43 algo imposible
callie
La posada, un rato antes
—No, no, no… Esto es imposible. ¿Estoy alucinando? —dije, mirando de nuevo a mis amigas.
Los únicos que parecían estar tranquilos con aquello eran Artia y Naranjito, como si lo que acababa de ocurrirme fuese lo más normal del mundo. Casi como si… lo esperaran.
—Si estás alucinando, nosotras también —dijo Tina.
—Ux no lo va a creer cuando se lo cuente —murmuró Lorish con voz temblorosa, sin dejar de mirarme.
De hecho, todo el mundo me observaba.
Traté de avanzar un paso, pero perdí el equilibrio, así que me quedé quieta, intentando asimilar lo que acababa de pasar y adaptarme a la situación lo más rápido posible.
Porque los enemigos seguían estando a tan solo un par de metros de nosotras, y la guerra, sangrienta y brutal, continuaba ahí fuera como si nada hubiese cambiado.
En realidad, todo había cambiado.
—Eres una… barog —dijo Emi con un hilo de voz. ¡Justo lo que necesitaba oír!
Tampoco es que su confirmación cambiara los hechos, pero fue como recibir un mazazo en la cabeza.
Aunque no tenía ningún espejo a mano, no era como si me hiciera falta: veía las garras en mis dedos y la cola que se mecía a derecha e izquierda como si tuviera vida propia —y que pesaba como una tonelada—, y mi melena había crecido tres palmos en cuestión de segundos.
¡La tenía casi tan larga como las aninfs !
Y eso sin mencionar mi altura. Lo veía todo con otra perspectiva, desde mucho más arriba.
No era tan alta como los barogs que tenía enfrente, pero apostaba que había alcanzado por lo menos el metro ochenta y cinco.
¡Había crecido unos veinte centímetros de golpe!
Eso era un gran inconveniente en muchos aspectos…
, sobre todo en lo que se refería a la ropa.
Porque ahora mismo, el vestidito que llevaba estaba hecho un desastre y me tapaba las ingles de puro milagro.
Me desabroché el cinturón trenzado y dejé que la tela cayera suelta sobre mi cuerpo, mucho más musculoso y voluminoso que en mi forma humana. Al menos había ganado un par de centímetros, pero fijo que hoy todo el mundo me vería el trasero y todo lo demás.
—¿Tan horrible estoy? —pregunté a mis amigas.
—Solo… diferente —dijo Tina, con sus ojos negros clavados en los míos. Supongo que era la única capaz de contestar a esa pregunta.
Las demás eran incapaces de mentir.
De pronto, fui consciente de que no tenía ni idea de cómo transformarme. Aquello había ocurrido sin más, de manera espontánea. ¿Y si jamás lograba regresar a mi forma humana? ¡¿Y si a Daryos no le gustaba!?
«¡Céntrate, joder! Todo eso ahora no importa. Ya te preocuparás más tarde, cuando hayamos vencido la guerra», me recriminé.
Ahora era más grande, más fuerte, más ágil y rápida… Bueno, esto último todavía estaba por ver. Hasta que no dominara mi nuevo cuerpo, tampoco sabía si sería de gran utilidad, pero debía intentarlo.
La cola me estaba matando. ¿Cómo demonios la movían con tanta facilidad? Cuando ellos lo hacían, parecía algo sencillo y natural. Yo, en cambio, me sentía como un pato mareado, arrastrado hacia atrás por el peso de ese extraño apéndice.
«Vale, puedo hacerlo. Si ellos lo logran a diario, yo también. Cierto que nacieron así y han tenido años para practicar, mientras que yo solo…». Negué con la cabeza. La negatividad no me llevaba a ninguna parte.
«Tienes garras, colmillos, fuerza sobrehumana… ¡Úsalos contra ellos, maldita sea!». Si me había transformado en barog en ese instante, la razón era muy clara: debía proteger a mis amigas y luchar.
El estruendo se hizo más intenso allá fuera. Estaban peleando pegados al hueco de la puerta.
—¿Qué vas a hacer, Callie? —preguntó Susi.
Roté un brazo, luego el otro; una pierna, un pie, el cuello y la cola… Después, acerqué mis dedos a la boca y toqué los colmillos, duros y afilados. ¡No estaban nada mal! No tenía ni idea de cómo usarlos, pero seguro que algo se me ocurriría.
Cuando terminé de comprobar todo mi nuevo y poderoso cuerpo, clavé la mirada en el rostro de Lorish. Ese hijo de puta iba a pagar muy caro cada segundo que le había puesto un dedo encima a mis amigas.
— Si los dioses me han otorgado un superpoder, será para usarlo, ¿no creéis? Y quién mejor que esta chusma para empezar a ponerlo en práctica. —Mi voz era más grave de lo habitual y mis rugidos, que soltaba sin proponérmelo, tenían un timbre distinto al de los barogs macho.
—No sé yo, Callie. Igual te estás viniendo demasiado arriba —dijo Emi con voz temblorosa. Solo le veía los ojos y el moño rubio por encima del borde de la mesa.
—Pues yo digo que a por ellos, Callie —soltó Tina.
Entonces, emitió un silbido que casi nos revienta el tímpano y, al instante, Bazzeila se colocó junto a mí, con las patas prestas para saltar sobre nuestros enemigos, el lomo erizado y los colmillos expuestos.
—Así me gusta, mi reina. Que te impongas cuando la situación lo requiere.
—Bueno, ya basta de cháchara —gruñó Lorish.
Miró hacia la puerta, consciente de que no le quedaba mucho tiempo antes de que los nuestros irrumpieran—.
Por muy impresionante que sea lo que acaba de ocurrir, tenemos trabajo que hacer.
Ya lidiará Ux con… lo que sea que signifique esto —dijo señalándome.
—Significa que Callie va a patearte el culo —soltó Sylvia de pronto.
El segundo al mando de los perdidos rugió.
—No hagáis que me cabree, humanas. Sabéis de sobra que yo soy mucho más amable que Ux, pero también puedo perder la paciencia.
—Eres un gusano inmundo que se escuda tras su jefe para que tome las decisiones difíciles. ¡Eres un cobarde! —le escupió Susi.
—¡Y tú una desagradecida, mujer! Lo reconozcáis o no, cuidé de todas vosotras durante muchos años. ¿Acaso no merezco un respeto por ello?
—¿Quieres una medalla, gilipollas? —le solté.
Él rugió de nuevo.
—¡Vosotros dos! —gritó, señalando a dos de sus barogs más fornidos—. Comprobad que las ventanas traseras estén despejadas. Las sacaremos por allí para llevarlas a la selva.
Sus dos secuaces se asomaron con cautela al hueco que había en una de las ventanas del fondo, fuera de nuestra barricada, y asintieron. Arrancaron las maderas que cubrían casi la totalidad, y que uno de nuestros amigos había clavado el día anterior.
—Despejado, jefe. Los inferiores han hecho bien su trabajo.
¡¿Qué?! ¿Se habían cargado a los barogs que Ciench había apostado ahí detrás? ¡Mierda!
—Perfecto. Ahora, uno de vosotros que espere fuera mientras los demás las sacamos una a una por la ventana.
Artia, Naranjito y yo rugimos al unísono. ¡Pues sí que estábamos compenetrados! Los otros cuatro llitops se unieron a nosotros.
—Como toques a una de mis amigas, te haremos picadillo, monstruo —le amenacé con una convicción que hasta a mí me sorprendió.
Casi todo el miedo se había esfumado de mi organismo. ¿Era así como se sentían Daryos y los demás? ¿Poderosos, fuertes e invencibles, la mayor parte del tiempo? ¡La sensación molaba un montón! Aun así, no debía perder de vista la gravedad del asunto.
—No nos lo pongas difícil, Callie. Ux ha dado orden expresa de que no os hagamos ningún daño. Te aseguro que estaréis mucho más a salvo en la selva que aquí dentro. La guerra se extiende por todas partes.
—Callie, quizás deberías venir aquí con nosotras —dijo Lorna. Su voz sonaba aterrorizada.
—No te preocupes, McPhee. Voy a darle a este imbécil su merecido.
Lorish perdió la paciencia y vino directo hacia mí. Para su desgracia, no pudo dar ni dos pasos antes de que Artia saltara sobre él y le cruzara la cara con las garras. Cuando Bazzeila se abalanzó sobre otro barog enorme, el caos estalló en la posada.
Los llitops se aferraron con los dientes a las piernas de otro desafortunado. Antes de que pudiera siquiera rozarme, cayó de bruces, chillando como un loco.
Aprovechando que mis guardaespaldas estaban ocupados, otro de los perdidos intentó agarrarme, pero mi nuevo y flamante cuerpo viró con facilidad y lo esquivó.
Sin siquiera ser consciente de lo que estaba haciendo, le di un coletazo que lo desequilibró y le clavé las garras en la garganta.
De una patada lo empujé al suelo, donde se desplomó como un fardo, escupiendo sangre.
Me mareé un poco, pero también me invadió una excitación desconocida.
Seguramente, había podido con él solo porque lo pillé desprevenido. Creía que me costaría moverme y pelear, pero no fue así. En cuanto la amenaza se cernió sobre nosotras, se me activó el piloto automático y mi cuerpo empezó a reaccionar y a actuar por sí solo.
Lejos de quedarse quietas, mis amigas usaron todo lo que tenían a mano para impedir que ninguno de esos barogs las arrastrara fuera de la posada por la ventana.
Por el rabillo del ojo, vi a Emi empuñar el machete y blandirlo ante la atónita cara de un hermano perdido; a Tina golpear con un taburete de madera la espalda de otro que agarraba a Marla para llevársela; a Jenny lanzando flechas; a Lorna, Susi y Penny tirándoles a la cabeza vasos, cuencos y todo lo que pillaban por ahí…
Sylvia seguía agazapada al fondo, con el pequeño Sonah en brazos, observando todo lo que sucedía ante ellos. Por su expresión, juraría que estaba deseando unirse a las demás, pero no podía arriesgarse a que su bebé sufriera algún daño.
—¡Seguid así! ¡No tengáis miedo! ¡Tienen órdenes de no matarnos! —grité a pleno pulmón, esquivando el puño de Lorish.
Si me alcanzaba, a buen seguro me noquearía. ¿O tal vez no?
Artia y yo luchábamos contra él mientras Bazzeila defendía el espacio frente al muro de mesas sin ceder ni un ápice.
—Incluso en tu forma barog, Callie, no podrás conmigo. Soy un guerrero experimentado y tú acabas de transformarte y no tienes entrenamiento.
Puse los ojos en blanco.
—No tengo que ganarte, tan solo entretenerte hasta que mis amigos consigan entrar. Yo de ti me iría preparando, porque uno de los que ya asoma por la puerta está deseando hacerte picadillo.