44 detrás de ti
callie
E n medio de aquel caos ensordecedor, Daryos se puso en pie y logró abrirse paso hasta las escaleras. Hasta mí. Subió los escalones que nos separaban y me miró con tanta intensidad que me temblaron las piernas.
—Tenías razón, amor. Tenemos superpoderes —soltó con esa voz grave y hermosa que me erizaba la piel de todo el cuerpo, incluso en mitad de tanto horror.
—Ya era hora de que lo reconocieras, barog.
—Esto es… increíble —dijo señalándome de arriba abajo.
—¿A que sí? Me encanta mi nueva forma —dije guiñándole un ojo.
—Estás preciosa. —Tenía la mirada nublada y todo su cuerpo temblaba.
Dudaba mucho de que fuera así, pero si a él le gustaba, ¿quién era yo para contradecirle?
—Y tú estás hecho una mierda. Xioh va a tener que coserte por todas partes.
Sonreímos.
—Eh, por si no os habíais dado cuenta, tortolitos, todavía estamos en guerra —dijo Ciench.
Daryos le dio una palmada en el brazo y se colocó a nuestro lado en el escalón. Los tres miramos hacia la batalla que continuaba desarrollándose en la plaza.
—Estamos ganando, pero ellos no van a darse por vencidos fácilmente —dijo mi barog, escrutando a los enemigos que aún quedaban en pie. Entonces, me miró y añadió—: Regresa a la posada, Callie. Allí estarás a salvo.
—Ni lo sueñes. Yo me quedo. Además, tengo que liderar a mi ejército de pequeños soldaditos. —Señalé a Naranjito, que saltaba y hacía ruiditos a mi lado. Artia observaba la batalla, en la que muchas de su especie todavía combatían con ferocidad.
Daryos meneó la cabeza.
—De acuerdo, pero quédate aquí arriba. Enzo no se moverá de tu lado.
Asentí. Tampoco iba a ser tan idiota como para creer que podía luchar como ellos. Tenía un nuevo aspecto y habilidades muy útiles, pero tenían razón: no tenía ningún entrenamiento y no era una guerrera.
—No te preocupes. Artia tampoco se despegará de mí.
Durante unos segundos, seguimos contemplando la escena ante nosotros.
Los leones y las panteras, con sus pelajes negros brillantes y sus fauces descomunales, masacraban hermanos perdidos, uno tras otro.
Las hordas de llitops luchaban en grandes grupos coloridos, devorando a cualquiera que se les pusiera por delante, mientras barogs y guardianes entrechocaban los machetes con los de los enemigos.
Aunque sangraban y recibían golpes brutales, ninguno desfallecía.
Las aninfs que aún peleaban por Ux saltaban con sus cuerpos fuertes y estilizados, causando estragos con sus garras cuando caían sobre nuestras filas.
De algún modo incomprensible, podía sentir a todos y cada uno de los llitops conectados a mí a través de la marca de la espiral. Quizás a Daryos le ocurría lo mismo con los leones.
De pronto, la espiral en mi espalda empezó a arder de un modo insoportable, irradiando latigazos eléctricos por todo mi cuerpo.
—Joder —murmuré, llevándome la mano a la espalda. Mi piel era puro fuego.
—¿Tú también lo sientes? —preguntó Daryos con una mueca de dolor—. La marca me está destrozando. Parece que me hayan puesto brasas ardientes en la piel.
—Sí, y la sensación se está extendiendo por todo el cuerpo. Es como si la electricidad me corriera por todas partes —dije.
—Me siento más fuerte, más poderoso, como si acabaran de recargarme la energía —dijo sorprendido, rascándose la espiral.
—A mí me ocurre lo mismo.
—Vuestras marcas se han enrojecido. Parece que una línea de fuego las recorra —intervino Ciench, con la vista fija en nuestras espaldas—. ¿Vamos allá, príncipe?
Daryos cerró las manos en grandes puños y asintió. Tras intercambiar una mirada con mi amorcito, los dos barogs saltaron desde las escaleras hacia la masa que luchaba en la plaza.
El salto de Ciench fue impresionante, pero el de Daryos… Había algo nuevo en él. Una especie de energía más potente que recorría el cuerpo de mi hoa uhane y el mío propio, como si una fuerza poderosa emergiera directamente de la espiral que nos había marcado desde el nacimiento.
Se unieron a sus mejores amigos, que repartían mamporros, dentelladas y zarpazos al ritmo de sus tremendos rugidos.
Cyrus, Xioh, Lansh, Axeh, Xerx y Sulveh luchaban en medio de la plaza, rodeados de una horda de enemigos y apoyados por el resto de nuestros guerreros.
Su salvajismo no difería demasiado del que mostraban las panteras y los leones.
Era difícil asimilar todo lo que estaba presenciando. Pero ahí estaba, aguantando.
El ser humano es capaz de adaptarse a las situaciones más cruentas, inverosímiles y brutales. Situaciones con las que jamás habría imaginado que se encontraría. Sin duda, es el instinto de supervivencia y adaptación al medio lo que nos hace tan poderosos y distintos a cualquier otra especie.
Aunque, por lo visto, yo no era una simple humana. ¡Ni siquiera estaba segura de lo que era! Porque ninguna descendiente se había transformado jamás.
Esa fuerza que me recorría por dentro aguzaba mi vista y mi oído, así que estaba siendo testigo de cada detalle que ocurría en ese campo de batalla tan inusual.
En el fondo, no importa el lugar ni las armas ni el motivo: una guerra es siempre algo terrible, un infierno que se desata y nadie puede predecir realmente sus consecuencias.
Cuando un par de hermanos perdidos se fijaron en mí y decidieron que sería divertido acercarse, rugí como la barog que era y lancé a Enzo y a Artia sobre ellos.
Y cuando otros tantos osaron desafiarme, Naranjito atrajo a muchos de los suyos y, entre todos, les hicieron desear no haber mirado en mi dirección.
Me permití luchar contra otro imbécil que corrió escaleras arriba y se abalanzó sobre mí. Los demás estaban ocupados en ese momento, así que le clavé las garras en las pelotas y se las retorcí. Eso siempre funcionaba con cualquier macho.
Trató de estrangularme, pero enredé la cola en su garganta y apreté tan fuerte como pude. Todavía no dominaba al cien por cien mi nuevo cuerpo, pero lo contuve el tiempo suficiente hasta que Itzaar, el león de Xerx, salió de alguna parte, saltó sobre su espalda y le arrancó la columna a zarpazos.
De pronto, un murmullo intenso recorrió la plaza entera, tanto nuestras filas como las enemigas, extendiéndose como una ola inmensa sobre todos nosotros.
Ux acababa de aparecer por el camino del fondo.
El líder de los hermanos perdidos estaba cubierto de sangre y su aspecto era incluso más imponente y feroz que la última vez que lo había visto. Clavó sus ojos en el centro, justo sobre el rey, y empezó a avanzar hacia él.
Todos mis amigos estaban enfrascados en la lucha y ninguno parecía haberse dado cuenta de su presencia. Así que agarré una lanza enemiga que alguien había olvidado en el suelo, trepé a lomos de Enzo y, de un salto, me planté abajo.
—¡Cyrus, detrás de ti! —rugí a pleno pulmón. Gracias a los dioses, mi voz era mucho más sonora que antes y retumbó por todas partes como si hubiese usado un megáfono.
El rey se giró con el tiempo justo para detener con su machete la lanza afilada que Ux empuñaba directamente hacia el centro de su pecho. El choque hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies.
Espoleé a Enzo para que avanzara un poco más, ignorando las advertencias de Lansh, que me gritaba que retrocediera y regresara a las escaleras. Necesitaba acercarme al combate que, muy probablemente, pondría punto final a esa espantosa guerra que llevábamos horas soportando.
Miré un instante al cielo. El sol seguía ahí, pero había descendido en el horizonte y sus rayos, antes puro fuego, ya no calentaban tan rabiosamente. Estaba atardeciendo. ¿Cómo había pasado tan rápido el tiempo?
Ux y el rey se separaron.
Los barogs que los rodeaban les dejaron algo de espacio, formando un círculo a su alrededor mientras seguían luchando. En esa plaza nadie le daba tregua a su oponente; nadie se daba un respiro. Sin embargo, de algún modo, todos intuyeron que ese sería el gran combate, el que lo decidiría todo.
—¿Dicen que a la tercera va la vencida, no, mi rey ?
Veamos si esta vez podemos luchar sin interrupciones.
Tú contra mí. Un rey… contra otro —soltó Ux con esa voz grave y siniestra que tanto había llegado a odiar.
Sus ojos, azules como el cielo más intenso y luminoso, empezaban a oscurecerse por el círculo negro de sus iris.
Yo había contemplado esos ojos muy de cerca. Demasiado.
—No puedo prometerte nada, Uxuer. Hay unos cuantos barogs con ganas de arrancarte la cabeza. Has cabreado a mucha gente —soltó Cyrus con contundencia.
Parecía relajado, dominando la situación. Cualquiera de los dos daba esa impresión. Pero en el tiempo que llevaba en Nemea, había aprendido a captar el lenguaje corporal del rey: estaba en tensión y alerta, preparado para lo que fuera que ocurriese a partir de ese momento.
Preparado para defenderse y contraatacar.
—¡No luches contra él tú solo, C! —gritó Daryos, intentando llegar hasta su hermano.
—Barradle el paso al príncipe. No permitáis que ni él ni ninguno de sus amigos lleguen hasta nosotros —ordenó Ux a los barogs perdidos que le guardaban las espaldas—. Esta guerra aún no ha acabado, así que ¡luchad!
Ellos asintieron y se lanzaron contra Daryos, Xerx, Ax y todos los demás. La batalla se recrudeció y los gruñidos llenaron la plaza.
—Solos tú y yo, ¿eh, Ux? Tal como debe ser —rugió Cyrus. Su mirada parecía más oscura que nunca. La concentración y la furia se marcaban en su apuesto rostro.
—Esto es entre nosotros. El hijo del gran Drashir… contra su mejor amigo al que traicionó.
Se movían uno frente al otro, en círculos, vigilándose para tratar de anticipar cualquier movimiento de su contrincante. Las rodillas algo flexionadas, las musculaturas tensas y vibrantes, las lanzas de punta de hierro en la mano. Alguien le había pasado una al rey momentos antes.
—El único traidor que hay aquí eres tú, Ux.
—Me habría encantado que escucharas todo lo que aún no sabes; lo que todavía tengo que contar. Lástima que deba matarte.