El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 41 un solo segundo #3
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41 un solo segundo #3

Susi se llevó una mano al corazón y tembló, pero siguió empuñando el cuchillo y mirando al frente.

—Cuidado no os vayáis a hacer daño con esas armas tan afiladas —dijo el gilipollas de Lorish, ya a unos pocos metros de la improvisada barricada.

Al otro lado de la entrada, los barogs del grupo de Ciench luchaban contra los hermanos perdidos.

Estos trataban de impedir que entraran en la posada y acudieran en nuestra ayuda.

Los nuestros los hostigaban con fuerza y avanzaban posiciones, pero tenían ante ellos un grupo de enemigos numeroso que les bloqueaba el paso.

—¡Ahora, Ciench! —gritó alto y claro la voz de Toruch.

Lorna aplaudió con emoción cuando escuchó a su barog.

El chillido de la nashie nos atravesó el tímpano.

—¡Cuidado con la otra, Toruch!

Mierda, había olvidado que había dos. Nuestros amigos rugían por el esfuerzo mientras esquivaban las garras y los colmillos de las hienas y blandían sus machetes, asestándoles un golpe tras otro. En cuanto las vencieran, subirían las malditas escaleras y Lorish estaría bien jodido.

Hasta entonces, debíamos apañarnos solas.

Solo teníamos a Bazzeila, que se estaba dejando la piel luchando contra tres barogs a la vez, y a Artia, que nos protegía como podía, blandiendo sus garras para evitar que se acercaran. Pero aquella resistencia no duraría mucho.

Eché un vistazo al rincón en el que se encontraban Sylvia y Penny. Se abrazaban y cubrían a Sonah con sus cuerpos. Marla se encontraba cerca de ellas, empuñando un machete para protegerlos.

Debía hacer algo, así que me puse en movimiento.

—¿Qué demonios crees que haces? —me preguntó Tina.

Acabé de pasar la pierna sobre la mesa, me senté en el borde y pasé la otra.

Ahora estaba de pie en el lado donde se encontraban esos barogs hijos de puta, apuntando con mi arco un poco hacia arriba, justo hacia el careto de Lorish.

—¡Callie, vuelve aquí! —gritó, Emi.

—¡Es muy peligroso! —exclamó Jenny.

Lorna sollozaba.

—Unas mesas no van a detenerlos. —Mi voz sonó extraña, un poco más grave y decidida.

Debería estar acojonada y meterme de un salto de vuelta junto a mis amigas. Sin embargo, una furia descontrolada hervía dentro de mí y me impulsaba a quedarme ahí de pie, plantando cara a esa panda de monstruos desalmados.

Me sentía más fuerte, más poderosa, más llena de energía.

La espiral ardía en mi espalda y mi cuerpo vibraba, de la cabeza a los pies. Un rugido sordo llenaba la posada, agitando el aire a mi alrededor. ¿De dónde procedía?

No venía del exterior, donde Ciench y Toruch, junto con Sajeh, Benju y los otros barogs de la aldea, luchaban contra la nashie que quedaba, las hordas de aninfs y los inferiores.

Tampoco de Lorish y el grupito que se había traído con él, ni de Bazzeila, que en esos momentos tenía el morro metido en las vísceras de uno de nuestros enemigos.

—Callie, no te hagas la valiente. ¿Qué pretendes hacer contra todos ellos? —dijo Tina mirándome con los ojos muy abiertos.

—Contra todos, no. Pero a este hijo de puta que tengo delante podría atravesarle los sesos con mi flecha.

—¿Se puede saber qué te he hecho yo, Callie? Que yo sepa, nunca te puse la mano encima —dijo Lorish empezando a mosquearse de verdad.

—No me hagas hablar de lo que les hiciste a las otras, cabrón.

De un salto, Artia apareció a mi lado. Nos miramos un instante y volvimos a clavar la vista al frente. A los pocos segundos, Naranjito se encontraba también junto a mí. Ahí estaban mis protectores: una aninf defectuosa y un pollo listo como el hambre.

La maldita espiral seguía torturándome la espalda.

El suelo se movió bajo mis pies, ¿o era yo la que me movía? Me mareé un poco cuando sentí como si algo se agitara dentro de mí, bajo la piel. Algo no iba bien. ¡Algo iba jodidamente mal! Y ese rugido seguía sonando, reverberando dentro de mi pecho.

Lorish abrió mucho los ojos y retrocedió un paso. Los demás lo imitaron.

—No es posible… —murmuró, escrutándome de arriba abajo.

De repente, tuve la sensación de que me elevaba y veía el suelo más abajo.

El dolor me recorría los músculos, como si se estirasen y creciesen, aguijoneándome por todas partes.

La piel se me tensaba sobre los tejidos mientras un dolor insoportable se extendía por mi mandíbula y mis encías.

Pero aquello no era nada comparado con lo que sentía en la parte baja de la espalda, como si el coxis se me abriera y el hueso se retorciera bajo la piel y la carne.

—¿Qué demonios…? —me pregunté, cuando unas garras largas y afiladas emergieron de la punta de mis dedos.

Miré hacia abajo, donde estaba ocurriendo lo mismo en los dedos de mis pies. ¡Unos pies grandes que no eran míos!

—No jodas —murmuró Tina a mi espalda.

Me giré a mirarla, a ella y al resto de mis amigas. Estaban todas con la boca abierta y los ojos desorbitados.

—¿Esto es normal? —le preguntó Emi a Jenny sin dejar de observarme.

—¿Tú qué crees? —contestó mi alumna más aventajada.

—¡Ay, Calista! ¡Esto sí que no me lo esperaba! —gritó Lorna. ¿Por qué su voz sonaba aterrorizada?

Miré a Artia a mi izquierda. La aninf asintió y se acercó más a mí. Naranjito hizo hormiguear mi marca de nacimiento y se aproximó también.

Una cola enorme azabache se asomó entre mis piernas y se retiró de nuevo hacia atrás, alzándose a mi espalda.

Mi propia cola.

Y entonces rugí.