43 algo imposible #2
Artia se colgó de su espalda y lo alejó de mí unos segundos. Mis ojos se cruzaron con los de Susi, que ahora amenazaba con un cuchillo enorme a uno que intentaba llegar hasta ella.
Todas las mujeres peleaban.
Descendientes, llitops , una pantera y una aninf luchábamos codo con codo con todo lo que teníamos. ¡Éramos un espectáculo!
Tras morder a Lorish en el brazo, me llevé una buena hostia. Empezábamos a flaquear y apenas resistiríamos unos segundos más.
Si dudaba de que los dioses estuvieran de nuestro lado, dejé de hacerlo de inmediato cuando, al fin, Ciench y Toruch irrumpieron en la posada. Estaban cubiertos de sangre y otras sustancias en las que prefería no pensar, y sus magníficos leones, Sajeh y Benju, venían tras ellos.
—¡Ains, mi Toruch! —gritó Lorna aplaudiendo, olvidándose de pronto de que seguíamos en peligro.
Él le guiñó un ojo un segundo antes de arrancarle la tráquea a un enemigo. Ella continuaba mirándolo con adoración, incluso desgreñado, sucio y con pinta de salvaje.
La comprendía perfectamente.
Susi y Ciench intercambiaron miradas. Había alivio en las de ambos.
—¡Todas hacia la pared del fondo! —gritó Ciench a las mujeres—. ¡No os mováis hasta que hayamos acabado con ellos!
Bloqueó con el machete una lanza que alguien había arrojado contra su pecho y esquivó unas garras que iban directas a su abdomen. Era una maravilla verlo pelear. Sus ojos grises relampagueaban mientras giraba, saltaba y golpeaba.
—Yo me quedo con vosotros —dije con mi recién estrenada voz, un poco cavernícola.
Todos los barogs de la aldea que acababan de entrar se volvieron a mirarme con los ojos como platos.
—Pero ¿qué demonios…? —empezó Ciench.
—¿Cómo narices has hecho eso, Callie? —preguntó Toruch, placando al barog perdido que estaba a punto de embestirlo.
Me limité a encogerme de hombros.
—Joder, pues sí que es importante la marca de la profecía… —murmuró Ciench—. Aun así, ve con las demás. Protégelas, ¿de acuerdo?
Asentí, pues no era momento de poner problemas a mis amigos, con la de mamporros que se estaban llevando los pobres.
Artia, los llitops y yo nos colocamos justo delante de la barricada, mientras que Bazzeila, Benju y Sajeh formaron una implacable línea de defensa frente a nosotros. Cualquiera que lograba atravesar el muro que formaban nuestros amigos barogs, caía en las garras hambrientas de los felinos.
Lucharon con todas sus fuerzas, agotados y heridos, hasta que, al fin, un único barog enemigo quedó en pie: Lorish.
Ciench se secó el sudor de la cara con el antebrazo y, cojeando ligeramente, se acercó a ese monstruo.
—Arrodíllate —le ordenó, con una ferocidad aplastante.
—Yo solo me arrodillo ante Ux, líder de los hermanos perdidos y, muy pronto, de todos vosotros —escupió él. Aunque sus palabras mostraban bravuconería, podía percibir el olor a su miedo tan fácilmente como el de la sangre que se coagulaba en charcos por todas partes.
—He dicho que te arrodilles —insistió Ciench, propinándole un tremendo golpe con el mango de su cuchillo en el estómago.
Lorish se dobló hacia delante. Entonces, Toruch le golpeó la parte trasera de las rodillas y cayó al suelo. Sus manos pararon el golpe y enseguida se enderezó, de rodillas frente a Ciench.
—¿Conoces a este monstruo, amor? —preguntó, mirando a Susi.
Ella se limitó a asentir.
—Todas conocemos a este cabrón —comentó otra de las mujeres que habían estado en los pantanos.
Penny y Sylvia observaban la escena desde detrás de la barrera. Habían palidecido y juraría que estaban temblando. Todo aquello debía de ser muy doloroso para ellas. Para todas las cautivas. A buen seguro, tener ahí mismo a Lorish les traía recuerdos espantosos.
Despacio, Susi separó un poco dos mesas y salió del parapeto. Con pasos firmes y el mentón bien alto, caminó hasta su barog.
—Le conozco bien. Es Lorish, el segundo al mando de Ux.
Ciench se llevó un instante una mano al pecho, pero se recobró enseguida.
—¿Qué quieres hacer con él, amor? —le preguntó.
—Matarlo. Merece morir, como todos los demás.
Lorish palideció.
—Susi, vamos, nos conocemos desde hace mucho tiempo.
Ella se acercó unos pasos más a él hasta que sus rostros estuvieron casi a la misma altura, ella de pie y él de rodillas ante ella. Demasiadas veces habían estado en la posición inversa.
Nunca más.
—Y por eso mismo voy a matarte, cabrón de mierda. Porque te conozco bien .
Se extendió un murmullo de aprobación entre las mujeres.
—¿Sabes cuántas veces intercedí por ti ante Ux? ¿Cuántas veces te defendí?
Ciench indicó a dos de los suyos que agarraran a Lorish por cada brazo. Enseguida lo inmovilizaron por completo mientras Toruch lo agarraba desde atrás por el cuello. Lorish se removió para soltarse, pero no tenía ninguna posibilidad.
—Dime cómo quieres que lo haga, amor. Cumpliré cada uno de tus deseos. Puedo arrancarle la cabeza, destriparlo aquí mismo, atravesarle el corazón, desollarlo… —dijo con una frialdad abrumadora, sin apartar sus hermosos ojos grisáceos de los de Lorish. Este tragó con dificultad.
—Yo lo haré —dijo ella con un tono cortante—. Dame el cuchillo.
—Susi, ¿en serio? ¿Vas a hacerme suplicar? —preguntó Lorish.
—Silencio, hijo de puta. Tienes suerte de que quiera hacerlo ella.
Si dependiera solo de mí, te ataría a una de esas mesas y te cortaría en pedacitos, lentamente, empezando por los huevos.
Después, los dejaría esparcidos por la selva para vuestras amigas, las nashies .
Apuesto a que algunas todavía corren por los alrededores, aguardando las sobras de la batalla.
Lorish intentó girar la cabeza para mirar a las otras mujeres.
—Sylvia, Penny, ¿no vais a decir nada? ¡Callie, por favor! Tú puedes ayudarme. Quiero hablar con el rey o con el príncipe. ¡Detén esto!
—Tú mismo cavaste tu propia tumba cuando traicionaste a tu pueblo y te uniste a Ux —soltó Tina con voz firme, saliendo de detrás del parapeto y acercándose a nosotros. Bazzeila la siguió.
—Hay muchas cosas que no sabes, Callie —dijo, mirándome suplicante—. Cosas que están a punto de cambiarlo todo —insistió de un modo inquietante.
Me intrigó, pero no lo suficiente como para intervenir a su favor. Tampoco hubiera servido de nada. Susi y Ciench se merecían su venganza. Y las demás mujeres también.
—Sujetadle bien —pidió Susi, mirando a Toruch.
Apoyó la punta del cuchillo sobre un extremo de la garganta de Lorish—.
Esto es por todas nosotras, monstruo. Por cada vez que nos obligaste a hacer algo que ninguna quería hacer.
Por cada vez que nos tocaste o nos obligaste a desnudarnos ante ti.
Por cada humillación hacia nosotras y hacia nuestras parejas.
—Susi, por favor. Ten piedad —suplicó él.