41 un solo segundo #2
—¿Y eso qué significa? —preguntó Emi.
—Que Ux, su líder, quiere mantenernos a todas con vida. No desea que nos maten y es más que probable que haya ordenado a los suyos que no nos hagan daño —respondió Susi por mí.
—¿Cómo puedes estar tan segura de eso? —preguntó Marla.
—Porque nosotras pasamos diez años entre ellos. Los conocemos mejor que nadie. Ux lucha por el trono, por venganza y para conseguir humanas. Somos el bien más preciado para él —contestó Susi de nuevo.
—Así es —dije asintiendo, sintiéndome orgullosa de mi amiga. Todavía tenía muchas heridas en el alma por cicatrizar, pero eso no le había impedido nunca ser una mujer valiente y luchadora, incluso en los momentos más terribles.
—Pero mataron a algunas en la primera guerra, ¿verdad? —preguntó Jenny.
—Eso fue un error —dijo Sylvia desde el rincón más alejado—. Elena murió ante mí y os puedo asegurar que fue un accidente. Eso puede ocurrir, que nos golpeemos cuando intentemos defendernos o que ellos nos aparten con demasiada fuerza. Pero no es su intención. Nos necesitan.
—¿Y la reina Tatiana? Todo el mundo sabe que Ux la mató —preguntó otra.
—Ux no lo hizo —soltó Penny con contundencia. Las demás nos giramos a mirarla, sorprendidas. Yo la primera, pues no era lo que tenía entendido—. Yo estaba allí. Uno de los suyos la mató por error. Ux destrozó a ese barog en el acto.
—¿Estás segura de eso, Penny? —le pregunté, incrédula. Él mismo me había dado a entender que la había matado.
Ella asintió con vehemencia.
A ver, que Ux no hubiera asesinado a la reina no cambiaba nada.
Había masacrado a Drashir y a casi todos sus hijos, más allá de que había traicionado a su propio pueblo y provocado una guerra terrible.
Y era un cabrón de mucho cuidado que había abusado de varias mujeres durante años.
Yo misma había sufrido su ira, aunque no hubiese llegado a violarme de puro milagro.
Ux era el peor monstruo que existía y esperaba que Cyrus o cualquier otro acabara con él lo antes posible y de la manera más lenta y dolorosa existente. Bueno, esto último era solo un deseo personal.
—Ya las habéis oído. Si los enemigos logran entrar por esa puerta, pelead con todas vuestras fuerzas con lo que tengáis a mano.
Bazzeila nos ayudará, y apuesto a que Artia y los llitops también —dijo Tina mirándolos.
La espiral me picó un instante, como si hubiesen asentido—.
Solo tenemos que resistir el mayor tiempo posible.
—¡Eso mismo! ¡Resistiremos! —grité a pleno pulmón, dejándome llevar por la emoción del momento.
Me vine un poco arriba, lo reconozco. Entonces, miré a Tina y murmuré—: Qué reina tan estupenda eres, Tina Martins.
¡Menudo discursito! Si hubieras expuesto en clase con la misma pasión el tema de la reproducción celular, te habría puesto una A. Está claro que naciste para esto.
Ella soltó una risilla.
Gritos y rugidos cada vez más fuertes nos llegaban desde la puerta. De pronto, varios golpes seguidos, demoledores y terribles, combaron una de las hojas de madera. Todas chillamos cuando el brazo enorme de un barog se metió por la abertura y empezó a tirar para desencajarla de los goznes.
—Mierda, van a entrar —murmuré, horrorizada.
¿Qué demonios le habría pasado a Ciench? Si llegaban hasta nosotras, era porque él no había logrado bloquearles el paso. ¡Maldita sea! ¡Era uno de los mejores guerreros de la aldea!
¿Y si le había ocurrido algo a Daryos? ¿Seguiría Cyrus en pie? ¿Y si estábamos perdiendo ahí fuera?
Empecé a agobiarme y a respirar con dificultad.
—Callie, ¿qué te ocurre? Estás sudando mucho y hay algo en tu cara… —dijo Emi.
Me toqué la mandíbula. Me dolía, y también los pómulos y los dientes y…
Con un nuevo mazazo, la puerta se abrió de par en par y allí, justo en el medio, apareció la figura de Lorish.
—¡Disparad! —gritó Tina.
La espiral me quemaba como si hubiesen prendido fuego a mi piel, pero eso no iba a detenerme. Me sequé el sudor de la frente con el antebrazo para evitar que siguiera cayéndome sobre los ojos y apunté a ese hijo de puta que sonreía.
Y disparé.
La flecha no acertó en el blanco, el centro de su pecho, pero al menos se le clavó en el brazo musculoso. Él miró la parte que sobresalía de su carne, luego a mí y después la flecha otra vez. Se la arrancó de un solo tirón, sin siquiera pestañear, y la lanzó al suelo.
—Veo que has estado ocupada, Callie —dijo Lorish con esa voz gutural espantosa que tanto odiaba. ¡Qué asco me daba ese barog!
Susi temblaba. ¡Todas lo hacían!
Como si el espíritu del valor las hubiera poseído de golpe, tiraron sus flechas contra él y los demás hermanos perdidos que se agolpaban en la entrada, listos para abalanzarse sobre nosotras.
Algunas dieron en la diana, la mayoría no. Eso tampoco nos detuvo. Cargamos de nuevo y volvimos a lanzar nuestras flechas mientras Bazzeila saltaba sobre uno de ellos y le destrozaba el brazo de un mordisco y luego la garganta. A partir de ahí, la pantera empezó a masacrar a diestro y siniestro.
Cuando ya no nos quedaban más proyectiles, agarramos los cuchillos y los machetes. Me puse en pie; Tenía que ver con mis propios ojos qué narices estaba ocurriendo ahí fuera. Las demás permanecían agachadas.
—¿Estás loca? ¡Agáchate, Callie! —Me gritó Tina, agarrándome del vestido y tirando hacia abajo. La aparté de un manotazo.
—Solo un momento, mi reina.
Al otro lado de la doble puerta, la batalla continuaba.
Identifiqué a varios barogs de los pantanos peleando contra el grupo de Ciench.
El problema era que no solo estaban ellos…
¡Había aninfs atacando a los nuestros! ¿De dónde habían salido esas?
¿No se suponía que eran imparciales? ¡Ya sabía yo que eran unas zorras! Menos Artia, por supuesto.
Me giré a mirar a mi amiga aninf un instante. Juraría que se encogió de hombros, un gesto muy humano que quizá solo imaginé. Pero ese destello de ira en sus ojos plateados no eran imaginaciones mías.
Por si fuera poco, también había dos nashies. ¿En qué momento habían llegado a la aldea? Así que Ciench y su grupo estaban un poco sobrepasados, pero seguían luchando con fiereza y sin desfallecer.
Las aninfs lanzaban sus afiladas garras mientras sus colas se enredaban en los tobillos de los guerreros de la aldea y los hacían caer por las escaleras.
Ninguna aninf podría con un barog en un cuerpo a cuerpo, pero había diez de ellas por cada uno de los nuestros.
Eso había dejado vía libre al asqueroso Lorish y los demás.
Ahora Ciench y un guardián se encontraban en las escaleras, varios peldaños más abajo, enfrentándose juntos a una nashie gigantesca.
Se me revolvió el estómago y me encogí cuando la hiena casi le alcanza la garganta con las fauces.
Mi amigo se apartó en el instante en que la bestia cerraba los colmillos en el aire a tan solo unos centímetros de su piel.
—¿Ves a Ciench, Callie? —preguntó Susi.
—Sí, está ahí en las escaleras, luchando contra… —Me lo pensé mejor y decidí no mencionar a la hiena—. Está peleando como un jabato. Seguro que pronto viene hacia aquí y le patea el culo gordo a Lorish.
El aludido soltó una carcajada, avanzando varios pasos en el interior de la posada.
Sin embargo, se detuvo cuando Bazzeila saltó frente a él y le enseñó los dientes.
Se había interpuesto entre las mesas que nos hacían de escudo y nuestros enemigos recién llegados.
Tenía el morro y los bigotes manchados de sangre.
Sin duda, la pantera pelearía hasta el final para proteger a su reina y a nosotras. Pero ella sola no podría con todos los enemigos que iban entrando.
—Tan deslenguada como recordaba, Callie —dijo Lorish sonriendo.
—Vete a la mierda, cobarde.
Mi insulto no le sentó demasiado bien. Susi me miró como pidiéndome que no le provocara. Puse los ojos en blanco. ¿Qué más daba provocarle o no? Nada lo detendría.
—¿Dónde está tu principito? ¿Te ha dejado indefensa?
—Ninguna de nosotras está indefensa, imbécil. ¿O has olvidado la flecha que te he disparado antes?
—¡Ah, sí! Ha sido como una caricia, mujer.
—Si te ha gustado, puede que te lance otra en los huevos. A ver si esa caricia también te gusta.
—¿En serio? —me reprendió Susi en voz baja.
Tina, pese a lo terrible de la situación, se rio. ¡Se rio! Por eso ella y yo nos llevábamos tan bien.
—No sabes las ganas que tengo de tenerte un ratito para mí solo. Te borraría la bravuconería de un plumazo —escupió él.
—¿Estás seguro de que Ux te dejará jugar conmigo? No creo que tu amo te lo permita.
Ensanchó la sonrisa para esconder el cabreo de tres pares de cojones que se estaba pillando por mi culpa.
¡Que se cabreara! De ese modo, se desconcentraría con mayor facilidad. Además, la cháchara los mantenía entretenidos y eso le daba tiempo a Ciench para llegar hasta nosotras… si conseguía matar de una maldita vez a la hiena. No parecía que mi amigo llevara mucha ventaja en esos momentos.
—¡No permitáis que las cojan! ¡Entrad en la posada! —gritó Ciench a sus hombres.
Susi se encogió y me interrogó con la mirada. Resoplé.
—Tu barog enseguida vendrá. Está un poco ocupado con… una nashie.
Palideció.
Emi meneó la cabeza en señal de desaprobación. Mis exalumnas eran un verdadero fastidio cuando se lo proponían. ¿Qué iba a hacer: mentir a Susi? Ciench era su barog, y ella tenía derecho a saber lo que estaba ocurriendo. ¡Durante bastante rato se lo había ocultado ya!
Lorish empezó a avanzar junto a otros cuatro barogs, dos por cada lado.
Bazzeila los miró uno por uno y se lanzó a por Lorish.
¡Era lista la jodida! Por desgracia, uno de los inferiores se interpuso y recibió toda la ira de la pantera mientras el segundo al mando la esquivaba se dirigía hacia nosotras.
El chillido de la nashie nos causó escalofríos. ¡Era una buena señal! Había sonado como un lamento, igual que los que había escuchado en el claro de la selva cuando Cyrus y las demás las masacraban.
La hiena estaba herida. ¡Bien por Ciench!
—¡Aguantad! —nos gritó él—. ¡Pronto estaremos ahí!