El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 41 un solo segundo
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41 un solo segundo

callie

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Lorna.

El golpe había hecho retumbar la posada entera.

—Pues me temo que un barog enorme se ha empotrado contra la puerta —dije acercándome hacia allí. Otro mamporro me hizo retroceder de un salto.

Tina me lanzó una mirada reprobatoria mientras Bazzeila se colocaba frente a ella y emitía un rugido que casi nos deja sordas a todas. No cabía duda de que los instintos de la pantera detectaban un peligro inminente. ¡Si hasta yo podía sentirlo!

Jenny y Emi se abrazaron, mientras los llitops se apiñaban en el rincón más alejado de la entrada. ¡Menudos valientes estaban hechos! Imaginaba que ya habían tenido más que suficientes dosis de emoción por un día.

Los claros sonidos de un enfrentamiento llegaron hasta nuestros oídos. Susi se tensó. Caminó temblorosa hasta mí y se agarró a mi brazo.

—Ciench está ahí fuera. No dejará que ningún enemigo entre aquí —dijo.

Asentí con firmeza.

—Tu barog es un gran guerrero. Con él custodiando la entrada, nadie podrá cruzar la puerta —solté.

Sin embargo, el estruendo aumentó y la posada entera se sacudió de nuevo.

—¡Ay, Calista! ¿Qué haremos si consiguen entrar? —preguntó Lorna, apresurándose hacia mí y agarrándose a mi otro brazo, tan fuerte que me estaba cortando la circulación.

—No entrarán —contestó Susi por mí.

Penny, Sylvia, Marla y Artia nos miraban desde los jergones donde estaban sentadas. El pequeño Sonah seguía jugando, ajeno al peligro que nos acechaba.

—Pero ¿y si lo consiguen? —preguntó Emi, retorciéndose una mano con otra junto a Jenny.

Clavé los ojos en la puerta cuando crujió de nuevo.

—Lucharemos —solté sin más.

—¿Qué? Yo no sé luchar —balbució Emi con la voz tan temblorosa que supe que se pondría a llorar, o a vomitar, de un momento a otro.

Me giré en redondo y la miré.

—¡Por supuesto que sabes! Muchas de las que estamos aquí hemos entrenado con el arco y otras armas.

¿Os creíais que era un juego? ¡Nos estábamos preparando para esto, chicas!

—solté como si de pronto estuviera arengando a mis tropas.

Si Russel Crowe me viera ahora mismo, me ficharía para una de sus pelis.

«Céntrate, Callie. No es momento para divagar», me reprendí.

—Seamos realistas, profesora Dawson. Por mucho que hayamos entrenado, no tenemos ninguna oportunidad contra ellos —intervino Jenny con un hilo de voz, caminando hacia mí con Emi pegadita a ella.

Tras otro golpe, el lomo de Bazzeila se erizó.

El animal flexionó un poco las patas, preparándose para saltar sobre cualquiera que osara atravesar esa puerta.

Tina le acarició entre las orejas y le murmuró algo que no oí.

La reina se mantenía serena. ¿Cómo guardaba tan bien la compostura?

La muy puñetera tenía práctica. ¡Lo llevaba haciendo toda su vida!

—¡Soy realista, Jenny! —grité, un poco histérica, lo reconozco. Lorna dio un respingo, se apartó de mí y se fue a sentar junto a Marla—. Ya sé que no tenemos ninguna oportunidad ni siquiera contra un solo barog. ¡No soy estúpida!

—Yo no he dicho eso, Callie. Es solo que…

Tina nos observaba con atención.

—Lo importante no es que podamos con ellos, sino que los entretengamos el tiempo suficiente como para que llegue la ayuda. Recordad que un solo segundo podría marcar la diferencia.

Todas enmudecieron, con sus miradas aterrorizadas fijas en mí. Yo no quería esa responsabilidad. ¡Yo no era la reina!

—¿Crees de verdad que podemos defendernos? —preguntó Emi con la mirada un poco más brillante que segundos atrás.

—Tina —dije, señalándola—, puedes intervenir cuando quieras. Seguro que, a ti, mi reina, te harán más caso que a mí.

Con toda su altivez y parsimonia, que juro que a veces me sacaba de quicio, caminó hasta mí.

—Callie tiene razón, lo sabéis bien. Además, no estamos solas: tenemos a Bazzeila y Artia, y os aseguro que ellas sí que saben luchar. Así que poneos en pie y elegid un arma cada una. Todas, salvo Sylvia y el bebé. Penny, tú quédate con ellos dos por si te necesitan.

—Pero yo también quiero luchar —dijo ella, levantándose. Sus ojos color miel refulgían de valor.

—Lo sé, pero Sylvia no puede quedarse sola. Instalaos en ese rincón de ahí, junto a los llitops .

Sylvia y Penny obedecieron sin oponer más objeciones.

Susi ya estaba junto al baúl que contenía las armas. Lo abrió y empezó a sacarlas y a colocarlas sobre la mesa, junto a otras que ya estaban allí. Las descendientes se acercaron con cautela y temor, pero cumplieron las órdenes de la reina y escogieron alguna.

—Gracias, mi reina —le dije a Tina. Ella inclinó levemente la cabeza en mi dirección.

Ambas habíamos escogido un arco cada una y un cuchillo, que habíamos metido en el cinturón del vestido. Así podríamos sacarlo deprisa si alguno de esos cabrones se abalanzaba sobre nosotras.

—Volcad las mesas —propuse, en un arranque de ingenio—. Haremos un parapeto con ellas.

Tina asintió, y unas cuantas nos pusimos manos a la obra. Entre Susi, Marla, Jenny, Emi y yo le dimos la vuelta a la más pesada y la arrastramos hasta el centro de la posada, con el gran tablón de madera maciza orientado hacia la puerta.

Tina, Lorna y algunas más nos imitaron con las otras mesas.

Conseguimos hacer una especie de muro de madera, que, aunque no fuese a contener a los barogs, al menos los ralentizaría un poco y nos permitiría ganar tiempo.

—Todas a este lado —ordenó Tina alzando la voz, pues el estruendo del exterior cada vez sonaba más potente y cercano.

Obedecimos y nos colocamos tras las mesas, agazapadas y agarrando cada una su arma.

Tina, Jenny y yo cargamos una flecha en nuestro arco y apuntamos por encima del borde hacia la puerta, que seguía crujiendo y sacudiéndose.

Las dos hojas de madera se separaban un poco con cada nuevo golpe, permitiéndonos un atisbo de lo que ocurría al otro lado: una pelea descomunal.

Noté algo peludo y suave que me rozaba el pie izquierdo, y algo peludo y áspero que me rozaba el derecho.

Cuando miré hacia atrás, ahogué un gritito de sorpresa: Naranjito y su grupito estaban junto a mí, pegados a mi pierna, mirando con recelo a Artia, que se había situado detrás de mí, al otro lado.

—Tienes varios guardaespaldas, Callie —dijo Tina en voz baja, con ese tonito que dejaba bien claro que estaba conteniendo la risa, incluso en esa situación infernal.

Susi, no muy lejos de mí, me miró con el rostro desencajado.

—¿Crees que Ciench estará bien?

—No me cabe ninguna duda —respondí sin vacilar.

Ella suspiró, aunque la angustia seguía pintada en su cara.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, escuchando con atención los ruidos provenientes del exterior y el gruñido grave y constante de Bazzeila, completamente alerta.

Los llitops y Artia se acercaron tanto que empecé a agobiarme.

Hacía un calor sofocante de mil demonios y estábamos todas sudando.

¡Solo me faltaban esos animales de peluche pegaditos a mí!

Pero tenerlos ahí me transmitía un poco de calma y atenuaba el terror que sentía, así que no iba a pedirles que se apartaran.

De pronto, la marca de la espiral empezó a hormiguearme y a arder, lo que aumentó la sensación de bochorno.

¡Debíamos de estar a cuarenta y cinco grados por lo menos!

¡Ah! Y con una humedad por las nubes. Eso no había quien lo aguantara.

Era el día más caluroso de cuantos habíamos pasado en Nemea. ¡Tenía que ser precisamente hoy!

—¿Estás bien, Callie? —me preguntó Susi.

—¿Quieres decir aparte de aterrorizada? Pues estoy asada como un pollo al horno. ¡Qué calor!

Hubo un murmullo general dándome la razón.

—¿Algo más? Es que…, no sé. Tienes mala cara —insistió.

—No estoy en mi mejor momento, Susi. Como vosotras, supongo.

Se extendió otro de esos murmullos, que parecían mi coro.

Emi clavó sus enormes ojos color aguamarina en los míos.

—Susi tiene razón. Hay algo… Jenny, ¿tú ves algo raro en la señorita Dawson?

Jenny se giró a mirarme también.

—Los ojos te brillan mucho, Callie, pero no es solo eso.

Tina también me observó con detenimiento.

—Pues yo la veo tan guapa e insoportable como siempre —bromeó. Sin embargo, sus ojos se demoraron en mi rostro unos segundos más de la cuenta—. ¡Esos arcos! Seguid apuntando hacia la puerta, no os despistéis —ordenó, de nuevo en ese «modo reina de la selva» que me gustaba y me mosqueaba por igual.

—¡Ay, Calista, tengo mucho miedo! —dijo Lorna desde la segunda fila, abrazada a Marla, que intentaba mantener el cuchillo en alto mientras mi mejor amiga se apretujaba contra ella.

—Todas lo tenemos, McPhee, pero te prometo que no va a pasarte nada.

—No es solo por mí por quien temo, Callie, es por vosotras, tan jóvenes y llenas de vida…, y que os encontráis en esta situación tan horrible.

Varias de las descendientes más asustadizas la miraron con los ojos llenos de lágrimas.

—Shh, no te pongas dramática, McPhee, que las estás acojonando más de lo que ya están, las pobres.

—Y mi Toruch, ahí fuera, luchando contra esas bestias. ¿Y si le ocurriese algo? ¡Qué haría yo sin él!

Puse los ojos en blanco. Eso era lo que menos necesitábamos en ese momento.

—Inspira hondo y recupera la compostura, Lorna. Recuerda que fuimos profesoras de muchas de estas chicas. Que no se diga que flaqueamos en el momento en que más nos necesitaban —la pinché.

Mis palabras surtieron efecto: se enderezó enseguida y dejó el tono lastimero.

—Tienes razón, Callie. Debemos predicar con el ejemplo.

Suspiré. ¡Aleluya!

—Eso mismo. Anda, coge un machete y prepárate.

—Entonces, eché un vistazo alrededor, escrutando los rostros aterrados que me rodeaban.

Me miraban como si esperaran algo de mí; como si necesitaran que las guiara.

Pero yo no era ninguna líder. Aun así, reuní coraje y dije—: Cuando esa puerta se abra, vamos a por todas.

Clavad, retorced, patead… Lo que sea necesario para que no se os lleven fuera de la posada.

—Nos harán daño —murmuró una con voz temblorosa.

—Pero no os matarán. Al menos, no intencionadamente.