46 UNA PÉSIMA IDEA
callie
S abía que no debería estar siguiendo a Ux sola y que tendría que haber avisado a alguien.
Era una completa imprudencia y a mi amorcito le daría un ataque si se enteraba de lo que estaba haciendo.
Pero todos estaban ocupados peleando y yo no podía permitir que ese monstruo escapara de nuevo.
En cuanto averiguara a dónde se dirigía, daría media vuelta, regresaría a la plaza e informaría al rey y a Daryos de inmediato.
Además, no estaba sola: Enzo venía conmigo, aunque el pobre no parecía muy convencido de lo que estábamos haciendo. Había intentado abortar la misión varias veces en los pocos metros que llevábamos recorridos. Había tenido que hincarle los talones con fuerza para que siguiera avanzando.
Por un milagro de los dioses, tras resoplar y gruñir en señal de protesta, finalmente había claudicado. Así que ahí estaba yo, subida a su lomo, detrás del enemigo número uno de la aldea. ¡Muy lista, sí señor!
Todavía me encontraba en mi forma barog, enorme y poderosa, así que, si sucedía algún imprevisto, podría defenderme… más o menos. No era tan tonta como para creer que saldría airosa de un enfrentamiento con Ux.
Las sombras del anochecer me ayudaban a ocultarme mientras él seguía avanzando en solitario por uno de los caminos desiertos de la aldea, salvo por los cuerpos sin vida, ensangrentados, e incluso mutilados, de barogs de ambos ejércitos.
No tenía ni idea de adónde se dirigía. Por el momento, daba la impresión de que estaba dando tumbos de aquí para allá, buscando algo que no conseguía encontrar.
¿Por qué narices no corría directamente hacia la jungla?
¿Acaso quería que alguno de los guardianes que merodeaban por esa parte lo descubriera y diera la voz de alarma?
Casi todas nuestras fuerzas y las pocas suyas que quedaban se concentraban en la plaza de la que acabábamos de salir, pero era inevitable que hubiera algunos por las calles. No obstante, tuvimos suerte: ni él ni yo nos topamos con nadie.
Cuando torció un nuevo recodo y enfiló por otro camino, el estómago se me encogió: era el que llevaba a mi casa.
Había dado un buen rodeo para llegar. Por supuesto, sería una mera coincidencia, porque Ux no tenía ni idea de dónde vivíamos Daryos y yo, ni tampoco tenía motivos para ir hacia allí, cuando el rey y el príncipe estaban luchando todavía.
Entonces, ¿por qué sentía esa fuerte presión en el pecho?
Me asaltó la desagradable sensación de que algo muy malo estaba a punto de suceder. Me parapeté tras un cobertizo y desmonté de Enzo, que se quedó bien pegadito a mí, con el aliento calentándome la nuca.
Ux avanzó un poco más, se pegó a la pared y continuó unos pasos. Después, se agazapó tras una pila de troncos y, finalmente, cruzó la calle, subió las escalerillas y entró.
El corazón me dio un vuelco.
«¿Qué demonios hace ese cabrón? No puede estar en nuestro hogar por mera casualidad».
En cuanto desapareció por la puerta, salí de mi escondite y me apresuré hacia mi casa, con Enzo pisándome los talones.
Por cómo rebufaba, a buen seguro pensaba que eso era una pésima idea.
¡Al diablo con él! No iba a permitir que Ux se saliera con la suya, fuera lo que fuese lo que estuviera tramando.
¿Y si Yolk, antes de morir, le había chivado dónde vivía el príncipe? Pero ¿para qué querría meterse aquí en lugar de huir?
Por más vueltas que le daba, no le encontraba ningún sentido.
Subí las escaleras y me asomé un poco. En el interior no había ninguna antorcha encendida y apenas entraba algo de luz por las ventanas.
«Mierda. ¿Qué se supone que voy a hacer si me topo con él?».
Negué con la cabeza, a punto de dar media vuelta. Entonces, la marca de la espiral vibró en mi espalda y un cuerpo pequeño, caliente y suavecito se restregó por mis tobillos.
Cuando miré hacia abajo, Naranjito estaba entre mis pies, observándome con sus grandes ojos marrones.
Artia se encontraba justo detrás de mí, junto a Enzo.
Cómo se llevaban tan bien mi llitop y mi aninf favoritos era todo un misterio.
En general, a los llitops les aterrorizaban las aninfs , pues eran sus depredadoras naturales.
Quizás había alterado la pirámide alimenticia de Nemea.
Meneé la cabeza para dejar de pensar en tonterías en un momento tan peligroso como ese. ¿Entrar… o salir cagando leches para avisar a mi barog? Era un dilema de los grandes. Si tuviéramos móviles, ahora mismo le mandaría un wasap. Pero no teníamos esa suerte. Como no le mandara señales de humo…
Si me largaba, tal vez Ux huiría a la selva y jamás lo encontraríamos… hasta que volviera a lanzar otro ataque terrible sobre la aldea.
Si me quedaba, existía una elevada probabilidad de que yo la acabara palmando.
Traté de convencerme de que podía defenderme bien en mi forma barog, más aún acompañada de mis tres guardaespaldas personales. En realidad, estaba bastante acojonada. No se escuchaba un alma ahí dentro. ¿Y sí se había escondido en el piso de arriba?
Di un paso, dos, tres…, adentrándome en la sala de estar.
«No, no. Ni hablar. Paso de que ese indeseable me rapte de nuevo».
Empecé a retroceder hacia mis amiguitos.
Entonces, alguien gruñó.
—Yo que tú me decidiría rápido, Callie. A menos que quieras que me cargue al último anciano que os queda —atronó la voz de Ux en medio de la semipenumbra de mi hogar.
De golpe sentía como si las paredes se estrechasen a mi alrededor. Ux estaba ahí, en alguna parte, esperándome. Y el muy cabrón tenía a Ooris, o eso había insinuado. Así pues, me armé de valor y avancé hasta el centro de la sala.
Ese monstruo se encontraba junto a la pared del fondo de la sala y agarraba a Ooris ante él, apuntando un cuchillo enorme a la garganta del anciano.
Lo tenía inmovilizado con un brazo, y un solo paso en falso por mi parte podría provocar que le rebanara el cuello y se desangrara allí mismo. En mi salón.
Tragué saliva.
«Estoy bien jodida».
¿Quién me mandaba a mí convertirme en una barog intrépida? Toda la culpa la tenía mi nueva forma, que parecía no tener miedo a nada.
De repente, fui consciente de que ambos me miraban con los ojos muy abiertos, como si acabaran de toparse con el Santo Grial, la octava maravilla o uno de esos mismísimos seres alados. En resumen: estaban flipando con mi transformación en barog.
—Esto es algo… inesperado —murmuró Ux sin apartar la vista de mi rostro.
—Un milagro. La profecía tiene un alcance muy superior a lo que había imaginado. Jamás se había visto antes una hembra barog… y nunca pensé que vería una —dijo Ooris.
—Te has superado, querida Callie. Eres un tesoro incluso mayor de lo que ya parecías en un principio, cuando te encontré en aquel río, te salvé la vida y te llevé a los pantanos.
—¿Te refieres al día en que me secuestraste?
—Debería haberme dado cuenta de que no eras como las demás. Me equivoqué contigo.
—Seguro que en algún momento te has planteado por qué demonios tuviste que llevarme a tu asentamiento. ¡La de problemas que te habrías ahorrado si me hubieses dejado en el río!
Soltó una risa siniestra.
—Montaste un buen espectáculo con los pulpos, eso hay que reconocerlo.
—Tuve ayuda. —Eché una miradita de reojo a Naranjito. La marca me hormigueó—. Apuesto a que lo que más te jodió fue que las liberé a todas y las saqué de ahí.
—Entre otras cosas, por supuesto.
Ooris me observaba con atención sin moverse un milímetro.
—Ah, espera. Seguro que tampoco te sentó nada bien que me fuera sin despedirme y antes de que pudieras violarme, ¿verdad, cabrón?
Él apretó la mandíbula y negó con la cabeza.
—Te equivocas, Callie. Las cosas son muy distintas ahora.
—¿Cómo de distintas? ¿Has dejado de ser un hijo de puta maltratador, prepotente y malnacido? Porque eso sería una sorpresa fabulosa… y muy difícil de creer.
Volvió a curvar los labios, esta vez en una sonrisa amarga.
Había algo desconcertante en su mirada. Algo… profundo. Aunque suene absurdo, tuve la sensación de que no quería hacerme daño, al menos en ese momento.
«Te has vuelto loca de remate si piensas que este monstruo no va a aprovechar la más mínima oportunidad para atraparte, usarte de rehén y arrastrarte de vuelta a los pantanos para convertirte en su esclava sexual».
Retrocedí un par de pasos por instinto y, entonces, mi cuerpo entero se sacudió, mis músculos menguaron, los colmillos, las garras y la cola desaparecieron, y al fin regresé a mi forma humana.
La transformación había sido menos molesta que la primera vez y nada dolorosa.
El único inconveniente era que no la controlaba a voluntad.
Además, en esa situación me hubiera venido mucho mejor mantener mi forma barog.
Las transformaciones habían dejado el vestido roto y harapiento, pero al menos me tapaba un poco más abajo que segundos antes.
Mi cuerpo hacía lo que le daba la gana sin mi permiso.
—No sabría decirte cuál de tus dos versiones me gustan más, Callie. Las dos son muy hermosas y fascinantes.
—Es una suerte que nunca vayas a disfrutarme en ninguna de las dos —le solté.
Debería morderme la lengua y dejar de tocarle las narices, pero era incapaz.
—Como te he dicho, las cosas son distintas. No es mi intención hacerte ningún daño, Callie. De hecho, nunca lo fue.
—¿Esperas de verdad que me crea eso, cabrón? ¿Acaso has olvidado todo lo que les hiciste a las otras mujeres que tenías cautivas? ¿A Susi, Sylvia, Penny o a cualquiera de las otras?
Torció el gesto, como si mis acusaciones le estuvieran agujereando el pecho. ¿En serio le importaban?
—¿Crees que provocar a Uxuer es la mejor táctica, Callie? —intervino Ooris, suplicándome con la mirada que me callara.
—No importa lo que yo haga. Él ya debe de tener un plan y nada de lo que yo pueda decir cambiará las cosas.
Ux me miró de un modo enigmático.
—Siéntate, Callie. Ponte cómoda. Vamos a estar aquí un buen rato —me pidió. Su voz, grave y profunda, me arañaba directamente los huesos como si fueran las garras de un felino enorme.
Presionó levemente la garganta de Ooris con la punta afilada de su cuchillo, así que obedecí.
No quería ser la responsable de la muerte del último anciano.
No tenía ni idea de cómo acabaría ese encuentro entre Ux, Ooris y yo, pero algo me decía que se avecinaba una buena.
Por el momento, debía hacer exactamente lo que me ordenase, a menos que quisiera arriesgarme a que el anciano se desangrara ante mis ojos.
Arrastré un taburete frente a ellos y me senté. Naranjito se colocó a mi lado y Artia en el suelo también junto a mí, como si estuviera dispuesta a escuchar pacientemente lo que fuera que Ux quisiera decir. Enzo rugió a mi espalda.
—Túmbate, amigo mío. Te necesito conmigo. No hagas ningún movimiento brusco, ¿de acuerdo? —le pedí en un susurro.
Tardó unos segundos en cumplir mis peticiones, pero, al fin, lo hizo.
Se tumbó en el suelo al lado de Naranjito, pegado al taburete.
Yo sabía que no se movería de ahí, que jamás me dejaría desprotegida.
Si yo se lo ordenara, saltaría sobre Ux y le haría picadillo…
o lo intentaría. Se jugaría la vida para darme la oportunidad de escapar y pedir ayuda.
Pero, si hiciéramos eso, Ooris moriría. Así que nos quedaríamos allí muy quietecitos y escucharíamos cuanto Ux tuviera que contar. Y si los dioses aún nos favorecían, Daryos aparecería tarde o temprano, a poder ser acompañado de sus amigos.
«Que no venga solo, os lo suplico. No permitáis que tenga que luchar contra Ux».
—Me maravilla la capacidad que tienes de comunicarte con los animales, Callie. Incluso mejor de lo que nos comunicamos los barogs con ellos. Parece que tienes un don y que tu marca de nacimiento no solo servía para hacer bonito.
No contesté. Cuanto menos hablara con él, mucho mejor. Aunque reconozco que, a esas alturas, me carcomía la curiosidad.
—Ya me tienes a mí, Uxuer. ¿Por qué no permites que ella se vaya? —dijo Ooris en un acto de valentía y generosidad.
Se lo agradecí en silencio, aunque sabía de sobra que era absurdo discutir eso con Ux. Jamás me dejaría marchar hasta conseguir lo que estaba buscando con ese jueguecito enfermizo, cualquiera que fuese.
El barog perdido ignoró la petición del anciano por completo como si ni siquiera le hubiese oído.
—Perdona, querida, ¿podrías encender una antorcha? Me gustaría poder mirarte bien a los ojos mientras charlamos.
Me levanté despacio e hice lo que me pedía, bajo la mirada atenta de Enzo, Naranjito, Artia, Ux y Ooris. ¡Menuda panda nos habíamos juntado! Mi vida era una fiesta la mayor parte del tiempo.
Tras iluminar la estancia, volví a sentarme. Me alisé un poco el vestido, me pasé los dedos por el cabello revuelto y esperé.
—¿Y bien? —pregunté, ocultando mi terror e inquietud tras la impaciencia.
Ux resbaló por la pared y se sentó en el suelo frente a mí, arrastrando consigo a Ooris, que quedó sentado delante de él, dándole la espalda. La punta del cuchillo seguía sobre su garganta.
Ahora podía discernir el azul luminoso de los ojos de Ux y el círculo de ónice de sus iris. Tenía una mirada hermosa y siniestra. Un escalofrío me recorrió la columna, saltando de vértebra a vértebra.
Aflojó un poco la presión del cuchillo sobre el cuello del anciano y suspiró. Un suspiro hondo y sonoro que no cuadraba con la personalidad que yo había conocido de ese monstruo ni con todo lo que sabía de él.
— Recuerdas la historia que te conté en los pantanos, ¿Callie?
— ¿Sobre Tatiana, Drashir y tú?
Él asintió con vehemencia.
— ¿Recuerdas que te dije que había más? — preguntó con un halo de misterio.
Instintivamente, contuve el aliento —. Pues bien, parece que yo tampoco lo sabía todo.
Voy a contarte el resto de mi historia, y aquí nuestro venerable anciano te confirmará que todo lo que voy a revelarte es la pura verdad.
Una verdad oculta durante demasiado tiempo.
Una verdad que lo ha cambiado todo. ¿No es así, Ooris?
Este asintió sin vacilar y, en sus ojos, vi tristeza y arrepentimiento y cansancio.
Entonces, Ux empezó a hablar.