45 ESTO NO HA ACABADO
daryos
T ras derrotar poco después a las fuerzas enemigas que quedaban, nuestra victoria se hizo evidente.
Ux había logrado escapar como una cobarde sabandija, pero su ejército estaba desmantelado y tardaría mucho tiempo en volver a reunir las fuerzas necesarias para atacarnos de nuevo… si es que osaba hacerlo.
La historia se repetía, solo que, en esta ocasión, el rey seguía vivo y todas las descendientes, a salvo en la aldea. Era un gran triunfo. ¡Mi hermano nos había conducido a la victoria! Estaba muy orgulloso de él. ¡Ya sabía yo que lo conseguiríamos!
Nos desperdigamos por las calles de la aldea y, en cuestión de minutos, rematamos a todos los barogs perdidos e inferiores que aún se encontraban con vida.
Por supuesto, algunos consiguieron escapar, rumbo a la selva.
Mi hermano dio orden a Toruch, que ya había salido de la posada y se había unido a nosotros, y a Lansh de que reunieran un pequeño grupo y los persiguieran varios kilómetros hasta que quedaran fuera de su alcance.
Matarían a todos los que pudieran. Los demás, seguramente, no se detendrían hasta regresar a los pantanos junto al malnacido de su jefe.
Estábamos todos agotados y heridos, pero eufóricos. Habíamos masacrado a los enemigos y obligado a Ux a huir de nuevo. Recé para que se le hubiesen quitado las ganas de pelear durante mucho tiempo. ¡Lástima que no lo hubiésemos atrapado! Ese cabrón se había librado de una buena.
En cuanto ya no quedó en la aldea ni un solo enemigo con vida, nos organizamos para apilar sus cadáveres en la explanada junto a las mazmorras y los quemamos sin honores en una gran pira funeraria.
Por supuesto, a los cuerpos sin vida de los nuestros les daríamos el último adiós con la ceremonia que merecían.
Nos faltaba todavía mucho trabajo por hacer: limpiar la sangre de las calles, reconstruir algunas vallas y casas…, cosas así. Pero eso sería al día siguiente.
Permitimos que las aninfs que aún merodeaban por la aldea regresaran a sus casas.
Una vez muerta Ausinca, su líder, y Ux desaparecido, dejaron de luchar contra nosotros y se rindieron.
De pronto parecían tan inofensivas y amigables como antaño.
Pero ni mi hermano ni yo nos fiaríamos nunca más de ellas.
Habían cruzado una línea y ya no había vuelta atrás.
Tendríamos que pensar en cómo relacionarnos con ellas a partir de ahora y establecer precauciones.
Yo había matado a Ausinca. Le había cortado la cabeza de un golpe limpio e implacable. No es que me vanagloriara de ello, pero tampoco me afectaba lo más mínimo. Ella se lo había buscado.
Las lunas ya brillaban por completo en el cielo cuando al fin terminamos por ese día y nos detuvimos a beber y comer algo. Lansh y Toruch acababan de regresar y se unieron a nosotros. Tina no se había despegado de mi hermano desde que había terminado ese duelo terrible con Ux.
Hacía un rato que no veía a Callie, pero la reina había dicho que debía de estar en la posada con las demás, descansando un poco.
No tenía ni idea de cómo había logrado transformarse ni si habría regresado ya a su forma humana.
Quizá los dioses le habían permitido cambiar a la forma barog una sola vez para la guerra o, tal vez, a partir de ahora, pudiese transformarse a voluntad.
De todos modos, era una pasada. Me moría de ganas de estar a solas con ella en casa y hablar de ese milagro.
Porque era la primera y única descendiente que se había transformado. ¡ Mi hoa uhane era increíble! Tenía tanta suerte de tenerla que, a veces, todavía me costaba creerlo.
—Esto no se ha acabado aún —dijo mi hermano tras dar un largo sorbo al licor de moras que Ciench nos había servido a todos.
La hoguera que acabábamos de encender en el centro de la plaza arrancaba sombras a sus facciones. El humo que emergía de las llamas contribuía a purificar el aire de los horrores que habían tenido lugar allí mismo.
—Hemos vencido, hermano, y seguimos vivos. Cierto que algunos de los nuestros han sufrido terribles heridas y unos cuantos han muerto. Pero ha sido una victoria impresionante —dije con convicción.
Todos nuestros amigos presentes asintieron.
Xioh ya se encontraba en la posada desde hacía un rato curando heridas abiertas, sanando huesos rotos y suturando lo que hiciese falta.
Emi y Penny lo estaban ayudando. Al pobre sanador le quedaba todavía una larga noche por delante. ¡No me gustaría estar en su pellejo!
—Ux ha logrado escapar. Nuestro mayor enemigo sigue vivo, y eso significa que la cuestión no se ha zanjado todavía. Tardará algún tiempo, pero ese monstruo atacará de nuevo. Nos traerá problemas hasta el día en que acabemos con él —dijo con el rostro serio.
Mi hermano había luchado cara a cara contra Ux en una pelea brutal. Sin duda, de todos nosotros era el que más exhausto debía de estar.
—Pues lo buscaremos y lo aniquilaremos —propuso Ax.
—Hay que aprovechar ahora que sus fuerzas son casi inexistentes para darle el golpe de gracia —añadió Xerx, devorando en dos bocados un panecillo.
—Estoy de acuerdo. No podemos permitir que se rearme y se haga fuerte de nuevo —dijo Sulveh, apurando su vaso de licor.
—¿Tú qué opinas, D? —preguntó mi hermano, girándose a mirarme.
—Debemos hacer lo que dicen nuestros amigos. Descansemos unos días, curemos las heridas y diseñemos un plan para aniquilarlo. Ya estuvimos en los pantanos y sabemos a qué atenernos. Conocemos el camino y los peligros. Esta vez las ciénagas no nos pillarán desprevenidos.
Todos asintieron. C también.
—Que así sea. Repongamos primero nuestras fuerzas. Después, organizaremos una partida de caza. Pero esta vez, no será para cazar rinos —dijo mi hermano—. No será una victoria definitiva hasta que el corazón de ese malnacido haya dejado de latir.
Se extendió entre nosotros un murmullo de aprobación.
Entonces, el sanador apareció en la plaza. Tenía las manos manchadas de sangre y su expresión daba fe de su agotamiento.
—¿Cómo van los heridos, amigo mío? —le preguntó Cyrus.
Ciench colocó enseguida un vaso de licor en la mano del sanador y Lansh le rodeó los hombros con el brazo. Intercambiaron una mirada de complicidad.
—Hay una decena que puede que no vean el próximo amanecer —dijo con pesar.
—Que los dioses se apiaden de ellos y los mantengan con vida —murmuró Sulveh.
—Por lo demás, lo habitual: muchos cortes feos, carne desgarrada, huesos partidos… Nada que un buen sanador como yo no pueda arreglar —dijo con media sonrisa cansada. Sonreímos también.
—Te agradezco el trabajo que estás haciendo, amigo mío. Somos afortunados de contar con un sanador como tú en la aldea. Si necesitas ayuda con algo, solo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?
Xioh asintió.
—Por ahora, C, me las apaño con Emilia y Penny. Son unas estupendas ayudantes. Podrían convertirse pronto en sanadoras tan buenas como yo.
Ax se hinchó como un pavo ante la alabanza que Xioh hizo de su hoa uhane .
—Eso es una gran noticia. Sigue entrenándolas y escoge a alguien más. Nos vendrá bien tener un mayor número de sanadores de ahora en adelante, liderados por ti. La aldea está creciendo y es mucho trabajo para uno solo.
—Así lo haré, C. —Había orgullo y satisfacción en la mirada anaranjada de Xioh—. Me vuelvo a la posada. Las he dejado cosiendo las heridas de un par de barogs malhumorados, pero hay otros casos que requieren mi atención.
—Descansaremos unos días, Xioh. Os mandaré llamar a todos cuando debamos reunirnos.
El sanador asintió y añadió:
—No olvidéis que vosotros tendréis que pasar por mis manos también. Veo algunas heridas que van a necesitar de todo mi ingenio.
—Así lo haremos. Iremos pasando por tus sabias manos uno a uno —le prometió mi hermano.
—Tú el primero, mi rey. Estás hecho un verdadero desastre —dijo Tina, dedicándole una sonrisa mientras le acariciaba la mejilla.
Todos nos reímos.
Xioh reemprendió el camino hacia la posada. Pero antes de que se alejara demasiado le grité:
—¡Eh, Xioh, dile a Callie que, cuando acabe, nos encontraremos en casa! No tardaré en ir hacia allí.
Él me miró sin comprender.
—Si la veo, se lo diré.
Algo se revolvió dentro de mí.
—Está en la posada, ¿verdad?
Se le tensó la mandíbula.
—No, D. No la veo desde que Cyrus estaba luchando contra Ux. La última vez estaba a lomos de Enzo.
El suelo se hundió bajo mis pies y una presión enorme me aplastó el pecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi hermano, acercándose.
—Callie no está en la posada. ¿Alguno de vosotros la ha visto?
Todos negaron con la cabeza.
—Dijiste que estaba ahí, mi reina —dijo C mirando a Tina.
—Dije que suponía que estaba ahí, no que la hubiera visto. Yo tampoco la veo desde hace rato.
En cuestión de segundos, todos mis amigos me rodearon.
—Seguro que está por ahí ayudando a alguien. Ya sabes que tu pareja no se puede estar quieta —bromeó Lansh, pero en sus ojos veía tanta preocupación como debía de haber en los míos.
—Voy a buscarla. Tengo que encontrarla. Quizás esté esperándome en casa. —La angustia crecía dentro de mí. Presentía que algo no iba bien.
—La buscaremos entre todos. Peinaremos la aldea en unos minutos. No te preocupes, D —dijo Xerx con voz calmada, intentando tranquilizarme.
Pero yo no estaba tranquilo en absoluto.
Algo iba muy mal. Lo sentía en el centro de mi pecho, en mi sangre, en mi alma.
«¿Dónde estás, amor mío?».
La plaza entera empezó a dar vueltas a mi alrededor y la vista se me nubló. Las voces de mis amigos me llegaban amortiguadas a los oídos mientras la oscuridad se apoderaba de mí.
Entonces, me desmayé.
Una sola imagen apareció en mi mente: Ooris cerca de mí… y Callie en su forma humana mirándonos con los ojos muy abiertos.
En nuestra casa.