima de esa espiral que no estaba tatuada, sino marcada en la piel del pectoral. ¡Como si el tipo se creyera el mismísimo barog de la profecía!

—No voy a luchar contra ti, Daryos —repitió—. Y no es porque no quiera rebajarme. Eres un barog valiente y fuerte, sería todo un honor.

Se me desencajó la mandíbula.

—En ese caso, ¿por qué, Ux?

—Esperaremos a que llegue tu hermano. Entonces, Callie os contará mi historia. Después de eso, podréis decidir qué hacer conmigo.

Me quedé de piedra. ¿Qué tenía que ver mi preciosa mujer con todo eso? ¿Acaso ese desalmado la había amenazado o le había lavado el cerebro? ¡Imposible! ¡A mi Callie no podía manipularla nadie! Menuda era mi hoa uhane . ¡Una fuerza de la naturaleza!

—¡Esto es ridículo! Pongamos fin a esto de una vez por todas. Tú y yo. Secuestraste a mi pareja, la golpeaste y trataste de abusar de ella. Mis motivos son más que suficientes para que nos enfrentemos ahora mismo.

—Espera, Daryos, hazme caso. Hay algo que no sabes. Algo muy importante —dijo Callie con voz temblorosa.

¡Aquí estaba pasando algo muy chungo!

—¡Pues dímelo! Tanta incógnita me está matando. ¿Por qué demonios no quieres que acabe con él? ¿Qué te ha hecho? ¿Te ha amenazado con algo? ¡Ha perdido y no tiene ya ningún poder sobre nadie, Callie! ¡Está solo!

—Créeme, amorcito, nada me gustaría más que ver cómo lo destripas. Pero puede que, cuando conozcas la verdad, no quieras hacerlo.

—¿De qué verdad me hablas? Traicionó a nuestro pueblo, ha provocado dos guerras intestinas horribles, mató a mi familia, secuestró a muchas descendientes… No necesito saber ninguna otra verdad para convencerme de que es un monstruo que merece ser borrado de la faz de Nemea.

La mirada de Callie se entristeció.

—Aguarda hasta saberlo todo, príncipe. Tal vez cambies de opinión —dijo Ux.

—Lo dudo mucho —gruñí.

Varios pasos retumbaron en el suelo tras de mí. Cyrus y mis amigos habían llegado, con los machetes, las lanzas o los cuchillos en mano, tan dispuestos como yo a abalanzarse sobre Ux. Entre todos lo aniquilaríamos. No quedaría ni un solo pedazo reconocible cuando acabásemos con él.

—Bienvenido, rey de Nemea. Te estábamos esperando —soltó Ux.

Mi hermano se detuvo a mi lado y lo miró a los ojos sin comprender. Axeh, Lansh y Xerx lo miraron del mismo modo. Yo llevaba ya unos minutos allí y tampoco entendía nada.

Xioh no había venido. Supuse que habría regresado a la posada para seguir remendando a los heridos. Ahora mismo, el sanador era más necesario allí que nunca.

Mi hermano clavó la vista en el cuerpo de Ooris e hizo una mueca de desolación.

—¿Tenías que matarlos a todos? —preguntó, alzando la vista de nuevo hasta el rostro de Ux. Cuando sus ojos se encontraron, ambos rugieron.

—Créeme: te he hecho un favor. A ti y a todos. Los ancianos no eran más que escoria, y Ooris era el peor de todos. Estaréis mucho mejor sin sus manipulaciones maquiavélicas y sus tradiciones podridas.

Cyrus observó durante unos segundos el cadáver, murmurando una oración. Al acabar, dijo con vehemencia:

—La victoria es nuestra, Ux. Tus hordas han sido desmanteladas. Solo quedas tú.

—Mis felicitaciones, Cyrus. Parece que tus fuerzas eran mucho mejores que las mías. Has jugado bien la partida.

—Dejémonos de cháchara y acabemos con esto tú y yo.

—Antes de la última batalla, quiero que escuches a Callie. Que todos la escuchéis.

Mi hermano miró a mi hoa uhane y luego a mí.

—¿Tú sabes de qué va esto, D?

Negué con la cabeza.

—Ni idea, pero parece empecinado en contarnos su historia.

Tenía una sensación desagradable en el estómago. Algo me decía que no me iba a gustar lo que iba a contarnos ese desgraciado.

—Basta ya de chorradas, Ux. Luchemos ahora y pongamos fin a esta horrible guerra. ¿O acaso prefieres rendirte? Sé de unos cuantos a quienes les encantaría ponerte las manos encima —dijo mi hermano.

Como si los hubiera invocado, Ciench y Sulveh irrumpieron en mi casa, acompañados de Toruch. Por los rugidos que provenían de la entrada, sus leones debían de haberse quedado al pie de las escaleras.

—Matemos a esta bestia ahora mismo. No merece seguir respirando ni un segundo más —soltó Ciench.

Sus ojos, entre grisáceos y azules, se habían oscurecido. Jamás había visto esa expresión tan dura y atormentada en su cara.

Mi amigo estaba sufriendo. Tenía delante al cabrón que se había llevado a Susi y abusado de ella durante mucho tiempo. Callie había estado retenida tan solo una semana y yo ya odiaba a muerte a Ux. Podía imaginar cómo se sentía Ciench. ¡El dolor debía de ser insoportable!

Sulveh desenfundó su machete y se limitó a asentir. El barog perdido que teníamos delante era el responsable de la muerte de Elena y Sonah. Los ojos del guardián rezumaban un odio salvaje y brutal.

¡Y eso que Ciench y Sulveh eran dos de los barogs más centrados y calmados! Pero Ux les había destrozado la vida.

Ambos avanzaron en dirección a nosotros.

Ux lanzó una mirada a Callie y esta asintió. Eso me sentó como si acabaran de clavarme un cuchillo en mitad del pecho y me lo estuvieran retorciendo. O como una patada en las pelotas, vaya.

—Esperad. Necesitáis escuchar esto. Después, podréis hacer lo que queráis con él —dijo mi amor. Seguía teniendo los ojos vidriosos y todo su cuerpo temblaba.

Por primera vez desde que había llegado a casa, fui consciente de que había regresado a su forma humana. ¿Se transformaría a partir de ahora a voluntad? Deseaba acabar con esto y quedarme a solas con ella. Me moría por abrazarla y preguntarle muchas cosas. No habíamos tenido tiempo de nada.

—Deberías irte, Callie —dijo mi hermano con firmeza.

En sus ojos había respeto y cariño por mi hoa uhane , y yo sabía que solo le había dado esa orden para sacarla de ahí y apartarla del peligro—.

Regresa a la posada. La guerra ha terminado y estáis todas a salvo. Allí están Tina y las demás mujeres, y…

Callie meneó la cabeza.

—No puedo. Aún no. Es muy importante que, primero, dejéis que os lo explique.

—Vamos a matar a ese monstruo, Callie. Así que te sugiero que te apartes de nuestro camino ahora mismo. No es momento para heroicidades —insistió C.

Ella lo miró, no de un modo desafiante o burlón, sino todo lo contrario: con tristeza. Después me miró a mí del mismo modo, como si supiera que lo que estaba a punto de decirnos iba a hacernos daño.