42 lucha contra mí
cyrus
A vanzaba por las calles de mi aldea en busca de Ux, con la pantera líder de ojos rojos siguiéndome de cerca. No se había despegado de mí desde que había estallado la guerra, cubriéndome las espaldas como lo habría hecho mi fiel Bazzeila.
Mientras contemplaba todo a mi alrededor, sentía el estómago revuelto y una fuerte presión en el pecho. No era así como se suponía que debía sentirse un rey barog, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Estaba sufriendo por mi pueblo.
Levantaba el machete una y otra vez para bloquear estocadas que venían de cualquier parte y fingía que nada de todo aquello me afectaba: ni la sangre, ni el olor nauseabundo, ni los gritos de mis guerreros o de los enemigos, ni la incertidumbre de si Tina estaría bien o de si todos mis amigos sobrevivirían a esa batalla.
Fingía y peleaba. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué habría hecho mi padre? Él se mostraba siempre sólido e inquebrantable y jamás flaqueaba. Pero ¿se había sentido así alguna vez?
Un rey debía predicar con el ejemplo, y eso estaba haciendo yo.
Unos minutos atrás, un grupo de cinco nashies había irrumpido en la aldea, guiadas por varios hermanos perdidos.
Entre Daryos, Lansh, Xioh y yo nos habíamos encargado de dos de ellas, mientras que un par de guardianes había aniquilado a otra.
Las dos últimas habían corrido hacia la posada, y Ciench y Toruch estaban combatiéndolas.
Por supuesto, nuestros leones y la pantera líder de ojos rojos nos habían ayudado.
Recé para que se las cargaran lo antes posible. No quería ni imaginar lo que habría ocurrido si todas las hienas que habían asomado al claro hubiesen llegado a la aldea.
Me estremecí, no solo por culpa de ese pensamiento, sino porque mi machete chocó contra el de uno de esos híbridos de aninf y barog, enorme y con la mirada vacía. Eran fuertes, pero necesitaban cumplir órdenes concretas y no improvisaban bien. Logré apartarlo de un empujón y seguí mi camino.
Mientras me alejaba de la plaza en dirección a las mazmorras con Xioh y Lansh junto a mí, seguía escuchando los rugidos de Ax y Xerx.
Se habían abalanzado sobre ellos tantas aninfs que, por un momento, ni siquiera se los veía bajo esa montaña de pelo, colas, melenas y garras afiladas como cuchillos.
Gracias a los dioses, habían logrado salir del cerco y cargarse a unas cuantas de esas traidoras. Ahí seguían, peleando contra ellas. ¡Nunca había visto a tantas de su especie juntas!
Las había con pocas facultades mentales y aún menos emociones. Estas perdían pronto el interés por la guerra y se tumbaban en algún rincón a la sombra o entraban en las casas a curiosear y robar comida. Pero había otras que sabían bien lo que estaban haciendo y, sin duda, luchaban para Ux.
La peor de todas ellas era Ausinca. Ahí había dejado a mi hermano, peleando contra ella a zarpazo limpio.
No me cabía duda de que ganaría Daryos, pero iba a llevarse unas cuantas heridas feas si no tenía cuidado.
Lo que me tranquilizaba era que Enzo se había quedado con él y, entre los dos, iban a arrancarle esa odiosa cabecita a la líder de las aninfs . ¡Se lo tendría bien merecido!
—¡Allí, C! —gritó el sanador, señalando la explanada frente a las mazmorras.
Al igual que en la plaza central, en ese lugar se estaba desarrollando una batalla encarnizada entre los guardianes de Sulveh y un buen número de los barogs de Ux.
En el centro mismo de la masa enardecida, se encontraban ambos: el líder de los hermanos perdidos y el mejor guerrero barog entre los guardianes.
En cuanto los vi, aceleré el ritmo. No era Sulveh quien debía pagar el precio de esa guerra terrible, sino yo. Cierto que él tenía casi tantas personas que vengar como Daryos y yo, pero no le correspondía a ninguno de los dos arriesgar su vida peleando contra el enemigo más terrible.
—¿Adónde demonios crees que vas, C? —preguntó Lansh por encima del estruendo.
—¡A por ese cabrón!
—Sulveh se las está arreglando muy bien con él, por lo que parece.
—Lo sé. Pero seré yo quien lo destripe como a un cerdo, te lo garantizo.
Corríamos, saltábamos y nos impulsábamos hacia delante, batiendo enemigos de un solo golpe, zarpazo o dentellada.
Los leones a nuestro alrededor estaban haciendo bien su trabajo y allí por donde pasaban no dejaban títere con cabeza.
¡Bien por ellos! Mi hermano los había atraído con su marca de la espiral, honrando a esa antigua profecía a la que tiempo atrás yo quería engañar.
¡Cuán equivocado estaba por entonces! No volvería a ocurrir.
La pantera líder se encargaba de cualquiera que se acercara demasiado. En lo que llevábamos de batalla, había arrancado muchos brazos, piernas… y también cabezas. Los bigotes se le habían teñido de rojo y tenía alguna herida en el lomo. Era un animal magnífico: leal y majestuoso.
De un último salto, aterricé junto a Sulveh.
—¡Eh, lucha contra mí, Ux! —le grité.
Él miró alrededor como si estuviera buscando a alguien y volvió a centrarse en mí.
—Como desees, mi rey —se burló.
—¡Puedo con él, Cyrus! Ve a donde puedan necesitarte más —gritó Sulveh, preparándose para arremeter de nuevo contra su oponente.
—Lo sé, eres mejor guerrero que yo.
—¡Yo no he dicho eso!
—Déjamelo a mí, Sulveh. ¡Yo debo enfrentarme a Ux, no tú!
Mi amigo tenía un brillo puramente salvaje en los ojos. Estuvo a punto de replicar, pero yo era el rey y aquello había sido lo más cercano a una orden que podría darle.
Asintió, se dio la vuelta y empezó a lanzar estocadas a diestro y siniestro junto a sus guardianes para cubrirme las espaldas. Xioh y Lansh hicieron lo mismo.
—Así que aquí estamos de nuevo, mi rey .
—Esto se resuelve entre tú y yo. No hace falta involucrar a nadie más.
Se rio, pero, a diferencia de las ocasiones anteriores, no me pareció una sonrisa burlona, sino más bien… amarga, cansada.
—Sin duda, eres digno hijo de Drashir. Una pena que tenga que matarte. Puede que hasta nos hubiésemos llevado bien.
Con las rodillas algo flexionadas, empezó a caminar despacio a mi alrededor, como un depredador centrado en aterrorizar a su presa. Solo que yo no era un cervatillo asustado.
¡Era el rey de Nemea!
—No lo creo. No suelo relacionarme con asesinos y violadores.
Torció el gesto en una mueca colérica. Nos habíamos despojado al fin de las máscaras.
—¡Y yo que pensaba que habías marcado a fuego a las descendientes y las habías lanzado a la cacería! —exclamó con una carcajada.
Ahí me dio donde más dolía, pero no iba a permitir que ese sádico me manipulara. Puede que no fuese tan antiguo ni astuto como él, pero lo era lo suficiente para no caer en su trampa.
—Lo mío fue un grandísimo error y me arrepentiré hasta el fin de mis días. Sin embargo, no fue nada comparado con lo que hiciste tú: traicionar a toda tu raza y asesinar al rey, a tu amada y a casi todos sus herederos. Lástima que mi hermano y yo escapáramos a tu crueldad, ¿verdad?
—¿Te cuento un secreto? Yo no maté a vuestra madre. La amaba con toda mi alma barog y jamás le habría hecho daño.
—Ve con ese cuento a quien quiera creerte, si es que encuentras a alguien.
—Tal vez tu hermano lo haga.
—Después de cómo trataste a su hoa uhane , dudo mucho que esté predispuesto a escucharte siquiera.
—Eso ya lo veremos —murmuró, abalanzándose sobre mí.
Bloqueé su ataque furibundo a duras penas. Los machetes chocaron a la altura de mi pecho, a escasos centímetros de mi piel, con una virulencia descomunal. Pero, si creía que iba a intimidarme, iba a llevarse una desagradable sorpresa.
Empujé con todas mis fuerzas y lo repelí. Retrocedió unos pasos y volvió a afirmar los pies en el suelo. No tardó ni tres segundos en lanzarse de nuevo contra mí, saltando como un felino por encima de mi cabeza. Esquivé la punta de su cuchillo en el último instante, virando hacia un lado.
Aproveché que su flanco estaba desprotegido para propinarle un zarpazo directo a los riñones. Apenas se inmutó cuando mis garras se le hundieron en la carne.
Las cuentas de sus collares tintinearon cuando regresó al suelo.
Al separarnos, esbozó esa maldita sonrisa cargada de malicia.
—No está mal para un chaval de poco más de treinta. Tu padre te enseñó bien. Aunque diría que en la última década has sido autodidacta.
Mi rugido agitó las palmeras.
Arremetí contra él con las zarpas de una mano mientras con la otra blandía el machete. Le abrí un par de heridas sanguinolentas, pero mi arranque de ira me valió un tajo profundo en el muslo. Me la había hecho con ese cuchillo serrado que destrozaba piel y músculo.
Gracias a los dioses, no llegó al hueso, pero la sangre manaba copiosamente de mi herida.
Me alejé unos pasos cojeando; él no estaba mucho mejor que yo.
—¿No te has cansado ya, rey Cyrus?
—Descansaré cuando estés muerto y tu cabeza se alce clavada en una pica en algún claro de la selva, esperando a las alimañas.
—Supongo que, a tus ojos, soy el villano de la función. No podrías estar más equivocado.
—¡Ja, esta sí que es buena! Parece que te lo crees de verdad.
—Hay muchas cosas que desconoces, Cyrus. Sobre tu madre, tu padre y los ancianos.
—Créeme: sé lo suficiente para condenarte de todos modos. Así que ahórrame el suplicio de escuchar tu voz petulante y dediquémonos a luchar.
Su furia no se hizo esperar. Me atacó con todo lo que tenía, como una imparable fuerza de la naturaleza, y me hizo retroceder.
—¿Todo bien, C? ¿Necesitas refuerzos? —gritó Lansh. Un segundo después, asestó un machetazo en la cabeza de un barog perdido y los sesos saltaron por los aires.
Negué con la cabeza.
Estaba muy orgulloso de mis amigos y, en definitiva, de todos los barogs de la aldea. ¡Eran unos magníficos guerreros!
—Parece que estás rodeado de amigos que te aprecian, rey. Espero que nunca te traicionen, tal como tu padre me traicionó a mí.
—Mi padre era el barog más honorable que ha existido jamás.
—Si tú lo dices…
Había conseguido provocarme y sacarme de mis casillas, pero eso no significaba que fuera a perder el control ni a descuidarme en la lucha.
Nos lanzamos de nuevo el uno contra el otro y comenzamos una danza de golpes, zarpazos y estocadas que parecían no tener fin. Usábamos todas las armas a nuestro alcance, incluidos los colmillos, las garras y las colas, que se alzaban y descargaban contra el oponente una y otra vez.
Cuando yo saltaba sobre Ux, él lograba salir de mi alcance en el último segundo o se ganaba tan solo un leve rasguño. Y lo mismo ocurría al revés. Me dio una patada detrás de la rodilla, pero logré mantener el equilibrio y, en el último momento, giré y le propiné un zarpazo en el estómago.
Me abrió un tajo en el pecho y yo otro a él en el muslo. Ahora ambos cojeábamos.
A nuestro alrededor, con el sudor corriéndoles por el cuerpo tal como nos ocurría a nosotros, mis barogs y guardianes seguían defendiéndose y atacando sin descanso, ayudándose entre ellos y protegiéndose unos a otros, tal como habíamos aprendido a hacer desde niños.
Este era mi pueblo: un pueblo unido de valientes. Y no iba a permitir que Ux ni ningún otro amenazara con destruirlo. Había muchas cosas que mejorar, cierto. Pero, con la ayuda de nuestras increíbles parejas de vida, lo conseguiríamos y nos convertiríamos en una civilización ejemplar.
Antes debía derrotar a Ux, el último escollo.
Tras unos cuantos golpes más, los dos estábamos cubiertos de sangre y polvo. Habíamos rodado por el suelo varias veces y el agotamiento empezaba a hacer mella en nosotros. No obstante, ni él ni yo estábamos dispuestos a rendirnos. Solo podía quedar uno, y ambos lo sabíamos.
De pronto, mi hermano apareció entre el barullo, machete en mano y con Enzo pisándole los talones.
—¿Divirtiéndote sin mí, hermano? —preguntó con una de sus luminosas sonrisas.
Él también estaba cubierto de sangre, con la melena pegoteada de grumos y varios cortes sanguinolentos aquí y allá. No tenía mejor aspecto que nosotros.
—Eso intento, pero este cabrón no me da tregua.
Ux interceptó la lanza que acababa de lanzarle, que yo había cogido de uno de sus barogs caídos, y observó a mi hermano.
—¿Otra vez buscando pelea, príncipe? —le espetó Ux.
—El otro lado de la aldea se estaba poniendo aburrido. ¿Sabes que por ahí vas perdiendo?
—Lo dudo mucho.
—Yo que tú iría pensando en regresar huyendo a los pantanos, salvo que quieras acabar empalado. Mi hermano tiene una gran afición por la tortura.
Miré a Daryos con los ojos como platos. Estaba mintiendo, por supuesto, pero había sonado muy convincente. Yo prefería arrancar gargantas o abrir vientres. Evitaba la tortura…, salvo que fuese imprescindible. Un rey tiene que hacer cuanto sea necesario para proteger a su pueblo.
—Tengo miles de años, príncipe. Si lo que pretendes es amedrentarme, pierdes el tiempo.
—¿No te apetece reunirte de nuevo con esas mascotas tan bonitas y cariñosas que tenéis en los pantanos? Esas gigantescas, llenas de tentáculos y ventosas, que habitan en la ciénaga.
—Hay que reconocer que tienes agallas —dijo Ux con una sonrisa más sincera que cualquiera de las anteriores. Entonces, con un tono más bajo, añadió—: No hay duda de que eres digno hijo de tu padre.
Daryos se colocó en posición a mi lado, con Enzo justo tras él, dispuesto a unirse a mí en la pelea.
—Y yo que pensaba que odiabas a nuestro padre —comenté.
Ux iba a contestar cuando un rugido alto y potente sacudió la selva entera. Un rugido de barog, pero distinto. No tan grave, no tan profundo, más…
Nos quedamos todos completamente paralizados.
—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunté.
Miré a Ux: él también parecía desconcertado. Nunca habíamos escuchado algo así. Xioh, Lansh y Sulveh se detuvieron. Todos habían parado de luchar.
Daryos se llevó la mano al pecho y se tambaleó.
—Algo ha cambiado. Algo… no va bien —dijo D, palideciendo.
Y tras pronunciar estas palabras, empezó a correr de vuelta a la posada y nosotros le seguimos, alejándonos de Ux y de la contienda que acababa de reanudarse allí atrás, junto a las mazmorras.
En cuanto llegamos a la plaza, nos encontramos con Xerx y Axeh. Miraban en dirección a las escaleras, tan sorprendidos como nosotros.
Allí, junto a Ciench, Sajeh, Artia y Naranjito, estaba la hoa uhane de mi hermano.
En cuanto la vi, supe que había sucedido algo imposible, un milagro incomprensible y, al mismo tiempo, maravilloso. Lo más grande que había ocurrido jamás en Nemea.
Entonces, una masa multicolor de llitops emergió de la jungla y se extendió por la plaza, mordiendo a nuestros enemigos, saltando sobre ellos, atacándolos sin miedo.
Yo sabía que estaban allí por Callie. Ella, la descendiente de la profecía, los había convocado a todos para que vinieran en nuestra ayuda, del mismo modo que Daryos había hecho con los leones, aun sin ser consciente de ello.
Callie tenía razón: la marca de la espiral les había otorgado superpoderes.
Miré a mi hermano. La emoción le desbordaba los ojos de distinto color. Cayó de rodillas allí mismo sin dejar de mirarla.
Los dioses acababan de hablar alto y claro.