44 detrás de ti #3
Ux tenía de su parte los deseos de poder y venganza, la rabia por la traición y las humillaciones, y el ansia de convertirse en el rey de un pueblo que siempre le había dado la espalda.
Todas esas eran motivaciones muy potentes.
Sin embargo, no tanto como las que tenían los nuestros: luchar por sus parejas, su familia y amigos; y evitar que un monstruo destrozara su civilización.
Su expresión cambió. Acababa de comprender que no podía vencer; que iba a perder…
otra vez. Quizás podría derrotar a Cyrus, pero jamás escaparía de los demás, que iban acercándose a ellos poco a poco, abriéndose camino.
Daryos nunca se daría por vencido e intentaría llegar hasta su hermano a toda costa.
Su momento de reflexión le costó caro: Cyrus lo golpeó con fuerza en el pecho con el puño, extendió las garras y se las hundió en la carne. Ux se tambaleó durante un segundo, tras el cual lanzó un latigazo con la cola a la cabeza del rey y lo lanzó a varios metros de distancia.
Daryos estaba a punto de alcanzarlos. Tan solo un par de inferiores lo separaban de su hermano. En breve llegaría hasta él y, entonces, Ux estaría acabado.
Ciench se encontraba también muy cerca, apenas a unos pocos metros.
Todo su cuerpo vibraba, anhelando ayudar a su rey a despedazar a ese monstruo que había abusado de Susi durante tanto tiempo.
Su historia era triste y dolorosa, y merecía justicia, venganza y, al fin, una clausura.
Necesitaban pasar página a todo ese horror vivido, y el único modo era haciendo que Ux pagara por lo que había hecho.
Xerx, Ax, Sulveh, Xioh y Lansh peleaban también como jabatos para socorrer a su rey.
De pronto, las puertas de la posada se abrieron de par en par y Tina Martins, estudiante de ciencias, rica heredera de un imperio, pija insoportable, gran amiga y reina de todo un planeta, salió como una exhalación.
Silbó con todas sus fuerzas y una pantera de ojos rojos apareció junto a ella en el acto.
Cuando empezaron a galopar hacia la plaza, directos hacia Cyrus como si ella hubiera percibido que estaba en peligro, volví a clavar la mirada en Ux.
Y lo supe.
El líder de los perdidos se debatía entre quedarse y acabar lo que había empezado…, o huir. Tan solo tenía unos segundos para decidirse. Pronto Bazzeila y la pantera de ojos rojos le alcanzarían, así como mi barog y todos sus amigos.
Si se quedaba, puede que lograra matar a Cyrus, pero jamás saldría de ahí con vida. No obtendría el trono de Nemea. La historia se repetiría y asesinaría al rey de su pueblo por segunda vez. Cyrus moriría tal como lo había hecho Drashir, pero a Ux no le serviría para nada.
Si escapaba ahora mismo, sin perder un solo instante, tal vez lograra llegar hasta la selva, ocultarse el tiempo suficiente para que no lo apresaran y huir de nuevo a los pantanos para no regresar jamás.
Difícil elección.
Daryos rugió, ahora a tan solo un oponente de distancia de su hermano. ¡Había tanta desesperación y angustia en el rostro de mi barog!
Como si estuviera sucediendo a cámara lenta, vi cómo Ux contemplaba con una expresión extraña, indescifrable, a Daryos mientras este avanzaba hacia él.
No miró a nadie más. Ni siquiera se molestó en comprobar dónde estaban las panteras, cuyas fauces se aproximaban peligrosamente a su posición, ni Sulveh ni ningún otro.
Simplemente, soltó un rugido largo y profundo, que caló en todas sus tropas.
Un grupo de barogs perdidos, los más cercanos a él, huyeron abruptamente de sus respectivas peleas y se apresuraron a rodear a su jefe con las lanzas en lo alto.
Cuando Ux empezó a moverse, otros se unieron a ellos, hasta crear una especie de muro musculoso que bloqueaba cualquier intento de ataque a su jefe.
Se movían todos como uno solo, protegiéndolo.
Comenzaba a anochecer y ya se adivinaba la silueta de la pareja de lunas, que pronto refulgiría en verde en el cielo estrellado.
Cyrus y los demás se lanzaron tras ellos, pero las aninfs y los hermanos perdidos que todavía quedaban en pie se interpusieron en su camino, desafiándolos a nuevos enfrentamientos y entorpeciendo la persecución.
Tina, fuerte y erguida sobre su montura, miraba en dirección a su rey. ¡Una auténtica reina!
Y así fue cómo Ux logró escabullirse de la batalla y escapar de una muerte segura.
Los barogs perdidos que lo rodeaban marcharon directos hacia la selva acelerando el paso, sin que nadie pudiera llegar hasta ellos para detenerlos, ya que los inferiores se interponían una y otra vez con ferocidad.
Había frustración en el rostro del rey, del príncipe, de Ciench y de Sulveh.
Todos estaban convencidos de que su gran enemigo había logrado huir otra vez y que, aunque lo perseguirían, pronto estaría fuera de su alcance. Se refugiaría en los laberínticos pantanos, hasta que reuniera una nueva fuerza para desatar la tercera guerra.
Sin embargo, Ux no entró en la selva.
No siguió a sus hermanos perdidos.
No huyó.
Viró en el último momento por el camino que conducía a los hogares, al interior de la aldea, él solo, como un fantasma en medio de la semipenumbra del anochecer.
Yo fui la única que lo vi, la única que se dio cuenta. Y lo seguí.
Clavé los talones en los flancos de Enzo y lo guie tras los pasos de Ux. No había tiempo que perder. Solo los dioses sabían lo que estaba tramando.