El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 47 LA PURA VERDAD #3
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47 LA PURA VERDAD #3

— Eso ya lo veremos. — Hizo una inquietante pausa y concluyó —: Sin duda, por mucho que te fastidie, Ooris, tengo un papel importante en la historia de nuestro pueblo… como padre de Daryos — dijo con vehemencia.

— Y como el barog que traicionó a su especie y provocó dos guerras terribles.

En ese instante, los ojos de ambos echaban chispas. Tenía que hacer algo o la situación se descontrolaría por completo.

— ¿De verdad no mataste a Tatiana? Penny nos lo contó en la posada.

Sus ojos resplandecieron con intensidad a la luz de la antorcha.

— La amaba con locura, Callie. ¡Jamás le habría hecho daño!

Ni a ella ni a ninguna otra descendiente.

Vosotras sois lo más hermoso, lo más valioso para el pueblo barog.

Lo que realmente mueve nuestras vidas. Nunca he pretendido haceros daño.

La muerte de Tatiana y de Elena fueron un error imperdonable y una gran desgracia.

Y aunque yo no blandí el arma que segó sus preciosas vidas, nunca me perdonaré por ello.

Es lo único que realmente lamento de mi existencia.

Asumo la responsabilidad por sus terribles muertes.

Sentí en lo más hondo de mi alma que era sincero. Sentí cómo esas muertes pesaban sobre él y el dolor, el odio y la humillación que anidaban en su interior. Eso no justificaba ni perdonaba nada de lo que había hecho. ¡Ninguna de esas atrocidades! Aun así, le creí.

— No le escuches, Callie. Lo único que desea es arrebatarle el trono a Cyrus, hacerse con la aldea y con todas las descendientes, y ponerte a ti y a Daryos de su lado. No dejes que te manipule… o habrá vencido.

Juro que nada me habría gustado más que no creer ni una sola palabra que viniera de ese monstruo. Pero su amor por Tatiana era cierto. Él no la había matado; Penny había sido testigo de lo ocurrido.

— Acércate, Callie. Hay algo que quiero que veas.

Me levanté despacio y avancé hacia ellos.

Las piernas me temblaban y estaba aterrorizada.

Naranjito dio varios saltitos en mi dirección y Enzo se alzó sobre las cuatro patas, pero yo los detuve con la mano.

Artia permaneció sentada, muy quieta, con los ojos plateados fijos en Ux.

Pero sus garras afiladas estaban ahora extendidas sobre su regazo, preparadas para defenderme si llegara el caso.

Me detuve a un metro de ambos y miré hacia abajo, hacia el rostro del anciano.

— Ten cuidado, Callie. No debes fiarte de él — dijo Ooris.

Ux apretó la punta del cuchillo en su garganta y rasgó la piel. Un hilillo de sangre resbaló por su cuello y manchó un poco más su túnica beis, que estaba sucia y desgarrada.

— No soy estúpida, te lo aseguro. Pasé varios días con él. Sé perfectamente la clase de barog que es.

Ux soltó una carcajada cavernosa.

— Hay que reconocer que tienes agallas, mujer. Lo supe desde el momento en que nos conocimos. Me regocija que mi hijo haya escogido tan bien. No podría tener una nuera mejor que tú.

— Aquí me tienes. ¿Qué quieres? —le dije alzando la barbilla, tal como le había visto hacer a Tina un millón de veces.

Metió la mano libre en un pliegue del taparrabos de piel y extrajo una bolsita de cuero.

— Ábrela.

Obedecí. Saqué un pedazo de papiro doblado y lo abrí. Había algo escrito, como una carta. La firmaba Tatiana.

— Léela, Callie. En voz alta, por favor.

Tragué saliva.

Sujeté la carta con manos temblorosas y comencé a leer:

«Lo siento mucho, Ux. Ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera.

Ahora, no puedo hacer nada más que permanecer al lado de mis hijos y mi rey.

Solo espero que lo comprendas y recapacites.

Apelo al hombre que una vez conocí y al que ciertamente amé.

Apelo a tu compasión, a tu buen juicio y a tu corazón.

Y si alguna vez me amaste, si todavía me amas, te ruego que pongas fin a tus planes y no inicies esta guerra horrible que nos destrozará a todos.

Ojalá algún día podamos reencontrarnos como amigos, como dos seres que un día se amaron y no se guardan ningún rencor. Hasta entonces, espero que decidas con la sabiduría y la bondad del sanador que sé que todavía existe dentro de ti. Yo le conocí hace mucho… y le amé.

Te pido perdón por el daño que te hice y rezaré cada día del resto de mi existencia porque los dioses te concedan la felicidad que mereces.

Hasta que nos volvamos a encontrar.

Tatiana».

Cuando acabé, las lágrimas anegaban mis ojos. La guardé de nuevo en la bolsita y se la devolví.

— Si ella hubiera aparecido en la Gran Roca, si hubiera decidido escaparse contigo, ¿habrías cumplido tu promesa? ¿Habrías impedido la guerra?

Él asintió.

— No espero que me creas, pero es la verdad. Sin embargo, ella no apareció.

— Te creo — solté sin más.

Él suspiró.

— Gracias, Callie. No sabes lo que esas dos palabras significan para mí.

En mi pecho se agolpaban emociones muy contradictorias. Sabía que Ux seguía siendo peligroso y que debía guardarme para mí todo lo que pensaba.

Aun así, hablé: